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Mis Fotos

Las fotos que comparto en este sitio son una muestra de lo que hago cámara en mano. Intento fijar 'eso' que se transmite cuando vemos algo que transmite 'eso'. Puede ser una cara, un gesto, una madera, una gallina, una nube, un tornillo...

Es reciente esta decisión de mostrar aquí las fotos. El proceso de elegirlas es más costoso que hacerles un lugar y exhibirlas...
¿Por qué unas sí, otra no? No sé bien... y algo del "perché mi piace".





 

Fuera del Mapa


 

La puerta de 'La casita de Manusé' que daba a la playa... La casa ya era nuestra pero siguió con su nombre. Manusé era un viejo pescador de Araçá, apenas pueblo, al Norte de Florianópolis, Brasil. Otra dimensión. Brasil, y Araçá dentro de Brasil. Se escuchaba latir a la vida.





Manusé después de almorzar no dormía la siesta. Sacaba una silla demacrada por el sol y el tiempo, y la ponía donde corría el aire fresco y había sombra...

¿Qué pensaba Manusé mientras el pueblo dormía? Creo tener una idea, pero no viene al caso.



 




 

Ventana al mar. Mil veces cruzar el umbral sin ver nada. Tampoco hay algo ahora, claro... Del  otro lado de la casa, hacía guardia yo, al reparo del sol, también con mi historia.




 

La llave de la puerta celeste.
ET & Biblia

Y... sí, para semejante puerta, ¡semejante llave! Historias fantásticas que intentan dar un sentido impulsadas por esta vieja máquina de pensar al disparate en el que está inserta.
Inútil, claro, pero no por inútil deja de ser eficaz. 
Tal es nuestra desesperación... ¡¿Cómo no reír?! Es la sonrisa que se manifiesta desde la compasión y, menos que menos niega el desasosiego en que transcurre nuestra vida.


 



Hay días en que el sol parece curarlo todo. La brisa justa, la que baja del morro refrescando todo el pueblo. El humor de la gente se abuena, de pronto todos saludan al vecino conque se cruzan y se detienen a cambiar unas pocas palabras... No olvidemos que son Azorianos, parcos y duros y de poco decir. Cada uno a sus cosas, parece la única ley que siguen.



 





La vereda de la casita... Es verano, hay turistas, dos chicas de Córdoba, Argentina, y mis hijos, Nicasio que mira la pelota como si su vida fuera en ello y Zenón que, con su cintura de plomero, siempre pierde sus pantalones. Atrás, en su bote, se arriman a los gritos Silvano y su esposa, dos locales de Araçá, que de inmediato se incorporan al picadito. Y la tarde se pasa, juiciosamente entretenida, lacerante en su plenitud. Sabiendo yo que lo efímero no es una figura de la gramática de la vida sino su componente esencial...




Llueve. Todos los días, al atardecer, llueve. Religiosamente. Es una lluvia mansa, como su nombre en Portugués, ¡chuva! La vida continúa, nadie se molesta porque esta chuva es parte de la bonanza del día. Es con ellos.





 

Acarrea arena de un lado al otro. Parece ser una tarea de gran importancia. Mientras camina blablea como un mantra no sé que palabras inventadas ex profeso. El conjunto es como una metáfora de algo mayor, continente, y que no alcanzo a nombrar... Todo el tiempo rondando epifanías.




Los tres barcos de la Nelí. Ella no vive de acuerdo a su patrimonio -que es basto-, sino como aprendió viviendo. Y puso un kiosko en su casa y es quien nos cocina cuando queremos alguno de sus platos 'especiales'. ¡Los canelones con tuco de pulpo! O simplemente pasar por su casa y pedirle ¿No me hace unos peixes fritos, Nelí? Y al rato la veremos caminar por la calle con su paso cansino y una fuente cubierta con un repasador que guarda nuestra comida... ¿Qué valor tienen estos días? ¿Es posible evaluarlos?




 



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