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Algo menos de mí


José M. Galán

Depaseo

Si hubiera algo menos de mí, ¿sería yo?, aquellos diálogos de Shakyamuni, yo no soy eso, no es mío, no soy yo. Algo así. He madrugado, como cuando chico la sorpresa al salir de la cama y que todavía sea de noche. Tomar unos mates y ver que el cielo, por allá, clarea. Después, bajar al bote, remar un trecho, trepar el muelle, amarrar mi botecito y caminar hasta la parada del colectivo. Ya el calor abruma. La parada está entre unos yuyos increíbles. Algunos urubúes en la basura se espantan cuando llego, pero no mucho, enseguida vuelven a su tarea. Dos pelean por unas tripas de pescado. Así somos. Escucho unas voces. Por entre las casitas de enfrente aparecen los hablantes. Madre e hijito, en cuanto me ven en la parada terminan con sus juegos. Llega el colectivo destartalado cuando ya amanece. Pago mi boleto a un muchachón medio dormido, al que el uniforme le queda enorme. Me siento junto a una ventanilla y me dejo ir. Ahora llovizna. Como si siempre hubiera sido así. Despertar todos los días con gusto feo en la boca. ¿Otra vez aquí? Sisabíanovenía, claro. La canción es la misma. ¿Qué fue de mi Manual? ¿Qué fue de mí? ¿En qué frasco quedé aguardando una biopsia? Llovizna, ese estilo de frío húmedo y este mi saber a medias. El desconsuelo. Todo lo que falta, uno sube una loma y alcanza a ver que el camino sigue siendo más y más lomas y ... y empezar a sospechar que no va a ningún lado. A veces lo que siento es miedo, así, llano. Me despierta cualquier sonido, cualquier incomodidad y el miedo blanco se instala. Sé que ya no me volveré a dormir. Doy vueltas sobre una cama incómoda, escapando a ideas incómodas me he vuelto incómodo. Como si cayese adentro mío todo igual así de igual siempre igual tan así, como cantaba Maslía. Ser yo, esto, dado vuelta afuera, sacado, creído, soñado, ido. Hubo un ángel y no supo que lo era. Cuidó de mí un tiempo y cuando se fue dejó una flecha indicando una dirección. El, olvidado de quién era se perdió en sí mismo y cayó para siempre. Arrumbado por ahí, espera. Yo también me olvidé de él y dejé que cayera tan grotescamente. Se tornó una molestia. ¿Qué es el alma? Una necesidad, la sortija de la calesita. Girar para algo. Buen premio: más giros a ver si, otra vez, sacamos la sortija. Y así. Hasta que alguien te dice: 'Che, no es tan divertido eso de dar vueltas siempre en el mismo sitio cada vez queriendo más'. Por momentos puedo mirar un poco corrido y veo el disparate, la calesita. Y yo, el avisado de que no era tan bueno el dar vueltas aquí, ahora traje a otro. Uno que me mira y pregunta '¿Qué es esto, cómo se juega, qué se espera de mí, papá?' No queda más que sufrir este empuje que nos trajo a todos aquí. Pero yo soy el que olvida. Yo soy el olvido y por eso vivo. Cualquiera que recordara no estaría aquí.

Hoy es el Wamba. Amarrados en la Marina de Ganchos, sur de Brasil. Hoy llueve. Ayer también, mañana otra vez. Y eso es suficiente para que mi mirada se vuelva gris, siempre llevado por delante. Hace un rato, por el canal 16 de la radio llegaba una voz entrecortada con el pronóstico del tiempo. Viento Sur, con fuerza 8. Terminado el pronóstico un pescador tomó la frecuencia, “Que tiempo de mierda para este trabajo, dijo como sonriendo, no logré mucho..., su voz era extrañamente suave, pero hay que seguir... ¡puta vida! ”.

Cómo conjugar certezas que divergen. Si todo es un sueño, ¿quién sufre, cuál es, dónde está el soñador? Un sueño sin quién sueñe, un sueño sin quién, sin qué, envuelto en sí. La bahía de Tijucas, el hambre constante de Magdalena, la alegría de ser tan jóvenes y su perro que llamaron Pedro. Tres veces ‘no’. Pero todo da lo mismo, menos el sueño-tela este, que es el amo del hambre de Magdalena, del juego de Pedro y de la sonrisa de mi hijo. Yo apenas duermo, apenas vivo, inmovilizado en mí, de mí, incómodo, hambriento de quién sabe qué alimento, de qué paz que no es la de estar quieto. No sé, esto es todo lo que puedo decir y sigo sin comprender del todo qué es lo que digo. De todos modos, al menos puedo suponer que en un rato llegaré a Florianópolis, encontraré la oficina en la que tengo que entregar unos papeles que a nadie le importan. Somos esos papeles. Azar y Necesidad.


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