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El Dr. Borchek


José M. Galán

Patitas

El dr. Borchek me va a revisar los dientes. Voy a estar allí a las 16 hs., y me van a hacer esperar. Voy a pasar a un consultorio dental, sillón espacial y a disposición del dr. Borchek, que no sé quién carajo es. Es lo que me toca en suerte, un dr. Borchek. Leamos hasta tanto.


Confundido, estaciono a veinte cuadras, en Santa Fe. Camino hasta Ayacucho y después hasta Las Heras. De todos modos llego media hora antes y entro en un bar a tomar un café, a que pase media hora... En la mesa de al lado una pareja discute con una arquitecta los muebles que está diseñando para la cocina. Ella es mucho más joven. Los imagino Psicoanalista/psicóloga. El, paternal y monosabio, ella estudiosa y obediente. Todavía no se dio cuenta de cuánto se equivocó, pero lo está empezando a sospechar. Aun no terminó de madurar y él ya está para la basura. Ojos negros que no van a resistir cuando un par la mire con ganas más de una vez. Tan típica charla, todos jugando su roll. Casa nueva, si pudiera, si tuviera el coraje suficiente, me acercaría a la mesa, tomaría de la pera a la morocha y le estamparía un beso en la trompa. Estás equivocada, le diría. 

En el consultorio tengo que esperar quince minutos más, lleno una ficha en la que me dan opciones SI-NO cuando todo lo que quiero contestar es A VECES. Las enfermeras y secretarias son horribles. Una chica que espera a mi lado pasa al baño. Una de las enfermeras asoma su cabeza y la llama. Estoy al lado de la puerta y del baño escucho un sonido como de quien está lavando ropa. Pienso en las posibilidades: o se cagó o le vino la regla. Juro que está lavando ropa. Sale al rato. Es muy jovencita y no quiero mirarla para no avergonzarla. Tropieza con la mesa. La enfermera le pregunta en voz alta dónde se había metido. En el baño, contesta y se pone colorada. No quiero mirarle el culo. Me llaman ahora a mí, directo al sillón espacial, la enfermera me pone un babero, me entrega unos pañuelos de papel y se va. Soy consciente de mis latidos y trato de serenarme. Llega el dentista. Cara agradable, joven, manos secas, apretón normal. Diez minutos después salgo con una orden para unas radiografías.


Camino a buscar el auto me desvío y paso por una librería. Elijo una antología de Su Ton Po, las Sendas de Oku y poemas de Fernando Pessoa. Ortónimos. Qué palabra horrible. Me acerco a la caja donde una mujer habla con una de las vendedoras, le dice que ella es música, instrumentista de música clásica, aclara, habla muy rápido, existencialista, pienso al verla vestida de negro, polera negra, pelo lacio no muy limpio, canoso, demasiado largo, modalidad psicobolche. No para de hablar. Tiene olor a chivo. Otra dependienta se pone a hablar con su madre por teléfono. De mal humor pido que alguien tenga la amabilidad de cobrarme. Recuerden, les digo con una sonrisa, la descortesía es causal de asesinatos. 

Vuelvo a casa escuchando música en el auto, de inmediato enloquecido por el caos del tránsito. Acelero, corro. A mi lado frena un tremendo MBenz con una mujer al volante que podría ser modelo. La dupla de belleza auto/mujer me abuena, me calma, tan bien que armonizan, inalcanzables ahí en la avenida, relucientes, una ofrenda para Dios. Voy a seguir leyendo. La felicidad es una caléndula. Ya nunca más. Escribir con humo en el aire, dibujar en la nieve.


La descortesía es causa de asesinatos. Alguien abre la puerta de un local para que salga una señora cargada de paquetes y sigue sosteniendo la puerta. La gente sale y nadie le agradece, ni registran su amabilidad, que queda para Dios, como la rubia del Mercedes. En esas zonas de amabilidad hay más luz, fíjense. Un halo. La gente abre su corazón al dolor cuando un cuerpo yace junto a ellos. Abro mi corazón cuando, sin poder dormir, te veo a mi lado, ida. El dolor permanece, varía el plano que ocupa. Nunca junto a un féretro. No sé lo que es. Aunque ya enterré a mi madre y a mi padre. Nunca junto a un féretro. Todos los planos presentes. Todo confuso, cercano a lo negro. Pueden rezar el rosario. Dios no presta atención, Él mira rubias en BMWs, a pobres llenos de amabilidad poética. No hay halo sobre Ruanda. Larga vida a los fornicadores. Todo su consuelo era asomarse a la ventana por las noches a esperar que comenzaran los fuegos de artificio. En granjas chinas, los chinos cultivan verduras que no imaginamos. Otros huyen de la vida en puntas de pie. Quisiera yo así, con mi zorro en brazos. Cuando todo no es más que un río incesante de gente en venta. La mugre de la ventanilla del tren, casuchas en los pantanos, montones humeantes de basura. Highways. En este mundo quedan pocas cosas que inspiren cariño, como la oreja de una mujer hermosa que sabemos está condenada a la podredumbre. A veces hay belleza sólo cuando vemos a distancia, porque de cerca se ven las marcas, la decadencia, y asquea. Hace un momento que estoy de pie frente a los estantes de libros del sector Poesía. Saco, leo páginas al azar y vuelvo al estante. Poesía norteamericana desde 1950, poesía española de los años 70, Poemas de Ferlingetti. Elliot. No me gusta la poesía. Me ofende la poesía. Me ofende como la descortesía me avergüenza, digo y pienso en la dependienta que hablaba con la existencialista de negro, amante de Sartre, de sobacos transpirados. Exilio, tiene cara de exilio. 

Es como esto que veo, digo,
                                                    alguna poesía.


Tengo hambre y me duele el estómago. Una novedad en mi deterioro. Ahora me duele el estómago. Son las ochos de la noche. Y ya no estoy frente a los estantes de poesía. ¿Usted va a cenar? No, gracias, Nina. Robo algo de comer, tal vez un vaso de leche. Una vía láctea que se va oculta de verdad ilusa. Magos que nos mantenemos magos creyendo en los trucos de los otros. Menos este estómago, menos este hueco en el estómago. Él duerme y no le importa, jamás podría volver, dice la existencialista cuando habla de él, alguien que imagino infinitamente deprimido y sofocado. 

La brisa
             ligera
             susurra entre los juncos,
                                                    salgo a mirar la llovizna,
                                                    más es la luna la que inunda el lago.


Algarabía de pájaros, permanece de día la puerta cerrada. De noche, vuelvo a pasear por el resplandor, en el patio. Las nubes se reflejan en el agua, corren y cambian en armonía consigomismas. Yo me desdibujo de mí pero por costumbre sigo. Los pájaros se llaman, los hombres del camino, el camino tienen. Yo miro tras los matorrales un sabor alcaucil, del monte la soledad. Al volver todo se torna confuso, como un sueño. En versos persigo imágenes fugaces. Noche y estrellas. Caer hacia arriba. Una vez perdidas, es difícil describir su pureza. Como una mirada en silencio a ojos de los que brotan lágrimas. El llanto de las mujeres aún no ha impedido una sola matanza.

 


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