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El sueño de las ovejas
electrónicas


José M. Galán

Depaseo

¿Qué dirías, amigo Dick, de este mundo poblado de replicantes? Siempre vuelvo a tus elucubraciones. Recién recordaba aquella intuición, aquella idea de la inteligencia como atajo, como simple ‘avivada’, ‘ventajita’. Uno de tus personajes clasificaba la inteligencia por la cantidad de pasos capaz de dar antes de llegar a una conclusión. Uno o dos, la del almacenero que automáticamente sube el precio a la mercadería ante la pregunta de un inocente... Lo estafa, consigue unos pesos más y queda satisfecho con ello. No mide, no es capaz, las consecuencias de su ‘exito’. Ganó dos pero perdió una cantidad mucho mayor al perder al cliente por entero. Y así, la inteligencia máxima sería la que es capaz de prever todos los pasos, hacia atrás y hacia delante.

Ahora bien, existe la posibilidad de que el juego de pasos sea infinito, decías en una de tus cartas, con lo cual siempre, pero siempre, el resultado será similar al del astuto bolichero: una merda al fin. Gargajo que nos vuelve a la cara. Si en este universo no es posible 'salirse con la suya', esto es, revertir la segunda ley de la termodinámica, si no podemos con la entropía, siempre, siempre, pagaremos por nuestras acciones. ¿No era, en suma, lo que vió Timothy Archer?

Para trasladarnos de A hasta B podemos hacerlo de a pie o en auto. El resultado va a ser el mismo, no hubo ningún ‘ahorro’ real al viajar en nuestra limusina... Tenemos sed y podemos, beber agua, agua mineral Perrier, una gaseosa, un vaso de vino... o ahorcar a un perro; en un universo ilimitado sería lo mismo. Sólo puede calificarse a partir de un límite. Sólo podemos jugar al ajedrez si ponemos reglas y limitamos el tablero, de otro modo...

Ahora bien, te preguntabas, ¿hay un limite a la vida, a lo que hay? ¿Estamos sobre un tablero de ajedrez? ¿Hay mandamientos? ¿O simplemente los mandamientos son –como a veces cree alguno de tus personajes– simples consejos para un mejor desempeño en un artificial ‘de acá hasta acá’? Todas preguntas desestimables. “No olviden, la casa está ardiendo, no es momento de divagar sino de buscar una salida...” Morimos. Como tus replicantes, amigo Dick, tenemos una fecha de vencimiento. Hacemos de cuenta que no, preferimos comportamos como si fuésemos para siempre, con la astucia del tendero como arma, deducimos bien poco y seguimos las órdenes de nuestros impulsos.

Así, la inteligencia está al servicio del deseo. Y, si el deseo es el origen de todos nuestros males –como al fueron descubriendo los personajes de tus novelas–, la inteligencia es una herramienta al servicio ‘del mal’, concluía tu obispo desbarrancado, víctima de sus atormentadas ideas; o una trampa que nos terminará acarreando más problemas de los que soluciona. ¿Cómo conducirnos entonces? La misma pregunta encierra su propia perdición ya que, hasta el deseo de ser ‘bueno’ es deseo y padece del ánimo del tendero astuto: querer zafar.

Instintivamente sabemos que estamos en el pozo. Pero no actuamos en consecuencia, claro, sería harto difícil, muchísimo más difícil de lo que es, estar vivo. Tanto suicida que ronda a esta idea.

Entonces, colgados de la rama a punto de cortarse, lamemos la gota de sabia dulce que corre por ella y nos creemos afortunados, ¡qué lujo esa gota! Pero debajo está la serpiente, encima el tigre y es cuestión de tiempo que caigamos en las fauces de uno u otro. Siempre la ética, el qué hacer, qué hacer, ¡por favor! Pero como muy bien queda aclarado en tus libros, no hay Manual de Instrucciones. El campo de juego es ilimitado, no hay reglas porque para haberlas debería haber un Más Allá desde el que se las articula, dioses que nos arman y delimintan el campo de juego, que nos dicen ‘de aquí hasta aquí’. Los 10 mandamientos. Suponemos a un dios o dioses capaces de tal artilugio porque de otro modo es imposible la vida en paz. Saber a qué atenernos. Para la abuela María todo es mucho más sencillo: sabe perfectamente en qué mundo vive, qué está bien y qué mal, y obra en consecuencia y según sus posibilidades, ¿no es envidiable?

¿Por qué Medea mató a sus hijos? ¿Cómo es que se vive siendo repudiado? Antiguamente el exilio era peor que la muerte, equivalía a morir lentamente.

Hay un sólo sentimiento que en ninguno de tus escritos queda de lado: la compasión. Kyrie. Todos somos como esos dos chiquitos que vi ayer en una calle de Florianopolis, el vivo que llora en silencio la muerte de su compañero, y el muerto, sus ojos abiertos mirando nada, apenas un cuerpo tirado sobre unos cartones.


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