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El zorro


José M. Galán

El zorro

El bolso que llevaba al colegio cuando estaba pupilo. Nada conservé de aquella época, apenas una frazada con un número 20. Siempre sentí vergüenza y nunca supe por qué. Busqué y encontré motivos. Ninguno cierto. «No le debo nada a nadies», decía, certero, tu abuelo, Sandra. Hoy hablé de una lista. No sabía de qué tenía que hablar y estaba sentado frente a otro. Otro como yo. Todos estamos asustados. Se mueren los gatos antes para enseñarnos, pero es un sacrificio inútil. Yo no siento pena, dije. Por momentos no tengo, por momentos soy todo. Es así. Alguna vez pateé un gato. Otra vez maté un zorro; de una cuchillada, de atrás, mientras lo acorralaban unos perros, un tajo en su cogote. Y cuando cayó mi película, cuando el zorro empezó a boquear sangre y aire por la herida entendí que era tarde y, como Caín, corrí. Pero no pude ir más allá de aquél zorro. Volví e intenté terminar su agonía, borrar mi intento de heroísmo. Estaba flaco, era un zorro viejo. Se dejó acorralar como un tonto por mis tres perros. Quizá de hambre. Quizá ya no quería más, tanto trotar por ahí, sin Dios. Y lo alcé y me miró de ese modo, como miran los animales, y lo hundí en la bebida. De sus pocas fuerzas, se irguió, sacó su cabeza afuera del agua, buscando aire. Del cuello le chorreaba sangre que teñía el agua del bebedero, las mangas de mi camisa. Los perros, un poco alejados, miraban como si supieran. No aguanté, monté al caballo y corrí. Lejos de ahí que era todos lados; todo se volvió zorro que agonizaba. No pude alejarme… volví y el zorro ya no estaba.

 A veces lo imagino arrastrándose fuera del bebedero y rumbear hacia el bosquecito de cañas que crecía al lado del tanque, a morir en paz. Un poco de alma se la debo, zorro distraído que se dejó acorralar en un bebedero por tres cuzcos y un chico con cuchillo.

Esa mirada de no entender de algunos animales, dijiste hoy, Gustavo, cuando te conté esta vergüenza. ¿Por qué pensar que piden, que quieren entender? ¿Qué podríamos darles? Por eso nos miran así, pienso ahora. Para darnos esa mirada que nunca más se olvida.

Me acuerdo de P. K. Dick y yo también, me digo, voy a alzar a mi zorro y gritarle en La cara "¡¿Cómo podés juzgar?!" Pero no va a ser así. Estoy seguro de que no va a ser así.

Tan solo silencio.
              
Negrura y silencio, Gustavo. 
              
Y a lo mejor, olvido.
              
Dejo la máquina encendida, esperando; por si sucede.

La  muerte, esa pausa en la vida de los demás. Recuerdo otras dos: la de mi padre primero y la de mi madre, después. Ahora digo soy huérfano. Antes también lo era, pero no había tenido

la pausa
              
en la vida de 
              
los demás.

Yo una vez trabajé. Sí, y un día vino a mi boliche una preciosura que se llamaba Astrid. Unos días antes yo había ido a un desfile de modas en el que había ayudado a preparar la gráfica. Borracho, había repartido mi tarjeta sin ton ni son. Sí, tenía tarjeta: Composición Macintosh, decía escuetamente. Y unos días después vino Astrid. ‘Le diste esta tarjeta a mi marido ¿dónde fue? No sé qué hacía mi marido en un desfile de modelos. Quiero que hagas unos libros.’

Nos estamos cayendo y nadie dice nada. Tomemos té mientras tanto, 

la elegante pobreza
que no 
alcanzo. 

Cuando uno tiene un pájaro que se vuela, siempre corre a decírselo a los demás. Pero yo no. Simplemente bajo la cabeza y me avergüenzo de mí. La mugre me ensucia la planta de los pies. Un camión frena, recoge basura, acelera y frena. Es un ruido de noche, de luces rojas que se alejan. Y me siento aquí, infinitamente ignorado, rodeado de noche interrumpida. Se va el camión y su ruido de noche, peones corriendo juntando mierdas. Pelos rubios en el desagüe de un lavabo, pescaditos de plata que corren cuando enciendo la luz. 

La esperanza que, 
de tantas veces fallida, 
ya no espero 
escribir. 

Los botones caen entre las piernas, leo, por eso nunca se encuentran. Así es como vamos muriendo, mientras se nos caen los botones de un abrigo entre multitud de piernas. Son muchos los que se sientan tristes y mudos porque nadie devuelve sus saludos. Los taxis se zarandean sobre los baches. La luz ahora es fría. Puños de camisa blancos y almidonados, ¿de quién son las palabras, los tonos? Yo apenas silbo. Yo apenas. «Dios santo, qué bueno es que lo vean a uno». Todos necesitamos de una mano, pero algunas 

aprietan y 
ahorcan. 

Es usted la persona ideal. Ojos que brillan, vendedor de electrodomésticos, de autos usados. Hiena. Sería capaz de comprarle todo si se callara. Ya no tomo más trenes como aquellos que vi en una estación que ya no está, en un lugar que ya no está, en un mundo que ya no está. No pude decirlo, como siempre. 

(Un niño perdido en la gran ciudad. Mi piel reacciona y unos granitos diminutos pican en mi cabeza.) 

Pieles que envuelven a mujeres hermosas. Todo aprendido a ver, sin espanto, un animal cubriendo a otro de elegancia muda. Nadie ve morir a los pájaros. Como los botones que ruedan descosidos, pobrecitos. A veces la nieve comienza a caer por la noche. Yo iba por una calle bordeada de árboles helados y dije: Mirá como nieva, mirá, si parece… La luz del auto golpeaba en los copos e iluminaba a los otros, tantos copos. Tengo ese recuerdo y no sé qué hacer con él; como uno de aquellos copos en mi mano. Subterráneo al sur, San Juan, Constitución, si yo pudiera decir todo aquello, quizá… Como el silbido de un guardia que camina solo, pisando bolitas de paraíso. Como un acorde de violoncelo y carteles vistos de costado a toda velocidad y ruido y calor 

             y ese 
             olor.

 

Tuve que aprender a coserme los botones, y no sabía que lo que sentía era pena, y no de mí. Quizá por mi camisa, con su cuello remendado y dado vuelta. Camas alineadas, cabecera con cabecera, cuchicheos en la oscuridad, infinidad de estrellas y yo tan olvidado... 

Por eso Astrid pregunta por su marido pero no quiere saber. Hay un último viaje en subterráneo. ¿Alguien lo sabe? También hay un aire frío, olor a café, apuro y llegadas tarde. No todo tiene que tener un sentido. Un sentimiento atado a ideas, escapa. Quizá te sirvan mis horas en este escritorio, apoyado en aquella pared tan triste de sol de invierno. Quizá. Y por eso trato. Y vuelvo. Para poder decir. El cortejo parte, gente que sigue y yo no estoy. Quizá más tarde. O quizá fue antes, tomando mate en una cocina, mi conciencia caída en un pozo. ¿Te molesta que recemos el rosario?, me preguntaron en voz baja junto al ataud de mi madre… "No, ya no me puede molestar nada, ni que le caguen en la cabeza." Pero no digo nada, porque siempre tengo vergüenza de mí, yo tan así; recen el rosario, coman chorizo, cuenten cuentos, tantos parientes reunidos, el poncho del tío Santiago. Ochenta años él, no sé cuántos su poncho. ¿Qué decir? Tampoco podía irme. Mamina. Yo le decía Mamina. Mucho antes de que se muriese, cuando aún confiaba y creía que era mi madre. Después perdí la fe y cuando me pidió ayuda, ya no creía más en ella. Era 'aquella señora que dice ser mi madre'. Tardes de siesta, comidas en silencio que taparon todo lo que pudo hablarse. Ahora tirada ahí, con ridícula vestimenta, si te vieras ¡cómo putearías, madre!: Viejas rezándote el rosario, qué panorama más pedorro. El dolor es una capa impermeable hacia afuera. Penetra y permanece. Pude llorar, no pude decir. Hablé corrido de lugar y no dije. Hice palabras. Pero no eran. Mujeres arrodilladas con la cabeza baja. ¿Dónde están ahora? Algunas piernas hacen que vuelva la esperanza, vacía como la erección al viajar en colectivo por la mañana. A la tarde, colegialas ruidosas salen de aulas heladas. Siempre hay flores en las confiterías. Los cubitos de hielo chocan contra paredes de vidrio antes. Chocan. Todo es cuestión de velocidad de percepción, tan solo eso nos separa del horror. Yo no entiendo y me avergüenzo. Una vez más. Mi lentitud, siempre un poco después. Tanta conciencia de mí, aturde, y distrae. Pleno de preguntas idiotas. Tan desconcertado. Un ligustro ¿o u libustro? Florecen en pequeñitas manchas blancas que salen de por ahí, no importa. Blancas flores chiquitas perfume ordinario. Perfume. Yo apenas. José, dónde fue que le diste tu tarjeta a Santiago. No sé quién es Santiago. Mi marido, en un desfile de modas. No sé, yo estaba borracho. La policía habló conmigo porque era el único que llevaba saco. Eran todos raros, Astrid, no sé quién era tu marido, no había maridos, yo apenas era novio. Estás inventando, José. Sí, te estoy inventando. Ahora. Ya sé que no fue así. Este dolor en el estómago. Este dolor.

 

¿Venís a dormir?

 

Ya bajo. Un vaso de leche. Plato de leche, lengua de gato, con unas cositas que raspan, me acuerdo. "Jodido, sos un jodido de mierda." No, no entendés, es que no sé, ¿es que no ves? Yo voy más despacio, mucho más. Aún así. Miremos el minutero del reloj, se mueve, creo ver cómo se mueve. Es fácil pensando rápido entender el mundo rápido, como un resumen. Ya es tarde. Nunca voy a poder decirte qué hacía tu marido. Como tantas otras cosas. Afinidad instantánea. Sentir la piel sin necesidad de tocar la piel. Gravedad, hueco en el espacio, me caigo hacia vos. No te voy a poder contar. Como granos de arena. Y también se van a terminar. Como un zorro apuñalado desde atrás. Aun siento su peso en mis brazos. Yo sé por qué Caín se ocultó, no hace falta más que apuñalar a un zorro viejo y débil. Flaco, hocico flaco, ojitos negros, pelos erizados de perros que gruñen y chumban. Después dolor. Vestidos de fiesta, música de fiesta, todo el mismo dolor, y el no saber, de nuevo el no saber. Una voz sigue diciendo mi nombre. La música podía ser de Creedence, o de Norman Greenbaun. O Cecilia, la de Simon and Garfunkel. La ropa de fiesta de las chicas. La mía seguramente no. Mi mirada al pasto, Astrid. Grupos de silencio y risas porque nadie dijo, ni mostró. Pájaros que se escapan, yo tampoco digo nada. Y así todo, la palabra sería gracias. Pudo haber sido peor. Es hora de dormir. Un vaso de leche antes, acostarse, cerrar los ojos. Es simple, pasa.

 


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