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Notaciones desde
un cielo frágil


José M. Galán

 

 

Depaseo

 

 

Sol, tanto sol a las diez de la mañana, las chicharras vuelven denso al aire, lo acaloran. Tantas cosas por hacer en días de vacaciones. El terror que me dan los trámites. Deudas, hipotecas, cheques y contratos ... diluidos por el canto de las chicharras. Escucho la bulla de los chicos que pelean aburridos. Vuelta al hervidero, a la pregunta de quién tiene tiempo para preguntas: qué estoy haciendo de mi vida.

El cielo sin una nube, yo sin ninguna respuesta. Micaela silva, a su modo silva, aprendiendo; la pava también, me avisa que ya está caliente el agua. Dos libros delante mío: A primer of Tu Fu y The Golden Peaches of Samarkand. Dinastía T’ang. ¿saben?, mate y dinastía T’ang.

De vez en cuando me acuerdo de vos y no sé qué pensar, o no quiero saber qué puedo pensar. Algo así. Todo pasa tan rápido por mi ventanilla. Siento un gusto asqueroso en el mate y decido limpiar la bombilla. Salen unos cascarones negros. Me pregunto con asco cuánto de eso habré tragado. Imagino enfermedades imposibles de diagnosticar debidas a una bombilla sucia. Paso un alambre raspando el interior de la bombilla, paso agua a presión (soplo agua por la bombilla), paso un papel enrollado. Sigue saliendo algo negro. Basta. Tomo el mate así como está. Hongos, pienso, son hongos. Y ahora crecen en mis tripas. Hongos negros.

Todo está peor, Valeriano, ¿ve?, son hongos. De marte o más allá, seguramente. Pero a usted no puedo contarle qué es lo que se me cruza por la ventanilla. A un costado, las fotos de una revista que promociona barcos parecieran burlarse de lo que es la vida cotidiana, esfuerzo simple y llano. Cada vez es mayor mi desconcierto. Rimbaud. El basural; este mundo huellado por gusanos hambrientos de más basura. Eso es lo que se ve a la luz del relámpago. Tanto ajetreo, tanta ciencia, tanta industria, tanto sinsentido tan razonable. Enormes lombrices rosadas muertas en el fondo de la pileta. Los pies metidos en ese barro hediondo. ¿Qué lo diferencia del de las playas de Pucón? Todo es perspectiva. Esos bichos que se retuercen en el barro de mi ‘piscina’ ya no veranean.

«He llegado a expresarme peor que el mendigo con sus Padrenuestros y Ave Marías, ya no sé hablar.» Nunca supe más que uno o dos rezos que ni recuerdo ahora. Me pareció una despedida, la mariposa cantándole a su caparazón vacía. «Hoy creo haber concluido la crónica de mi infierno. Sin duda alguna era el infierno; el antiguo, aquel a cuyas puertas el hijo del hombre...». Esclavos, no malvivamos la vida. Imposible, verdad? La vida como escuela. Quién sabe.

Nuestra barca presidiendo las brumas inmóviles se dirige hacia el puerto de la miseria. Sí. ¿No acabará nunca esta devoradora? No parece tener fin la actividad que genera actividad que genera más actividad…

No quiero respuestas, solo la inquietud que genera la pregunta. «Filósofos, quedaos con vuestro occidente», dijiste. Pero no fue así. Oriente también come mierda. Desgarrador infortunio. La acción no es la vida, sino la mera forma en que se desperdicia una fuerza. «La moral no es más que debilidad cerebral», decías y te entretenías inventando el color de las vocales. Yo también me horrorizo ante todos los oficios, patrones y obreros, todos esclavos, qué mundo de manos este, cómo entristece la honradez de la mendicidad quedando tan pocos mendigos ya entre tanta mano que pide una moneda.

Más ocioso que un escuerzo, no gasto fuerzas ni para levantarme de mi asiento. Tengo horror a las patrias, ya nadie sueña ebrio sobre las playas. Los pensamientos no maduran por ser dichos. Se pudren al generarse. La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo. El viento sacude las ventanas y ese sonido rítmico me recuerda a otros; me vuelve al mar. Un barco fondeado. Silencio de siesta y ese sonido, clak... clak. Clak ... clak.



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