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Un día en la vida


José M. Galán

 

Depaseo

 

De vivir padezco la incredulidad esa de quien sufre un accidente: El tiempo se detiene y solo se alcanza a pensar con desesperación: "Esto no está ocurriendo, esto no está ocurriendo..."

 

Sábado, 24 de Mayo
Descalza, camina!, nadie cierra los puentes, los barcos en el agua ni cuenta se dan, podría recorrer unos 293.000 kilómetros escuchando música sin que se me repita una sola canción. Modos de medir el tiempo. Clips de colores con los que estuvo jugando mi hijo, me dicen algo tan claro, tan claro… ¡y sin embargo! La memoria me resulta complicada. ¿Mate o café? Toda una tarde. Una pila de LP’s elegidos cuidadosamente. Tomamos un ácido cada uno y ‘abrimos nuestros corazones’. Toda la tarde escuchando una misma canción, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. ¿Te acuerdas, Livia? No creas que soy muy listo, oh no! Mira, Lulú toma taxi! … Ni cuenta te das. El largo camino ¿a casa? ¿hay algo así, acaso? Dime, dime… La-la lala-la lá… Cómo se va, ¡mira! Ninguna mano puede contener su puñado de arena. Mi hijo. Yo fui hijo. Todavía puedo sentirme hijo. Pero esta muerte que avanza, que nos arrincona en cada vez más memoria. Tantas cosas que ya no haré. Tantas cosas que no sé. Píntalo de negro. The price you pay for love. ¿Acaso no son verdad hasta las mentiras? Del mismo modo, ¿are you experienced? Voces que llaman, siempre el mismo grito. Monótono bajo sus múltiples velos. Maya. Olvidemos las palabras ni bien dichas, y nada habrá que no entendamos. Eso es, ¿verdad viejo Po? Olvidarse de uno. Mirar por el hueco del techo… ¡la luna!

 

luna

¿Qué puede importar luego? Ni siquiera está ahí, ni siquiera está ahí.

Una vez, siendo un niño, me acerqué muy despacio a un zorro distraído por unos perros que lo habían cercado. Con un cuchillo que llevaba le atravesé el cuello y el zorro herido boqueaba, buscando aire. Los perros quedaron tan sorprendidos como el zorro -no tanto como yo-, y se alejaron. Quizá los ahuyentó el olor de la sangre. El zorro, caído, me miraba, no entendía, temía que siguiera lastimándolo. Moría despacio, se ahogaba. No pude soportar esa mirada, corrí al caballo pero no llegué a montarlo; volví al zorro. Con cuidado lo sumergí en un bebedero de animales para terminar su agonía. No se defendió, pero tampoco pude mantenerlo sumergido, el pobre zorro, con pocas fuerzas sostenía su cabeza fuera del agua y me miraba con sus ojos amarillos… corrí de nuevo al caballo y esta vez me alejé de ahí.



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