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Baleine


Paul Gadenne

 

 

Traducción de Rodolfo Rabanal
Ed. Pere Abbat
(fragmento)

Con la esperanza de ser olvidados, algunos de nosotros buscamos abrigo en aquel rincón exiguo. Al amparo del derrumbe, en medio de cristales y apliques de un. lujo extravagante, nos protegíamos detrás de un paño bordado de emblemas —por lo demás, desprendido de sus cordeles y en parte caído—, fumando en exceso y escuchando malos discos, a la espera del incidente que nos daría la fuerza para alejarnos, o atentos quizás a un fulgor que en el mar nos lo anunciara. Pues los más osados del grupo habían ganado ya la terraza, de donde acechaban, extendidos de bruces en la losa, en tanto nosotros no dejábamos de espiarnos, entre aquellos tabiques afelpados, en ese estado de sumisión animal y solapada vigilia que tan fácilmente conduce al sueño.

De pronto, cuando empezábamos a apagarnos en la cómoda profundidad de nuestras butacas, una persona cuya presencia apenas habíamos notado hasta aquel momento, se aproximó a nuestro reducido círculo de durmientes y, suponiendo al parecer que iría a sorprendemos, nos preguntó si habíamos oído hablar de la ballena.

Su voz era tenue y un tanto sorda. Pero es preciso admitir que el fuego de la mirada nos sorprendió menos que la pregunta, tan poco adecuada a las felpas y sedas que nos tenían cautivos, y entre las cuales la misma noche perdía su naturaleza. Hubo en los párpados un significativo aleteo. Por su lado, las lámparas, que difundían una luz pobre, empezaron también a vacilar, al tiempo que reconocíamos en la persona que nos hablaba a la viuda, todavía joven, de alguien a quien llamábamos el Capitán. Se rumoreaba que el dolor había oscurecido un poco la razón de esta mujer bastante misteriosa e indudablemente bella, tocada ahora con un turbante de gasa negra que despejaba una vasta frente, fría y pétrea.

—¿Saben ustedes que una ballena acaba de arrojarse a la playa? —dijo la mujer. —Y a pocos kilómetros de aquí... Una ballena blanca.

Alguien, no sin esfuerzos, procuró incorporarse de entre los mullidos almohadones donde dormitaba, para preguntar si se trataba de un cuento legendario —después de todo, bastante aceptable a esa hora en que la masa confusa de "cosas vistas" y de informes de la realidad no cesaba de abatirse sobre el mundo—, o bien si...

—Lamentablemente, no la he visto  con mis propios ojos —respondió nuestra interlocutora, el rostro parcialmente inmerso en la oscuridad del tapiz cuyos pliegues le conferían un aire de noble desolación, —pero tengo una amiga que vive frente a la bahía, allí, cerca del pueblo de pescadores. Imaginen su estupor. En esa playa que ella tiene todo el año ante sus ojos, y donde nada ocurre sin que pueda no advertirlo, había una masa blanca tranquilamente echada en la arena, y tan resplandeciente como una cantera de mármol. En fin, no hago más que repetir a ustedes la imagen de que se sirvió mi amiga... —terminó la mujer con un tono de excusa, un tanto ausente y ensimismada, lo que permitió que nuestra reducida asamblea se disolviera con una sonrisa de tolerancia.

A la mañana siguiente, pregunté a la muchacha que dejaba la leche en mi puerta si había oído hablar de la ballena.

—Dicen que es enorme —comentó la joven. —¡Y blanca! Parece que brilla al sol como una montaña de nieve.

 — Y la ballena? —pregunté más tarde al cartero que traía el correo, después de escucharle el parte meteorológico que infería, a diario, del estado de sus huesos.

—Será raro, pero es verdad, —dijo, marcando las "r" como un brigadier.

Pero está viva?

El hombre del Gas, a quien interrogué, me miró con piedad:

—Viva? No tienen más que asomar la nariz a la ventana... Hasta desde aquí se siente...

Por más tonta que fuese mi pregunta, aquella respuesta me resultó chocante.

—La ballena? Está totalmente cubierta dé arena—, me dijo al día siguiente un camarada empleado en el Catastro, a quien encontré en la ciu dad.

Casi ni se la ve, —me confesó tristemente un ingeniero civil.

¡Un montón de podredumbre! —me lanzó una chica, al pasar.

Es imposible acercársele, —exclamó una mujer de la costa que vendía pescados, debido al olor... —Y sin transición elevó su grito profesional hasta las arcadas de la plazoleta, alargando cruelmente las sílabas finales: "¡Pescado fresc000... !"

En lo sucesivo, mi encuesta sólo obtuvo una voz unánime: la de la condenación. Mis preguntas eran motivo de sonrisas. Ya ni se molestaban en explicarme.

Algunas personas pretendían, incluso, que se había tendido un cerco alrededor de la bestia, con el propósito de impedir que la gente se le aproximara. Pero nadie sabía si aquella medida había sido adoptada por razones de higiene, o porque una autoridad cualquiera deseaba reservarse la propiedad del animal con fines científicos.

 

Transcurrió la semana. El domingo, yo esperaba a Odile. Debíamos estar a las cinco en casa de la Condesa, invitados a su té. Cuando pos vimos, le confesé, un poco febrilmente, que le había preparado una sorpresa. Odile me preguntó cuál.

—No, visitaremos a la Condesa. Si me lo permites, te llevaré a otra parte.

Con cualquier otra persona, yo hubiera temido las consecuencas. Pero Odile desplegó su sonrisa de secreto acuerdo, que yo tanto conocía, afinaba sutilmente su rostro y prestaba a su expresión un aire de otro mundo, como un soplo de misterio que me tomaba siempre desprevenido.

—No me digas dónde, —exclamó alegremente, —porque ya lo sé. He tenido la misma idea.

El tiempo se había puesto gris, como suele ocurrir después de una sucesión de días luminosos.

—Esta ruta parece no terminar nunca, —dije cuando hubimos salido del bosque. —Se cree ver el mar, pero en realidad se nos escapa todo el tiempo. Nada me resulta más irritante.

Mira —dijo Odile. —¿No es aquello acaso lo que buscamos?

Detrás de los pinos, que empezaban a ralear entre las villas abandonadas, vimos, en efecto, una especie de gran muro gris: el mar.

No debemos estar muy lejos. Pero todo se ve tan desierto... ¿Crees seriamente que se pueda encontrar algo en semejante lugar? —preguntó Odile, como si la ballena hubiera debido escoger upa playa mundana para echarse a morir.

Era ya bastante sorprendente, a mi parecer, que no hubiera ido a parar a un banco de arena, un atolón o una isla perdida, y que, en cambio, hubiese cumplido este largo viaje hasta nosotros, impulsada por corrientes que la traerían a esta costa de Francia, al tiempo que otras corrientes, que terminarían a su vez por confluir en el mismo punto, nos arrastraban a nosotros, a Odile y a mí, desde extremos distantes del mundo, para reunirnos una tarde, de improviso, a la vera de un monte de eucaliptos rumorosos, bajo el peso de sus hojas afiladas... Había pues una coincidencia entre el desquicio de nuestra época, el milagro de dos almas que se reconocían mutuamente, y el azar incesante de las olas que se rompen en la costa. Comenté a Odile, mientras caminábamos, que la ballena completaba este universo caótico, secretamente armónico en lo invisible, y era, en suma, un monumento asentado sobre el cataclismo europeo.

—¿Y si esta historia fuera falsa? —insinuó Odile.

—Estoy seguro de lo contrario —dije. —Creo en la ballena. Y tú también crees en ella, Odile.

Una risa breve y afirmativa brotó de lo hondo de su garganta. Pero su espíritu no podía evitar el planteo de objeciones, como si hubiera otros allí para escucharla aparte de mí mismo. Sin duda, más le habría divertido visitar a la Condesa que emprender aquella excursión a la playa... Pero lo cierto es que yo creía saber por qué se empeñaba en desplegar su espíritu crítico: con demasiada frecuencia se la acusaba de ser sensible. La actitud defensiva prevalecía entonces sobre los movimientos de su naturaleza, y a menudo me ocurría no saber a qué atenerme frente a ella, y estoy seguro de que a ella misma le sucedía otro tanto con respecto a su propio espíritu.

—Si la gente supiera qué estamos haciendo dijo, —se burlaría.

—Lo sabrán.

De pronto, un muchachito apareció en la pendiente del sendero, a unos pocos pasos de nosotros.

—Aquí tienes una ocasión propicia para informarte —dije. —Frente a un chico, no temerás al ridículo.

El niño nos alcanzó dando brincos. Pero detrás suyo apareció otro más pequeño, después una niña, detrás una gobernanta, luego los padres, junto a ellos unos tíos de cuello duro y las tías, muy emperifolladas.

—Bueno, creíamos que se trataba de un niño solo —murmuró Odile, —y es toda una familia la que se nos viene encima. No creo conveniente hablar de ballenas ante toda una familia.

—Es verdad, lo serio de tu propósito contrastaría cruelmente con su falta de seriedad. Pero seamos pacientes. Quizás encontremos todavía muchachitos solos. ¿Y, por qué no, huérfanos?

—No lo creo —dijo ella, —la gente rara vez se aventura hasta tan lejos. Más allá, la arena es blanda, de un color ruin, y el mar está plagado de medusas.

—No importa, encontraremos algún pescador.

—Aparentemente —=dijo ella, —nos estamos preocupando demasiado por unos kilos de gelatina...

—Y de gelatina podrida —dije, —si damos crédito a los rumores. Empiezo a creer, Odile, que extrañas a la Condesa...

—¿Y si te equivocas? —dijo ella. —Figúrate que esa podredumbre me atrae como un cuento de hadas...

—Todavía estamos a tiempo, si lo prefieres —dije para ponerla a prueba, —todavía podemos volvernos y renunciar a la ballena podrida. Nos queda el recurso de imaginar una ballena deslumbrante y vivir felices con su recuerdo.

—No, de ninguna manera —dijo, moviendo la cabeza como si eso la horrorizara —a pesar de esta náusea que amenaza con marearme... Piérre, me parece que estamos dando un paso hacia la verdad, si...

La frase murió en los labios. El bramido del viento nos robaba las palabras.

—¿De veras te parece...? —dije. —En fin, veremos. Pero, dime, ¿una muchacha tan joven como tú, sabe acaso cómo es una ballena?

—Desde luego: la ballena es muy grande, lanza un chorro de agua por la nariz y tiene una expresión risueña.

Recorríamos ahora un sendero que flanqueaba el bosque. El viento nos disparaba agujas de pino a la cara. Muchas iban a incrustarse en los cabellos vaporosos de Odile, que trataba de retirarlas una a una, con gestos que evocaban los de una mujer china ante el espejo.

Nos exaltaba la pureza del lugar. Hasta una gran distancia, la costa era plana, y nosotros circulábamos en medio de una soledad perfecta, entre dos o tres líneas simples, donde la mirada no habría podido descubrir el más ligero accidente: a la derecha, la línea negra del bosque; ante nosotros, una línea dorada, en el deslinde de la arena y la espuma; y a la izquierda un horizonte líquido, duro e hinchado. Estas tres líneas corrían a reunirse bajo nuestros ojos, en un punto distante, hacia el que nos empujaba su convergencia y que, inalcanzable, no cesaba de alejarse. Comprendí que aquel era el único paisaje concebible para el desarrollo del acontecimiento que nos atraía a ese lugar. Aquella fuga de bosques y arenas, aquel universo inmóvil y expuesto, definido mediante unos pocos grandes trazos soberanos, habían convocado a la ballena. El mar estaba en calma, luminoso y frío, sembrado de estanques secretos que permitían presagiar lo profundo. En el extremo opuesto, el bosque se extendía nerviosamente bajo un tornasol de vivos reflejos. Los repliegues de la costa permanecían ocultos. Pero a lo lejos, en la débil radiación del espacio, se destacaba el relieve de un acantilado. Y supimos entonces que allí encontraríamos la ballena.

Ibamos por un camino precario y mal trazado, al que tapaba un polvo fino del color del centeno. Las orillas se perdían constantemente, y por momentos 'todo el rumbo desaparecía bajo un aluvión de arena del que despuntaban matas silvestres, claveles dispersos y, de forma harto abundante, unas plantas de tallo grueso y traslúcido a las que coronaba un tropel de hojas exuberantes y de flores pálidas, flores que a menudo había yo deseado recoger.

En su curso incierto, el camino solía por instantes acercarse a la costa, y por instantes alejarse de ella. Pero ahora no dejábamos de escuchar esa respiración lenta y altiva, ese choque sordo, esa voz desdeñosa de toda resonancia. Las olas se encabalgaban, luego se desmoronaban sobre sí mismas con grandes suspiros falsamente extenuados. Un festón de espuma inconsistente se congregaba en la ribera, y allí permanecía estremecido mientras el rápido declive de la playa volvía a llevarse el agua luminosa. A lo lejos, en el mar, se percibía el destello de nudos brillantes y duros, alrededor de los cuales el agua palpitaba.

—¿Ves aquella escotadura de la costa? —pregunté a Odile.

Ella había tenido la misma impresión que yo.

—Si no es allí —dije, —no habrá más remedio que volver. Pero la expresión de su rostro me hizo saber hasta qué punto esa hipótesis era inoportuna.

El villorrio se dejaba ver a disgusto en lo, alto de un risco sombrío, cuyos reflejos de pizarra apenas aliviaban unos escasos jirones de verdor. En una saliente elevada del acantilado, un faro resplandeciente de una blancura recién reconquistada, permitía no obstante adivinar las manchas oscuras de su uniforme de guerra. Abajo, la playa se curvaba en una suerte de paréntesis de pizarra, y nada parecía cubrir la desnudez de aquella superficie expuesta a nuestra mirada, semejante a la palma de una mano vacía. Entonces, a menos de doscientos metros del lugar donde nos encontrábamos, percibimos una especie de montículo alargado, de formas humildes y algo encogidas, echado de través en la playa, que el reflujo golpeaba metódicamente con la indiferente obstinación de las cosas que se hacen sin saber.

 Ya no pudimos apartar los ojos de aquella protuberancia, de esa hinchazón de materia lisa y un tanto lívida, que hacía pensar en una pasta sometida al fuego o en una nube petrificada o en una isla lluviosa y perdida. Aquello debía estar enterrado a cierta profundidad, porque se distinguían en torno suyo pequeñas y similares elevaciones. El mar se retiró apenas. El viento soplaba sobre una espuma amarillenta que venía a extinguirse debajo de la bestia, pero algunas olas, al romper, la seguían alcanzando y levantaban en sus extremidades una especie de largo y mullido plumaje.

A decir verdad, era menester esforzarse para pensar aquello en términos de vida, para persuadirse de que había allí una vida apagada y no solamente una masa inorgánica. No obstante, un detalle irrefutable nos recordó que aquella'cosa habla estado viva: el olor.

Y con todo, no era insoportable, aun de cerca. Parecía un débil tufo de sumidero. Tufo que por momentos se elevaba hasta aligerarse en suavidades singulares, bastante capaces de nutrir la imaginación.

 

—Es horrible, —exclamó Odile.

La vi llevarse el pañuelo a la nariz. No hacía demasiado tiempo que estábamos allí, pero algo me había ocurrido y me hizo experimentar aquel gesto como una ofensa. No tuve en cuenta lo que tantas veces me había dicho a mí mismo respecto de Odile. Le respon

t dí, tan dulcemente como me fue posible, que nadie estaba obligado a tolerar aquello, y que, si lo deseaba, podía ir a esperarme en la ruta.

 

—Oh, Pierre —contestó de inmediato en tono de reproche, —no quise decir lo que tú creíste...

El lugar no se prestaba a explicaciones, y tenía una gran necesidad de creer en ella. Se me ocurrió que quizás me estaba mostrando un tanto grave y severo, que no tomaba suficientemente en cuenta su edad. De todos modos, su respuesta me resultó placentera. Había que estar solo en un lugar como aquel, o con alguien semejante a uno.

Lentamente, circundamos la maravilla. Echada con todo su peso sobre la playa, parecía trabajar para su disolución, como si, de ahora en más, hubiera decidido pertenecer a la tierra —como pertenecían esas rocas bajas y angulosas, esas magras plantas duras que a nuestras espaldas crecían fuertemente adheridas a la pizarra y a las que la brisa ni siquiera arrancaba el más ligero estremecimiento. Pero las rocas eran ocres. La ballena, en cambio, blanca, de un blanco insulso, como el blanco de la leche derramada. Aquella blancura le era propia. Una blancura sin luz, helada, cerrada por completo en sí misma, de espaldas a toda gloria, con una resignación apenas patética. La blancura, en fin, de una ballena que no se daba demasiada importancia, que rehuía la elocuencia y desconfiaba terriblemente de las palabras; una ballena de naturaleza tan simple, tan próxima a nosotros que nos inducía a pensar que podríamos haber sido un par de buenos amigos...

Aquel blanco podría haber sido el blanco de ciertas piedras, cuyo esfuerzo hacia la transparencia ha chocado con un exceso de opacidad, y cuya luz, debido a este incidente, se volvió por. completo hacia el interior. Pero en ciertas zonas se distinguían manchas de un verde difuminado y, cerca de la cabeza, serpenteos malvas o azul cielo, extremadamente sutiles, que denunciaban claramente su pertenencia. Los tintes de la muerte son exquisitos: a veces, creíamos ver entreabrirse una rosa. Ante aquello, que más parecía un catafalco que un animal muerto, ante ese monumento ornado de delicados signos que viraban de pronto del rosa té al violeta marchito, nos acometió una duda —a la que se añadía, por momentos, y de forma absolutamente inesperada, la inquietud que se siente cuando velamos al lecho de un enfermo.

 

La bestia nos sometía, pues, a una prueba. Porque su aspecto era el de la piedra: un hipogeo cuyo mármol presentara delicadezas de flor. Pero si nos aproximábamos lo suficiente y tocábamos sus flancos con la punta del pie, reconocíamos una materia elástica, algo viscosa, que nos devolvía una presión blanda. Era imprescindible confiar en aquel contacto. La ballena estaba echada a todo lo largo de sí misma, en pálida y azulosa desnudez, con la naturalidad apacible de un ser vivo que descansa junto al mar. Los caprichos de la marea seguían sosteniendo el empuje y la caída de aquella espuma en forma de plumaje que tapaba una de sus extremidades. Incluso, a veces, en medio de las burbujas de saliva que se deslizaban a la superficie del agua, podía advertirse la agitación de algún jirón de carne; nada resultaba más perturbadór que este abandono en un cuerpo otrora endurecido de potencia y voluntad. Cuerpo que había dejado —como todo lo que vive— de erguirse contra el viento, de castigar la ola y aprovecharse de toda resistencia. Una obediencia insidiosa, una docilidad tremenda, la impulsaba a expandirse, a dejarse disolver en el universo. Una vasta efusión se cumplía de cara al cielo, la cual, para perfeccionarse, sólo esperaba un rayo de sol más tibio, una caricia del aire más activa. Mañana, en esta orilla de arenas, el sol vendría a consumar la disolución, y se vería a Yorick sopesar en sus manos el cráneo de Horacio. Mañana, Rogojín, el mercader, iría en busca de su rival, el príncipe; lo conduciría a su casa, descorrería allí las cortinas, y el alba sorprendería a los dos hombres en torno al cadáver de su amante, unidos por un amor sublime y tapándóse las narices...

En medio de aquel horror, buscábamos descifrar algo que nos fuera reconocible. Pero nada, en aquella proa que debió haber sido la cabeza, alcanzaba a diferenciarse del general hundimiento. Tan sólo la cola había conservado su estructura, acusando, en vista de esta confusión, la nobleza del ser organizado. Su forma era todavía perfecta, y nos preguntábamos merced a qué milagro podía aún subsistir al lado de aquel tejido indistinto, esta popa de avión flanqueada por esos dos negros alerones vigorosamente implantados en el fuselaje. Este, por su lado, parecía haber sufrido un limpio corte por encima de los alerones, dejando a la vista un disco blanco de considerable diámetro, que proponía de la bestia una imagen instructiva, casi un esbozo de explicación. El resto parecía un laboratorio derruido en el interior convulsionado de una fábrica. Una especie de bomba de incendio serpeaba a través de una serie de depresiones, de abultamientos y túneles para perderse, lejos, en un montón viscoso que el mar honraba de tanto en tanto con una baba distraída. Y todo aquello en el límite de lo informe, frontera inestable donde la imagen de una grandeza perdida y de una conciencia disipada en la materia rivalizaba con la obsesión del olor y la química de la licuefacción.

Y ahora ¿qué podíamos hacer... ? Su cabeza abandonada a los dioses del mar y la cola dirigida al oscuro acantilado, la ballena continuaba hundiéndose, ocultándose de nosotros. Un día, desaparecidos al fin los últimos vestigios, los niños bajarían a levantar en la playa sus efímeros castillos de arena y sus trincheras imposibles, y entonces alguien, quizás, les contaría —sin tomarla demasiado en serio— una muy bella historia de ballenas. Y esa historia iría a instalarse de inmediato en ese ámbito que la imaginación reserva desde tiempo inmemorial a la descripción de animales fabulosos, al conocimiento del mamut y del ornitorrinco y al mismo tiempo a los viajes de Ulises y a las aventuras de Robinson.

En todo caso, no sería ésta una historia para nosotros. Para nosotros, la ballena era aquella marca cortando la playa, como una grieta o una fisura; era ese charco con reflejos de jazmín y ortiga, aquel derrame perezoso destinado a las más turbulentas metamos fosis. Poco a poco, y ante nuestros ojos, el cadáver accedía a su auténtica gloria. Se transformaba en el lugar donde van a reunirse los jardines que el rayo fulmina, el último canto de los pájaros perdidos, los frutos expulsados demasiado temprano por los vientres de mujeres desgarradas. Retiradas las aguas del diluvio, recorrimos aquel extraño estanque donde hormigueaba la muerte, y donde brotará más tarde el trigo del Faraón. Hollamos, vacilantes, ese universo ambiguo, donde por encima de bosques abatidos —merced a un incomprensible mecanismo de repeticiones— se eleva un arco blindo, y aparece la silueta, inconclusa siempre, de la Torre. Escuchábamos, inmóviles entre corrientes adversas, bajo el choque incesante del viento, los rumores discordantes de esa ruda sinfonía donde triunfa la fuerza del follaje, donde la risa de plantas incultas desgarra el seno de las bayaderas esculpidas, donde los elefantes de Elora, los colosos de Ipsambul y las torres de Chartres, luchan contra la invasión creciente de la arena. Allí estábamos, aguardando ansiosos la nueva forma que iría a emerger del crisol donde chapoteaba un mundo hirviente, ese monumento de estabilidad y equilibrio alrededor del cual sonaba ya la trompeta del Arcángel. Iba levantándose piedra sobre piedra; grandes porciones de muro velaban poco a poco la faz del cielo, en procura del orden y de la duración; un armazón de innumerables ramificaciones, parecido a una espina dorsal, atravesaba la superficie todavía visible del firmamento. Un sueño deslumbrante nos empujaba hacia aquella construcción siempre en suspenso que ahora terminaba de fracasar una vez más, pero cuyo fracaso liberaba en nosotros un deseo tenaz de grandeza. ¡Ah, que sea al fin Tu Reino! Estamos sedientos, tenemos sed de lo que dura. Ya hemos respirado en demasía el azufre de las efímeras hogueras, llorado largamente sobre los ciclos cerrados del tiempo...! Miré a Odile, después a la ballena. Volví dificultosamente mis ojos hacia Odile, sin atreverme a decirle la conclusión que obtuve de confrontarla, incapaz de confesarme a mí mismo lo que pensaba de su fragilidad, que era también la mía, pero sabiendo que ya no olvidaría jamás su mejilla inclinada contra el viento, los secos chasquidos del faldón de su impermeable, su silueta dividiendo el mar en dos.

Pero yo no podía pensar demasiado tiempo en Odile. Porque mientras pisábamos la arena húmeda, en la que se dibujaban desiguales y efímeras nuestras huellas, me pareció ver la Bestia incorporarse, henchida de una formidable bocanada de aire, y erguirse alta, venerable. Y, sin embargo, tras la blasfemia y la orgía, surge la pirámide del mar de arena, las escalas de madera con el hombrecito que se agita, y el patrón que dirige desde lejos los trabajos pegado al largavista. Bastaba con que nos distrajéramos un segundo: apenas un parpadeo y ya no había a la vista sino esta tierra asolada, que sólo parecía alojar ciudades destruidas. El edificio, que poco antes entreviéramos a la luz alagadora de los proyectores, ya no era ahora mismo, se hundía en el misterio, un misterio del que tanto hubiéramos deseado arrebatarla. Cuanto se nos pudiera decir de la Ballena, todo cuanto la ciencia y la historia nos pudiera informar, no nos habría enseñado nada. Porque deseábamos conocer únicamente el secreto desaparecido, la palabra de la creación que representaba. Aquello, en fin, que confería a esos despojos una importancia, un sentido —una amenaza— que directamente nos concernía. Lo sentí mientras miraba a Odile: una extraña, decisiva simpatía por el ser que viniera allí a concluir su temporalidad se' anudaba en nosotros, una simpatía que nos aislaba, con él, en esta playa indiferente, entre el acantilado inmóvil y las aguas en movimiento. Estábamos solos —solos con la Ballena, con esa inexplicable gelatina donde la nada asumía colores tan tiernos— y sabíamos que, ajenos a toda palabra, habíamos abrazado su causa de común acuerdo y para siempre. Esta derrota, este silencioso desvanecimiento, adquiría el valor de una presencia. Comprendíamos que ese salivazo, reguero de podredumbre aparecido súbitamente en una playa para nosotros familiar pero que no exploráramos aún con la mirada, era el más solemne de los espectáculos. No necesitábamos esforzarnos para grabarlo en nuestro espíritu; en él había estado inscrito desde siempre, era nuestro más antiguo pensamiento. ¿Éramos, en fin, nosotros, que mirábamos todo aquello, seres casuales, imperceptibles, a merced de los astros, arrojados a las playas de una naturaleza en la que nada ocurre? Ciertamente, a esa altura, estábamos totalmente seguros de nuestra solidaridad con el monstruo; lo bastante seguros para rendirle honores, y también para llorarlo. Una enorme acusación se elevaba de esta playa estrecha, de este derrumbe gelatinoso, una acusación que recubría el mundo. Hombres y bestias teníamos un mismo enemigo, una sola ciencia, una única defensa. Estábamos ligados. Una conmiseración desmesurada, piedad que no podíamos impedir que recayera también sobre nosotros, nos subía a la garganta ante los restos irrisorios de la bestia bíblica, del Leviatán vencido. Esta ballena nos parecía la última, como último nos parece todo hombre cuya vida se apaga. Su visión nos proyectaba fuera del tiempo, fuera de esta tierra absurda que en medio del confuso estruendo de sus explosiones parecía correr en pos de su última aventura.

Creímos ver tan sólo un animal cubierto por la arena: contemplábamos un planeta muerto.

Algo más tarde, retomamos el sendero que contorneando el acantilado subía gradualmente al Faro. Cuando el camino se distanció lo suficiente y la bahía se mostró a nosotros, buscó nuestra mirada a la Ballena. Nos costó reconocerla en aquella huella insignificante que formaba sobre la arena ya reseca. Y esta vez nos pareció irremediablemente sola. Carecíamos a esa altura del coraje necesario para soportar la imagen de su derrota. Regresamos afligidos como quienes ven desvanecerse el último sendero; y ahora ya sin fuerzas para retribuir siquiera los vagos saludos de los pescadores.

No bien nos encontramos en el tranvía que nos devolvería a la ciudad, advertimos que el mundo se permitía la ilusión de continuar su vida rutinaria, indiferente. El guarda tenía aspecto de no dudar de nada. Como de costumbre —la gorra ladeada sobre los ojos—, recibía las monedas con un gesto mecánico. Unos soldados invadieron el coche. Habían bebido, como de costumbre, y ya empezaban a pelearse. El vino los envilecía; de seguro algo habrían hecho el domingo. En el mismo tranvía viajaba una dama que conocíamos; nos habló de Z, casi ansiosamente... de la actriz que acababa de llegar a la ciudad. Le urgía confiarnos que precisamente venía de tomar el té con la vedette. Luego, condescendiente, preguntó:

Y ustedes, ¿qué hicieron...?

Oh, poca cosa —dije yo. —Fuimos a ver la Ballena.

Esa noche prolongamos un poco la sobremesa en la terraza. Después dejé a Odile en el salón, entre discos y revistas, y me retiré a mi cuarto sin saber, todavía; si deseaba estar conmigo, si había decidido marcharse o simplemente, dormir en cualquier otra habitación de la casa. En ocasiones solía pasar la noche allí sin hacérmelo saber, hasta que a la mañana siguiente me cruzaba con ella en algún pasillo. Me agradaba aquella libertad que nos habíamos acordado y que no excluía un tácito entendimiento, en nombre del cual esa noche la esperé largamente antes de poder dormirme.

Estaba ya a medias dormido cuando escuché golpear la puerta con, suavidad.

Odile permaneció un momento sin hablar. Las . cortinas estaban descorridas. Era una noche sin luna, de modo que de no haber sido por la suave presión de su peso sobre mis pies, habría podido creer que, tal como había entrado, había abandonado la habitación.

—Pierre... —susurró.

El tono de voz me alertó. No respondí de inmediato. Me costaba despertarme.

—Pierre —volvió a decir. —¿Duermes?

Se aproximó. A tientas, le apoyé la mano en el rostro.

—No del todo —contesté. —No, creo que no estoy dormido.

Transcurrió un tiempo que me pareció infinito. Quizás había vuelto a mi sopor. Un movimiento de Odile me devolvió la conciencia.

—Quisiera ser la Ballena —murmuró en mi cuello.

Me apoyé en un codo. Esta vez temí

no haber entendido, y sentí, con más razón, la vergüenza que mi menosprecio debió hacerle experimentar en la playa.

—¿Por qué dices eso?

Inició una frase, luego se detuvo como ante una idea inexpresable. El viento nos había fustigado de frente mientras

 regresábamos y ahora me costaba mantener los ojos bien abiertos. Traté sin embargo de animarla.

—Y bien, sí, —dijo ella, —me habría gustado creer que existía una categoría de seres, pero ¿por qué una categoría? Tan sólo un ser, aunque más no fuera... —Oh, Pierre, —dijo, aferrándose de mi brazo, —estoy triste, muy triste. Tan decepcionada. Tengo la impresión de que ha ocurrido algo, que el mundo no volverá jamás a ser como era...

Una ráfaga abrió los batientes de la ventana, y el cuarto se pobló de un fragor sordo, que nos llegaba por encima del campo, desde muchos kilómetros de distancia, como un tren lejano que avanza incesante en medio de la noche.

—Escúchame, Pierre. A lo mejor crees que soy tonta, pero quisiera... Dime ¿no crees que podamos hacer algo por ella?

Me incorporé del todo y me senté en la cama, esforzándome en precisar la mancha oscura que el cuerpo de Odile dibujaba en las sábanas. Creí ver que todavía llevaba la misma ropa de la tarde.

 Lo crees imposible? —ahora con más ánimo, mientras yo guardaba silencio. —Imagínate, sería algo maravilloso...

Me conmovió la voz con que dijo estas palabras.

Sin duda —respondí, —provocaríamos un buen escándalo. Y sin embargo, el mundo es tan distraído... Cuántas personas que oyeron hablar de la Ballena se han contentado con alzar los hombros y vuelto de inmediato a ocuparse en sus asuntos. ¡Como si tuviéramos una ballena todos los domingos!

No me importa nada el escándalo, —dijo ella. —Pero sería un consuelo tan grande...

—Para que una cosa así ocurriera, haría falta que el curso del mundo se alterara, Odile.

Y tú no crees que pueda cambiar...

Ahora yo tenía los ojos bien abiertos y la observaba. No estaba seguro de distinguirla realmente, pero creí empezar a entrever las regiones por donde se aventuraba su espíritu.

Quizás —dijo Odile, —si el mundo fuera lo bastante puro...

—Quizás —dije yo.

—Pero quizás baste con que haya un solo ser puro en el mundo... ¿No crees, Pierre?

Quizás —dije yo.

—¿Y si cada uno de nosotros intentara transformarse en ese ser?... Eso, al menos, depende de nosotros... Es verdad, Pierre, que somos muy pequeños. Es verdad que carecemos de poder. Pero, esto, pequeños e impotentes, lo podemos. Lo podemos, —repitió ella. —El más pequeño de los hombres puede hacerlo... Con sólo un pequeño esfuerzo sobre sí mismos...

Sentí, a través de la oscuridad, la fuerza de su mirada.

—La verdadera fe —razonó, —debe parecerse a los átomos: bastaría con qúe uno se desintegrara...

Calló. Seguimos escuchando, a lo lejos, ese ruido invariable que no dejaba de sorprenderme, el fragor del mar en la costa.

—Seguramente, —admití, —es eso lo que cambiaría el curso del mundo.

No contestó. Tendí la mano para encontrarla. Pero ya se hallaba fuera de mi alcance.

Encendí la luz, Odile se había ido.

 

 



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