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Boda en el Delta


Eudora Welty

(fragmento)

EL APODO del tren era el Perro Amarillo, y su nombre real el Yazoo-Delta. Era un mixto. La fecha, el 10 de septiembre de 1923, por la tarde. Laura McRaven, de nueve años, hacía su primer viaje sola. Iba desde Jackson a visitar a la familia de su madre, los Fairchild, en su plantación, Shellmound, de Fairchilds (Mississippi). Cuando llegase, saldrían todos corriendo y diciendo: «Pobre Laura, pobre Laura, sin madre», porque su madre había muerto aquel invierno y a ella no la habían visto desde el funeral. Su padre la había acompañado hasta Yazoo City y la había dejado en el Perro. Su prima Dabney Fairchild, que tenía diecisiete años, iba a casarse, pero Laura no podría asistir a la boda porque su madre había muerto. De todos estos hechos, el más persistente en la mente de Laura era el más íntimo: que tenía nueve años.

Las ventanillas del vagón estaban abiertas y sujetas con astillas de la leña. La brisa que penetraba por ellas, cálida y después fresca, tenía la fragancia de los bosques, de las flores amarillas y del propio tren. Mariposas amarillas entraban y salían, y de vez en cuando una de ellas se ponía al paso del tren, que parecía estar echando una carre-ra con una mariposa. En el techo, una lámpara negra con un adorno circular de flores colgada de una cadena se balanceaba en redondo con el bamboleo del vagón y enviaba ráfagas de olor a queroseno. Era casi seguro que el Perro llegaría a Fairchilds antes de que la encendiese Terry Black, el revisor, que había prometido al padre de Laura cuidar de ella. La pequeña iba sentada frente a la estufa, pero, por supuesto, ésta estaba apagada. Medio asomada a la ventana, la luz y el aire sembrado de hollín trataban de hacerle cerrar los ojos. Llevaba el billete para Fairchilds sujeto en su sombrero de paja Madge Evans, imitando al viajante del otro lado del pasillo. Una vez, el Perro se detuvo en medio del campo y Laura vio al maquinista, el señor Doolittle, apearse y coger una «vara de oro» particularmente bonita; para quién, no podía saberlo. Después, el largo grito de septiembre se alzó de las mil cigarras invisibles y penetró, apremiante, por las ventanillas abiertas.

En algún lugar, un perro de granja con manchas blancas y rojizas corrió junto al Perro Amarillo un buen rato, justo bajo la ventanilla de Laura, dando secos ladridos hasta que lo dejaron atrás, o él se volvió. Y después, como si una mano barriese la colina y todos los árboles del mundo, dejando sólo campos de algodón, empezó el Delta. El viajante se hundió en su asiento con un gruñido. Terry Black vino y cogió los billetes de los sombreros. Laura sacó el plátano que le quedaba, lo peló y le dio un mordisco. Su cabeza se vació de pensamientos y la llenó el paisaje. En el Delta, la mayor parte del mundo parecía ser cielo. Las nubes eran grandes más que los caballos o las casas, más que los barcos, las iglesias o las desmotadoras, más que todo si exceptuamos los campos que cultivaban los Fairchild. Con la nariz hundida en la piel del plátano como en el cáliz de una azucena, Laura contempló el Delta. El terreno era perfectamente llano y nivelado, pero vibraba como el ala de una libélula. Parecía un instrumento que alguien acababa de rasguear.

A veces, en medio del algodón había árboles con apenas una, dos o tres ramas; ella podía dibujarlos mucho mejores. Otras, como una oruga velluda frente al algodón, había una línea ondulada de gruesos, tupidos y verdes sauces y cipreses, y cuando el tren cruzaba ese verdor, rodando sobre un estruendoso puente de hierro, en su centro, como una mancha dorada en el lomo de la oruga, había en ocasiones un brazo de río pantanoso, un bayou.

A medida que transcurría el día fue cayendo sobre el algodón una luz rosácea. Laura sacó el brazo por la ventanilla y dejó que lo salpicase el hollín. Apareció una mula negra a la luz diamantina de la lejanía, entrando en esa luz; un chiquillo volvía a casa en una mula negra, y tras él el camino oculto entre los campos se delataba por el levantamiento de una estela de polvo. Los buitres del Delta, que parecían girar tan grandes y tan altos como el sol, con el atardecer iban descendiendo también e instalándose en lejanos muñones de árbol violáceos para pasar la noche.

En el Delta, los crepúsculos eran una orgía de rojo. El sol descendía espléndido como una rosa en su tallo por el oeste, y el horizonte tenía allí un borde de un blanco lechoso, como espuma de mar. El cielo, el campo, el pequeño camino y el río, todo lo que había sido claro u oscuro era ahora de un solo color. Desde el cálido alféizar de la ventanilla, los campos interminables relucían como un hogar encendido; Laura, al mirar afuera apoyada en los codos y con la cabeza entre las manos, sentía lo que siente el que llega a otro país, un lento y fuerte golpeteo en el pecho.

-¡Fairchilds, Fairchilds!

Terry Black bajó la maleta que el padre de Laura había puesto en la rejilla. El Perro atravesó un puente de hierro sobre el bayou de James y pasó frente a una larga desmotadora, iluminada por el crepúsculo y cuyo costado metálico parecía a primera vista un lago azul, y frente a un andén de carga donde las balas de algodón estaban tan cercanas que parecían asomarse a ver el tren. Detrás, de un dorado oscuro y sombrío, estaba el río, el Yazoo. Llegaron a la estación, del mismo amarillo oscuro de la vara de oro, y se detuvieron. Por las ventanillas, Laura pudo ver a cinco o seis primos a la vez, todos dando saltos arriba y abajo pero nunca a compás. Cada melena de pelo claro ondeaba como una banderola festiva, de modo que uno veía Fairchilds por todas partes, a pesar de la mucha gente que había acudido a esperar el tren y que preguntaba a Terry cómo le había ido desde el día anterior. Cuando Terry la dejó en los peldaños de hierro sosteniendo su pequeña maleta cuadrada -en la que iba su muñeco Marmion- y le dio un azote cariñoso, Laura titubeó, y fue bajada a tierra entre brazos que se alzaban.

-¡Besa a Bluet! y le pusieron al niño en la cara.

La besaron, se rieron de ella y le hubieran hecho pedazos el sombrero de no ser por el elástico que lo hacía volver a su sitio; despuès se la llevaron medio a cuestas, como a un borracho en una fiesta, sin que pudiese reconocer muy bien quién era cada uno. India no había venido -«No pudimos encontrarla»- y tampoco Dabney, que iba a casarse. La acomodaron en el Studebaker, en el pequeño asiento plegable, con Ranny metiéndole trozos de naranja en la boca desde su asiento, a su espalda. ¿Dónde andarían sus maletas? Cruzaron con estruendo el puente sobre el Yazoo y recorrieron la calle en sombra y con olor a río donde el pueblo, incluida la tienda de los Fairchild, parecía una fila de oscuros graneros, mientras los chicos cantaban Abdul the Bulbul Amir o gritaban «¡Que conduzca Bluet!» y pasaban al pequeño por encima de la cabeza de Laura para ponerlo de pie, lleno de orgullo, entre las rodillas de Orrin. Orrin tenía catorce años y era un conductor maravilloso. Recorrieron la calle arriba y abajo tres veces, y dieron marcha atrás hacia los algodonales para cambiar de dirección y volver a cruzar el puente, camino de casa.

-Por ahí se va a Marmion -dijo muy amable Orrin a Laura, y señaló un viejo camino que no cruzaba el río, sino que lo seguía, dos rodadas rojizas en la franja de sombra de los árboles.

-Marmion es mi muñeco -dijo Laura.

-No, es donde nací yo -replicó Orrin.


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