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El indio muerto de Duke Street


Heinrich Böll

 

No sin cierta vacilación, el policía irlandés levanta la mano para detener el coche. Probablemente es el descendiente de un rey o el nieto de un poeta, el sobrino-bisnieto de un santo, tal vez este hombre que aparenta velar aquí por la ley tenga también en casa, debajo de la almohada, la otra pistola, la pistola fuera de la ley del luchador por la libertad. Pero la actividad que desempeña aquí jamás fue ensalzada en ninguna de las innumerables canciones que le cantó su madre junto a la cuna: comparar el número del permiso de circulación con el de la matrícula del coche, y la pálida foto del propietario con su rostro de carne y hueso: qué necia, casi humillante ocupación para el descendiente de un rey, el nieto de un poeta, el sobrino-bisnieto de un santo, para alguien que quizá tiene en más estima la brutal pistola ilegal que la de la ley que se balancea en su cadera.

En fin, detiene con melancólica vacilación el coche, el compatriota que va dentro baja la ventanilla, el policía sonríe, y da comienzo la conversación oficial:

-Hace buen día hoy, ¿eh? -dice el policía-. ¿Cómo está usted?

-Muy bien, ¿y usted?

-Podría estar mejor, pero ¿verdad que realmente hoy hace buen día?

-Muy bueno, sí señor. Aunque a lo mejor luego llueve, ¿no le parece?

El policía mira solemnemente al este, al norte, al oeste y al sur, y la gozosa solemnidad con que mueve la cabeza, husmeando el aire, revela que este hombre lamenta que sólo haya cuatro puntos cardinales; sería estupendo poder mirar gozosa y solemnemente hacia dieciséis puntos cardinales; luego se vuelve pensativo hacia su compatriota.
-Yo no descartaría del todo que llueva. Fíjese, el día que mi hija la mayor tuvo al más pequeño, una preciosidad de chaval, con el pelo castaño y con unos ojos... ¡vaya par de ojos, oiga!, ese día, hace tres años, y sería por esta época del año, también pensábamos que iba a hacer un día estupendo; pero por la tarde se estropeó.

-Sí -dijo el compatriota de dentro del coche-, cuando mi nuera, la mujer de mi segundo hijo, tuvo a la mayor, una niña monísima, con el pelo rubio pajizo y con unos ojos azules clarísimos, una niña preciosa, oiga, ese día también estaba el tiempo casi como hoy.

-Y también el día que le sacaron la muela a mi mujer: por la mañana lluvia, a mediodía sol, y por la tarde otra vez lluvia, y exactamente igual el día que Catie Coughlan mató de una cuchillada al cura de Santa María...

-¿Se llegó a saber por qué lo hizo?

-Lo mató porque no quiso darle la absolución. Durante el juicio, para disculparse, no hacía más que decir: «¿Y si me hubiera muerto, con todos mis pecados?»; ese mismo día le salió el primer diente al tercero de mi hija la segunda, y normalmente los dientes los celebramos; pero yo me pasé el día rondando por Dublín con una lluvia torrencial, buscando a Catie.

-¿La encontraron?

-No; llevaba ya dos horas esperándonos en la comisaría, pero allí no había nadie, porque estábamos todos por la calle, buscándola.

-¿Estaba arrepentida?

-Ni lo más mínimo. Decía: «Supongo que habrá ido directamente al cielo; ¡qué más quiere!». Otro día malo fue cuando Tom Duffy les llevó a los osos del zoo el negro grande de chocolate que había robado en los almacenes Woolworth. Eran veinte kilos de chocolate puro, y todos los animales del zoo se pusieron como locos del ruido que llegaron a armar los osos. Pues bueno, aquel día hizo un sol espléndido de la mañana a la noche, y yo tenía pensado ir a la costa con la mayor de mi hija mayor: pero me tocó ir a buscar a Tom: estaba en su casa, en la cama, durmiendo como un tronco, ¿y sabe usted lo que me dijo aquel individuo cuando lo desperté? ¿Lo sabe?

-No me acuerdo.

-«¡Maldita sea! -exclamó-, ¡un negro de chocolate tan fenomenal, y tiene que ser de Woolworth! Ni dormir tranquilo le dejan a uno.» Qué mundo más absurdo y tonto éste, en el que las cosas siempre son de quien no deberían ser. Un día estupendo, oiga, y yo tuve que ir a detener al imbécil de Tom.

-Sí- dijo el compatriota de dentro del coche-; el día que suspendieron a mi hijo el pequeño en el examen final, también hacía un día así de espléndido...

Multiplicando el número de parientes por su edad, y el resultado, a su vez, por 365, se obtendrá el número aproximado de posibilidades de variación del tema tiempo. Y nunca se sabe qué es más importante: el crimen de Catie Coughlan o el tiempo que hizo ese día; imposible averiguar qué es lo que sirve de coartada: no queda claro si la lluvia lo fue para Catie o Catie para la lluvia. Un negro de chocolate robado, una muela extraída, un examen suspendido: esos acontecimientos no están solos en el mundo, pertenecen a la historia meteorológica y ocupan un nicho propio en ella, forman parte de un sistema de coordenadas misterioso e infinitamente complicado.

-Otro día malo -dijo el policía fue cuando una monja encontró a aquel indio muerto en Duke Street: cuando lo llevamos al pobre a la comisaría, soplaba un auténtico vendaval, y estaba cayendo una buena. La monja iba todo el rato a nuestro lado, rezando por su alma; se le metía el agua en los zapatos, y el viento soplaba tan fuerte que le levantaba el hábito, y eso que, empapado como estaba, debía pesar lo suyo, y pude ver unas cuantas veces que llevaba un pantalón marrón oscuro zurcido con lana de color rosa...

-¿Lo habían matado?

-¿Al indio? No; nunca llegamos a saber de dónde había salido ni con quién iba; en el cadáver no se encontraron restos de veneno ni ninguna señal de violencia; llevaba en la mano el hacha de guerra, y llevaba pinturas y adornos de guerra, y como algún nombre había que darle -nunca llegamos a saber el verdadero-, lo llamamos Nuestro hermano piel roja caído del cielo. «Es un ángel», decía llorando la monja, que no se apartaba de su lado, «tiene que ser un ángel: miradle la cara...».

Al policía le brillaron los ojos, y la cara, un poco hinchada por el whiskey, se le tensó solemnemente. De repente parecía tan joven...

-Yo -añadió- sigo creyendo todavía que era un ángel. ¿De dónde salió si no?

-Qué raro -me dijo al oído su compatriota-. Nunca he oído hablar de ese indio.

Y empecé a adivinar que el policía no era nieto de ningún poeta, sino poeta él mismo.

-No lo enterramos hasta una semana después, porque buscábamos a alguien que hubiera podido conocerlo; pero nadie lo conocía. Lo más raro fue que la monja también desapareció de repente. Como yo había visto el zurcido de lana rosa de los pantalones marrones cuando el viento le levantó el hábito, la policía quiso inspeccionar los pantalones de todas las monjas irlandesas, y no quiera usted saber el escándalo que se formó.

-¿Consiguieron verlos?

-No -dijo el policía-; no conseguimos ver los pantalones; yo estoy seguro de que la monja también era un ángel. Lo que nunca he acabado de ver claro es una cosa: ¿puede ser que en el cielo lleven los pantalones zurcidos?

-Pregúnteselo al arzobispo -dijo el compatriota, bajando un poco más la ventanilla y sacando fuera el paquete de tabaco. El policía cogió un cigarrillo.

El pequeño obsequio pareció devolver al policía a su verdadera y fatigosa vida terrena: su cara volvió a ser de repente vieja, hinchada y melancólica al preguntar:

-Por cierto, ¿puedo ver sus papeles?

El compatriota no intentó siquiera fingir que los buscaba: en lugar de exhibir ese artificial nerviosismo con el que buscamos algo que sabemos muy bien que no llevamos encima, se limitó a decir:

-¡Vaya, me los he olvidado!

El policía no hizo siquiera amago de inmutarse.

-Bueno -dijo-, supongo que esa cara debe ser la suya.

Que el coche también sea suyo no parece tan importante, pensé cuando reemprendimos la marcha: avanzamos por magníficas avenidas, frente a ruinas majestuosas; pero yo no veía gran cosa: iba pensando en el indio muerto que una monja encontró en Duke Street, en pleno vendaval y bajo el azote de la lluvia: los veía claramente a los dos, una pareja de ángeles: uno con pinturas de guerra, el otro con un pantalón marrón zurcido con lana rosa; los veía mucho más claro que las cosas que podría haber visto en realidad: las magníficas avenidas, las ruinas majestuosas...

 

 

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