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Ella cantaba boleros


Cabrera Infante

 

I


Yo conocí a la Estrella cuando se llamaba Estrella Rodríguez y no era famosa y nadie pensaba que se iba a morir y ninguno de los que la conocían la iba a llorar si se moría. Yo soy fotógrafo y mi trabajo por esa época era de tiraplanchas de los cantantes y la gente de la farándula y la vida nocturna, y yo andaba siempre por los cabarets y nite-clubs y eso, haciendo fotografías. Me pasaba toda la noche en eso, toda la noche y toda la madrugada y también toda la mañana. A veces no tenía nada qué hacer, había terminado mi guardia en el periódico y, a las tres o a las cuatro de la mañana, me iba para El Sierra o para Las Vegas o al Nacional y, por ahí, a conversar con un animador amigo mío o a mirar a las coristas o a oír las cantantes y a envenenarme con el humo y el olor rancio del aire acondicionado y la bebida. Así que así era yo y no había quien me cambiara, porque pasaba el tiempo y me ponía viejo y los días pasaban y se convertían en fecha y los años se convertían en efemérides y yo seguía así, quedándome con las noches, metiéndolas en un vaso con hielo o en un negativo o en el recuerdo.

 

Una de estas noches yo llegué a Las Vegas y me encontré con toda esa gente que no había quién las cambiara y una voz zambullida en la oscuridad me dijo, Fotógrafo, siéntate aquí y toma algo, que yo pago, y era nada menos que Vítor Perla. Vítor tiene una revista que se dedica a poner muchachitas medio encueros y a decir: Una modelo con un futuro que salta a la vista o las poderosas razones de Tania Talporcual o la BB cubana dice que es Brigitte la que se parece a ella y cosas parecidas, que no sé de dónde sacan porque deben de tener un almacén de mierda en el cerebro para poder decir tantas cosas de una chiquita que ayer nada más era manejadora o criadita o trabajaba en Muralla y hoy está luchando con todo lo que tiene para destacarse. Ya ven, ya estoy hablando como ellos. Pero por alguna razón misteriosa (y si yo fuera un redactor de chismes en vez de las eses de misterioso pondría dos signos de peso) Vítor había caído en desgracia, fue por eso que me asombré de que todavía tuviera tan buen humor. Mentira, lo primero que me asombró es que todavía estuviera suelto y me dije, Este mierda todavía flota, y se lo dije. Bueno, quiero decir que le dije, Gallego, eres un corcho español, y él sin perder la calma me contestó muerto de risa, Sí, pero tengo que tener algún plomo clavado adentro, porque ando medio escorao. Y nos pusimos a hablar y él me contó muchas cosas, me contó casi todas sus desgracias, pero no las voy a repetir aquí porque él me las contó en confidencia y yo soy un hombre y no voy a andar chismeando. Además, los problemas de Vítor son sus problemas y si él los resuelve, mejor para él y si no, pues, Uruguay, Vítor Perla. La cuestión es que me cansé de oírle contar sus desgracias y como ponía su cara torcida y no tenía gana de ver una boca fea, cambié de conversación y empezamos a hablar de otras cosas, como mujeres y eso, y de pronto me dijo, Te voy a presentar a Irena y no sé de dónde sacó una rubita chiquitica, preciosa, que se parecía a Marilyn Monroe si a Marilyn Monroe la hubieran cogido los indios jíbaros y hubieran perdido su tiempo poniéndole chiquita no la cabeza sino el cuerpo y todo lo demás, y cuando digo todo lo demás quiero decir todo lo demás. Así que sacó a Irena por un brazo como si la pescara del mar de la oscuridad y me dijo, mejor dicho, le dijo, Irena te presento al mejor fotógrafo del mundo, pero lo dijo queriendo decir que yo trabajaba en el periódico El Mundo, y la rubita se rió con ganas levantando los labios y enseñando los dientes como si se levantara el vestido y enseñara los muslos y tenía los dientes más bonitos que yo he visto en la oscuridad: unos dientes parejos, bien formados, perfectos y sensuales como unos muslos, y nos pusimos a hablar y a cada rato ella enseñaba sus dientes sin ningún pudor y me gustaban tanto que por poco le pido que me dejara tocarle los dientes, y nos sentamos a hablar en una mesa y eso y Vítor llamó al camarero y nos pusimos a beber, y al poco rato yo le había pisado con mucha delicadeza, como sin querer, un pie a la rubita y casi no me di cuenta que se lo había pisado por lo chiquito que lo tenía, pero ella se sonrió cuando yo le pedí perdón y al poco rato le había cogido una mano, que se viera que era con querer y la mano se me perdió en mi mano y la estuve buscando como una hora por entre las manchas amarillas del hipo que yo muy charlesboyerescamente hacía pasar por manchas de nicotina y eso, y ya después, cuando encontré su mano y la acaricié sin pedirle perdón yo la estaba llamando Irenita que era el nombre que más le pegaba y nos besamos y eso, y cuando vine a ver, ya Vítor se había levantado, muy discreto él y así estuvimos allí un rato tocándonos, apretados, allí sumergidos en la oscuridad besándonos, olvidados de todo, de que el show se había acabado, de que la orquesta estaba tocando para bailar, de que la gente bailaba y bailaba y se cansaba de bailar y de que los músicos empaquetaban sus instrumentos y se iban y de que nosotros nos quedábamos solos allí, ahora profundamente en la oscuridad, no ya en la penumbra vaga como canta Cuba Venegas, sino en la penumbra profunda, en la oscuridad cincuenta, cien, ciento cincuenta metros por debajo de la superficie de la luz nadando en la oscuridad, mojados, besándonos, olvidados, besos y besos y besos, olvidándonos, sin cuerpo, solamente con bocas y con dientes y con lengua solamente, perdidos entre la baba de los besos, ahora silentes, silenciosos, húmedos, oliendo a saliva sin siquiera sentirlo, hinchados, besándonos, besándonos, chico, idos del mundo, absolutamente en órbita. De pronto, ya nos íbamos. Fue entonces cuando la vi por primera vez.

Era una mulata enorme, gorda gorda, de brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque del agua que era su cuerpo. Le dije a Irenita, le pregunté a Irenita, le dije, Quién es la gorda, porque la mujer parecía dominar absolutamente el chowcito -y ahora tengo que explicar qué es el chowcito-. El chowcito era el grupo de gente que se reunía a descargar en la barra, pegados a la vitrola, después que terminaba el último show y que descargando se negaban a reconocer que afuera era de día y que todo el mundo estaba ya trabajando hace rato o entrando al trabajo ahora mismo, todo el mundo menos este mundo de la gente que se sumergía en las noches y nadaba en cualquier hueco oscuro, aunque fuera artificial, en este mundo de los hombres rana de la noche. Pues allá en el centro del chowcito estaba ahora la gorda vestida con un vestido barato, de una tela carmelita cobarde que se confundía con el chocolate de su piel chocolate y unas sandalias viejas, malucas, y un vaso en la mano, moviéndose al compás de la música, moviendo las caderas, todo su cuerpo de una manera bella, no obscena pero sí sexual y bellamente, meneándose a ritmo, canturreando por entre los labios aporreados, sus labios gordos y morados, a ritmo, agitando el vaso a ritmo, rítmicamente, bellamente, artísticamente ahora y el efecto total era una belleza tan distinta, tan horrible, tan nueva que lamenté no haber llevado la cámara para haber retratado aquel elefante que bailaba ballet, aquel hipopótamo en punta, aquel edificio movido por la música y le dije a Irenita, antes de preguntarle el nombre, interrumpiéndome cuando preguntaba el nombre, al preguntarle el nombre, Es la salvaje belleza de la vida, sin que me oyera naturalmente, sin que me entendiera si me había oído, naturalmente y le dije, le pregunté, le dije, Quién es, tú. Ella me dijo con un tono muy desagradable, Es la caguama que canta, la única tortuga que canta boleros, y se rió y Vítor pasó entonces por mi lado del lado de la oscuridad y me dijo bajito al oído, Ten cuidado que es la prima de Moby Dick, la Ballena Negra, y me alegré de estar alegre, de haber tornado dos o tres tragos, porque pude agarrar a Vítor por su brazo de dril cien y decirle, Gallego de mierda, eres un discriminador de mierda, eres un racista de mierda, culo, eres un culo, y él me dijo, Te lo paso porque estás borracho, no me dijo más que eso y se metió como quien pasa entre unas cortinas en la oscuridad del fondo. Me acerqué y le pregunté que quién era ella y me dijo, la Estrella, y yo le dije, No, no, su nombre, y ella me dijo, la Estrella, yo soy la Estrella, niño, y soltó una carcajada profunda de barítono o como se llame la voz de mujer que corresponde al bajo pero que suena a barítono, contralto o cosa así, y me dijo sonriendo, Me llamo Estrella, Estrella Rodríguez para servirle, me dijo y me dije, Es negra, negra negra, totalmente negra, y empezamos a hablar y pensé qué país más aburrido sería éste si no hubiera existido el padre Las Casas y le dije, Te bendigo, cura, por haber traído negros del África como esclavos para aliviar la esclavitud de los indios que de todas maneras ya se estaban acabando, y le dije, Cura te bendigo, has salvado este país, y le dije otra vez a Estrella, la Estrella yo la amo a usted, y ella se rió a carcajadas y me dijo, Estás completamente borracho, yo protesté y le dije, No, borracho no estoy, le dije, estoy sobrio, y ella me interrumpió, Estás borracho como carajo, me dijo y yo le dije, Usted es una dama y las damas no dicen malas palabras, y ella me dijo, Yo no soy una dama, yo soy una artista coño, y yo la interrumpí y le dije, Usted es la Estrella, bromeando le dije y ella me dijo, Pero estás borracho y yo le dije, Estoy como una botella, le dije, estoy lleno de alcohol, pero no borracho, y le pregunté, Están borrachas las botellas, y ella dijo, No, qué va, y se rió de nuevo, y yo le dije, Pero por sobre todas las cosas, la amo la Estrella, me gusta usted más que todos los demás aparatos juntos, prefiero la Estrella a la montaña rusa, al avión del mar, a los caballitos, y ella se rió de nuevo a carcajadas, se bamboleó y finalmente se golpeó uno de los muslos infinitos con una de sus manos interminables y el chasquido rebotó en las paredes como si el cañonazo de las nueve se disparara, por la mañana, en aquel bar, y entonces ella me preguntó, Con la pasión, y yo le dije, Con pasión y con locura y con amor, y ella me dijo, No, no, yo decía que si con mi pasión si con la pasa, y se llevó las manos a la cabeza queriendo decir con su pelo, y yo le dije, A usted entera, y pareció de pronto la criatura más feliz sobre la tierra. Fue entonces que yo le hice la gran, única, imposible proposición a la Estrella. Me acerqué y muy bajito, al oído, le dije, la Estrella quiero hacerle una proposición deshonesta, le dije, la Estrella vamos a tomar algo, y me dijo, En-can-ta-da, y se bebió de un trago el trago que tenía en la mano, tiró dos pasillos de chachachá para llegar al mostrador y le dijo al cantinero, Muñecón, de lo mío, y yo le pregunté, Qué es de lo mismo, y ella me respondió, No, de lo mismo no, de lo mío, que no es lo mismo que de lo mismo, y se rió y dijo, Lo mío es lo que toma la Estrella y nadie más puede tomarlo, te enteraste, y se volvió a reír a carcajadas que sacudían sus enormes senos como un motor sacude cancaneando los guardafangos de un camión viejo.

 

Entonces una manito me agarró por un brazo y era Irenita, Te vas a quedar toda la noche, me preguntó, ahí con la gorda, y yo no le contesté y volvió a preguntarme, Te quedas con la gorda, y le dije, Sí, nada más que sí, y no dijo nada pero me clavó las uñas en la mano y entonces la Estrella se rió a carcajadas, muy superior, segura de ella misma y me cogió la mano y me dijo, Déjala, las gatas están mejor en el tejado, y le dijo a Irenita, Esta niña, vamos súbete en una silla, y todo el mundo se rió, hasta Irenita, que se rió por compromiso, por no quedar mal por no hacer el ridículo, y que enseñó dos huecos de las muelas que le faltaban detrás de los colmillos de arriba cuando se reía.

En el chowcito siempre había show después que se acababa el show y ahora había una rumbera bailando al son de la victrola y se paró ahora y le dijo a un camarero que pasaba, Papi, ponle reflectores y estamos campana, y el camarero fue y quitó el chucho una vez y otra y otra más, pero como la música se iba cada vez que se apagaba la victrola, la rumbera se quedaba en el airey daba unos pasillos raros, largos, con su cuerpo tremendo y alargaba una pierna sepia, tierra ahora, chocolate ahora, tabaco ahora, azúcar prieta ahora canela ahora, café ahora, café con leche ahora, miel ahora, brillante por el sudor, tersa por el baile, en este momento dejando que la falda subiese por lasrodillas redondas y pulidas y sepia y canela y tabaco y café y miel sobre los muslos largos, llenos, elásticos y perfectos y su cara se echaba hacía atrás, arriba, a un lado, al otro, izquierda y derecha, atrás de nuevo, atrás siempre, atrás golpeando en la nuca, en la espalda escotada y radiante y tabaco, atrás y alante, moviendo las manos, los brazos, los hombros de una piel de increíble, erotísmo, increíblemente sensual, increíble siempre, moviéndolos por sobre los senos, al frente, sobre los senos llenos y duros, sueltos evidentemente, parados evidentemente, evidentemente suaves: la rumbera sin nada debajo, Oliva, se llamaba, se llama todavía por Brasil, ya sin pareja, suelta, libre ahora, con cara de fina niña terriblemente pervertida increíblemente inocente también inventando el movimiento, el baile, la rumba ahora frente a mis ojos: todo el movimiento, toda África, todas las hembras, todo el baile, toda la vida, frente a mis ojos y yo sin una maldita cámara, y detrás de mí la Estrella que lo veía todo y decía, Te gusta, te gusta, y se levantó del trono de su banqueta y cuando la rumbera no había acabado todavía, fue hasta el tocadiscos, hasta el chucho diciendo, Tanta novelería, lo apagó, lo arrancó casi con furia, como echando espuma de malas palabras por la boca y dijo, Se acabó, ahora viene la música. Y sin música, quiero decir sin orquesta, sin acompañante, comenzó a cantar una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso, y apenas me dejó acordarme del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental, fingido sentimiento en la canción, nada de bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz y de pronto me estremecí. Hacía tiempo que algo no me conmovía así y comencé a sonreírme en alta voz, porque acababa de reconocer la canción, a reírme, a soltar carcajadas porque era Noche de ronda y pensé, Agustín no has inventado nada, no has compuesto nada, esta mujer te está inventando tu canción ahora: ven mañana y recógela y cópiala y ponla a tu nombre de nuevo: Noche de ronda está naciendo esta noche.

 

La Estrella cantó más. Parecía incansable. Una vez le pidieron que cantara La pachanga y ella, detenida, un píe delante del otro, los rollos sucesivos de sus brazos sobre el gran oleaje de rollos de su cadera, golpeando el suelo con una sandalia que era una lancha naufragando debajo del océano de rollos de sus piernas, golpeando, haciendo sonar el bote contra el suelo, repetidamente, echando la cara sudada, la jeta de animal salvaje, de jabalí pelón, los bigotes goteando sudor, echando por delante toda la fealdad de su cara, los ojos ahora más pequeños, más malvados, más ocultos bajo las cejas que no existían más que como dos viseras de grasa donde se dibuja con un chocolate más oscuro las líneas de las cejas de maquillaje, toda su cara por delante del cuerpo infinito, respondió, La Estrella no canta más que boleros, dijo y añadió, Canciones dulces, con sentimiento, del corazón a los labios y de la boca a tu oreja, nena, para que lo sepas, y comenzó a cantar Nosotros, inventando al malogrado Pedrito junco, convirtiendo su canción plañidera en una verdadera canción, en una canción vigorosa, llena de nostalgia poderosa y verdadera. Cantó más la Estrella, cantó hasta las ocho de la mañana, sin que nosotros supiéramos que eran las ocho de la mañana hasta que los camareros empezaron a recogerlo todo y uno de ellos, el cajero dijo, Lo sentimos, familia, y quería decir de veras, familia, no decía la palabra por decirla, decir familia y decir otra cosa bien diferente de familia, sino que quería decir familia de verdad, dijo: Familia, tenemos que cerrar. Pero antes, un poco antes, antes de eso, un guitarrista, un buen guitarrista, un tipo flaquito, chupado, un mulatíco sencillo y noble, que no tenía trabajo porque era muy modesto y muy natural y muy bueno, pero un gran guitarrista, que sabía cómo sacar melodías extrañas de una canción de moda por barata y comercial que fuera, que sabía pescar sentimiento del fondo de la guitarra, que de entre las cuerdas podía extraerle la semilla a cualquier canción, a cualquier melodía, a cualquier ritmo, a ése que le falta una pierna y tiene una pata de palo y una gardenia en el ojal, siempre, al que decíamos, cariñosamente, en broma, el Níño Nené, imitando a los niños cantores de flamenco, el Niño Sabicas o el Niño de Utrera o el Niño de Parma, el Niño Nené, dijo, pidió, Déjame acompañarte en un bolero, Estrella, y la Estrella le respondió muy altanera, llevándose la mano al pecho y dándose dos o tres palmadas sobre las tetas enormes, No, Niñito, le dijo, La Estrella canta siempre sola: a ella le sobra la música. Después fue que cantó Mala noche, haciendo su luego famosa parodia de Cuba Venegas, en que todos nos moríamos de risa y después fue que cantó Noche y día y después fue que el cajero nos pidió que nos fuéramos. Y como ya la noche se había acabado, nos fuimos.

 

La Estrella me pidió que la llevara a su casa. Me dijo que la esperara un momento que iba a buscar una cosa y lo que hizo fue recoger un paquete, y cuando salimos que montamos en mi máquina que es un carrito de esos deportivos, inglés, ella que aún no había podido acomodarse bien, metiendo sus trescientas libras en el asiento en que no cabía uno de sus muslos solo, me dijo, dejando el paquete en el medio, Son unos zapatos que me regalaron, y la miré y me di cuenta de que era pobre como carajo, y arrancamos. Ella vivía con un matrimonio de actores, quiero decir con un actor que se llamaba Alex Bayer. El tipo éste no se llama así realmente, sino Alberto Pérez o Juan García o cosa así, pero él se puso eso de Alex Bayer, porque Alex es un nombre que esta gente siempre usa y el Bayer lo sacó de la casa Bayer, ésa que fabrica calmantes, el caso es que a este tipo no le decían, alguna gente, la gente de la cafetería Radiocentro, por ejemplo, sus amigos no le decían Alex Bayer de la manera que él pronunciaba Aleks Bayer cuando terminaba un programa, sino que le decían, como le dicen todavía, le decían Alex Aspirina, Alex OK, Alex Mejoral y cosas por el estilo, y todo el mundo sabía que es maricón, de manera que vivía con un médico en su casa como un matrimonio reconocido y salían a todas partes juntos, a toditas las partes juntitos, y allí en su casa ella, la Estrella, vivía en su casa, era su cocinera, su criada y les hacía la comidita y les tendía la camita y les preparaba el bañito, etceterita, y si ella cantaba era por gusto, por el puro placer de cantar, y ella cantaba porque le daba la gana, por el gusto de hacerlo en Las Vegas y en el Bar Celeste o en el Café Nico o por cualquiera de los cafés o los bares o los clubes que hay alrededor de La Rampa. De manera que yo la llevaba a ella en mi carro, yo muy orondo en la mañana por las mismas razones pero al revés que otras gentes se hubieran sentido muy apenadas o muy molestas o simplemente incómodas de llevar aquella negra enorme allí en el carrito, exhibiéndola en la mañana con toda la gente a tu alrededor, con todo el mundo yendo al trabajo, trabajando, caminando, cogiendo las guaguas, llenando las calles, inundándolo todo: las avenidas, las calzadas, las calles, los callejones, abejeando por entre los edificios como zunzunes constantes, así. Yo la llevaba hasta la casa de ellos, donde ella trabajaba, ella, la Estrella, que era allí la cocinera, la criada, la sirvienta de este matrimonio particular. Llegamos.

 

Era en una calle apartada del Vedado, con la gente durmiendo todavía, soñando todavía y todavía roncando, y estaba apagando el motor, dejando una velocidad puesta, sacando un pie del cloche, mirando las agujas nerviosas cómo regresaban al punto muerto de descanso, viendo el reflejo de mi cara gastada en los cristales de los relojes matutinamente envejecida, vencido por la noche, cuando sentí su mano sobre mi muslo: ella puso sus cinco chorizos sobre mi muslo, casi sus cinco salamis que adornan un jamón sobre mi muslo, su mano sobre mi muslo y vi que me cubría todo el muslo y pensé, La bella y la bestia, y pensando en la bella y la bestia me sonreí y fue entonces que ella me dijo, Sube, que estoy sola, me dijo, Alex y su médico de cabecera, me dijo y se rió con su risa que parecía capaz de sacar del sueño, de las pesadillas o de la muerte o de lo que fuese a todo el vecindario, me dijo, no están: se fueron a la playa, de wikén, sube que vamos a estar solos, me dijo. No vi nada en eso, no vi ninguna alusión a nada, nada sexual, nada de nada, pero le dije igualmente, No, tengo que irme, le dije, Tengo que trabajar, tengo que dormir, y ella no dijo nada, nada más que dijo, Está bien, y se bajó del carro, mejor dicho, inició la operación de salir del carro y media hora más tarde, saliendo yo de un pestañazo, oí que me dijo, ya en la acera, poniendo el otro pie en la acera (al agacharse amenazadoramente sobre el carrito a recoger su paquete con zapatos, se le cayó uno de los zapatos y no eran zapatos de mujer, sino unos zapatos viejos de muchacho, al recogerlos de nuevo) me dijo, Tú sabes, yo tengo un hijo, no como una excusa, ni como una explicación, sino como información simplemente, me dijo, Tú sabes, El bobo, tú sabes, pero lo quiero más, me dijo y se fue.

 

 

II

Ah Fellove estaban sonando tu Mango mangué en el radio y la música y la velocidad y la noche nos envolvían como si quisieran protegernos o enlatarnos en su vacío y ella iba a mi lado, cantando, tarareando creo tu melodía rítmica y ella no era ella, es decir que ella no era la Estrella sino que era Magalena o Irenita o creo que Mirtila y en todo caso no era ella porque sé bien la diferencia que hay entre una ballena y una sardina o una rabirrubia y posiblemente fuera Irenita porque era realmente rabirrubia, con su rabo de mula su cola de caballo su moño suelto-amarrado, rubio, y los dientes de pescado que le salían por la boquita no por la gran boca cetácea de la Estrella en donde cabía un océano de vida, pero: ¿qué es una raya más para un tigre? Esta raya la recogí en el Pigal cuando iba para Las Vegas, ya tarde, y ella estaba sola debajo del farol debajo del Pigal y me gritó cuando yo frené, Detén tu carro Ben Jur, y yo arrimé a la acera y ella me dijo, ¿Adónde vas cosalinda?, y yo le dije que para Las Vegas y me dijo que si no la podía llevar un poco más lejos, dónde le dije y me dijo, Al otro lado de la frontera, ¿dónde?, y me dijo, Más para allá de la esquina de Texas, dijo Texas y no la Esquina de Tejas y eso fue lo que me hizo atontarla, además de las otras cosas que yo estaba viendo ahora en la máquina porque a la luz de la calle había visto sus enormes senos bailando debajo de la blusa y le dije, ¿Todo eso es tuyo?, bromeando claro y ella no me dijo nada sino que se abrió la camisa, porque lo que llevaba era una camisa de hombre no una blusa y la desabotonó y dejó al aire unos senos, no: unas tetas enormes, redondas y gordas y puntudas que se veían rosadas, blancas, grises, y se volvían a ver rosadas al darle la luz de las calles que pasaban y yo no sabía si mirar para el lado o para alante y entonces me entró miedo de que nos viera alguien, de que nos parara la policía, porque aunque fueran las doce o las dos de la mañana siempre habría gente en la calle y crucé Infanta a sesenta y en el puesto de ostiones había gente comiendo mariscos y hay ojos que son más rápidos que el sonido y más certeros que la escopeta de Marey porque oí el escándalo que se armaba y que gritaban, ¡Los melones pal mercado! y pisé el acelerador y a toda mecha atravesé Infanta y Carlos Tercero y la Esquina de Tejas se quedó en la curva de Jesús del Monte y en Aguadulce di la vuelta mal y evité una Ruta 10 por uno o dos segundos y llegamos al Sierra, que es donde esta muchacha que ahora se abrocha la camisa muy tranquilamente enfrente del cabaré quería ir y le digo, Bueno Irenita y tiendo una mano hacia uno de los melones que nunca llegaron al mercado porque había que llevarlos, y ella que me dice, Yo no me llamo Irenita sino Raquelita, pero no me digas Raquelita sino Manolito el Toro que ése es mi nombre para mis amigos y me quitó la mano y se bajó, Voy a ver si me bautizan de nuevo, me dijo y cruzó la calle hasta la entrada del cabaret donde había un cromo, una maravilla de niña esperándola y se cogieron las manos y se besaron y se pusieron a conversar muy bajito allí en la entrada, debajo del letrero que se apagaba y se encendía y yo las veía, y no las veía y las veía y no las veía y las veía y cogí y me bajé y crucé la calle y fui adonde estaban ellas y le dije, Manolito y ella no me dejó terminar porque me dijo, Y éste que tú ves aquí es Pepe, señalando para su amiga que me miró con la cara bien seria, pero le dije, Mucho gusto Pepe y se sonrió y seguí, Manolito, le dije, por el mismo precio te llevo de vuelta y me dijo que no me interesa y como no quería entrar en el Sierra porque no tenía la menor gana de encontrarme con el mulato Eribó o con el Beny o con Cué y que empezaran con sus conferencias de música que estaban mejor en el Lyceum o en los Amigos del País o en el libro de Carpentier, discutiendo de música como si fuera de razas: Que si dos negras valen por una blanca pero una negra con puntillo vale tanto como una blanca y que si el cinquillo es cubano porque no aparece en África ni en España o que el repique es un acento ancestral (esto lo dice siempre Cué) o que las claves ya no se tocan en Cuba pero se oyen en la cabeza del verdadero músico y de las claves de madera pasan a la clave de sol y a las cosas en clave y secretas y empiezan a hablar de brujería, de santería, de ñañiguismo y hacer cuentos de aparecidos no en casas viejas o a medianoche sino frente al micrófono de un locutor de madrugada o las doce del día en un ensayo y hablar del piano que tocaba solo en Radioprogreso después que murió Romeu y esas cosas que no me van a dejar dormir después si me tengo que ir a la cama solo, di la vuelta y regresé al carro no sin antes decirle adiós a Pepe y a Manolito diciéndoles, Adiós niñas y me fui corriendo después.

Fui por Las Vegas y me llegué al puesto de café y me encontré con Laserie y le dije, Quiay Rolando cómo va la cosa y él me dijo, Ahí ahí mulato y así nos pusimos a conversar y luego le dije que le iba a hacer unas fotos aquí tomando café una de estas noches, porque Rolando se veía muy bien, muy cantante, muy cubano, muy muy habanero allí con su traje de dril 100 blanco y su sombrero de paja, chiquito, puesto como solamente se lo saben poner los negros, tomando café con mucho cuidado de que el café no le manche el traje inmaculado, con el cuerpo echado para atrás y la boca encima de la taza y la taza en una mano y debajo de la mano la otra mano puesta sobre el mostrador tomando el café buche a buche, y me despedí de Rolando, Taluego tú, le dije y él me dijo, Hata cuando tú quiera mulato, y voy a entrar en el club y a que ustedes no saben a quién veo en la puerta. Nada más y nada menos que Alex Bayer que viene y me saluda y me dice, Te estaba esperando, muy fino muy educado muy elegante él y le digo, A quién, a mí, y me dice, Sí a ti, y le digo, Quieres hacerte unas fotografías y me dice, No, quiero hablar contigo, y le digo, Cuando tú quieras que pa luego es tarde pensando que puede o no puede haber una bronca, que nunca se sabe con esta gente, que cuando José Mujica estuvo en La Habana iba por el Prado del brazo con dos actrices o dos cantantes o simplemente dos muchachas y un tipo que estaba sentado en un banco les gritó, Adiós las tres y Mujica muy serio él, muy actor de película mejicana él, muy preciso él, como si estuviera cantando fue para el banco y le preguntó al individuo, Qué dijo usted señor y el tipo que le dice, Lo que uste oyó señora y Mujica, tan grande como era (o como es, que no se ha muerto, pero la gente siempre encoge cuando se hacen viejos) lo levanta en peso por sobre su cabeza y la tila pala la calle, no pala la calle, pala las canteras de yerba que hay entre el mula del pasea y la calle, y siguió su pasea tan natural y tan fácil y tan sinigual que si estuviera cantando Júrame can recitativa mojicano y todo, y no sé si Alex pensó la que ya pensé a pensó la que pensó Mujica a pensó la que él misma pensaba, la que sé es que se lió, se sonrió y me dijo, Vamos, y ya le dije, Nos sentamos en el bar y me hizo seña de que no can la cabeza, No, la que tenga que hablar contigo es mejor que la hable afuera, y ya le dije, Mejor sentarnos en mi máquina entonces y me dijo que no, No, vamos a caminar que la noche es buena pala esa y arrancamos par la calle Pe para abajo y cuando íbamos de camina va y me dice, Es buena la noche pala caminar par La Habana, no te parece, y ya le diga que sí can la cabeza y después, Sí si hace fresca, Sí, me dijo él, si hace fresca es sabroso y ya la haga a menuda, es el mejor tónica pala la salud del cuerpo y del alma, y par paca me caga en su alma pensando que este tipa todo la que quería era caminar conmigo y hacerse el filósofo hindú.

Caminando vimos salir de la oscuridad, contrario, al Cojo de las Gardenias, can su muleta y su tablero can gardenias y sus "Buenas noches" llenas de eses y de cortesía y de una cierta finura que era más sincera de la que podía parecer y al cruzar otra calle oí la voz estridente y gangosa y sin misericordia de Juan Charrasqueado cantando el única versa del corrido que siempre canta y repitiendo uña y otra vez y mil veces, Ponte pa tú número y ponte pala tu número y ponte pala tú número, Ponte pa tu número, Ponte, queriendo decir que le echen las monedas en el sombrero charra sudada que pasea par entre las parroquianos a la fuerza, creando uña atmósfera de obsesión que es patética parque todo el mundo sabe que está laca de remate. Leí el letrero del Restaurant Humboldt Club y pensé en la Estrella que comía allí siempre y pensé que qué diría el ilustre balón que volvió a descubrir a Cuba si supiera que quedó para nombre de un restaurant y de un bar y de uña calle en esta tierra que si no descubrió al menas desveló. Bar San Juan y Club Tikoa y La Zorra y El Cuervo y el Edén Rock donde uña noche uña negra se equivocó y bajó las escaleras hasta la puerta y entró a comer allí y la botaron pala afuera can una excusa que era uña exclusa, que era uña esclusa y ella comenzó a gritar LitelrocLitelrocLitelroc parque Faubus estaba de moda y se armó el gran escándalo, y La Gruta donde todos las ajas san fosforescentes parque las criaturas que habitan este bar y club y cama san pejes abisales y Pigal a Pigalle o Pigale que de todas esas mañeras se dice y Wakamba Self Service y Marakas y su menú en inglés y su menú afuera y sus letras chinas en neón pala confundir a Confucio, y La Cibeles y el Colmao y el Hotel Flamingo a el Flamingo Club y al pasar par la calle Eñe y 25 vea baja el bombillo, afuera, en la calle cuatro viejas jugando al dominó en camiseta y me sonrío y me lía y Alex me pregunta de qué me ría y ya le diga, Nada, de nada y él me dice, De la poesía de ese grupa y piensa, Caña un esteta cama Beteta, que era un español que trabajó en el periódica de cronista cultural y cada vez que alguien le decía que era periodista a le preguntaba si era periodista Beteta respondía siempre, No, esteta, caray can Beteta, a quien terminaran diciéndole Ve tetas y era verdad parque era el gran rascabucheador de la vida. Y entonces me doy cuenta de que Alex no ha hablada y se la diga y me dice que no sabe cómo empezar y ya le diga que es muy simple, Empieza par el principia a par el final y él me dice, Tú parque eres periodista y ya le diga que no, que soy fotógrafo, De prensa me dice él y yo le diga, Sí, de prensa, ay, y me dice, Buena, voy a empezar par el media y diga, Buena y me dice, Tú no conoces a la Estrella y la que andas diciendo par ahí es mentira y ya sé la verdad y te la voy a cantar, y ya no me ofendo ni nada y que vea que él no está ofendido ni nada, le diga, Buena está bien empieza.

III

¿Qué quieren? Me sentí Barnum y seguí las torcidos consejos de Alex Bayer. Se me ocurrió que a la Estrella había que descubrirla que es una palabra que inventaran para Eribó y esas esposos Curís que se pasan la vida descubriendo elementos del radia y de la televisión y del cine. Me dije que había que sepalar ese ara de su voz de la ganga en que la envolvió la naturaleza, la Providencia a la que fuera, que había que extraer aquel diamante de la montaña de mierda en que estaba sepultada y la que hice fue organizar uña fiesta, un asalta, un motivito cama diría Rine Leal, y al misma Rine le encargué que hiciera las invitaciones que pudiera, que ya invitaba al resta. El resta fueran Eribó y Silvestre y Bustrófedon y Arsenio Cué y el Emsí, que es un buen comemierda, pela que falta me hacía parque era el animador de Tropicana y Eribó trajo a Piloto y Vela y Franemilio, que sería el que mejor gozaría la ocasión parque es un pianista y tiene sensibilidad y es ciega, y Rine trajo a Juan Blanca, que aunque es un compositor de música que perdió el sentida del humor (la música, no Juan Blanca alias Johannes Witte a Giovanni Blanco a Juan Blanco: él es compositor de la que Silvestre y Alsenlo y Ello las días que es un mulatlco arrepentida, llaman música sella) y par paca trae a Aleja Calpentiel y la única que nos faltó fue un empresaria, pela Vítor Pella me falló y Alesna Qué se negó siquiera a hablarle a nadie de la emisora y ahí se quedó la casa. Pela ya cantaba can la publicidad.

La fiesta a la que fue la dí en casa, en ese única cuarta grande que Riñe se empeña en llamar studio y la gente empezó a llegar temprano y vino hasta gente que no había invitado, como Guían Boutade (o algo así) que es un francés o italiano o monegasco o las tres cosas y que era el rey de la manteca no porque importara grasas comestibles, sino porque era el gran marginares de la vida y que fue quien trató de ser un apóstol para Silvestre una noche y llevó a Silvestre a oír a la Estrella a Las Vegas cuando hace rato que todo el mundo ya la conocía y que se creía, de veras, su empresario y con él vinieron Marta Pando y Irgrid Bérgamo y Edith Cabello que creo que fueron las únicas mujeres que vinieron esa noche, porque tuve buen cuidado que no se aparecieran ni Iperita ni Manolito el Toro ni Magalena ni ninguna otra criatura de la laguna negra, fueran o no fueran centaupas (mitad mujer y mitad caballo, que es una bestia fabulosa de la zoología de la noche en La Habana, y que no puedo ni quiero describir ahora) o como Marta Vélez, notable compositora de boleros toda caballo y también viro Jesse Fernández, que era un fotógrafo cubano que trabajaba para Life y estaba de visita en La Habana. No faltaba más que la Estrella.

Preparé las cámaras (las mías) y le dije a Jesse que podía utilizar cualquiera de ellas si le hacía falta y escogió una Hasselblad que compré por esos días y me dijo que la quería probar esa noche y nos pusimos a comparar la calidad de la Rollei y de la Hasell y pasamos de ahí a la Nikkon frente a la Leica y de ahí hablamos del tiempo de exposición y del papel Varigam que era nuevo entonces y de todas esas cosas que hablamos los fotógrafos y que son lo mismo que la falda larga y corta y el talle para las mujeres y los averages y el ranking para los fanáticos de pelota y los calderones y las fusas para Marta y Piloto y Franemilio y Eribó y el hígado o los hongos o el lupo para Silvestre y Rine: temas para las variaciones del aburrimiento, balas de conversación para matar el tiempo, dejando para pensar mañana lo que puedes hablar hoy y todo es posponer, que es una frase genial que Cué debe haber robado en alguna parte. Rine, mientras tanto, repartía los tragos y los chicharrones y las aceitunas. Y hablamos y hablamos y pasó el tiempo y pasó una lechuza por frente al balcón de mi piso, chirriando, y Edith Cabell gritó, ¡Solavaya!, y recordé que le dije a la Estrella que íbamos a darle una fiesta a las ocho para que viniera a las nueve y media y miré el reloj y eran las diez y diez. Fui a la cocina y dije que iba a comprar hielo abajo y Rine se extrañó porque sabía que había hielo en la bañadera y bajé a buscar por todos los mares de la noche a esa sirena que encarnó en un manatí, a Godzilla que canta en la ducha oceánica, a mi Nat King Kong.

La busqué en el Bar Celeste, entre la gente que comía, en el Escondite de Hernando, como un ciego sin bastón blanco (porque sería inútil, porque ni siquiera un bastón blanco se vería allí), ciego de veras al salir por el farol de la esquina en Humboldt y Pe, en el MiTío en su airelibre donde todas las bebidas saben a tubo de escape, en Las Vegas evitando encontrar a Iperita o a la otra o la otra y en el bar Humboldt, y ya cansado me fui hasta Infanta y San Lázaro y no la encontré allá tampoco pero cuando regresaba pasé de nuevo por el Celeste y en el fondo conversando animadamente con la pared estaba ella, completamente borracha y sola. Debía haberse olvidado de todo porque estaba vestida como siempre, con su sotana de la orden de las carmelitas calzadas, pero cuando me le paré al lado me dijo, Hola muñecón, siéntate y toma algo, y se sonrió de oreja a oreja. La miré, bravo, por supuesto, pero me desarmó con lo que dijo, No podía varón, me dijo, No tengo coraje: ustedes son muy fisnos y muy curtos y muy decentes para esta negra, dijo y pidió otro trago mientras se bebía el que tenía, como un dedal de vidrio, entre sus manos, le hice señal al camarero que no trajera nada y me senté. Me volvió a sonreír y comenzó a canturrear algo que no pude entender, pero que no era una canción. Vamos, le dije, vamos conmigo. Nones, me dijo, que pega con Bujones, te acuerdas, el de las películas de caballitos. Vamos, le dije, que nadie te va a comer. A mí, me preguntó, sin preguntar, comerme a mí. Mira, me dijo y levantó la cabeza, primero me los como a ustedes todos junticos antes que me toque uno de ustedes un solo rizo de mi pasión argentina, dijo y se halaba el pelo, duro, dramática o cómicamente. Vamos, le dije, que todo el mundo occidental te está esperando en mi casa. Esperando qué, me dijo. Esperando que tú vayas y cantes y te oigan. A mí, me preguntó, oírme a mí, preguntó, y en tu casa, están en tu casa, todavía, preguntó, entonces me pueden oír desde aquí porque tú vives ahí al doblar, me dijo, no tengo más que pararme en, y comenzó a ponerse de pie, la puerta y me suelto a cantar a todo trapo y me oyen, me dijo, no es así, y cayó en la silla que no crujió porque de nada le serviría, habituada, resignada a ser silla. Sí, le dije, es así, pero vamos a casa, que es mejor, y me puse confidencial. Hay un empresario allá y todo, y entonces levantó la cabeza o no levantó la cabeza, la ladeó solamente y levantó una de las rayas finas que tenía pintadas sobre los ojos y me miró y juro por John Huston que así miró Mobydita a Gregory Ahab. ¿La habría arponeado?

Juro por mi madre y por Daguerre que pensé montarla en el elevador de carga, pero como es el elevador que usan las criadas y conozco a la Estrella no quería que se cabreara y los dos cogimos el pequeño elevador del frente que lo pensó dos veces antes de subir su extraño cargamento, y después escaló los ocho pisos con un crujido penoso. Desde el pasillo se oía la música y encontramos la puerta abierta y lo primero que oyó la Estrella fue ese son, Cienfuegos, y en medio de la gente estaba Eribó explicando eternamente su montuno y Cué con boquilla y cigarro en boca bajando y subiéndola, apro bando, y Franemilio de pie cerca de la puerta con las manos detrás del cuerpo, apoyadas en la pared como lo hacen los ciegos: sintiendo que están ahí más por las yemas de los dedos que por el oído y ver a Franemilio y dar un rezacón la Estrella y gritarme en la cara sus palabras favoritas conservadas en alcohol, Mierda me engañaste coño, y yo sin comprender le dije por qué y ella me dijo, Porque ahí está Fran y seguro que vino a tocar el piano y yo con música no canto, me oíste, no canto, y Franemilio la oyó y antes de que yo pudiera hablar o pensar, decirme, Coño está loca de remate, ¡Yo con un piano en la casa!, dijo con su voz dulce, Pasa, Estrella, entra que aquí la música la traes tú, y ella se sonrió y yo pedí atención y dije, que apagaran el tocadiscos que aquí estaba la Estrella y todo el mundo se volvió y la gente que estaba en el balcón entró y todos aplaudieron. ¿Ves?, le dije, ¿ves?, pero ella no me oía y ya iba a arrancar a cantar cuando Bustrófedon salió de la cocina con una bandeja con tragos y detrás de él Edith Cabell con otra y la Estrella cogió un trago al pasar y me dijo, ¿Y ésta qué hace aquí?, y Edith Cabell la oyó y se viró y le dijo, Ésta no, ¿me oíste?, que yo no soy un fenómeno como usted, y la Estrella con el mismo movimiento que hizo al coger el vaso, le tiró el trago en la cara a Franemilio, porque Edith Cabell se había quitado y al quitarse tropezó y trató de agarrase de Bustrófedon al que cogió por la camisa y que dio dos tumbos, pero como él es muy ágil y Edith Cabell ha hecho ejercicios de expresión corporal ninguno de los dos se cayó y Bustro hizo un gesto como el de un trapecista que termina un doble salto mortal sin red y todo el mundo, menos la Estrella, Franemilio y yo, aplaudió. La Estrella porque se estaba disculpando con Franemilio y limpiándole la cara con su falda, que levantaba y dejaba sus enormes muslos morenos al aire tibio de la velada y Franemilio porque no veía y yo porque cerraba la puerta y le pedía a la gente que se calmara, que eran casi las doce y no teníamos permiso para dar la fiesta y la policía iba a venir, y todos se callaron. Menos la Estrella, que cuando terminó de disculparse con Franemilio se volvió hacia mí y me preguntó, Y el empresario tú, y Franemilio sin dejarme inventar nada dijo, No vino, porque Vítor no vino y Cué está en pique con la gente de la televisión. La Estrella me miró con una expresión de gran picardía seria, con sus ojos tan anchos como sus cejas y me dijo, Así que me engañaste, y no me dejó que le jurara por todos mis antepasados y antiguos artífices, hasta por Niepce, que no, que yo no sabía que no había venido nadie, quiero decir, ningún empresario y me dijo, Pues no canto ¡vaya!, y se metió en la cocina a hacerse un trago.

Creo que el acuerdo fue mutuo y la Estrella tanto como mis invitados decidieron olvidar que vivían en el mismo planeta, porque ella estaba en la cocina bebiendo y comiendo y haciendo ruido al hacerlo y en la sala estaba Bustrófedon ahora inventando trabalenguas y unos de los que oí fue el de tres tristes tigres en un trigal y el tocadiscos estaba sonando Santa Isabel de las Lajas y Eribó tocando, repicando sobre mi mesa de comer y en una de las paredes del tocadiscos y explicaba a Ingrid Bérgamo y a Edith Cabell que el ritmo era una cosa natural, Como la respiración, decía, todo el mundo tiene ritmo como todo el mundo tiene sexo y ustedes saben que hay impotentes, hombres impotentes, decía, como hay mujeres frígidas y nadie niega por eso la existencia del sexo, decía, Nadie puede negar la existencia del ritmo, lo que pasa es que el ritmo es como el sexo una cosa natural, y hay gente innibida, decía esa misma palabra, que no puede tocar ni bailar ni cantar con ritmo mientras hay otra gente que no tiene ese freno y puede bailar y cantar y hasta tocar varios instrumentos de percusión a la vez, decía, y lo mismo que pasa con el sexo que los pueblos primitivos no conocen ni la impotencia ni la frigidez porque no tienen pudor sexual, tampoco tienen, decía, pudor rítmico y es por eso que en el África hay tanto sentido del ritmo como del sexo y, decía, yo sostengo, eso decía, que si a una persona se le da una droga especial, que no tiene que ser mariguana ni nada de eso, decía, una droga como la mezcalina, decía y repetía la palabra para que todo el mundo supiera que él la sabía, o el ácido, y subió la voz por sobre la música, LISÉRGICO, puede tocar cualquier instrumento de percusión, más o menos bien, igual que una persona borracha puede bailar más o menos bien. Siempre que se mantenga en pie, pensé yo y me dije pura mierda sonora y acababa de pensar esa palabra, estaba pensando en esta palabra precisamente cuando salió la Estrella de la cocina y dijo, Mierda Beny Moré y venía con otro trago en la mano, bebiendo y llegó hasta donde estaba yo y como todo el mundo estaba oyendo música, hablando, conversando y Rine estaba en el balcón matándose, haciendo esa escaramuza del amor que se llama el mate en La Habana, ella se sentó en el piso y se recostó al sofá y bebiendo se fue rodando por el suelo y luego se hizo plana con el vaso vacío en la mano y se metió hacia un lado del sofá que no era moderno sino un mueble cubano, de esos antiguos, de pajilla y madera y pajilla y se metió completamente debajo y se quedó dormida y yo oía los ronquidos ahí debajo de mí como si fueran los suspiros de un cachalote y Bustrófedon que no vio ni veía a la Estrella me dijo, Nadar mi socio ¿estás inflando un globo?, queriéndome decir (yo lo conozco bien) que me estaba peando y me acordé de Dalí que dijo que los pedos son el suspiro del cuerpo y casi me reí porque se me ocurrió que el suspiro es el pedo del alma y la Estrella seguía roncando sin importarle nada de nada, y el fracaso aquel parecía solamente el mío y me levanté y fui a la cocina a tomar un trago que me bebí allá en silencio y en silencio me llegué hasta la puerta y me fui.

 

 

 

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