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Lola


Truman Capote

 

 

(1964)

 

Sí, me pareció un regalo curioso en todos los sentidos. Sorprendente, en realidad. Porque yo ya tenía toda clase de animales: dos perros, un bulldog inglés y un terrier azul, de Kerry. Además, los pájaros nunca han sido mis animales predilectos; por el contrario, siempre les he tenido una especie de aversión. Cuando estoy en una playa, por ejemplo, y las gaviotas se precipitan para sumergirse en busca de una presa, puedo llegar a asustarme y tratar de escapar. Una vez, cuando tenía cinco o seis años, un gorrión, que había entrado en mi cuarto por la ventana, quedó atrapado, y se puso a revolotear hasta que sentí que me desmayaba. Me daba cierta lástima, pero también me atemorizaba. Por eso fue con cierta consternación que recibí el regalo de Navidad de Graziella: un horrible pichón de cuervo con las alas cruelmente cortadas hasta el hueso.

Ahora ya han pasado más de doce años, porque eso sucedió en la mañana de la Navidad de 1952. Entonces estaba viviendo en Sicilia, en la ladera de una montaña; la casa, situada en medio de un huerto de plateados olivos, estaba hecha de piedra rosa pálida; tenía muchos cuartos, y una terraza con vista a la cima cubierta de nieve del Etna. Los días luminosos uno veía, allá abajo, un mar azul como los ojos de un pavo real. Era una casa hermosa, aunque no muy cómoda, especialmente en el invierno, cuando silbaban y rugían los vientos del norte y uno bebía vino para entrar en calor, aunque aún así los pisos de piedra eran tan fríos como el beso de un muerto. Fuera cual fuere el tiempo, invierno helado o sofocante calor, la casa no hubiera sido realmente habitable sin Graziella, una sirvienta de la aldea que venía todas las mañanas temprano y se quedaba hasta después de la cena. Tenía diecisiete arios, y era robusta, con las piernas de un luchador japonés, levemente curvadas y pantorrillas combas. Tenía la cara muy bonita, sin embargo: ojos pardos y dorados como el cognac casero del lugar; mejillas rosadas; labios más rosados aún; una bella frente, y cabello negro peinado muy tirante, asegurado en su austera posición por un par de pequeñas peinetas españolas. Llevaba una vida dura, y de una manera divertida, como si no se quejara, se quejaba de su vida constantemente: un padre que era el borracho del pueblo, o uno de los muchos borrachos; su madre que era una histérica religiosa; y su hermano Paolo (lo adoraba, aunque todas las semanas le daba una paliza y le quitaba el sueldo). Éramos buenos amigos, Graziella y yo, y era natural que para Navidad intercambiáramos regalos. Yo le regalé un pulóver, una bufanda y un collar de cuentas verdes. Y, repito, ella me regaló un cuervo.

Ya he dicho que era feo. Lo era. Un objeto horrible y patético a la vez. Sin importarme correr el riesgo de enojar a Graziella, yo lo habría puesto en libertad en seguida si hubiera sido capaz de defenderse solo. Pero le habían cortado las alas de tal manera que no podía volar; apenas si caminaba a los tumbos, con el pico negro entreabierto como la mandíbula de un idiota, y los ojos fijos y sin expresión. Graziella se había trepado hasta las escabrosas laderas volcánicas encima de Bronté, y lo había capturado en una cañada que está llena de cuervos, un valle de piedras y espinas y árboles deformados. Dijo: —Lo agarré con una red de pescar. Corrí entre los pájaros. Cuando les tiré la red, se enredaron dos. A uno lo solté. Al otro, éste, lo metí en una caja de zapatos. Lo llevé a casa y le corté las alas. Los cuervos son muy inteligentes. Más que los loros. O que los caballos. Si le hacemos un corte en la lengua, le podemos enseñar a hablar—. No es que Graziella fuera cruel; simplemente compartía la indiferencia que sienten los mediterráneos hacia los animales. Se enojó mucho cuando me negué a que le mutilara la lengua al pájaro; en realidad, perdió todo interés en la pobre criatura, cuyo bienestar pasó a ser cuestión enteramente mía.

Lo tenía encerrado en un cuarto vacío, sin muebles; encerrado allí, como a un pariente loco. Pensé. Bueno, pronto le crecerán las alas, y entonces se podrá ir. Pero llegó el ario nuevo, pasaron las semanas, hasta que un día Graziella me confesó que mi regalo de Navidad tardaría seis meses en volver a ascender los cielos.

Lo aborrecía. Aborrecía visitarlo. El cuarto era el más trío de toda la casa, que era helada, y ese pájaro, tan abandonado, me entristecía. Sin embargo, el saber que estaba solo me obligaba a ir, aunque al principio él disfrutaba de mis visitas menos aún que yo: se ocultaba en un rincón y me daba la espalda; parecía un prisionero silencioso, agobiado entre un recipiente de agua y otro de comida. Con el tiempo, no obstante, empecé a sentir que mi presencia no era resentida; el pájaro dejó de evitarme, me empezó a mirar de frente y con una voz áspera y nada musical empezó a hacer unos ruidos aparentemente amistosos: graznidos mudos.

Comenzamos a descubrirnos mutuamente: a él le gustaba que le rascara la cabeza, a mí me divertían sus picotazos juguetones. Pronto aprendió a tenerse én pie sobre el borde de mi mano, luego a posarse en mi hombro. Se acostumbró a besarme, es decir, con el pico apenas si me rozaba dulcemente la mejilla, la barbilla, el lóbulo de la oreja. Sin embargo, yo seguía sintiendo (o así lo creía) aversión: no me gustaba su color fúnebre, la sensación de las plumas, que me parecían tan repugnantes como las escamas de un pez o un cuero de víbora.

Una mañana, hacia fines de enero (porque la primavera llega temprano en Sicilia), en que los almendros en flor y un vaho de perfume y flor flotaba en el ambiente, fui a visitar al pájaro y vi que no estaba. El cuarto en que vivía tenía ventanas francesas que daban al jardín, durante la noche deben haberse abierto, a lo mejor por el siroco, que soplaba a menudo esos días (trayendo arenisca del desierto africano). De cualquier manera, el pájaro no estaba. Busqué en el jardín. Graziella subió a la montaña. Pasó la mañana, luego la tarde. Para el anochecer ya habíamos buscado "en todas partes": el interior espinoso de un lugar lleno de cactus silvestres, entre las tumbas de un cementerio cercano, dentro de una cueva que apesta a orines de murciélago. Poco a poco, en el curso de la búsqueda, descubrí un hecho: lo quería mucho... Lola. ¡Lola! El nombre surgió como la luna nueva sobre nuestras cabezas, sin ser solicitado, pero inevitable; hasta ese momento no había querido ponerle nombre: eso hubiera sido reconocer que era una pertenencia permanente.

—¿Lola?

La llamé desde la ventana. Por fin me fui a la cama. Naturalmente, no pude dormir. Veía visiones: Lola, con el cuello entre los dientes de un gato; un gato que corría hacia el salón de banquete de una cueva qué se llenaría de sangre y de plumas. O Lola, condenada ala tierra e indefensa, escondida en alguna parte hasta que el hambre y la sed terminaran con ella para siempre.

—Lo-o-la-a.

No habíamos registrado la casa. A lo mejor no se había ido de la casa, o había salido por una puerta y entrado por otra. Encendí una vela (la electricidad casi nunca funcionaba); fui de cuarto en cuarto, hasta que por fin, en un vestíbulo al que no íbamos nunca, la luz de la vela iluminó un conocido par de ojos.

—Ah, Lola.

Se subió a mi mano. Cuando llegamos a mi dormitorio la puse en la piecera de una cama de bronce. Se aferró con sus garras y metió la cansada cabeza debajo de una de sus alas desfiguradas. Se quedó dormida enseguida, y yo también, igual que los perros (acostados uno encima del otro frente a un hogar de leños vagamente encendido por las llamas aromáticas de eucaliptos).

Los perros nunca habían visto a Lola, y fue con cierta ansiedad que a la mañana siguiente se los presenté, porque ambos, y especialmente el Kerry, eran capaces de proceder extrañamente. Pero si ella tenía pensado vivir con nosotros, era necesario. La puse en el piso. El bulldog la olfateó con su hocico achatado, parecido a una trufa, luego bostezó, no de aburrimiento sino de turbación. Estaba claro que no sabía de qué se trataba. ¿Comida? ¿Un juguete? El Kerry llegó a la conclusión de que Lola era un juguete. La golpeó ligeramente con una pata. La corrió hasta que la arrinconó. Ella se defendió, le dio un picotazo en el hocico. Sus graznidos eran burdos y violentos, como las palabras más soeces. El bulldog se asustó y salió corriendo del cuarto. Hasta el Kerry retrocedió, se sentó y la miró, sorprendido.

Desde ese momento, los perros le tuvieron un gran respeto a Lola. Tenían toda clase de consideraciones para ella; ella tenía muy pocas para ellos. Les usaba el bebedero como bañadera; a la hora de la comida, nunca se conformaba con su plato, e invadía el de ellos, sirviéndose lo que se le antojaba. Al bulldog lo convirtió en transporte privado. Se posaba sobre su amplia anca, y trotaba por el jardín como un jinete que monta en pelo en un circo. De noche acampaba junto al hogar, y se acurrucaba entre los perros, que si amenazaban con moverse, o perturbar su des­canso de cualquier manera, los picoteaba.

Lola debe haber sido muy chica cuando la trajo Graziella, apenas un pichón de días. Para junio había adquirido tres veces su tamaño, estaba grande como un pollo. Le habían crecido las alas, casi del todo. Pero no volaba aún. En realidad, se negaba a hacerlo. Prefería caminar. Cuando los perros hacían una recorrida ella los acompañaba, saltando a su lado. Un día se me ocurrió que Lola no sabía que era un pájaro. Creía que era un perro. Graziella estuvo de acuerdo conmigo, y los dos nos reímos. Nos parecía gracioso, sin darnos cuenta de que su error seguramente terminaría trágicamente. Tal es el destino que aguarda, a quienes rechazan su propia naturaleza e insisten en ser lo que no son.

Lola era ladrona. Si no lo hubiera sido, no habría usado jamás las alas. Peto los artículos que le gustaba robar (cosas brillantes, uvas, lapiceras fuente y cigarrillos) siempre estaban situadas en lugares altos. Por eso, para llegar arriba de una mesa, de vez en cuando daba un salto. Una vez robó una dentadura postiza. Los dientes pertenecían a un huésped, una dama difícil, ya de cierta edad. Dijo que no le parecía en absoluto gracioso, y se echó a llorar. Pero no sabíamos adónde escondía Lola su botín (según Graziella, todos los cuervos son ladrones y tienen un lugar secreto donde guardan su tesoro). Lo único que me parecía sensato hacer era tratar de engañar a Lola para que nos revelara dónde había guardado los dientes. Sentía admiración por el oro: yo a veces usaba un anillo de oro que provocaba su mirada voraz. Graziella y yo usamos el anillo como anzuelo: lo dejamos en la mesa del comedor, donde Lola estaba comiendo unas migas, y nos escondimos detrás de una puerta. Cuando pensó que nadie la observaba, Lola se apoderó del anillo y salió del comedor a toda carrera, dirigiéndose a la "biblioteca", un cuarto pequeño y oscuro lleno de volúmenes de escritores clásicos, en ediciones económicas, que habían pertenecido a un inquilino anterior. Saltó a una silla y de ahí a la estantería de libros; luego, como si se tratara de una grieta en la ladera de la montaña que conducía a la cueva de Alí Baba, se metió entre dos libros y desapareció detrás de ellos, se evaporó, como Alicia a través del espejo. Las Obras Completas de Jane Austen ocultaban su botín, que consistía, además de la dentadura robada, en una de las llaves de mi auto (no la había culpado a Lola, pensando que yo mismo la había perdido), un rollo de billetes (miles de liras hechas pedacitos, como si pensara usarlas para un nido futuro), cartas viejas, mis mejores gemelos de camisa, gomas, hilo, la primera página de un cuento que había dejado de escribir porque había perdido la primera página, un penique norteamericano, una rosa seca, un botón dé cristal...

A principios de ese verano Graziella anunció que se comprometía con un joven llamado Luchino, un mozo de caderas estrechas, pelo aceitado y enrulado y un perfil de astro cinematográfico. Hablaba un poco de inglés, otro poco de alemán, usaba zapatos de gamuza verde y manejaba su propia Vespa. Graziella tenía razón en considerarlo un candidato formidable, pero yo no estaba muy contento. Yo pensaba que ella era demasiado limpia y sana para un tipo vivo como Luchino (que tenía fama de ser un gigoló semiprofesional para turistas solitarios: solteronas suecas, Viudas y viudos alemanes), aunque, para ser franco, tales actividades no eran raras entre los jóvenes de la aldea.

Pero era difícil resistirse a la alegría de Graziella. Prendió con alfileres fotografías de Luchino por toda la cocina, sobre la pileta, adentro de la heladera, y hasta en el tronco de un árbol que crecía junto a la ventana de la cocina. Naturalmente, su enamoramiento interfería con su trabajo: ahora, siguiendo las costumbres sicilianas, tenía que remendar los calcetines del novio y que lavarle la ropa (y tenía montones), para no decir nada de las horas que se pasaba preparando su trousseau, bordando ropa interior, arreglando el velo del traje de novia. A menudo para el almuerzo me servía un plato de tallarines fríos, y para la cena huevos fritos, también fríos. Y a veces nada en absoluto. Siempre andaba corriendo para encontrarse con su amor en la plaza, para un paseo en el crepúsculo. Sin embargo, retrospectivamente no le envidio esa felicidad: fue el preludio de la suerte más desgraciada.

Una noche de agosto su padre (a quien amaba mucho a pesar de ser un borracho) tomó un vaso de gin puro que le ofreció un turista norteamericano, que lo desafió a que se lo tomara de un solo trago. Lo hizo, y sufrió un ataque que lo dejó paralítico. Al día siguiente sucedió algo peor. Luchino, que iba en su Vespa por un camino de la campiña, al tomar una curva atropelló a una niña de tres años y la mató instantáneamente. Llevé a Graziella y Luchino en el auto al funeral; después, de regreso, Luchino tenía los ojos secos, pero Graziella se quejó y lloró como si se le hubiera partido en dos el corazón: yo supuse que lloraba por la criatura muerta, pero no, lloraba por ella misma, por sus negras perspectivas: Luchino posiblemente iría a prisión y tendría que pagar una fuerte indemnización. No habría casamiento ya, tal vez por años (si es que se realizaba).

La pobre chica estaba postrada. Un médico le ordenó que guardara cama. Un día fui a ver qué tal estaba. La llevé a Lola, a ver si la alegraba. Pero al ver el pájaro se horrorizó, y se puso a gritar. Dijo que Lola era una bruja, que Lola tenía el malocchio, el mal de ojo, y que la doble tragedia, es decir, el ataque de su padre y el accidente de Luchino, eran obra de Lola, un castigo por haberla apresado y, cortado las alas. Dijo que sí, que era verdad, que todos los niños saben que los cuervos son la personi­ficación de espíritus malvados. Y terminó diciendo: —No volveré a trabajar a su casa.

Y no lo hizo. Ni ninguna otra chica. Porque de las acusaciones de Graziella, nació el mito de que mi casa era de mal agüero: que no sólo Lola, sino que yo también poseía un malocchio potente. Nada peor que esto puede decirse sobre una persona en Sicilia. Además, es una acusación contra la cual no hay defensa posible. Al principio bromeé sobre ello, aunque no era algo muy humorístico. Las personas que me cruzaban por la calle se persignaban, o, no bien había terminado de pasar yo, hacían una seña con los dedos en forma de cabeza de toro con cuernos, un gesto de magia negra contra el poder de mis ojos malévolos, brujos, prote­gidos por anteojos de aros de carey.

Una noche me desperté alrededor de la medianoche y decidí, de pronto, irme. Irme antes del amanecer. Una decisión funda­mental, ya que había vivido ahí desde hacía dos años, y no me gustaba la idea de quedarme sin casa de repente. Sin casa, con dos perros grandes y un pájaro extraño, sin jaula. Sin embargo, cargué el auto: parecía, una cornucopia ambulante, llena de zapatos, libros y cañas de pescar asomando por las ventanillas. A los empujones conseguí meter a los perros adentro del auto. Pero no había lugar para Lola. Tendría que ir sobre mi hombro, lo que no era ideal, porque era una pasajera nerviosa, y cualquier movimiento brusco hacía que protestara con un graznido o ensuciara con sus excreciones.

Cruzar los estrechos de Messina, a través de Calabria, y luego hasta Nápoles y Roma es un viaje agradable, que rememoro con placer. Hay veces que, suspendido al borde del sueño, veo escenas que pasan vertiginosamente. Un picnic en las montañas de Calabria: un cielo muy azul, abajo una manada de cabras, los sonidos aflautados y dulces del silbato de bambú del cabrerizo, y Lola engullendo migas de pan empapadas en vino tinto. O el cabo Palinuro, una playa remota de Calabria, rodeada de bosques, donde tomábamos el sol un día aún tibio de octubre cuando salió un jabalí. del bosque y se vino a la carrera hacia donde estábamos nosotros, como para atacarnos. Yo fui el único intimidado: corrí al mar. Los perros no cedieron terreno y Lola se quedó con ellos, agitando las alas, alentándolos con su voz ronca. Todos juntos ahuyentaron al cerdo y lo obligaron a volver al bosque. Esa misma noche llegamos hasta las ruinas de Paestum: una noche brillante, con el cielo como si fuera otro mar, la media luna como una nave anclada balanceándose en una marea de estrellas, y alrededor de nosotros el mármol iluminado por la luz de la luna, el templo en ruinas de una lejana época. Dormimos en la playa que bordea las ruinas. Mejor dicho, ellos durmieron, Lola y los perros. Yo fui atormentado por los mosquitos y por pensamientos acerca de la mortalidad.

Nos dispusimos a pasar el invierno en Roma, primero en un hotel (cuya gerencia nos expulsó a los cinco días, aunque ni siquiera era de primera clase), y luego en un departamento del número 33 de la Via Margutta, una calle estrecha que de vez en cuando adornan con sus pinturas malos pintores, una calle famosa por la cantidad de gatos que viven en ella, que se refugian en los patios y viven de la caridad de viejas medio locas que reco­rren las junglas felinas todos los días cargadas con bolsas de desperdicios.

Nuestro departamento era el altillo: para llegar había que subir seis tramos de escaleras sumidas en la oscuridad más profunda. Teníamos tres cuartos y un balcón. Lo alquilé por el balcón; después de la amplia vista que tenía en la terraza en Sicilia, el balcón ofrecía, como, contraste, una escena en miniatura, tranqui­la y perfecta como un fuego de leños: varios techos romanos, de color anaranjado y ocre desteñidos, y unas pocas ventanas (por las cuales se podían observar episodios de vida familiar). A Lola le encantaba el balcón. Casi siempre estaba allí. Le gustaba posarse sobre el borde de la balaustrada de piedra a observar el tráfico de la calle adoquinada: las viejas alimentando a los gatos de Margutta; un músico callejero que iba todas las tardes y tocaba la gaita, hasta que uno, seguro de haber sido sobornado, le tiraba una moneda; un afilador muy apuesto que publicitaba sus servicios con una canción y una de voz de barítono tan profunda que hacía que las amas de casa salieran corriendo a utilizar sus servicios.

Cuando salía el sol Lola siempre se bañaba en la balaustrada del balcón. Su bañadera era un plato hondo de plata; después de un momento de alegre inmersión saltaba aquí y allá, y como si se estuviera quitando una capa de cristal, se sacudía, e hinchaba las plumas. Luego, durante largas horas saturadas de placer, dormita­ba al sol, la cabeza echada hacia atrás, el pico entreabierto, y los ojos cerrados. Observarle era una experiencia tranquilizante.

El Signor Fioli parecía ser de esa opinión. Se sentaba frente a su ventana, que estaba exactamente enfrente al balcón, y observaba atentamente a Lola todo el tiempo. El Signor Fioli me interesaba. Me había tomado la molestia de saber cómo se llamaba y averiguar algo de su vida. Tenía noventa y tres años; a los noventa había perdido el habla: cuando quería llamar la atención a los miembros de su familia (una nieta viuda y cinco nietos grandes) hacía sonar una campanilla. Por lo demás, y a pesar de que nunca abandonaba su dormitorio, parecía estar en completo dominio de su persona. Tenía una vista excelente: no se perdía nada de lo que hacía Lola, y cuando era algo tonto o encantador, una sonrisa dulcificaba su agria cara vieja, tan viril. Había sido ebanista, y el negocio que había fundado seguía funcionando en la planta baja del edificio donde vivía; tres de sus nietos trabajaban en él.

Una mañana —era la semana de Navidad, casi un ario desde el día en que Lola había entrado en mi vida— llené el plato de sopa de Lola de agua mineral (prefería bañarse en agua mineral, y cuantas más burbujas tenía, mejor era), lo saqué al balcón, saludé con la mano al Signor Fioli, (que, como de costumbre, estaba ubicado frente a su ventana para presenciar la toilette de Lola), fuego entré, me senté frente al escritorio y empecé a escribir cartas.

Después de un rato oí la campanilla del Signor Fioli: un ruido conocido, que oía veinte voces al día, sólo que nunca sonaba así, tan rápido como los latidos de un corazón excitado. Me extrañó, y salí a ver qué pasaba. Lola estaba tomando el sol sobre la balaustrada, como adoradora en trance, y detrás de ella, un enorme gato color jengibre, que había trepado por los techos y que ahora se arrastraba sobre la panza por la balaustrada. Los ojos verdes le brillaban.

El Signor Fioli volvió a hacer sonar la campanilla. Yo grité. El gato saltó, sacando las uñas. Pareció como si a último momento Lola se diera cuenta del peligro. Saltó de la balaustrada, y cayó al vacío. El enfadado gato, el Signor Fioli y yo observamos su extraordinario descenso.

— ¡Vuela, Lola! ¡Vuela, Lola!

Tenía las alas extendidas, pero inmóviles. Lentamente, gravemente, como si estuviera ligada a un paracaídas, flotaba hacia abajo. Más y más abajo.

Por la calle pasaba en ese momento un pequeño camión pickup. Al principio pensé que Lola iba a caer frente al camión, lo que era terriblemente peligroso. Pero lo que sucedió fue peor, algo extraño y espantoso: cayó sobre unas bolsas que llevaba el camión. Y allí se quedó. Y el camión siguió su marcha, dobló en la esquina y desapareció de Via Margutta.

— ¡Vuelve, Lola, vuelve!

Corrí tras ella, volando por los seis tramos de las resbaladizas escaleras; me caí; me pelé las rodillas; perdí los anteojos (parecieron volar, estrellándose contra la pared). Afuera, en la calle, corrí hasta la esquirla en la que había doblado el camión. A lo lejos, a través de una bruma hecha dé miopía y lágrimas de dolor, vi al camioncito parado ante las luces de tránsito. Pero mucho antes de que pudiera alcanzarlo, mucho antes, cambió la luz y el camión arrancó, desapareció en el tráfico que circulaba por la Piazza di Spagna, llevándose a Lola para siempre de mi vida.

No habían pasado muchos minutos desde que el gato había saltado, sólo cuatro o cinco. Pero me llevó una hora volver sobre mis pasos, subir las escaleras, y encontrar los anteojos rotos. Y durante todo ese tiempo el Signor Fioli había estado sin moverse frente a su ventana, esperando con una expresión de sorpresa y dolor. Cuando vio que había vuelto hizo sonar la campanilla, llamándome al balcón.

Le dije:
—Ella creía que era otra cosa.
Frunció el ceño.
—Un perro.
Arrugó más aun el ceño.
—Se ha ido.


Eso lo entendió. Bajó la cabeza. Ambos lo hicimos.

 

 

 

 

YES IT SEEMED IN EVERY RESPECT a curious gift. An appalling one, really. For I had already a sufficiency of pets: two dogs, an English bulldog and a Kerry blue terrier. Moreover, I have never been partial to birds; indeed, I've had always rather an aversion to them: when, on a beach, sea gulls swoop and dive, I am (for example) very liable to panic and run. Once when I was five or six, a sparrow, having flown through the window of my room, became trapped there: flew about till I was almost faint from an emotion in which pity figured but fear predominated. And so it was with some dismay that I received Graziella's Christmas present: an ugly young raven with wings cruelly clipped.

Now more than twelve years have gone by, for that was Christmas morning, 1952. I was living then in Sicily on a mountainside; the house, placed amid a silvery olive orchard, was made of pale pink stone; it had many rooms, and a terrace with a view of Etna's snowcapped summit. Far below one saw, on sunlit days, a sea blue as a peacock's eye. It was a beautiful house, though not very comfortable, especially in winter when north winds sang, shouted, when one drank wine for warmth and even so the touch of the stone floors was cold as a dead man's kiss. Whatever the weather, winter-withered or sunscorched, the house would not have been quite habitable without Graziella, a servant girl from the village who appeared early each morning and stayed until after supper. She was seventeen, a stocky young lady too sturdily built: she had the legs of a Japanese wrestler—slightly bowed, with bulging calves. Her face, however, was pretty as could be: eyes brown and gold as the local home-brewed brandy; rosy cheeks; rosier lips; a fine dark brow; and black hair brushed smooth to the skull, then secured in that austere position by a little pair of Spanish combs. She had a hard life, and in an amused, uncomplaining fashion, complained of it constantly: a father who was the village drunk, at any rate one of them; her mother, a religious hysteric; and Paolo, her elder brother — she adored him, though he every week beat her and robbed her of her wages. We were good friends, Graziella and I, and it was natural that at Christmas we should exchange gifts. I gave her a sweater, a scarf and a necklace of green beads. And she, to repeat, presented me with a raven.

I have said it was ugly. It was. An object both dreadful and pathetic. No matter the risk of outraging Graziella, I would have set it free at once had it been capable of fending for itself. But the wings had been very closely cut and it could not fly; it could only wobble about, its black beak agape like the jaws of an idiot, its eyes flat and bleak. Graziella, having climbed high into the dour volcanic slopes above Bronte, had captured it in a ravine where ravens thrive, a valley of stones and thorns and deformed trees. She said, "I caught it with a fishing net. I ran among the birds. When I threw the net in the air two of them tangled. One I let go. The other, this one, I put in a shoebox. I took it home and cut its wings. Ravens are very clever. Smarter than parrots. Or horses. If we split its tongue, we can teach it to talk." It was not that Graziella was unkind; she simply shared the indifference of Mediterraneans to the sufferings of animals. She grew quite cross when I refused to let her mutilate the bird's tongue; in fact, she lost all interest in the poor creature, the well-being of which now became my own unhappy burden.

I kept it shut away in a spare, unfurnished room; kept it locked there like a mad relative. I thought, Well, its wings will soon grow out, then it can go away. But the New Year came and went, weeks passed, and presently Graziella confessed it would be six months before my Christmas gift could once again ascend the skies.

I loathed it. I loathed visiting it; the room was the coldest in the cold house, and the bird so forlorn, so impeccably sad a sight. Yet awareness of its loneliness forced me there— though at the start it seemed to enjoy my visits rather less than I did: it would stalk into a corner and turn its back on me, a silent prisoner hunched between a bowl of water and a bowl of food. In time, however, I came to feel my presence was not unwelcome; it ceased to avoid me, it stared me in the eye and, in a rough, unmusical voice, produced friendlyseeming noises: muted cawings. We began to make discoveries concerning one another: I found it liked to have its head scratched, it realized how much its playful peckings amused me. Soon it learned to balance on the rim of my hand, then to sit upon my shoulder. It grew fond of kissing me—that is, gently, with its beak nipping at my chin, cheeks, an earlobe. Nevertheless, I remained, or imagined I did, somewhat repelled by it: the funereal coloring, the bird-feel of its feathers —distasteful (to me) as fish skin, snake hide.

One morning—it was late January, but spring comes early to Sicily, and the almond trees were in flower: a mist of scent and bloom drifting across the landscape—one morning I arrived to find the raven had absconded. The room in which it lived contained French doors leading into a garden during the night the doors had somehow come undone perhaps the sirocco, which was blowing then (bringing with it gritty bits of African desert), had pushed them open. The bird, anyway, was gone. I combed the garden; Graziella climbed the mountainside. The morning ended, and the afternoon. By nightfall we had searched "everywhere": the prickly interior of a wild cactus grove, among the graves of a cemetery close by, inside a cave reeking of bat urine. Gradually, in the course of our pursuit, a certain fact at last penetrated: I very much liked—Lola. Lola! The name emerged like the new moon overhead, unbidden but inevitable; until then I'd not wanted to give her a name: to do so, I felt, would be to admit she was a permanent belonging.

"Lola?"

I called to her from my window. Finally I went to bed. Of course I could not sleep. Visions intervened: Lola, her neck clasped between cat teeth; a red tom racing with her toward the feasting hall of some bloodstained, feather-strewn lair. Or Lola, earthbound and helpless, somewhere hiding until hunger and thirst felled her forever.

"Lo-o-o-la-a-a?"

We had not looked through the house. Possibly she had never left it, or departed by one door and reentered by another. I lighted a candle (our electricity seldom functioned); I traveled from room to room; and in one, an unused parlor, the candlelight illuminated a familiar pair of eyes.

"Ah, Lola."

She stepped aboard my hand; back in the bedroom I transferred her to the foot-railing of a brass bed. She clutched it with her claws and tucked a tired head under one of her disfigured wings. Soon she was asleep, so was I, so were the dogs (curled together in front of a fireplace vaguely aglow with the aromatic flames of a eucalyptus fire).

The dogs had never met Lola, and it was with some anxiety that I next morning introduced them, for they both, and particularly the Kerry blue, were capable of cranky behavior. But if she meant to make her home with us, it must be done. I put her on the floor. The bulldog sniffed at her with his squashed, trufflelike nose, then yawned, not from boredom but embarrassment; all dogs yawn when they are embarrassed. Clearly he did not know what she was. Food? A plaything? The Kerry decided Lola was the latter. He tapped her with his paw. He chased her into a corner. She fought back, pecked his snout; her cawings were coarse and violent as the harshest curse words. It frightened the bulldog; he ran from the room. Even the Kerry retreated—sat down and gazed at her, marveling.

From then on, the dogs had great respect for Lola. They showed her every consideration; she showed them very few. She used their water bowl as a splash bath; at mealtimes, never content with her own dish, she always raided theirs, taking what she pleased. The bulldog she turned into a private mount; perched on his broad rump, she trotted around the garden like a bareback circus rider. At night, camping by the hearth, she huddled between the dogs, and if they threatened to stir, or otherwise disturb her comfort, she stabbed them with her beak.

Lola must have been very young when Graziella caught her—hardly more than a fledgling. By June she had tripled in size, grown big as a chicken. Her wings had come back, or almost. But still she did not fly. Indeed, she refused to. She preferred to walk. When the dogs went for a hike she hopped along beside them. One day it occurred to me that Lola did not know she was a bird. She thought she was a dog. Graziella agreed with me, and we both laughed; we considered it a delightful quirk, neither one foreseeing that Lola's misconception was certain to end in tragedy: the doom that awaits all of us who reject our own natures and insist on being something else than ourselves.

Lola was a thief; otherwise she might never have used her wings at all. However, the sort of articles she was fond of stealing—shiny things, grapes and fountain pens, cigarettes— were situated usually in elevated areas; so, to reach a tabletop, she occasionally took a (quite literally) flying jump. Once she stole a set of false teeth. The teeth belonged to a guest, a difficult and elderly friend, a lady. She said she thought it not the least funny and burst into tears. Alas, we did not know where Lola hid her loot (according to Graziella, all ravens are robbers and invariably keep a secret storage den for stolen treasure). The only sensible course was to try to trick Lola into revealing where she had taken the teeth. She admired gold: a gold ring I sometimes wore constantly excited her greedy gaze. We (Graziella and I) therefore baited our trap with the ring: left it on the luncheon table, where Lola was cleaning up crumbs, and hid behind a door. The instant she imagined herself unobserved, she snatched the ring and rushed out of the dining room and along a hall to the "library"—a small, gloomy room stuffed with cheap paperback editions of the classics, the property of a former tenant. She leaped from floor to chair to bookshelf; then, as though it were a cleft in a mountainside leading to an Ali Baba's cavern, she squeezed between two books and disappeared behind them: evaporated, rather like Alice through the looking glass. The Complete Jane Austen concealed her cache, which, when we found it, consisted, in addition to the purloined dentures, of the long-lost keys to my car (I'd not blamed Lola: I thought I'd lost them myself), a mass of paper money—thousands of lire torn into tiny scraps, as though intended for some future nest, old letters, my best cuff links, rubber bands, yards of string, the first page of a short story I'd stopped writing because I couldn't find the first page, an American penny, a dry rose, a crystal button—

Early that summer Graziella announced her engagement to a young man named Luchino, a slim-waisted waiter with oily, curly hair and a film-star profile. He spoke a little English, a little German; he wore green suede shoes and drove his own Vespa. Graziella had reason to think him a formidable catch; still, I was not happy about it. I felt she was too plain and healthy, simply too nice, for a sharp fellow like Luchino (who had a reputation as a semiprofessional gigolo catering to solitary tourists: Swedish spinsters, German widows and widowers), though, to be fair, such activities were far from uncommon among the village youth.

But Graziella's joy was difficult to resist. She pinned photographs of Luchino all over the kitchen, above the stove, above the sink, inside the icebox door and even on the trunk of a tree that grew outside the kitchen window. Romance, of course, interfered with her care of me: now, in the Sicilian fashion, she had her fiance's socks to mend, laundry to do (and such a lot of it!), not to mention the hours she spent preparing a trousseau, embroidering underwear, fitting a wedding veil. Often at lunch I was handed a plate of ice-hard spaghetti, then given cold fried eggs for supper. Or perhaps nothing at all; she was forever hurrying off to meet her lover in the piazza for a twilight promenade. Yet in retrospect I do not begrudge her that happiness: it was but the prelude to the bitterest bad luck.

One August night her father (much beloved despite his drunkenness) was offered (by an American tourist) a tall glass of straight gin, told to drink it at one go, did so and underwent a stroke that left him paralyzed. And the very next day even starker misfortune struck; Luchino, streaking along a country road aboard his Vespa, rounded a corner, ran into and instantly killed a three-year-old girl. I drove Luchino and Graziella to the child's funeral; afterward, on the way home, Luchino was dry-eyed but Graziella moaned and wept as though her heart had been halved: I assumed she was grieving for the dead baby. No, it was for herself, the dark prospect before her: Luchino faced possible imprisonment and certainly a huge indemnity payment—there would be no marriage now, not for years (if ever).

The poor girl was prostrated. A doctor confined her to bed. One day I went to see how she was getting on. I took Lola with me, meaning to cheer the invalid. Instead, the sight of the bird horrified her; she screamed. She said Lola was a witch, she said Lola had the malocchio, the evil eye, and that the double tragedy, her father's stroke and Luchino's accident, was Lola's work, a punishment inflicted for having caught her and clipped her wings. She said, Yes, yes, it's true: every child knows ravens are the embodiment of black and wicked spirits. And, "I will never come to your house again."

Nor did she. Nor did any other servant girl. For out of Graziella's accusations, a myth grew that mine was a house of the evil eye: that not merely Lola, but I myself, possessed a potent malocchio. Nothing worse can be said of one in Sicily. Moreover, it is a charge against which there is no defense. In the beginning I joked about it, though it was not in the least a humorous adventure. Persons meeting me in the street crossed themselves; or, as soon as I had passed, arranged one hand in the shape of a bull's head with horns—a dark-magic gesture meant to dispel the power of my malevolent, spell-casting, tortoise-shell-rimmed eye.

I woke one night around midnight and decided (snap!) to clear out. Leave before dawn. Rather a decision, for I'd lived there two years, and did not altogether relish being suddenly homeless. Homeless with two large dogs and an uncaged, peculiar bird. Nevertheless, I stuffed the car: it looked like a rolling cornucopia: shoes and books and fishing gear spilling out the windows; with a few rough shoves I contrived to fit the dogs inside. But there was no room left for Lola. She had to sit on my shoulder, which was not ideal, for she was a nervous passenger, and any abrupt twist or turn made her either squawk or relieve herself.

Across the Straits of Messina, across Calabria, on to Naples and Rome. It is a journey pleasant to look back upon: sometimes, when balanced on the edge of sleep, I see pictures of it slide past. A picnic in the Calabrian mountains: a hard blue sky, a herd of goats below, the thin sweet pipings of the goatherder on a bamboo whistle—and Lola gobbling bread crumbs soaked in red wine. Or Cape Palinuro, a remote, forest-fringed Calabrian beach where we all were sunning ourselves under a still-warm October sun when a wild pig charged out of the woods and raced toward us, as though to attack. I was the only one intimidated: I ran into the sea. The dogs stood their ground and Lola stood with them, flapped about, shouting encouragements in her rusty voice; together, in concert, they chased the pig back into the forest. The evening of the same day we traveled as far as the ruins at Paestum: a brilliant evening, the sky like another sea, the half-moon like an anchored ship rocking in a surf of stars, and all around us the moonbrightened marble, the broken temples of a distant time. We slept on the beach that borders the ruins; or they did—Lola and the dogs: I was tormented by mosquitoes and thoughts of mortality.

We settled for the winter in Rome, first at a hotel (the management of which expelled us after five days, and it was not even a first-class establishment), then in an apartment at 33 Via Margutta, a narrow street often painted by bad painters and renowned for the number of cats who dwell there, unowned cats sheltering in the overgrown patios and existing on the charity of half-mad elderly women, crones who every day tour the cat jungles with sacks of scrap food.

Our apartment was a penthouse: to reach it one climbed six flights of steep dark stairs. We had three rooms and a balcony. It was because of the balcony that I rented it; after the vastness of the view from the Sicilian terrace, the balcony offered, in contrast, a miniature scene tranquil and perfect as firelight: several Roman rooftops, faded orange, faded ocher, and a few across-the-way windows (behind which episodes of family life could be observed). Lola loved the balcony. She was scarcely ever off it. She liked to sit perched on the edge of the stone balustrade and study the traffic on the cobbled street below: the old ladies feeding the Margutta cats; a street musician who came each afternoon and played bagpipes, until, feeling throughly blackmailed, one tossed him a coin; a handsome knife-grinder advertising his services with a song sung in the most bull-like of baritones (housewives hurried!).

When the sun was out Lola always took her bath on the balcony balustrade. Her tub was a silver soup dish; after a moment of sprightly immersion in the shallow water, she would spring up and out, and as though casting off a crystal cloak, shake herself, swell her feathers; later, for long, bliss-saturated hours, she drowsed in the sun, her head tilted back, her beak ajar, her eyes shut. To watch her was a soothing experience.

Signor Fioli seemed to think so. He sat at his window, which was exactly opposite the balcony, and played attentive audience to Lola as long as she was visible. Signor Fioli interested me. I had taken the trouble to learn his name and something of his story. He was ninety-three years old, and in his ninetieth year he had lost the ability to speak: whenever he wished to attract the attention of his family (a widowed granddaughter and five grown great-grandsons), he rang a small supper bell. Otherwise, and even though he never left his bedroom, he appeared to be in complete command of himself. His eyesight was excellent: he saw everything Lola did, and if she did anything especially foolish or lovely, a smile sweetened his sour, very virile old face. He had been a cabinetmaker, and the business he had founded still operated on the ground floor of the building in which he lived; three of his great-grandchildren worked there.


One morning—it was the week before Christmas, almost a year to the day that Lola had entered my life—I filled Lola's soup bowl with mineral water (she preferred to bathe in mineral water, the bubblier the better), carried it out to her on the balcony, waved at Signor Fioli (who, as usual, was settled at his window waiting to attend Lola's toilette), then went inside, sat down at my desk and started to write letters.

Presently I heard the summoning tinkle of Signor Fioli's supper bell: a well-known noise, one heard it twenty times a day; but it had never sounded just like this: a ringing rapid as the beat of an excited heart. I wondered why, and went to see, and saw: Lola, a stupefied sun worshiper squatting on the balustrade—and behind her an immense ginger cat, a cat that had crept across the rooftops and was now crawling on its belly along the balustrade, green eyes aglitter.

Signor Fioli shook his bell. I shouted. The cat leaped, claws unfurled. But it was as if at the last moment Lola sensed her peril. She jumped off the balustrade, fell outward into space. The disgruntled cat, Signor Fioli and I watched her extraordinary descent.

"Lola! Fly, Lola, fly!"

Her wings, though spread, remained motionless. Slowly, gravely, as though attached to a parachute, she drifted downward; down and down.

A small pickup truck was passing in the street below. At first I thought Lola would fall in front of it: that seemed dangerous enough. But what happened was worse, was eerie and awful: she landed on top of some sacks stacked on the back of the truck. And stayed there. And the truck kept going: turned the corner and drove out of the Via Margutta.

"Come back, Lola! Lola!"

I ran after her; skidded down the six flights of slippery stone stairs; fell; skinned my knees; lost my glasses (they flew off and smashed against a wall). Outside, I ran to the corner where the truck had turned. Far off, through a haze compounded of myopia plus tears of pain, I saw the little truck stopped at a traffic light. But before I could reach it, long before, the light changed and the truck, bearing Lola away, taking her forever from me, blurred into the traffic swirling about the Piazza di Spagna.

Not many minutes had elapsed since the cat had lunged, only four or five. Yet it took an hour to retrace my route, climb the stairs, pick up and pocket the broken glasses. And all the while Signor Fioli had been sitting at his window, waiting there with an expression of grieved astonishment. When he saw that I had returned he rang his bell, calling me to the balcony.

I told him, "She thought she was something else."

He frowned.

"A dog."

The frown thickened.

"She's gone."

That he understood. He bowed his head. We both did.

 

 

 

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