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Resurrección


Antonio Dal Masetto

 

Hacía rato que no sabía nada de Gabriel, hasta que suena el teléfono y me cita en el bar. Ahora estamos acodados en la barra y me cuenta. La historia empieza hace casi un mes, cuando Susana, su última pareja, pega un portazo y se va. No había sido una relación larga, pero igual la partida es un golpe duro para Gabriel. La borrachera que sigue no dura un par de días, como solía ocurrirle antes, en todas las otras separaciones, sino que esta vez se prolonga tres semanas. Para Gabriel ese tiempo no es sino una larga y tormentosa noche. Vaga por la ciudad, duerme en las plazas, si llueve se protege con pedazos de plástico. Se le acaba la plata y pide monedas para pagarse otro vaso de vino. Frecuenta un oscuro barcito del Bajo donde dicta cátedra sobre la vida a media docena de borrachos que lo escuchan con atención y respeto, lo llaman profesor Gabriel y a partir de cierta hora comienzan a darle consejos a él. En esas tres semanas se resiste a volver al departamento, el triste escenario de su última derrota. Su ropa, por supuesto, está sucia y desgarrada. Una caída le ha dejado como saldo la torcedura de la muñeca izquierda. De tanto en tanto provoca una pelea. En esos casos utiliza un lenguaje hiriente y culto. Tal vez por eso, generalmente lo castigan sin compasión. Tiene la boca y la nariz hinchadas, una rodilla en mal estado, los anteojos astillados, perdió un diente. Percibe que la gente y especialmente los chicos, al cruzarlo en la calle, se apartan. Cree advertir que los perros no sólo le ladran, sino que intentan morderle los tobillos. Mientras deambula piensa en Susana. Todo hace suponer que el suyo es un descenso irreversible.

Una madrugada sale del barcito con un fulano que conoció esa misma noche y que asegura tener crédito en otro boliche, ya que de éste acaban de echarlos porque no han podido, entre los dos, pagar la última vuelta de vino. Cruzan la calle y un coche se les viene encima. Con los escasos reflejos que le quedan, Gabriel logra echarse hacia atrás. Su compañero no tiene la misma suerte, es atropellado, vuela y cae sobre el asfalto con un ruido especialmente feo. El vehículo no se detiene. Gabriel alcanza a ver que al volante va una mujer y que se parece a Susana. Más tarde reflexionará mucho sobre la probable o improbable presencia de Susana en aquel coche. Pero en ese momento, en esa madrugada, no duda de que él era la víctima elegida por el azar o la premeditación. Su mente se enfría, el alcohol acumulado en su sangre durante esas semanas se esfuma. Gabriel se sienta en el banco de una plaza y medita. Después emprende el camino de regreso a casa.

Abre las ventanas del departamento y espera que amanezca. Llama al portero, señala su biblioteca y le anuncia que decidió regalarle todos sus libros. El portero mira la ropa de Gabriel, su barba crecida, intenta algunas tímidas objeciones, pero finalmente acepta. De todos modos, dice, no tiene espacio en su casa para tantos libros, así que guardará la mayoría en el sótano. Aclara que si Gabriel cambiara de opinión ahí estarán para cuando quiera recuperarlos. Gabriel descuelga los cuadros y se los da también. Después abre los placards y le regala toda su ropa, quedándose sólo con lo imprescindible. En cuanto a los papeles de Gabriel –carpetas, cuadernos, cartas–, van a parar a la basura.

Cuando Gabriel queda solo se da un largo baño de inmersión. Después mira su cuerpo desnudo en un espejo y se dice que no sólo acaba de quitarse la mugre de esas semanas, sino también la que acumuló a lo largo de sus cuarenta y cinco años. Se viste y se larga a caminar por las calles sintiendo que éste es el día de su resurrección. Me llama por teléfono y ahora ahí está, contándome la historia y diciéndome que el cambio es definitivo, que a partir de hoy comienza una vida nueva. Se abre la puerta y, movediza y vital, entra una pecosa de ojos grandes. Pasa junto a nosotros, mira a Gabriel, sonríe para sí bajando los párpados y se sienta. Después, desde la mesa, sus ojos vuelven a buscarlo. Gabriel, girando de tanto en tanto la cabeza hacia la pecosa, acepta y retribuye con aparente indiferencia esas señales. Cambia ligeramente de posición para tener a la mujer de frente. Y así están. La situación se prolonga. Mientras tanto, Gabriel redondea su relato y me asegura que ahora es un tipo libre, en un sentido total, que rompió costumbres y ataduras, que jamás reincidirá en los errores del pasado. Yo miro a la pecosa, lo miro a él, otra vez a la pecosa, y desconfío.

 

 

 

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