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El mundo que ella deseaba


Philip K. Dick

 

 

Larry Brewster, medio dormido, contempló las colillas, botellas de cerveza vacías y cajas de cerillas aplastadas que se amontonaban sobre la mesa ante él. Alargó la mano y alineó una botella de cerveza con las demás para lograr de esta manera el efecto adecuado.

La pequeña orquesta de dixieland tocaba ruidosamente en la parte trasera del Wind-Up. El áspero sonido del jazz se mezclaba con el murmullo de voces, la semipenumbra, el tintineo de vasos en la barra.

Larry Brewster suspiró, feliz y satisfecho.

—Esto es el nirvana —declaró. Asintió con la cabeza lentamente, aprobando las palabras que había pronunciado—. O, al menos, el séptimo nivel del cielo budista zen.

—No hay siete niveles en el cielo budista zen —corrigió una competente voz femenina, directamente sobre él.

—Es cierto —admitió Larry, reflexionando sobre el tema—. Estaba hablando metafóricamente, no literalmente.

—Deberías ir con más cuidado; has de decir justo lo que quieres decir.

—¿Y decir justo lo que usted quiere oír? —Larry levantó la vista—. ¿Tengo el placer de conocerla, jovencita?

La esbelta muchacha de cabello dorado se dejó caer en la silla que había al otro lado de la mesa; sus ojos acerados brillaron en la semioscuridad del bar. Le sonrió exhibiendo sus blancos dientes centelleantes.

—No —respondió—. No nos conocemos, pero ahora ha llegado nuestro momento.

—¿Nuestro..., nuestro momento?

Larry enderezó poco a poco su cuerpo larguirucho. Había algo en el rostro inteligente de la muchacha que le alarmaba y atravesaba la muralla de su bruma alcohólica. Su sonrisa era demasiado serena, demasiado segura.

—¿A qué se refiere, en concreto? ¿De qué va el rollo?

La joven se quitó la chaqueta y mostró unos senos llenos y redondeados, y una figura flexible.

—Tomaré un martini —dijo—. Por cierto... Me llamo Allison Holmes.

—Larry Brewster. —Larry examinó a la chica con suma atención—. ¿Qué ha dicho que quiere?

—Un martini. Seco. —Allison le sonrió con frialdad—. Y pide otro para ti, ¿no?

Larry gruñó para sí. Hizo una seña al camarero.

—Un martini seco, Max.

—Muy bien, señor Brewster.

Max volvió al cabo de pocos minutos con un martini, que depositó sobre la mesa. Cuando se hubo ido, Larry se inclinó hacia la rubia.

—Y ahora, señorita Holmes...

—¿Tú no quieres?

—No.

Larry la miró beber. Sus manos eran menudas y delicadas. No tenía mal aspecto, pero le desagradaba la serenidad autosuficiente de sus ojos.

—¿Qué significa eso de que nuestro momento ha llegado? Dame alguna pista.

—Es muy sencillo. Te vi sentado aquí y supe que eras la persona. A pesar de la mesa desordenada. —Arrugó la nariz ante la visión de las botellas y las cajas de cerillas—. ¿Por qué no mandas que la limpien?

—Porque la prefiero así. ¿Supiste que yo era la persona? ¿Qué persona? —El interés de Larry aumentaba—. Continúa.

—Larry, éste es un momento de mi vida muy importante. —Allison miró a su alrededor—. ¿Quién iba a pensar que te encontrada en un lugar semejante? Pero siempre me ha ocurrido lo mismo. Es un eslabón más de una cadena que se remonta a..., bueno, hasta donde llega mi memoria.

—¿Qué cadena es ésa?

—Mi pobre Larry —rió Allison—. No entiendes nada. —Se inclinó hacia él y sus maravillosos ojos danzaron—. Larry, sé algo que nadie más sabe..., nadie en este mundo. Algo que averigüe de niña. Algo...

—Espera un momento. ¿Qué significa "este mundo"? ¿Quieres decir que hay mundos más agradables que éste? ¿Mundos mejores, como decía Platón? Este mundo no es más que...

—¡Por supuesto que no! —Allison frunció el ceño—. Este es el mundo mejor, Larry. El mejor de todos los mundos posibles.

—Oh. Herbert Spencer.

—El mejor de todos los mundos posibles... para mí.

Le dedicó una sonrisa fría, secreta.

—¿Por qué para ti?

Cuando respondió, captó un matiz casi depredador en el rostro finamente cincelado de la joven.

—Porque —dijo con calma— éste es mi mundo.

—¿Tu mundo? —Larry enarcó una ceja, y después sonrió, divertido—. Por supuesto, pequeña; es de todos nosotros. —Hizo un ademán que abarcó el resto de la sala—. Tu mundo, mi mundo, el mundo del tío que toca el banjo.

—No. —Allison sacudió la cabeza con firmeza—. No, Larry. Mi mundo; me pertenece a mí. Todas las cosas y todas las personas. Todo es mío.

—Movió la silla para acercarse más a él. Larry olió su perfume, cálido, dulce, tentador—. ¿No lo entiendes? Esto es mío. Todas estas cosas están hechas para mí, para hacerme feliz.

Larry se apartó un poco.

—¿De veras? Voy a decirte una cosa: como principio filosófico no se sostiene. Admitiré que Descartes dijo que sólo conocemos el mundo mediante nuestros sentidos, y que nuestros sentidos reflejan nuestra...

Allison posó su pequeña mano sobre el brazo de Larry.

—No me refiero a eso. Existen muchos mundos, Larry. Todo tipo de mundos. Millones y millones. Tantos como personas. Cada persona posee su propio mundo, Larry, su mundo particular. Un mundo que existe para ella, para su felicidad. —Bajó la vista con modestia—. Pero da la casualidad de que éste es mi mundo.

Larry meditó unos segundos.

—Muy interesante, pero ¿y los demás? Yo, por ejemplo.

—Tú existes para proporcionarme felicidad, por supuesto; es lo que te estoy diciendo. —La presión de su pequeña mano aumentó—. En cuanto te vi, supe que eras la persona idónea. Llevo varios días pensando en esto. Ya es hora de que le encuentre. El hombre que me está destinado. El hombre con el que me he de casar... para que mi felicidad sea completa.

—¡Oye! —exclamó Larry, retrocediendo.

—¿Qué te pasa?

—¿Y yo? —preguntó Larry—. ¡Eso no es justo! ¿No cuenta mi felicidad?

—Sí..., pero aquí no, en este mundo no. —Hizo un gesto vago—. Tienes un mundo en otro lugar; tu propio mundo. En éste, eres una simple parte de mi vida. No eres completamente real. Yo soy la única persona completamente real de este mundo. Los demás estáis a mi servicio. Sólo sois... parcialmente reales.

—Entiendo. —Larry se reclinó en la silla poco a poco, acariciándose el mentón—. Por tanto, existo en un montón de mundos diferentes. Una pizca aquí, otra allí, según lo que se necesite de mí. Como ahora, por ejemplo, en este mundo. Llevo veinticinco años dando tumbos, a fin de salirte al paso cuando me necesitaras.

—Exacto. —Los ojos de Allison bailaron de alegría—. Has captado la idea. —De pronto, consultó su reloj—. Se está haciendo tarde. Vámonos.

—¿Nos vamos?

Allison se puso en pie de un brinco, cogió su diminuto bolso y se puso la chaqueta.

—¡Quiero hacer tantas cosas contigo, Larry! ¡Hemos de ir a tantos sitios! ¡Nos queda tanto por hacer! —Le asió por el brazo—. Vamos, date prisa.

Larry se levantó con parsimonia.

—Escucha...

—Nos vamos a divertir muchísimo. —Allison le arrastró hacia la puerta—. Veamos... Sería estupendo...

Larry se detuvo, irritado.

—¡La cuenta! No puedo marcharme. —Rebuscó en su bolsillo—. Debo algo así como...

—Nada de cuentas esta noche. Esta es mi noche especial. —Allison se volvió hacia Max, que limpiaba la mesa—. ¿No es cierto?

El viejo camarero levantó la vista lentamente.

—¿Qué sucede, señorita?

—Esta noche no pagamos.

Max sacudió la cabeza.

—Esta noche no se paga, señorita. Es el cumpleaños del jefe; bebida gratis para todo el mundo.

—¿Cómo? —murmuró Larry.

—Vamos. —Allison le arrastró hacia las pesadas puertas hasta salir a la fría y oscura acera neoyorquina—. Vamos, Larry... ¡Hemos de hacer muchas cosas!

—No sé de dónde demonios ha salido el taxi —murmuró Larry. El taxi arrancó y se alejó. Larry miró a su alrededor. ¿Dónde estaban? Las oscuras calles estaban silenciosas y desiertas.

—Primero, quiero una flor —dijo Allison Holmes—. Larry, ¿no crees que deberías regalarle a tu prometida una flor? Quiero entrar radiante.

—¿Una flor? ¿A estas horas de la noche? —Larry señaló las calles silenciosas y oscuras—. ¿Estás bromeando?

Allison pensó durante unos segundos y después, de pronto, cruzó la calle. Larry la siguió. Allison se detuvo ante una floristería cerrada. El letrero estaba apagado. Golpeó el cristal de la puerta con una moneda.

—¿Te has vuelto loca? —gritó Larry—. ¡A estas horas de la noche no hay nadie ahí dentro! Alguien se movió en la parte trasera de la floristería. Un anciano se acercó con parsimonia al escaparate. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo. Se inclinó y abrió la puerta.

—¿Qué desea, señora?

—Quiero el mejor ejemplar que tenga.

Allison entró en la tienda y admiró las flores con arrobo.

—Olvídelo, amigo —murmuró Larry—. No le haga caso. Está...

—No pasa nada —suspiró el viejo—. Estaba repasando mi declaración de impuestos. Me tomaré un descanso. Encontraremos algo adecuado. Abriré la cámara frigorífica.

Cinco minutos después volvían a estar en la calle. Allison contemplaba extasiada la gran orquídea prendida con un alfiler a su chaqueta.

—¡Es tan hermosa, Larry! —susurró. Le apretó el brazo, mirándole a la cara—. Muchas gracias. Ahora, vámonos.

—¿Adónde? Es posible que encuentres a un viejo sudando la gota gorda sobre su declaración de impuestos a la una de la mañana, pero te reto a que encuentres a alguien más en este cementerio olvidado de Dios.

Allison miró a su alrededor.

—Veamos... Por aquí. Vamos a ese caserón. No me sorprendería nada que...

Obligó a Larry a continuar. Sus tacones resonaron en el silencio de la noche.

—Muy bien —murmuró Larry, esbozando una sonrisa—. Te acompañaré. Hasta podría ser interesante.

No se veía ninguna luz en la gran casa cuadrada. Todas las persianas estaban bajadas. Allison avanzó a toda prisa por el sendero, orientándose en la oscuridad, hasta llegar al porche de la casa.

—¡Oye! —exclamó Larry, alarmado de repente.

Allison ya había aferrado el pomo de la puerta, que se abrió sin dificultades.

Una explosión de luz y sonido les recibió. Murmullo de voces. Una enorme cantidad de gente deambulaba al otro lado de una pesada cortina. Hombres y mujeres vestidos de noche, inclinados sobre mesas largas y mostradores.

—Oh, oh —murmuró Larry—. En menudo lío nos hemos metido. Este lugar no es para nosotros.

Tres gorilas de aspecto duro se precipitaron sobre ellos, sin sacar las manos de los bolsillos.

—Muy bien, señor. Fuera.

Larry empezó a recular.

—Por mí, encantado. Soy una persona razonable.

—Tonterías. —Allison le agarró por el brazo. Sus ojos brillaban de excitación—. Siempre quise visitar una sala de juegos. ¡Mira todas esas mesas! ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa ahí?

—Por el amor de Dios —jadeó Larry, desesperado—. Salgamos de aquí. Esta gente no nos conoce.

—Ya puede apostar a que no —dijo con voz rasposa uno de los tres voluminosos matones. Movió la cabeza en dirección a sus compañeros—. Vamos p’allá.

Se apoderaron de Larry y lo llevaron a empellones hacia la puerta.

—¿Qué le están haciendo? —Allison parpadeó—. ¡Basta! —Se concentró, moviendo los labios—. Déjenme..., déjenme hablar con Connie.

Los tres matones se quedaron petrificados. Se volvieron hacia ella poco a poco.

—¿Con quién? ¿Qué nombre ha dicho, señora?

—Con Connie... —sonrió Allison—, me parece. ¿No es eso lo que he dicho? Connie. ¿Dónde está? —Miró a su alrededor—. ¿No está allí?

Un hombrecillo de aspecto pulido que jugaba en una mesa se volvió de mala gana al oír su nombre; hizo una mueca de fastidio.

—Olvídelo, señora —se apresuró a decir un matón—. No moleste a Connie; no le gusta que le molesten.

Cerró la puerta mientras empujaba a Larry y a la joven hacia la gran sala, al otro lado de la cortina.

—Vayan a jugar. Diviértanse. Que lo pasen bien.

Larry miró a la chica y meneó la cabeza débilmente.

—Creo que me apetece una copa... bien cargada.

—Muy bien —dijo Allison, risueña, sin apartar la vista de la ruleta—. Ve a tomar una copa. ¡Voy a jugar! Después de un buen par de whiskys escoceses con agua, Larry bajó del taburete y se alejó del bar en dirección a la mesa de la ruleta, situada en el centro de la sala.

Una gran multitud se había congregado alrededor de la mesa. Larry cerró los ojos para controlarse; ya sabía lo que pasaba. Tras serenarse, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la mesa.

—¿Qué significa ésta? —preguntaba Allison al croupier, sosteniendo en alto una ficha azul.

Frente a ella se alzaba una inmensa columna de fichas.., de todos los colores. Todo el mundo murmuraba y hablaba, mirándola.

Larry se colocó a su lado.

—¿Cómo te va? ¿Ya has perdido hasta la camisa?

—Todavía no. Según este hombre, voy ganando.

—Sí él lo dice... —suspiró Larry—. Está en el rollo.

—¿Quieres jugar? —preguntó Allison, recogiendo una tonelada de fichas—. Quédate éstas; tengo más.

—Ya lo veo, pero... no, gracias. No es mi fuerte. Vamos. —Larry se la llevó de la mesa—. Creo que ya es hora de que tú y yo sostengamos una pequeña charla. En aquel rincón estaremos tranquilos.

—¿Una charla?

—He de pensar en todo esto; la cosa ya ha ido demasiado lejos. Allison le siguió. Larry se encaminó a grandes zancadas hacia una esquina de la sala. Un brillante fuego ardía en una enorme chimenea. Larry se desplomó sobre una mullida butaca mientras señalaba la contigua.

—Siéntate.

Allison obedeció. Cruzó las piernas y se alisó la falda. Se reclinó en el respaldo y suspiró.

—¿No es bonito, el fuego y todo lo demás? Justo lo que siempre había imaginado...

Cerró los ojos con languidez.

Larry sacó los cigarrillos y encendió uno, absorto en sus pensamientos.

—Vamos a ver, señorita Holmes...

—Allison. Al fin y al cabo, vamos a casarnos.

—Allison, pues. Escucha, Allison, todo esto es absurdo. Mientras estaba en el bar, me entretuve pensándolo. Tu demencial teoría no es cierta.

—¿Por qué no? —Su voz era soñolienta, distante. Larry movió las manos, irritado.

—Te lo explicaré. Afirmas que yo sólo soy parcialmente real. Eso no es cierto. Y que tú eres la única completamente real.

—Exacto —aprobó Allison.

—¡Escucha! No sé nada sobre esa gente... —Larry señaló la multitud con un gesto despreciativo—. Quizá tengas razón acerca de ellos. Quizá sólo sean fantasmas. ¡Pero yo no! No puedes decir que yo soy un fantasma. —Descargó su puño sobre el brazo de la butaca—. ¿Lo ves? ¿Te atreves a decir que esto es sólo parcialmente real?

—La butaca sólo es real en parte.

—Maldita sea —rugió Larry—, llevo veinticinco años en este mundo, y sólo hace unas horas que te conozco. ¿Debo creer que no estoy vivo? ¿Que no soy..., que no soy realmente yo? ¿Que sólo soy una especie de... decorado en tu mundo, un simple accesorio?

—Larry, querido. Tú tienes tu propio mundo. Todos tenemos nuestro mundo. Pero sucede que éste es mío, y que tú estás en él a mi servicio. —Allison abrió sus grandes ojos azules—. En tu mundo real yo también existo un poco para ti. Todos nuestros mundos se superponen, querido, ¿no lo entiendes? Tú existes para mí en mi mundo. Es probable que yo exista para ti en el tuyo. —Sonrió—. El Gran Diseñador ha de ser económico..., como los buenos artistas. Hay muchos mundos similares, casi idénticos, pero cada uno pertenece a una sola persona.

—Y éste es el tuyo. —Larry dejó escapar un suspiro—. De acuerdo, muñeca. Estás convencida de lo que dices; te seguiré la broma..., durante un rato, al menos. Te seguiré la corriente. —Contempló a la muchacha reclinada en la butaca vecina—. No estás mal, ¿sabes?, nada mal.

—Gracias.

—Sí, morderé el anzuelo. Durante un rato, al menos. Tal vez seamos el uno para el otro, pero has de calmarte un poco. Tientas en exceso a la suerte. Si vamos a seguir juntos, será mejor que te lo tomes con calma.

—¿Qué quieres decir?

—Todo esto. Este lugar. ¿Y si viene la poli? Juegos, persecuciones. —La mirada de Larry se perdió en la distancia—. No, esto no está bien. Esta no es la clase de vida que me había imaginado. ¿Sabes lo que tengo metido en la cabeza? —El rostro de Larry se iluminó de nostálgico placer—. Una casita, muñeca. En el campo. Muy lejos. Tierra de labranza. Campos llanos. Tal vez Kansas o Colorado. Una cabañita. Con un pozo. Y vacas.

—¿Sí? —Allison frunció el ceño.

—¿Y sabes qué mas? Yo, en la parte trasera. Trabajando la tierra, o... dando de comer a los pollos. ¿Has dado de comer a los pollos alguna vez? —Larry movió la cabeza, feliz—. Es muy divertido, muñeca. Y las ardillas. ¿Nunca has ido a un parque y has dado de comer a las ardillas? Ardillas grises de largas colas. Colas tan largas como su propio cuerpo.

Allison bostezó. Se levantó con brusquedad y cogió el bolso.

—Creo que es hora de irnos.

Larry se levantó con parsimonia.

—Si, yo también lo creo.

—Mañana va a ser un día muy ajetreado. Quiero levantarme temprano.

—Allison avanzó hacia la puerta, abriéndose paso entre la gente—. Lo primero de todo, creo que deberíamos ir a buscar...

—Tus fichas —la interrumpió Larry.

—¿Qué?

—Tus fichas. Ve a cambiarlas.

—¿A cambiarlas?

—Por dinero... Creo que así lo llaman ahora.

—Oh, qué fastidio. —Allison se volvió hacia un hombre corpulento sentado a la mesa de black-jack—. ¡Tome! —Tiró las fichas en el regazo del hombre—. Cójalas. Muy bien, Larry. ¡Vámonos! El taxi frenó en el apartamento de Larry.

—¿Vives aquí? —preguntó Allison, mirando el edificio—. No es muy moderno, ¿verdad?

—No. —Larry abrió la puerta—. Y las cañerías no están en muy buen estado, pero me importa una mierda.

—¿Larry? —Allison le detuvo cuando se disponía a salir.

—¿Sí?

—No olvidarás lo de mañana, ¿verdad?

—¿Mañana?

—Tenemos muchas cosas que hacer. Quiero que te levantes a primera hora de la mañana. Hay que visitar varios sitios y ultimar detalles.

—¿Qué te parecen las seis de la tarde? ¿Te va bien?

Larry bostezó. Era tarde y hacía frío.

—Oh, no. Pasaré a buscarte a las diez de la mañana.

—¡A las diez! ¿Y mi trabajo? ¡He de ir a trabajar!

—Mañana no. Mañana es nuestro día.

—¿Cómo cojones voy a vivir si no...?

Allison le rodeó con sus esbeltos brazos.

—No te preocupes, todo saldrá bien. ¿No te acuerdas? Éste es mi mundo.

Le atrajo hacia ella y le besó en la boca. Sus labios eran dulces y fríos. Le abrazó con fuerza y cerró los ojos.

Larry se apartó.

—Vale, vale.

Se enderezó la corbata.

—Mañana, pues. Y no te preocupes por tu trabajo. Adiós, querido Larry.

Allison cerró la puerta. El coche siguió por la oscura calle. Larry lo acompañó con la mirada, todavía aturdido. Por fin, se encogió de hombros y entró en el edificio.

En la mesa del vestíbulo encontró una carta dirigida a su nombre. La abrió mientras subía la escalera. La carta era de su oficina, la Compañía de Seguros Bray. Se informaba del horario de vacaciones anuales de la plantilla y precisaba las dos semanas concedidas a cada empleado. No necesitó localizar su nombre para saber cuándo empezaban las suyas.

"No te preocupes", había dicho Allison.

Larry sonrió con tristeza y sepultó la carta en el bolsillo de la chaqueta. Abrió la puerta de su casa. ¿Había dicho a las diez? Bueno, al menos dormiría a gusto.

El día era caluroso y claro. Larry Brewster se sentó en los escalones del edificio, fumando y pensando mientras esperaba a Allison.

La chica se lo montaba muy bien; no cabía duda. Montones de cosas parecían caer como ciruelas maduras en su regazo. No era de extrañar que considerase este mundo de su propiedad... Todo le salía a pedir de boca, de acuerdo, pero también le ocurría a otras personas. Cuestión de suerte. La fortuna siempre les sonreía. Ganaban concursos radiofónicos; encontraban dinero en la cuneta; apostaban al caballo ganador.

¿Su mundo? Larry sonrió. Por lo visto, Allison se lo creía a pies juntillas. Interesante. Bien, le seguiría la corriente un poco más, al menos. Era una tía agradable.

Sonó una bocina. Larry levantó la vista. Un descapotable pintado en dos tonos estaba aparcado frente a él. Allison le saludó con la mano.

—¡Hola! ¡Date prisa! Larry se levantó y caminó hacia el coche.

—¿De dónde lo has sacado?

Abrió la puerta y se deslizó en su interior.

—¿Esto? —Allison puso el motor en marcha y se zambulló en el tráfico—. Lo he olvidado. Creo que alguien me lo regaló.

—¡Te has olvidado! —La miró, y después se reclinó contra el suave tapizado del asiento—. ¿Y bien? ¿Por dónde empezamos?

—Vamos a ver nuestra nueva casa.

—¿La casa de quién?

—Nuestra. Tuya y mía.

Larry se hundió en el asiento.

—¡Cómo! Pero tú...

El coche giró por una esquina.

—Te encantará; es una maravilla. ¿Cuántas habitaciones tiene tu piso?

—Tres.

Allison lanzó una alegre carcajada.

—Esta tiene once habitaciones. Dos plantas. Dos mil metros cuadrados de jardín. Eso me han dicho, al menos.

—¿No la has visto?

—Todavía no. Mi abogado me ha llamado esta mañana.

—¿Tu abogado?

—Forma parte de una propiedad que me han dejado en herencia.

Larry se controló poco a poco. Allison, ataviada con un traje de dos piezas escarlata, miraba con semblante feliz la carretera que se extendía ante ellos.

—Deja que me aclare. Nunca la has visto; tu abogado acaba de llamarte; forma parte de una propiedad que has heredado.

—Exacto. Un tío mío. He olvidado su nombre. No esperaba que me dejara nada. —Se volvió hacia Larry y le miró con ternura—. Es un momento muy especial para mí. Es importante que todo vaya bien. Todo mi mundo...

—Sí, todo tu mundo. Bien, espero que te guste la casa cuando la veas.

—Me gustará —rió Allison—. Después de todo, existe para mí; es su única razón de existir.

—Consigues que todo funcione como una ciencia exacta —murmuró Larry—. Todo lo que te sucede es estupendo. Todo te complace. Deduzco, por tanto, que ha de ser tu mundo. Tal vez estás mejorando las cosas... Diciéndote que te gusta de verdad todo cuanto te sucede.

—¿Lo crees así?

Larry frunció el ceño y se abismó en sus pensamientos.

—Dime —preguntó por fin—, ¿cómo averiguaste la existencia de estos múltiples mundos? ¿Por qué estás tan segura de que éste es el tuyo?

—Lo deduje por mis propios medios —sonrió la joven—. Estudié lógica, filosofía, historia... y siempre había algo que me desconcertaba. ¿Por qué se producían tantos cambios vitales en la suerte de personas o naciones, cambios providenciales, que ocurrían en el momento oportuno? ¿Por qué daba la impresión de que mi mundo tenía que ser como era, a fin de que a lo largo de la historia ocurrieran una serie de acontecimientos extraños que le hicieran evolucionar así?

"Leí la teoría de Éste es el mejor de todos los mundos posibles, pero a medida que la pensaba le encontraba menos sentido. Estudié las religiones de la humanidad, y especulaciones científicas sobre la existencia de un Creador..., pero algo faltaba, algo de lo que no se podía dar cuenta o que se pasaba por alto.

—Sí, claro —asintió Larry—. Es muy fácil: si éste es el mejor de todos los mundos posibles, ¿por qué hay tantos sufrimientos, sufrimientos innecesarios, si existe un Creador benevolente y todopoderoso, como tantos millones de seres han creído, creen y creerán en el futuro, sin duda? ¿Y cómo explicas la existencia del mal? —Larry sonrió—. Y tú encontraste la respuesta a todo esto, ¿eh? Como quien prepara un martini.

—Tampoco hace falta que te pongas así —dijo Allison con altivez—. Bueno, es sencillo y no soy la única que lo ha descubierto, aunque es obvio que soy la única en este mundo...

—De acuerdo —cortó Larry—. Me guardaré las objeciones hasta que me digas cómo lo hiciste.

—Gracias, querido. Vas comprendiendo, ¿te das cuenta? Aunque no estés de acuerdo conmigo en todo... Bien, se haría muy aburrido, estoy segura. Será mucho más divertido si he de esforzarme por convencerte... Oh, no seas impaciente, todo llegará.

—Gracias.

—Es sencillo, como lo del huevo y la gallina, en cuanto le coges el truco. La razón por la que tanto el Creador benevolente como la teoría del Mejor de todos los mundos posibles no parecen convincentes estriba en que empezamos con una suposición injustificada: que éste es el único mundo. Supón que probamos un nuevo enfoque: imagínate un Creador de infinito poder. Un ser semejante podría crear infinitos mundos..., o al menos, un número tan elevado como para que nos pareciera infinito.

"Si das eso por sentado, todo lo demás adquiere sentido. El Creador puso fuerzas en movimiento. Creó mundos diferentes para cada ser humano existente; cada uno existe para un solo ser humano. Es un artista, pero Él aplica la economía de medios, de modo que temas, acontecimientos y motivos se repiten de mundo en mundo.

—Oh, empiezo a adivinar adónde diriges tus tiros —replicó Larry con suavidad—. En algunos mundos, Napoleón ganó la batalla de Waterloo..., si bien sólo en su propio mundo le salieron bien las cosas. En éste, perdió...

—No estoy segura de si Napoleón existió en mi mundo —dijo Allison en tono pensativo—. Me parece que es un simple nombre en los anales, aunque alguna persona semejante existió en otros mundos. En el mío, Hitler fue derrotado. Roosevelt murió... Me supo mal, aunque no lo conocía, y tampoco era muy real; ambos eran imágenes llegadas del mundo de otras personas...

—Muy bien. Todo te salió a las mil maravillas, durante toda tu vida, ¿verdad? Nunca estuviste enferma, ni te sentiste herida o hambrienta...

—Más o menos —asintió la joven—. He sufrido algunos contratiempos y frustraciones, pero nada realmente..., bien, realmente doloroso. He conseguido todo lo que deseaba y logrado comprender cosas importantes, gracias a que todo el mundo ha aportado su granito de arena en ese sentido. Ya ves, Larry, la lógica es perfecta; todo lo deduje de las pruebas. No hay otra respuesta que se sostenga.

—¿Qué importa lo que yo piense? —sonrió Larry—. No vas a cambiar de opinión.

Larry contempló el edificio con notable desagrado.

—¿Eso es una casa? —murmuró por fin.

Los ojos de Allison bailaron de alegría cuando la joven alzó la vista hacia la gran mansión.

—Perdón, querido. ¿Qué has dicho?

La casa era inmensa.., y supermoderna, como la pesadilla de un pastelero. Grandes columnas, conectadas mediante barras de hierro y contrafuertes inclinados, se elevaban hacia el cielo. Las habitaciones estaban colocadas unas sobre otras como cajas de zapatos, cada una en un ángulo diferente. Todo el edificio estaba coronado por una especie de tejas metálicas brillantes, de un espeluznante amarillo mantequilla. La casa relumbraba y centelleaba bajo el sol de la mañana.

—¿Qué..., qué son esas cosas? —Larry indicaba unas horrísonas plantas que trepaban por los costados irregulares de la casa—. ¿Es preciso que estén ahí?

Allison parpadeó y frunció el ceño levemente.

—¿Qué has dicho, querido? ¿Te refieres a las buganvillas? Son plantas muy exóticas. Las traen del sur del Pacífico.

—¿Para qué sirven? ¿Para impedir que la casa se desplome como un castillo de naipes?

La sonrisa de Allison se desvaneció. Enarcó una ceja.

—Querido, ¿te encuentras bien? ¿Te molesta algo?

Larry retrocedió hacia el coche.

—Volvamos a la ciudad. Tengo hambre.

—De acuerdo —dijo Allison, mirándole de una forma extraña—. De acuerdo, volvamos.

Aquella noche, después de cenar, Larry parecía taciturno y abúlico.

—Vamos al Wind-Up —dijo de repente—. Me apetece ver algo conocido, para variar.

—¿Qué quieres decir?

Larry indicó con un movimiento de cabeza el carísimo restaurante del que acababan de salir.

—Todas esas luces extravagantes, camareros uniformados bajitos susurrándote al oído. En francés.

—Si quieres pedir algunos platos has de saber un poco de francés —sentenció Allison. Frunció los labios, irritada—. Larry, me estás intrigando. Tu reacción al ver la casa, las cosas extrañas que dijiste...

—Verla me provocó una crisis de locura temporal.

Larry se encogió de hombros.

—Bien, espero que te recuperes.

—Me voy recuperando a cada minuto que pasa.

Fueron al Wind-Up. Allison cruzó el umbral. Larry se detuvo para encender un cigarrillo. El querido Wind-Up; verlo ya le hacía sentirse mejor. Caluroso, oscuro, ruidoso, el sonido de la orquesta de dixieland en la parte trasera.

Recobró los ánimos. La paz y la comodidad de un buen bar cutre.

Suspiró y empujó la puerta.

Y se quedó petrificado, sin dar crédito a sus ojos.

El Wind-Up había cambiado. Estaba bien iluminado. En lugar de Max, el camarero, había camareras sirviendo con inmaculados uniformes blancos.

El local estaba atestado de mujeres bien vestidas, que charlaban y bebían combinados. Y en la parte trasera había una falsa orquesta de gitanos. Un patán de pelo largo, disfrazado para la ocasión, torturaba un violín.

—¡Vamos! —le apremió Allison, impaciente—. Estás llamando la atención, parado ahí en la puerta.

Larry contempló durante largo rato la orquesta gitana de imitación, a las emperifolladas camareras, a las mujeres que cotorreaban, las luces de neón. Se sentía atontado, sin fuerzas.

—¿Qué pasa? —Allison le agarró por el brazo, malhumorada—. ¿Qué te ocurre?

—¿Qué..., qué ha sucedido? —Larry señaló con un débil gesto de la mano el interior del local—. ¿Ha ocurrido un accidente?

—Ah, esto. Olvidé decírtelo. Hablé con el señor O’Mallery sobre ello.

Antes de que nos encontráramos anoche.

—¿El señor O’Mallery?

—Es el propietario del edificio. Somos viejos amigos. Le indiqué lo..., lo sucio y deprimente que se estaba poniendo el local. Comenté los cambios que sería preciso introducir.

Larry salió a la acera. Aplastó el cigarrillo con el tacón del zapato y hundió las manos en los bolsillos.

Allison corrió tras él, con las mejillas rojas de indignación.

—¡Larry! ¿Adónde vas?

—Buenas noches.

—¿Buenas noches? —La joven le miró con estupefacción—. ¿Qué quieres decir?

—Que me voy.

—¿Te vas adónde?

—Lejos. A mi casa. Al parque. A cualquier sitio.

Larry se puso a caminar, con la espalda encorvada y las manos en los bolsillos.

Allison corrió y se plantó frente a él, presa de cólera.

—¿Has perdido la cabeza? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?

—Claro. Te dejo. Hemos terminado. Bien, fue bonito mientras duró. Ya nos veremos.

Los dos puntos rojos que cubrían las mejillas de Allison brillaron como carbones incandescentes.

—Espera un momento, señor Brewster. Me parece que has olvidado algo.

Su voz era dura e hiriente.

—¿He olvidado algo? ¿Como qué?

—No puedes irte; no puedes dejarme tirada.

—¿No puedo?

Larry enarcó una ceja.

—Creo que deberías reconsiderarlo, ahora que aún tienes tiempo.

—No te entiendo—bostezó Larry—. Creo que volveré a mi casa de tres habitaciones y me meteré en la cama. Estoy cansado.

Pasó por delante de la joven.

—¿Te has olvidado? —le espetó Allison—. ¿Has olvidado que no eres completamente real? ¿Que sólo existes como parte de mi mundo?

—¡Santo Dios! ¿Vas a empezar el rollo otra vez?

—Será mejor que lo pienses antes de irte. Existes para hacerme feliz, señor Brewster. Este es mi mundo, recuérdalo. Es posible que en el tuyo las cosas sean diferentes, pero éste es mi mundo. Y en mi mundo sucede lo que yo digo.

—Hasta la vista —dijo Larry Brewster.

—¿Todavía..., todavía insistes en marcharte?

Larry Brewster meneó la cabeza lentamente.

—No —dijo—. En realidad, no. He cambiado de idea. Me causas demasiados problemas. La que se marcha eres tú.

Y mientras hablaba, un globo de luz radiante rodeó suavemente a Allison Holmes y la envolvió en su brillante aura de esplendor. El globo luminoso se elevó, transportando por los aires a la señorita Holmes, alzándola sin el menor esfuerzo sobre los edificios, hacia el cielo del anochecer.

Larry Brewster contempló con calma como el globo luminoso se llevaba a la señorita Holmes. No se sorprendió al ver que la joven se desvanecía y difuminaba gradualmente... hasta que de repente desapareció por completo.

Apenas un débil resplandor en el cielo. Allison Holmes se había marchado.

Larry Brewster permaneció inmóvil durante largo rato, inmerso en sus pensamientos, acariciándose el mentón con aire pensativo. Echaría de menos a Allison. En ciertos aspectos le gustaba; había significado una diversión temporal. Bien, ahora se había ido. En este mundo, Allison Holmes no había sido completamente real. Lo que Larry había conocido, lo que él llamaba "Allison Holmes", no era más que una apariencia parcial de la joven.

Después, recordó un detalle: cuando el globo de luz radiante se la llevó, vislumbró algo... Vislumbró, tras ella, un mundo diferente, obviamente su mundo, su mundo real, el mundo que la joven deseaba. Los edificios eran inquietantemente familiares; aún se acordaba de la casa...

Por tanto... Allison había sido real, después de todo... Existió en el mundo de Larry, hasta que llegó el momento de ser transportada al suyo. ¿Encontraría en él a otro Larry Brewster..., uno que le fuera como anillo al dedo? El pensamiento le produjo un escalofrío.

De hecho, toda la experiencia había sido un poco desconcertante.

—Me pregunto por qué —murmuró en voz baja.

Recordó otros acontecimientos desagradables que, sin embargo, le habían ocasionado grandes satisfacciones, experiencias que no habría saboreado sin ellos.

—Bueno —suspiró—, no hay mal que por bien no venga.

Se puso a caminar con parsimonia, con las manos en los bolsillos, echando un vistazo al cielo de vez en cuando, como si quisiera asegurarse...


 

 

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