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Dundun


Denis Johnson

 

Habíamos estado quedándonos en el Holiday Inn con mi novia, con toda honestidad la mujer más hermosa que jamás he conocido, metiéndonos heroína durante tres días bajo un nombre falso. Hicimos el amor en la cama, comimos filetes en el restaurante, nos inyectamos en el baño, vomitamos, nos acusamos el uno al otro, nos rogamos, nos perdonamos, nos hicimos promesas y nos llevamos el uno al otro a los cielos.

Pero hubo una pelea. Acabé en la puerta del hotel, haciendo autostop, vestido a toda prisa, sin camisa bajo la chaqueta, con el viento sollozando a través de mi arete. Llegó un autobús. Subí y me senté en el asiento de plástico mientras las cosas de nuestra ciudad iban apareciendo en la ventanilla como en una máquina tragaperras.

Una vez, mientras discutíamos en una esquina, le di un golpe en el estómago. Ella se dobló por la cintura y rompió a llorar. Un auto lleno de estudiantes universitarios se detuvo junto a nosotros.

—Se siente mal —les dije.

—Y una mierda —dijo uno de ellos—. Le has pegado con el codo justo en la barriga.

—Lo ha hecho, lo ha hecho, lo ha hecho —dijo ella, llorando.

No recuerdo lo que les dije. Recuerdo la soledad oprimiéndome primero los pulmones, luego el corazón, después los huevos. La subieron al auto con ellos y se fueron.

Pero ella regresó.

Esa mañana, después de la pelea, después de varias calles sentado en el autobús con la cabeza vacía de cualquier pensamiento, fuera de mis casillas, salté de allí y entré en el Vine.

El Vine estaba tranquilo y a oscuras. Wayne era el único cliente. Las manos le temblaban. No podía ni levantar su vaso.

Puse mi mano izquierda sobre el hombro de Wayne y con la derecha, firme por los efectos del opio, le acerqué el trago de bourbon a los labios.

—¿Qué te parecería hacer algo de dinero? —me preguntó.

—Tenía pensado tirarme por aquel rincón y dormir un poco —le informé.

—He decidido, lo he pensado en mi cabeza, hacer algo de dinero.

—¿Y qué? —dije.

—Ven conmigo —me rogó.

—Lo que quieres decir es que necesitas que te lleve.

—Tengo las herramientas —dijo—. Todo lo que necesitamos es ese auto de mierda tuyo para llegar allí.

En una de las calles cercanas a mi apartamento encontramos mi Chevrolet de sesenta dólares, lo mejor y más elegante que yo haya comprado jamás, teniendo en cuenta el precio. Me gustaba ese auto. Era el tipo de auto que puedes estrellar contra un poste telefónico sin que ocurra nada grave.

Wayne acunaba la bolsa de las herramientas sobre sus piernas mientras salíamos de la ciudad, hasta que llegamos a esos campos que se amontonaban en colinas y después se dejaban caer hacia un río tranquilo amamantado por nubes benevolentes.

Todas las casas a orillas del río —una docena o así— estaban abandonadas. Era obvio que la misma empresa las había construido para después pintarlas de cuatro colores diferentes. Las ventanas de las plantas bajas no tenían cristales. Pasamos junto a ellas y vi que el suelo de las habitaciones estaba cubierto de basura y sedimentos del río. Tiempo atrás se había producido una crecida que había cancelado el proyecto. Pero ahora el río era manso y bajo y lento. Los sauces remojaban sus cabelleras en el agua.

—Vamos a robar? —le pregunté a Wayne.

—No se puede robar en una casa que está vacía y abandonada —me respondió espantado por mi estupidez.

No dije nada más.

—Este es un trabajo de reciclaje —me dijo—. Acércate a esa, justo ahí.

La casa frente a la que detuvimos el auto me produjo una sensación terrible. Llamé a la puerta.

—No hagas eso. Es estúpido —dijo Wayne.

Una vez dentro, nuestros pies patearon los desechos que el río había dejado allí. La marca que señalaba hasta donde habían crecido las aguas recorría las paredes a un metro y medio del suelo. Por toda la habitación había desparramados montones de hierbajos largos y resecos, como si alguien los hubiera dejado allí para que se secaran.

Wayne utilizó una barra de metal y yo un martillo nuevo con el mango recubierto de caucho azul. Marcamos con la barra los puntos donde golpear y comenzamos a arrancar el revestimiento de las paredes. Se venía abajo con el sonido que hacen los viejos cuando tosen. Cada vez que encontrábamos parte del cableado eléctrico recubierto de plástico blanco, cortábamos las conexiones y lo arrancábamos y lo íbamos enrollando. Eso era lo que buscábamos. La idea era vender los cables de cobre como chatarra.

Al llegar al segundo piso, estaba claro que íbamos a hacer algo de dinero. Pero yo me estaba cansando. Dejé caer el martillo y entré en el baño. Estaba sediento y cubierto de sudor. Pero, por supuesto, habían cortado el agua.

Volví junto a Wayne, que estaba en uno de los dos dormitorios vacíos, y empecé a bailar y golpear las paredes, haciendo volar pedazos de yeso y metiendo mucho ruido hasta que el martillo se quedó atorado en uno de los agujeros. Wayne no hizo ni caso de mi exabrupto.

Yo estaba recuparando el aliento.

—¿Quién crees que es el dueño de estas casas? —le pregunté.

Dejó de hacer lo que estaba haciendo.

—Esta es mi casa.

—¿Lo es?

—Lo fue.

Le dió al cable un largo y suave tirón, un gesto rebosante de la serenidad del odio, liberándolo de las grapas y arrojándolo al suelo de la habitación.

Enrollamos grandes bolas de cable en el centro de cada habitación, trabajando durante más de una hora. Empujé a Wayne a través de la trampilla que daba al desván y después él me ayudó a subir a mí; los dos sudábamos, y nuestros poros goteaban las toxinas del alcohol, que olían a cáscaras viejas de frutos cítricos, y apilamos un buen montón de cable forrado con aislante blanco que arrancábamos del suelo, en la cima de su antiguo hogar.

Me sentía débil. Tuve que vomitar en un rincón, apenas lo suficiente como para llenar un dedal con bilis grisácea.

—Todo este esfuerzo me está jodiendo el colocón. ¿No se te ocurre una manera más sencilla de conseguir algunos dólares? —me quejé.

Wayne se acercó a la ventana. La golpeó varias veces con la barra de metal, cada vez con más fuerza, hasta que la destrozó por completo con un gran estruendo. Arrojamos los restos fuera, sobre el prado aplastado por el fango del río, que llegaba justo hasta allí abajo.

Había mucho silencio en este extraño vecindario a orillas del río, solo se oía la brisa constante entre las hojas. Pero entonces oímos que un bote se acercaba corriente arriba. El sonido zumbaba entre los árboles jóvenes de las márgenes del río como si fuera una abeja, y antes de un minuto apareció uno de esos botes deportivos de proa achatada navegando por lo menos a treinta o cuarenta nudos.

Este bote arrastraba tras de sí, atada con una cuerda, una enorme corneta triangular. De la corneta, a unos cincuenta metros de altura, más o menos, supongo que atada de alguna forma al armazón, colgaba una mujer. Teníá el cabello largo y rojizo. Era delicada y pálida, y estaba completamente desnuda con su cabello rojo. No imaginé en qué podía estar pensando mientras flotaba más allá de estas ruinas.

—¿Qué está haciendo? —fue todo lo que pude decir, aunque podía darme cuenta de que estaba volando.

—Bueno, esa sí que es una hermosa vista —dijo Wayne.

De regreso al pueblo, Wayne me pidió que diera un largo rodeo por la vieja autopista. Me hizo detenerme junto a una granja torcida que se erigía sobre una colina cubierta de hierba.

—Voy a entrar un par de segundos. ¿Quieres venir? —me dijo.

—¿Quién vive aquí? —dije.

—Ven y verás —contestó.

No parecía que hubiera nadie cuando subimos al porche y llamamos a la puerta. Pero no volvió a llamar, y después de que hubieran pasado tres largos minutos una mujer abrió, una esbelta pelirroja con un vestido estampado con florecitas. No sonrió. «Hola», fue todo lo que nos dijo.

—¿Puedo entrar? —preguntó Wayne.

—Mejor salgo yo al porche —dijo ella, y pasó junto a nosotros y se quedó mirando más allá de los campos.

Yo esperé en el otro extremo del porche, apoyado en la barandilla, y no oí nada. No sé lo que se dijeron el uno al otro. Ella bajó por las escaleras y Wayne la siguió. Se quedó abrazándose a sí mismo y hablándole a la tierra. El viento levantaba y dejaba caer el cabello rojo de la mujer. Tenía unos cuarenta años, y una belleza fría y como anegada. Supuse que Wayne había sido la tormenta que la había arrastrado hasta aquí.

—Vamos —me dijo Wayne un minuto más tarde. Se metió en el auto y encendió el motor. No hacía falta una llave para encenderlo.

Bajé los escalones y me senté a su lado. No dejaba de mirarla a través del parabrisas. Ella todavía no había vuelto a entrar, y no hacía nada.

—Es mi esposa —me dijo como si no fuera obvio. Me giré en el asiento y observé a la esposa de Wayne mientras nos alejábamos.

¿Qué podría decirse acerca de esos campos? Ella permaneció de pie en medio de ellos como si estuviera en la cima de una montaña alta, con su cabello rojizo empujado hacia un lado por el viento, sobre las praderas verdes y grises y aplanadas, mientras todos los pastizales de Iowa silbaban una única nota.

Yo sabía quién era ella.

—Era ella, ¿verdad?

Wayne no decía nada.

Yo no tenía ninguna duda. Ella era la mujer que habíamos visto volar sobre el río. Hasta donde podía comprenderlo, sentí como si hubiera vagado hasta dentro de una especie de sueño que Wayne estaba teniendo con su esposa y con su casa. Pero preferí no decir nada sobre el tema.

Porque, después de todo, poco a poco, este se estaba convirtiendo en uno de los mejores días de mi vida, más allá de que fuera o no el sueño de otra persona. Vendimos los cables por veintiocho dólares —por cabeza— en uno de esos depósitos de chatarra que había junto a las relucientes vías del tren, en los límites del pueblo, y regresamos al Vine.

Quién si no una mujer cuyo nombre no recuerdo podría estar sirviendo las copas. Pero sí recuerdo el modo en que las servía. Era como si hiciera que tu dinero valiese el doble. Estaba claro que no iba a hacer ricos a sus patrones. Y no hace falta decir que entre nosotros la reverenciábamos.

—Yo me encargo de pillar —dije.

—Ni se te ocurra —dijo Wayne.

—Vamos.

—Será mi sacrificio —dijo Wayne.

¿Sacrificio? ¿De dónde había sacado una palabra como sacrificio? Yo estaba seguro de que jamás había oído esa palabra.

Vi cómo Wayne miraba más allá de la mesa de póquer, a la barra, para acusar de ser un estafador—no exagero— al hombre más enorme y más negro de Iowa; lo acusaba solo porque estaba un poco irritado por las cartas que le habían tocado. Esa era mi idea de sacrificio, deshacerse de uno mismo, desembarazarse del propio cuerpo. El hombre negro se levantó y rodeó el cuello de una botella de cerveza con sus dedos. Era más alto que cualquiera que hasta entonces hubiera entrado en ese bar.

—Vamos fuera —dijo Wayne.

—Esto no es la escuela —dijo el hombre.

—¿Qué jodida y maldita mierda se supone que quieres decir con eso?

—Que no voy a ir contigo fuera. Si vas a hacer algo, hazlo aquí y ahora.

—Este no es el tipo de lugar indicado para nuestro asunto —dijo Wayne—, no aquí, con mujeres y niños y perros y lisiados.

—Mierda. Estás borracho —dijo el hombre.

—No me importa —dijo Wayne—. Para mí tú no haces más ruido que un pedo en una bolsa de papel.

El inmenso y amenazante hombre no dijo nada.

—Ahora me voy a sentar —dijo Wayne—, y voy a seguir con mi partida, y puedes irte a la mierda.

El hombre sacudió la cabeza. También se sentó. Esto era algo asombroso. Le hubiera bastado alargar la mano y cerrarla durante dos o tres segundos para romper la cabeza de Wayne como se rompe un huevo.

Y entonces tuvo lugar uno de esos momentos. Recuerdo haber vivido uno cuando tenía dieciocho años y pasaba la tarde en la cama con mi primera esposa, antes de casarnos. Nuestros cuerpos desnudos comenzaron a resplandecer, y el aire se puso de un color tan raro que pensé que la vida me estaba abandonando, y con cada una de mis jóvenes fibras y células yo solo quería que se quedara junto a mí al menos un momento más. Un sonido estrepitoso desgarraba mi cabeza, y yo me levanté y caminé tambaleándome y le abrí la puerta a una visión que jamás volveré a contemplar: ¿dónde están ahora mis mujeres, con sus dulces y húmedas palabras y modales, y las milagrosas bolas de granizo estallando en una translucidez verde en los patios?

Nos vestimos, ella y yo, y caminamos hasta el pueblo, inundado hasta la altura de nuestras rodillas y con piedras blancas flotando en el agua. Nacer debía de parecerse a eso.

Ese momento en el bar, después de que la pelea se había evitado por muy poco, había sido como el silencio verde después de la tormenta de granizo. Alguien invitaba a una ronda de bebidas. Los naipes estaban desparramados boca arriba y boca abajo sobre la mesa, y parecían predecir que todo lo que nos hubiéramos hecho los unos a los otros sería barrido lejos por el licor o explicado para siempre por las estrofas de canciones tristes.

Wayne era parte de todo eso.

El Vine era como uno de esos vagones casino que de algún modo había descarrilado hacia un pantano temporal en el que aguardaba los golpes de esas bolas de acero con las que se demuelen los edificios. Y los golpes realmente se estaban acercando. A causa de alguna renovación urbanística, estaban demoliendo y llevándose los escombros de todo el centro.

Y aquí estábamos nosotros, este anochecer, con casi treinta dólares cada uno, y nuestra favorita, nuestra persona más favorita, a cargo de la barra. Me gustaría recordar su nombre, pero solo recuerdo su gracia y su generosidad.

Todos los mejores momentos sucedían cuando Wayne estaba cerca. Pero este anochecer, de algún modo, era el mejor de todos esos momentos. Teníamos dinero. Estábamos sucios y cansados. Por lo general nos sentíamos culpables y con miedo, porque había algo que no estaba bien en nosotros, y no sabíamos lo que era; pero hoy nos sentíamos como hombres que habían estado trabajando.

El Vine no tenía gramola, pero sí un auténtico equipo estereofónico haciendo sonar constantemente esas canciones sobre el divorcio sentimental y esa alcohólica pena que uno siente por sí mismo.

—Enfermera —sollocé.

Ella servía dobles como un ángel, justo hasta el borde del vaso de cóctel, sin medir antes la cantidad.

—Tienes un hermoso brazo para jugar como lanzador.

Tenías que inclinarte sobre el vaso como un colibrí sobre una flor. Volví a verla mucho después, no hace tantos años, y cuando le sonreí ella pensó que yo estaba intentando flirtear. Pero era porque me acordaba de ella. Jamás te olvidaré. Tu esposo te azotará con un cable alargador y el autobús se irá antes de que lo alcances dejándote en la parada con lágrimas en los ojos, pero tú fuiste mi madre.

 

 

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