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Notas preliminares
sobre los Jang


Lisa Goldstein

 

Lisa Goldstein quedó finalista en 1984 del premio John W. Campbell al mejor escritor novel. Desde entonces, en poco menos de dos años, ha dejado de ser novel, y sus relatos aparecen en buen número de revistas y antologías. Aquí nos of rece un curioso relato sobre una gente más bien exótica, en un país completamente vulgar.




Simon se detuvo ante la puerta, jadeando un poco tras subir los tres pisos por las escaleras y preguntándose si había llegado al lugar adecuado. Comprobó de nuevo el trozo de papel que tenía en la mano: 3460 C, los mismos números y letra que mostraba la cuarteada pintura sobre la mirilla de la puerta. A través de ésta podía oír débilmente el sonido de un instrumento —¿un sitar?—, y el pasillo olía como a jengibre. ¿Cómo era posible que su tutor viviera allí? Se encogió de hombros y llamó con los nudillos. No parecía haber ningún timbre.

La puerta se abrió —el sonido del instrumento se hizo más intenso— y un hombre con un enorme bigote negro se irguió frente a él.

—¿Si? —dijo el hombre. Una gastada alfombra oriental cubría el suelo del vestíbulo a sus espaldas.

—Yo... Io siento—dijo Simon, retrocediendo unos pasos. El hombre se hallaba de pie demasiado cerca, tuvo la sensación de que estaba violando su espacio personal—. Creo que me he equivocado... Quiero decir, estoy buscando... Supongo que el doctor Glass no vive aquí.

—No, no hay doctores aquí—dijo el hombre. Llevaba unos amplios pantalones verdes y una túnica amarilla. Simon no pudo situar su acento—. ¿Está usted enfermo? —Estudió intensamente a Simon desde debajo de unas cejas intensamente negras. Ojos y cejas tenían el mismo color.

—No, no es un doctor... en medicina—dijo Simon—. No importa. Gracias de todos modos.

—Aquí no hay nadie excepto mi familia —dijo el— hombre—. Celebramos una fiesta. Mi esposa, mi segunda esposa, su marido, mis primos y sus hijos, el primo palabra para ese parentesco en su idioma.

Simon había empezado a trazar diagramas familiares en su mente. El olor a especias empezaba a hacerle sentirse un tanto mareado. Creyó oír pies golpeando el suelo más allá del vestíbulo,el sonido de cascabeles. ¿El marido de su segunda esposa?

—¿De dónde... de dónde son ustedes? —preguntó Simon, incapaz de no formular la pregunta. Probablemente acababa de transgredir algo, romper algún tabú, como mínimo irritado a su informador. ¿Su informador? ¿Acaso no se estaba burlando de él? Pero los libros de texto no mencionaban cómo enfrentarse a situaciones como aquella.

—Somos los jang —dijo el hombre. Hizo una cortés inclinación de cabeza y empezó a cerrar la puerta—. Buenos días

Simon se dio la vuelta, consciente de que acababa de ser despedido. Su mente zumbaba cuando alcanzó la calle.

—¡Doctor Glass! —dijo Simon, entrando en la oficina de su tutor.

—Hola,— Simon —dijo el doctor Glass, alzando la vista de su escritorio—. Se perdió usted una buena fiesta el sábado.

—Yo... Mire, intenté hallar la dirección, fui al lugar que usted me indicó...

—¿Lugar? —dijo el doctor Glass—. Siéntese, nunca le había visto tan excitado. ¿Qué quiere decir?

—Fui a su casa —dijo Simon. Sacó el trozo de papel de su bolsillo—. Aquí está..., el 3460, ¿no? Sólo que el tipo que respondió a la puerta...

—Dos cuatro seis cero—dijo el doctor Glass.

—¿Qué?

—Se equivocó de número —dijo el doctor Glass—. Y se perdió una gran fiesta.

—Oh—dijo Simon—. Bueno, escuche. El tipo que respondió a la puerta..., era extranjero, ¿sabe?, dijo que él era..., que su pueblo era..., los jang. Y luego fui a la biblioteca de antropología y busqué un poco, y bueno, no puede encontrar nada sobre ellos. En ninguna parte. Así que pensé..., ¿por qué no hago mi tesis sobre ellos? —Estaba sin aliento cuando terminó.

El doctor Glass le miró divertido, con una ceja ligeramente alzada. Durante el último año Simon había conducido grupos de debate y redactado artículos y colaborado en el trabajo administrativo y efectuado alguna investigación cuando se le pedía, pero no mucho más. Llevaba cuatro años como estudiante graduado, el tiempo suficiente para hallar un tema para su tesis y seguir adelante. Sólo que nada parecía interesarle: todo era o aburrido o ya investigado a fondo por otros. Algunos días se había limitado simplemente a echarlo todo a un lado e irse a la playa.

—¿Cómo sabe que es esto sobre lo que quiere trabajar? —preguntó el doctor Glass—. ¿Qué sabe de esa gente?

Simon suspiró, pasándose una mano sobre su ya alborotado pelo.

—Bueno, su sistema familiar..., su sistema familiar es increíblemente complejo —dijo.

La puerta de la oficina se abrió en aquel momento y alzó la vista, agradecido por la interrupción.

—Hola, doctor Glass —dijo Linda, entrando. Linda era otra de las estudiantes del doctor Glass—. Hola, Simon. Te perdiste una gran fiesta el sábado.

—Lo sé—dijo Simon.

—Está bien —dijo el doctor Glass—. Redacte algunas notas y tráigamelas. Le haré saber lo que pienso.

Simon estaba de nuevo de pie delante de la puerta del 3460, con un maletín en la mano y una grabadora a cassettes colgada del hombro. Su corazón latía acelerado cuando llamó. El mismo hombre —parecía tener unos cincuenta años, pensó Simon, atlético para su edad— abrió la puerta. Esta vez el vestíbulo olía intensamente a ajo.

—¿Sí? —dijo el hombre—. ¿Encontró usted a su doctor?

Simon se sorprendió de que el hombre le recordara.

—Mire, me gustaría pedirle un favor. Me gustaría... hacerle unas preguntas. A usted y a su familia.

El hombre no se inmutó.

—Es usted policía, ¿sí? —dijo.

—¡No! —se apresuró a responder Simon—. No, soy..., soy estudiante. De la UCLA. La Universidad Católica de Los Angeles. —Buscó en su maletín y extrajo su carnet de registro.

—Interesante—dijo fríamente el hombre—. Y si fuera usted policía también tendría uno de esos carnets, ¿sí?

—No, escuche —dijo Simon—. Soy estudiante. Estudio culturas diferentes, gente. Me gustaría saber algo más sobre ustedes. Sobre los jang.

El hombre dudó, luego pareció llegar a una decisión.

—De acuerdo —dijo—. Entre. Pero no hablaremos de nuestros pasados criminales, ¿de acuerdo? —Pareció hacerle un guiño a la débil luz del vestíbulo.

La habitación a la que le condujo el hombre carecía de muebles excepto cuatro o cinco gruesos almohadones dispuestos en semicírculo. Había alfombras cubriendo el viejo suelo de madera y colgando de las paredes, principalmente de color rojo oscuro, negro y amarillo. Sobre la repisa de la chimenea había retratos y amarillentas fotografías de gente de piel muy morena, flanqueados por velas en candelabros de cristal. Simon captó el olor de algo que se estaba cocinando en otro lado del apartamento.

El hombre se sentó en uno de los almohadones y extrajo una pipa de un bolsillo de su pantalón. Simon se sentó a su lado hundiéndose con dificultad en el almohadón. Fue a conectar su grabadora, pero el hombre le detuvo alzando una mano.

—No —dijo—. Eso no. Creemos que roban nuestras almas.

—De acuerdo —dijo Simon. Tomó un bolígrafo y un bloc de notas de su maletín y escribió: La grabadora roba las almas—. Para empezar, ¿cómo se llama usted?

—¿Y usted? —respondió el hombre.

Simon parpadeó.

—¿Qué?

—Es una costumbre entre los jang —explicó el hombre—. Entre nosotros, el desconocido es quien primero da su nombre.

—Oh—dijo Simon—. Simon Montclair.

—A mí me llaman Mustafá—dijo el hombre. Hizo una ligera inclinación, no con la cabeza sino de cintura para arriba.

—Y su apellido?—preguntó Simon.

Mustafá se encogió de hombros.

—¿Para qué sirve un apellido en su país? —murmuró—. Smith. Me llamo Mustafá Smith.

Simón alzó bruscamente la vista, pero Mustafá no había sonreído.

—Y el resto de su familia..., ¿también se llama Smith?

—Si usted quiere—dijo Mustafá.

—Pero entre ustedes..., ¿cómo se llaman entre ustedes?

—Oh, ya sabe —dijo Mustafá—. Varía. Depende del país.

—Bien, entonces, ¿qué...?—empezó Simon.

Mustafá le interrumpió:

—Le presentaré al resto de la familia, ¿quiere?

—Por supuesto —dijo Simon. Mustafá dio una palmada. La habitación pareció llenarse de inmediato de gente—. Mi segunda esposa, Francesca. Y su marido, Tibor. Y ésos son mis primos, y ésas sus hermanas. —Simon no tardó en dejar de intentar buscar sentido a los nombres—. Y mi hija, Clara.

Simon se halló contemplando a una joven de largo pelo negro y profundos ojos negros y piel que parecía seda. Llevaba una blusa bordada y una flotante falda roja, y cadenas con monedas colgaban de sus orejas.

—Hola—dijo débilmente Simon.

—Hola—dijo ella.

Hubo un incómodo silencio. Luego Simon recordó el propósito que le había traído hasta allí y tomó de nuevo su bloc de notas.

—Sus nombres —dijo—. Corresponden a distintas partes del mundo, ¿verdad? Quiero decir, ¿cómo...?

—Tomamos nuestros nombres del país donde hemos nacido —dijo Mustafá. Despidió a la familia con un gesto de su mano. Simon contempló a Clara mientras abandonaba la habitación.

—¿Pero de dónde son ustedes? —preguntó—. Quiero decir, originalmente.

Mustafá se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? —dijo—. Somos un poco de todas partes. Los jang pertenecen a todos los países de la Tierra. Hay jang chinos y jang de Nueva Guinea. Somos viajeros.

La sesión fue larga, y muy satisfactoria para Simon. Hizo tres bosquejos genealógicos antes de acertar y conseguir que Mustafá asintiera aprobadoramente. Aquella gente parecía casarse con todo el mundo y en todas partes, siguiendo los caprichos de su voluntad: en una ocasión Mustafá sorprendió a Simon hablándole de su esposa en España. Simon averiguó que Mustafá había sido tratante de caballos, carpintero, guitarrista. Supo que la fiesta que había interrumpido la semana pasada celebraba el nacimiento de una santa y duró tres días, que Mustafá creía que el rey de Hungría podía curar cualquier enfermedad, que el blanco era el color del luto y el rojo el color del matrimonio.

Al final de la sesión, tras llegar al acuerdo de reunirse de nuevo la próxima semana, Mustafá dijo:

—Ahora va a ir usted a casa y contárselo todo a la policía, ¿sí? —Y esta vez Simon le vio hacer claramente un guiño.

—Voy a ir a casa y a pasar en limpio todo esto —dijo Simon.

—Ah —murmuró Mustafá—. Y luego, ¿qué hará con ello?

—Estoy escribiendo una... una disertación—dijo Simon—. Cuando la termine podré graduarme. Abandonar la universidad. Por fin.

—¿Y luego? —quiso saber Mustafá—. ¿Qué hará usted?

—Buscar trabajo —dijo Simon. Se encogió de hombros—. Seguramente enseñar, en algún lugar.

—Así que esta disertación —dijo Mustafá pensativamente— es importante para usted, ¿sí?

—Oh, sí —dijo fervientemente Simon—. Escuche, ustedes me han salvado la vida.

Mustafá sacó su pipa y se reclinó en los almohadones, con aire satisfecho.

 

 

—Hola, Linda —dijo Simon, entrando en la oficina del doctor Glass—. ¿Dónde está Glass?

Linda se encogió de hombros.

—No sé —dijo—. Llevo aguardando una hora.

Simon miró los papeles en el escritorio del doctor Glass, se dirigió a la ventana y observó fuera.

—He oído que has encontrado un tema para tu tesis —dijo Linda.

—Oh, sí —admitió Simon. Se echó a reír—. Por fin. —Se volvió hacia ella.

—Suena excitante —admitió Linda—. Imagina, tropezar con una tribu aquí en Los Angeles. —Linda iba a viajar a Australia aquel verano—. ¿Qué son..., gitanos?

—No —dijo Simon. Su reluctancia a revelar sus fuentes de información luchó con su necesidad de contárselo a alguien, y perdió—. Se llaman a sí mismos los jang. Quiere decir El Pueblo, por supuesto. Conocen a los gitanos, han viajado con ellos, pero no consideran a los gitanos parte de El Pueblo.

—Eso suena estupendo —admitió Linda—. Me pregunto cómo nadie ha oído hablar nunca de ellos. ¿Pudiste encontrar algo en la biblioteca?

Simon negó con la cabeza.

—¿Qué dice el doctor Glass? —preguntó Linda—. Oh, fue una lástima que te perdieras su fiesta el sábado. Nos lo pasamos en grande.

—Lo sé —dijo Simon—. No es aconsejable que nadie se pierda la fiesta que da su tutor. Pero me extravié.

—No te preocupes—dijo Linda—. Habrá otras. —Sigo sin saber donde vive —murmuró Simon.

—La próxima vez iré contigo—se ofreció Linda—. Así no te extraviarás.

—De acuerdo—dijo Simon. Linda le sonrió, y de pronto él se dio cuenta de que, de alguna forma, la idea de que los dos fueran juntos a una fiesta se había vuelto, a los ojos de ella, en algo así como una cita. ¿En dónde me he metido?, pensó. Ella no estaba mal, con el pelo castaño hasta casi los hombros, el rostro demasiado delgado, la barbilla quizá excesivamente puntiaguda. Sin desearlo, el rostro de Clara acudió a su mente.

—Mira, estoy cansada de esperar—dijo Linda—. ¿Quieres que vayamos a Westwood a tomar una taza de café?

—Estupendo—dijo Simon.

En la cafetería, pareció lo más natural del mundo que Simon se ofreciera a pagar los cafés y que Linda aceptara. Los rituales propios del pueblo norteamericano, pensé Simon. Pero cuando sacó su cartera descubrió que no tenía dinero. Recordaba haber sacado veinte dólares en un cajero automático aquella misma mañana, y recordó también el rostro de Mustafá, los ojos brillantes, los blancos dientes exhibidos en una amplia sonrisa.

 

 

—Ustedes me robaron—dijo Simon.

Mustafá sacó su cartera y se la ofreció a Simon.

Simon la rechazó, demasiado furioso para darse cuenta del significado del ritual.

—Escuche, ustedes me robaron. Cuando vine aquí la semana pasada llevaba un billete de veinte dólares. Y cuando salí había desaparecido. No me gusta eso. Ha de haber confianza entre nosotros, Mustafá.

Sorprendentemente, Mustafá se echó a reír, mostrando unos limpios y blancos dientes.

—Por supuesto—dijo—. Y le diré de qué se trata. Teníamos que averiguar si era usted policía, ¿sí? De modo que Luis, ese chico primo de mi primera mujer, buscó en su cartera. Es difícil, robarle un hombre la cartera y luego volver a metérsela en el bolsillo de modo que no sospeche nada. De modo que probablemente Luis pensó que se merecía algo por su trabajo. Así es como funcionan las cosas en su país, ¿no?: el trabajo siempre es recompensado.

—Sí, y el robar dinero es recompensado con la cárcel—dijo Simon, aún furioso.

—Mustafá se echó a reír de nuevo.

—Oh, vamos —dijo—. Ahora sabemos que no es usted policía, sabemos que podemos confiar en usted. Seguro que eso vale veinte dólares.

Pese a sí mismo, Simon se echó a reír también. ¿Qué eran veinte dólares, después de todo? Centenares de etnólogos pagan a sus informadores. Y ahora, como decía muy bien Mustafá, esa gente sabía que podía confiar en él. Sólo que tendría que estar atento a su cartera en adelante.

—Le diré qué vamos a hacer—dijo Mustafá—. A cambio de sus veinte dólares, le leeré la palma de su mano. ¿De acuerdo? ¡De acuerdo!

Desconcertado, arrastrado por el entusiasmo de Mustafá, Simon tendió su palma.

—¡Ah! —dijo Mustafá—. Veo..., veo una mujer. Con el pelo caído hasta los hombros, rubio o castaño. Una mujer hermosa. —¿Linda?, pensó Simon. Él nunca hubiera llamado a Linda hermosa—. La conoce, ¿sí? Será importante para usted, muy importante. Le veo abandonar la universidad. usted y ella juntos. Ha terminado usted sus estudios. Y está listo para emprender una nueva vida —Mustafá alzó los ojos—. Eso es todo lo que puedo ver hoy —dijo—. ¿Le es de alguna utilidad?

Simon se encogió de hombros.

—No lo sé —dijo.

—Quizá le sea útil más tarde —apuntó Mustafá—. Y quizá yo pueda serle útil hoy. Hoy es día de fiesta. Y usted, puesto que ahora es merecedor de nuestra confianza y no es un policía, está invitado a ella. Lo celebraremos.

—¿Día de fiesta? —dijo Simon, empezando a sentirse excitado, sin acabar de creer en su suerte—. ¿Qué se celebra?

—Nuestra santa —dijo Mustafá—. Ana, la madre de todos los jang. Hoy es el aniversario de su nacimiento. —Le ofreció su pipa a Simon, y esta vez Simon la aceptó—. Se quedará a cenar, por supuesto.

Simon tosió.

—Me sentiré honrado—dijo, secándose los ojos. Siguió a Mustafá al comedor.

Simon intentó tomar notas durante la cena, pero su bolígrafo y su bloc de notas le molestaban en todas partes y finalmente lo dejó correr. Todo era delicioso.

—¿Qué es esto? —preguntó, tras observar que los jang hablaban con la boca llena.

—Puerco espín —dijo alguien, uno de los hermanos o primos o maridos.

Simon estuvo a punto de dejar de comer. Y sin embargo, estaba bueno. Todo estaba bueno. Repitió, y lo regó con más vino.

Todo el mundo hablaba en voz alta. Simon creyó oír de nuevo cascabeles, y que alguien estaba bailando, pero cuando miró a su alrededor todo lo que vio fue a gente en torno a la mesa. La habitación iba oscureciéndose poco a poco, la luz de las velas trazaba oscilantes espirales hacia el techo. Su bloc de notas cayó de su regazo al suelo, y se dio cuenta de que se había adormecido durante un minuto. El rostro de Clara resplandeció al otro lado de la mesa y le dirigió una sonrisa.

Luego pareció como si hubieran salido fuera y a los carromatos pintados de vivos colores que olían a heno. Los caballos (¿Caballos?, pensó Simon. ¿En Los Angeles? Pero estaba demasiado cansado para mirar fuera) los llevaron hasta un herboso prado rodeado por altos árboles que se erguían como centinelas. Un arroyo les traía el rumor de sus aguas en la distancia. Los hombres tomaron sus guitarras y empezaron a tocar. Hombres y mujeres bailaron, los pies golpearon el suelo. Los cascabeles sonaron.

Había luna llena. En el espacio vacío encima del prado el cielo parecía— como una bandera llena de estrellas. Simon miró primero la luna, luego el rostro de Clara, luego de nuevo la luna. Debería seguir tomando notas, pensó, e hizo un esfuerzo por levantarse.

—Tranquilo—dijo Clara—. Descansa. Todo está bien. —Confió en su voz. La música se entretejía entre sus sueños.

Despertó al día siguiente en su habitación, aunque no recordaba haber vuelto a casa. Dejó escapar un gruñido y se volvió. El bloc de notas estaba abierto al lado de su cama. "Notas preliminares sobre los jang", decía en la primera página, escrito de su puño y letra.

Se sentó cuidadosaménte. Notaba la cabeza pesada, como si fuera a caérsele de un momento a otro. Había páginas y páginas de notas, la mayor parte de ellas ilegibles, citando a casi todos los antropólogos que había leído o de los que había oído hablar. "El dios tramposo: ver mitos amerind.", decía una de las notas. Luego unos garabatos, luego "Mircea Eliade", luego página y media más de garabatos, y finalmente lo que parecía decir "ver Jim Henson y sus teleñecos". Frunció el ceño y volvió a leer aquello con ojos entrecerrados, esperando que las palabras le dijeran algo más, pero siguieron sin variación alguna.

Retazos de la noche anterior volvían a él. Recordó haber soñado, recordó que todos ellos habían soñado, que todos habían soñado el mismo sueño. Era el sueño de los orígenes de la tribu de cómo Ana, la madre de los jang, había desobedecido a su madre la luna y había sido arrojada para vagar eternamente por el mundo.

Su dolor de cabeza había desaparecido. Ahora temblaba de excitación. Todos ellos habían sonado el mismo sueno. ¿Qué había descubierto? Aquello era mucho más grande de lo que había creído al principio. Podía convertirse en el próximo Carlos Castaneda la leyenda del departamento de antropología de la UCLA. Best sellers, ciclos de conferencias, su informe sobre "El inconsciente colectivo de los jang" considerado como un trabajo seminal en el campo... Se alzó con lentitud, organizando mentalmente sus notas.

Soñó con la fiesta en el prado casi cada noche durante aquella semana. Clara estaba allí, inclinada sobre él a la luz de la luna, besándole. A veces era Linda en vez de Clara, y entonces despertaba insatisfecho, sintiendo que le había sido arrebatado algo. Empezó a eludir a Linda, deteniéndose en la oficina del doctor Glass solamente cuando sabía que Linda no iba a estar allí. Ahora visitaba al doctor Glass casi cada día, excitado. incapaz de aguardar a la siguiente sesión con Mustafá, pero no le dijo nada acerca de la fiesta nocturna. Deseaba reservar aquello para más adelante.

 

 

Clara, no Mustafá, respondió a su llamada en la siguiente sesión

—¿Dónde, dónde está su padre? —preguntó Simon.

—No lo se —dijo Clara.

—Se suponía que teníamos que vernos hoy —dijo Simon, un tanto impaciente—. A las —consultó su reloj— a las tres

Clara se echó a reír.

—¿Y esperaba que el estuviera aquí —dijo—. No sabe usted mucho acerca de la forma en que consideramos el tiempo.

—Bueno —dijo Simon—, ¿puedo esperarle aquí? O tal vez..., ¿podría responderme usted a algunas preguntas? —No le importaría conocer a Clara un poco mejor. Y sus respuestas podían darle una cierta perspectiva acerca de las costumbres de las mujeres de la tribu.

Clara se encogió de hombros.

—De acuerdo—dijo.

—Estupendo —se alegró Simon. Ella lo condujo a la habitación de los almohadones, y se sentaron.

Simon tomó su bloc de notas.

—Para empezar... —dijo.

—¿Por qué no utiliza usted una grabadora? —preguntó Clara.

—Yo... —Simon se detuvo, confuso—. Su padre me dijo que ustedes creen que las grabadoras roban sus almas.

—¿Mi padre le dijo eso? —preguntó Clara.

—Aquí está—dijo Simon, mostrándole la página del libro de notas, como si aquello probara algo. ¿Se estaba riendo de él?—. Mi primera anotación: "La grabadora roba las almas." ¿Quiere decir que no me estaba diciendo la verdad?

Clara se recostó en los almohadones.

—Todo lo que él dice es una mentira —afirmó. Simon se sentó envarado y fue a decir algo, pero ella no había terminado—. Nuestro idioma nativo es muy distinto del de ustedes. Todo lo que decimos debe ser traducido, puesto en sonidos que nos resultan extraños. Lo que sería una pura verdad en mi idioma se convierte en algo incierto y poco claro en el suyo. ¿Lo ve?, no podemos evitar el mentir. Somos exiliados, y todos los exiliados mienten.

¿Qué era lo que le estaba diciendo? ¿Cuántas de sus notas eran falsas? Eligió una pregunta al azar.

—¿Por qué me dijo su padre que la grabadora robaría su alma?

—No lo sé —admitió Clara—. Tendrá que preguntárselo a él.

Simon recorrió nerviosamente las páginas de su bloc.

"EI dios tramposo: ver mitos amerind." —leyó. Se preguntó que habría querido decir él mismo con aquello—. ¿Dónde aprendieron a hablar inglés? —preguntó, para ganar tiempo—. Lo habla muy bien.

—Estuve en la universidad —indicó Clara.

—¿En la universidad? —preguntó Simon. Clara le miró impasible—. Yo, bueno, le confieso que me sorprende. Los jang no parece ser el tipo de gente que mande a sus hijos a la universidad. Especialmente a sus hijas.

—¿Por qué no? —dijo Clara. Simon se echó un poco hacia atrás ante su franca mirada—. Después de todo, son las hijas, las mujeres, las que deben ganarse la vida.

—¿Usted lo hace?

—Oh, por supuesto —dijo Clara—. El status del hombre depende de lo bien que le mantienen sus mujeres. Cuanto más dinero ganan sus esposas, más prestigio posee el hombre. No se espera que los hombres trabajen.

—¿No lo hacen? —preguntó Simon. Se dio cuenta de que sonaba estúpido, no profesional. Pero Mustafá me dijo... —revisó sus notas—. Mustafá fue tratante de caballos, carpintero, guitarrista.

Clara se echó a reír.

—Es cierto que toca la guitarra —admitió. Luego, dándose cuenta de que se le preguntaba algo más, añadió—: No sé por qué le dijo eso. Tendrá que hablarlo con él.

La sesión fue un poco mejor después de aquello. Clara le habló de las costumbres funerarias, supersticiones, organización de la tribu. Hacia el final, Simon dejó a un lado su bloc de notas y hablaron un poco de la UCLA. Clara incluso había asistido a una clase de iniciación a la antropología con el doctor Glass, e hizo una espléndida imitación suya alzando una ceja y mirando de soslayo a sus estudiantes. Simon se sintió tan encantado con ella que olvidó preguntarle sobre los sueños, sobre lo que había ocurrido realmente en el prado la noche de la fiesta de Ana. Pensó en cómo podía preguntarle sobre Los ritos amorosos de los jang sin ofenderla.

Finalmente miró su reloj.

—Se está haciendo tarde—dijo—. Tengo que irme. Escuche, cuando vuelva la semana próxima, ¿podríamos reanudar nuestra charla allá donde la hemos dejado hoy? Tengo aún unas cuantas preguntas que hacerle.

—Por supuesto —dijo Clara—. No veo por qué no. —Le acompañó hasta la puerta—. Buenas noches—dijo, y añadió una frase en su idioma. Le había dicho que significaba: "Que la suerte viaje contigo."

Camino de su casa, Simon se detuvo en el primer puesto de comidas rápidas y tomó una hamburguesa. Luego fue directamente a su habitación para repasar sus notas. Tenía la sensación de estar iluminado, de que la gente de la calle podía verle radiando una luz interior. Su tesis estaba yendo mucho más lejos, de lo que había esperado, y había conocido a una mujer de piel muy morena que parecía gustarle. Quizá era por eso por lo que se había interesado en la antropología, pensó, recordando las tardes enteras pasadas contemplando los ejemplares del National Geographic de sus padres. Le gustaba conocer mujeres exóticas.

 

Media hora más tarde tuvo que detenerse, consciente de que algo estaba mal. Mustafá le había dicho que los jang creían en una vida después de la muerte, pero Clara había mencionado la reencarnación. Mustafá había dicho que los jang no comían ternera, pero Clara le había hablado de una receta de cocina típica que contenía ternera. Mustafá le había hablado de una larga y hermosa ceremonia nupcial, pero Clara le había dicho que dos personas se consideraban casadas si simplemente compartían una comida y una cama.

¿Era posible que existieran dos tipos de costumbres, unas para los hombres y otras para las mujeres? No, imposible con tanta disparidad entre ellas. Su agitación creció más cuando comparó las sesiones con Clara y con Mustafá. Supo que no iba a poder aguardar hasta la semana siguiente. Furioso ahora y un tanto asustado, subió a su coche y condujo hasta el apartamento de Mustafá.

Pudo oír las voces de la discusión incluso mientras subía las escaleras. Eran un hombre y una mujer, gritándose cosas en el extraño idioma de los jang, intercambiándose insultos como truenos. Simon dudó un poco delante de la puerta, pero su irritación superaba cualquier otra cosa, y llamó con fuerza.

La discusión se interrumpió a media frase. Mustafá abrió la :puerta, con el rostro enrojecido, las cejas alzadas. Clara estaba de pie tras él en el vestíbulo.

Simon nunca había visto a Mustafá tan furioso. Lo aterró, le hizo desear dar media vuelta y marcharse. Entonces recordó su tesis, su futuro, y apeló a todo su valor para quedarse.

—Me mintieron —dijo a Mustafá.

—¿De veras? —dijo Mustafá. Su voz era peligrosamente contenida.

—La información de usted es totalmente distinta de la de Clara, —dijo Simon—. Es como dos culturas diferentes. Uno de los dos me ha mentido.

Bruscamente la expresión de Mustafá cambió.

—Está bien, entre —dijo—. Nuestros invitados no deben permanecer de pie en el umbral. Quizá podamos discutir esto, ¿sí?: Simon les siguió a la habitación de los almohadones. El fuego estaba encendido en la chimenea, y las velas delante de los retratos de la repisa brillaban con su alegre luz amarilla. Clara se sentó y se miró las uñas, como aburrida. En ningún momento le miró a él. —No nos gustaría engañarle —dijo Mustafá—. Eso que escribe es muy importante para usted, ¿sí?

Simon asintió, demasiado furioso aún para hablar.

—Bien, entonces quizá podamos llegar a un arreglo —dijo alegremente Mustafá—. ¿Podemos calcular su valor en, digamos, mil dólares? ¿Mil dólares por la información correcta, por toda la verdad sobre los jang?

—¿Qué? —dijo débilmente Simon. Tuvo la sensación de haber recibido un golpe bajo. Miró a Clara como buscando apoyo en ella, pero la muchacha no alzó la vista. Al menos, pensó, tenía la decencia de dar la impresión de sentirse violenta.

—Vamos, mil dólares —dijo Mustafá—. No es demasiado. Y su futuro estará asegurado, tendrá su trabajo como enseñante, todo quedará arreglado para usted.

—No sea ridículo—dijo Simon—. No tengo mil dó1ares. Y además no tengo por qué hacer mi tesis sobre los jang. Hay millones de otros temas, millones de culturas.

—Sí, pero, ¿está dispuesto usted a pasar otros cuatro años esperando una de ellas? —dijo Mustafá. ¿Cómo sabía aquello?, pensó Simon—. ¿Otros cuatro años en la universidad, aguardando un tema de interés? Veamos, seremos razonables. Ochocientos dólares. Dentro de pocos meses llegará el momento en que los jang debamos viajar de nuevo, quizá para cruzar el mar. Piense en sus notas, su trabajo, todo desperdiciado. Podemos terminar nuestras sesiones antes de que nos marchemos, y luego podrá usted enseñar, instalarse en algún sitio, casarse con Linda...

—¿Casarme con Linda? —dijo Simon, impresionado—. ¿Por qué?

Por primera vez Simon vio a Mustafá confuso.

—¿Por qué? Está usted enamorado de ella—dijo Mustafá. Sonaba inseguro.

Simon se echó a reír. Tuvo la sensación de que aquello le daba una ventaja, pero no sabía de qué ventaja se trataba.

—¿Qué le ha dado a usted esa idea?

—Los sueños—dijo repentinamente Clara. Mustafá le dijo algo a la muchacha en el idioma de los jang, pero ella le ignoró—. Lo sueños que le insuflamos.

—¿Ustedes me insuflaron sueños? —dijo Simon—. ¿Esos sueño acerca de Linda? ¿Y acerca de Clara?

Clara miró a Simon por primera vez. Simon fue incapaz de traducir su expresión. ¿Sorpresa? ¿Gratitud?

—¿Usted..., usted soñó en Clara? —dijo Mustafá. Era fácil reconocer su expresión, no tan fácil descubrir una explicación para ella. Era derrota.

 

—Sí, lo hice—dijo Simon—. Ahora, ¿tendrá alguien de ustedes la amabilidad de explicarme qué está sucediendo?

Mustafá guardó silencio.

—Somos los jang—dijo finalmente Clara—. Adoramos a Ahitot, hijo de la luna, hermano de Ana, nuestro hermano. El dios tramposo, lo llamaría usted. Nos dice que desafiemos la autoridad y ayudemos a los amantes. Nos enseña a soñar juntos, y soñamos las historias de la tribu. Como la historia de Ana, que usted soñó con nosotros. Y nos dice que ayudemos a los amantes. Teníamos que ayudarles a usted y a Linda.

—¿A mí... y a Linda? —dijo Simon—. ¿Pero qué les dio la idea de que estábamos enamorados?

—Ahitot nos lo dijo en nuestros sueños—explicó Clara—. Pero luego usted me conoció a mí. Mi padre deseaba conocerle a usted. Le llamó, y usted vino para saber acerca de nosotros. Mi padre deseaba hacer algo de dinero. —Miró acusadora a su padre, como si le estuviera diciendo: ¿Ves hasta dónde nos han llevado tus planes?

—¿Su padre... me llamó? —preguntó Simon.

—Sí—dijo Clara—. Ésa es otra de las cosas que Ahitot nos ha enseñado a hacer. Podemos cambiar la realidad con nuestros sueños.

Aquello era demasiado. Aquello era peor que la conflictiva información que había recibido antes. Estaban riéndose de él, burlándose en su propia cara.

—Pueden olvidarse ahora mismo de todo esto—dijo—. Abandono, ¿entienden? Me vuelvo a casa. No voy a escucharles ni un minuto más. Todo esto es una locura

—¿No me cree? —dijo Clara. De nuevo le miró impasible, como incapaz de que alguien la contradijera. Sus ojos brillaron a la luz de la chimenea—. ¿Quién cree usted que cambió la dirección en su trozo de papel, de modo que viniera usted aquí y no a casa de su tutor? Fue cambiada porque soñamos en ella.

Simon no podía moverse. Tenía la sensación de que se le pedía que asimilara demasiado, que creyera en demasiadas cosas imposibles a la vez. Mustafá dijo en el silencio que se produjo:

—A mi hija le gustaría compartir una comida con usted.

Clara miró a su padre, horrorizada. Él había querido ponerla nerviosa, eso resultaba claro, pero Simon no comprendía ninguna otra cosa de lo que estaba ocurriendo.

—Una comida y una cama —dijo Mustafá, aclarando.

¿Le había dicho la verdad Clara respecto al significado de compartir una comida y una cama?

—¿Quiere... quiere usted casarse conmigo? —preguntó, y mientras lo preguntaba no le pareció tan absurdo.

Clara miró al fuego.

—Sobre esto precisamente estábamos discutiendo mi padre y yo. Cuando llegó usted—dijo—. Es raro, muy raro, que un jang se case con alguien de fuera de la tribu.

Simon pensó en la loca música, la danza a la luz de la luna. Pensó en sus años como estudiante graduado cuatro anos de esterilidad, con muchos más abriéndose ante él. Clara le estaba pidiendo que viviera con los jang, que compartiera sus sueños, viajar; con ellos a lejanos países y se implicara con la tnbu de una forma imposible para cualquier antropólogo. Caminó hasta la repisa de la chimenea y miró fijamente a Mustafá.

—Lamento si eso le incomoda, señor—dijo Simon. Las llamas consumieron su cuaderno de notas—. Pero me gustaría mucho aceptar el ofrecimiento de su hija.

 

 

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