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Ulises


Robert Graves

 

Según la Odisea, poema que muestra a Ulises bajo una luz diferente, primero partió hacia Tracia después de dejar Troya. Allí saqueó y quemó la ciudad de Ismaros. Un sacerdote de Apolo, cuya vida se comprometió a guardar le dio como agradecimiento muchas jarras de vino dulce, la mitad de las cuales se las bebieron sus hombres en un almuerzo en la playa. Algunos habitantes de Tracia, que vivían en el interior, vieron llamas elevándose de Ismaros y como venganza cargaron sobre los marineros borrachos. Ulises embarcó a la mayoría de ellos otra vez, aunque tuvo que abandonar a los muertos y a los heridos de gravedad. Entonces, un violento vendaval del noreste llevó a su flota por el mar Egeo hacia Citera, una isla en la punta más meridional de Grecia. Aprovechando una calma repentina, hizo que sus hombres remaran e intentaron doblar Citera, dirigiéndose hacia el noroeste, hacia Itaca, pero el vendaval soplaba con mayor furia que antes y duró nueve días.

Cuando al final cesó, Ulises se encontró a la vista de Sirinx, la isla de los lotófagos, frente a la costa norteafricana. El loto es una baya dulce, sin hueso, amarilla y bastante saludable, aparte de que quien la come pierde la memoria. Ulises desembarcó en Sirinx y, mientras llenaba las tinajas de agua, envió a tres exploradores para que comprobaran qué comida podía comprarse o cogerse. Los exploradores, después de haber comido unos cuantos lotos ofrecidos por los simpáticos nativos, olvidaron, inmediatamente, dónde estaban, por qué habían ido allí e, incluso, sus propios nombres. No querían nada más que pasar el resto de sus vidas allí, comiendo lotos.

Ulises se dirigió hacia el norte hasta que llegó a la fértil, pero deshabitada isla de Sicilia, llena de cabras salvajes, algunas de las cuales mató para comérselas. Después tomó una sola nave para explorar la costa por el otro lado. Esta era la tierra de los feroces cíclopes, u ojos-redondos, llamados así porque todos tenían un deslumbrante ojo en medio de la frente. Los cíclopes eran pastores gigantes y huraños, que vivían apartados los unos de los otros en cuevas excavadas en la roca. Ulises y sus compañeros vieron la entrada de una de estas cuevas, alta y cubierta de hiedra, detrás de un corral de ovejas. Entraron sin darse cuenta de que era la casa de Polifemo, un cíclope antropófago. Al ver que no había nadie, encendieron un fuego, mataron y asaron algunos cabritillos que rondaban por allí, acompañándolos con queso de algunas cestas que colgaban de las paredes, y comieron felizmente. Hacia la tarde, Polifemo llegó, condujo su rebaño hacia la cueva y cerró la entrada con una piedra tan enorme que ni treinta pares de bueyes apenas podrían haberla movido. Algunos minutos después, cuando Polifemo se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras, levantó la mirada y vio a Ulises.

-¿Qué se os ofrece? -preguntó bruscamente.

-Somos griegos, recién llegados del famoso saqueo de Troya -respondió Ulises-, y confiamos en tu hospitalidad.

Polifemo cogió inmediatamente a dos marineros, estampó sus cabezas contra el suelo de piedra y se los comió crudos. Ulises se contuvo para no atacar al monstruo, puesto que ni él ni sus compañeros eran lo suficientemente fuertes para desbloquear la entrada, poca esperanza podían tener en escaparse matándole. A la hora del desayuno Polifemo se comió a dos marineros más, después quitó la piedra haciéndola rodar, sacó el rebaño y volvió a poner la piedra en su sitio.

Ulises encontró una estaca verde de olivo, afiló uno de sus extremos con la espada y la escondió bajo un montón de excrementos de oveja. Aquella tarde, a su vuelta, Polifemo volvió a comerse dos marineros más. Ulises, que había traído una bota de vino, le ofreció un tazón. El monstruo se lo bebió con gula, pues nunca antes había probado el vino, y pidió otro.

-¿Cómo te llamas? ~preguntó.

-Me llamo Nadie -contestó Ulises, escanciándole vino.

~¡Entonces prometo comerte el último, querido Nadie! Me gusta tu vino. ¡La próxima vez échame el doble!

Pronto cayó en el sueño de los borrachos. Ulises prendió fuego en el extremo afilado de su estaca y lo clavó en el ojo de Polifemo, retorciéndolo. El ojo estalló, Polifemo gritó, y los demás cíclopes, al oír el bullicio, se agruparon fuera de la cueva.

-¿Qué pasa, vecino? -gritaron.

-¡Socorro! ¡Estoy ciego y agonizo! ¡Es culpa de Nadie! -respondió gritando.

-¡Pobre muchacho! Si no es culpa de nadie no hay nada que decir. ¡Adiós y, por favor, haz menos ruido!

Polifemo se arrastró hasta la entrada de la cueva a tientas, con la esperanza de coger a uno o dos marineros, pero la luz del fuego les ayudó a esquivarle.

Al alba, Ulises ató a cada uno de sus compañeros boca arriba, bajo la barriga de una oveja, la que estaba en medio de tres.

-Ponedías en fila cogiéndolas por la lana -ordenó.

El mismo Ulises eligió el carnero mayor y, cuando Polifemo sacó el rebaño a pastar, palpándoles los lomos para asegurarse de que nadie las montaba, se acurrucó bajo ese carnero, colgando de los dedos de las manos y de los pies. Polifemo detuvo al gran carnero y le habló larga y tristemente, sin darse cuenta de lo cerca que estaba su enemigo. Así que Ulises y los marineros supervivientes escaparon y subieron todo el rebaño a bordo de su nave. Cuando partieron, burlándose a gritos, Polifemo les lanzó tres rocas inmensas, pero ninguna acertó.

Entonces, Ulises se dirigió, pasando por Sicilia, a la isla del rey Eolo, el guardián divino de los vientos. Allí fue amablemente atendido durante un mes; después del cual Eolo le dio una bolsa de cuero cerrada con hilo de plata.

-He encerrado a todos mis vientos en esta bolsa -dijo-, excepto el suave viento del oeste. El te llevará a través del mar hasta Itaca. Pero si cambias tu rumbo, abre la bolsa con cuidado y convoca al viento que necesites.

La nave estaba tan cerca de Itaca que se podía ver el humo que salía de los fuegos del palacio real, cuando Ulises se durmió, absolutamente exhausto. Sus hombres, que pensaban que la bolsa de cuero contenía vino, desataron el hilo de plata y la abrieron del todo. Los vientos salieron de golpe bramando, conduciendo la nave ante ellos. Había transcurrido menos de una hora cuando Ulises se encontró de nuevo en la isla del rey Eolo, disculpándose y suplicando más ayuda. Eolo se la denegó.

-¡Usa tus remos! -gritó secamente.

Los hombres de Ulises remaron y al día siguiente llegaron a Formia, un puerto italiano cerrado y habitado por los caníbales lestrígonos. Atracó su flota en la playa y mandó a algunos marineros a buscar agua. Pero, reunidos sobre los acantilados, los lestrígonos lanzaron piedras que hicieron pedazos sus naves.Después asesinaron y se comieron a la tripulación. Ulises escapó en una nave.

Un violento vendaval del sur le condujo después hasta el final del mar Adriático y tomó tierra en Eea, una pequeña isla gobernada por la diosa Circe. Cuando el amigo de Ulises, Euríloco, se llevó a un grupo de veinte hombres a tierra, Circe les invitó a todos a su palacio. Lobos y leones rondaban por el jardín. Para sorpresa de Euríloco, en lugar de atacar a los marineros, se alzaban sobre sus patas traseras y les acariciaban cariñosamente.

Circe ofreció a sus visitantes un buen banquete, que consistía en queso, pan de cebada, miel y vino; pero estaba drogado. Habían comido sólo unos pocos bocados cuando ella les golpeó en los hombros con su varita. Se convirtieron en cerdos que encerró en una sucia pocilga, y les lanzó bellotas como postre. Aquellos leones y lobos también eran hombres, encantados del mismo modo. Sólo Euríloco escapo: había temido alguna trampa y, en vez de entrar en palacio, observó desde una ventana.

Ulises cogió su espada y se apresuró al rescate. Por el camino se encontró con Hermes, que amablemente le dio un amuleto contra la magia de Circe: una flor blanca muy aromática con una raíz negra, llamada «hierba de vida».

Circe sirvió a Ulises el mismo tipo de comida, perocuando agitó su varita para transformarle, Ulises olió la flor de la hierba de la vida, se salvó y la amenazó con cortarle la cabeza. Circe cayó a sus pies llorando. Ulises le perdonó la vida con la condición de que devolviera a todos los animales su forma humana y que nunca volviera a usar tan terribles encantos. Se hicieron muy amigos y pasaron tres años juntos como marido y mujer.

Circe ayudó a Ulises a visitar el mundo subterráneo de las tinieblas, donde él intercambió noticias con los fantasmas de Agamenón, Aquiles y otros viejos camaradas (sólo el gran Áyax frunció el ceño y se marchó enfadado). Entonces, Ulises dijo adiós a Circe, prometiéndole que volvería pronto, y zarpó hacia el sur, hacia Itaca. Circe le advirtió sobre la isla de las sirenas. Las sirenas eran mitad pájaro, mitad mujer, y cantaban tan maravillosamente que los marineros que oían sus voces siempre intentaban ir tras ellas, pero sus naves chocaban contra las rocas ocultas que guardaban la orilla. Ulises tapó las orejas de sus marineros con cera e hizo que le ataran al mástil para poder escuchar las canciones de las sirenas cuando la nave pasara por allí.

-¡Desatadme -gritó-, u os mataré uno por uno!

Ya que los marineros no podían oír ni a las sirenas ni a Ulises, obedecieron su primera orden de atarle aún más fuerte al mástil. Su nave pudo así escapar del desastre, y las sirenas se suicidaron ofendidas.

Entonces, Ulises tuvo que navegar entre dos acantilados que separaban Italia de Sicilia. En el lado siciliano vivía Caribdis, un monstruo que bebía enormes cantidades de agua tres veces al día y que después, de repente, la escupía en forma de remolino. En el lado italiano vivía Escila, una perra de seis cabezas que comía marineros. Alejándose poco a poco de ella para evitar el mayor peligro de Caribdis, Ulises perdió una cuarta parte de la tripulación: Escila emergió y atrapó a dos marineros con cada par de mandíbulas y los devoró tranquilamente.

Al día siguiente, atracó en Sicilia para esperar un viento favorable, pero las provisiones de Circe ya se habían acabado y los marineros tenían hambre. Mientras Ulises dormía, mataron y asaron algunas vacas que pertenecían al dios del sol, Hiperión, que se quejó a Zeus todopoderoso. Cuando partieron de nuevo, Zeus lanzó su rayo sobre la nave y la hundió.

Todos se ahogaron, excepto Ulises. Se agarró al mástil partido y, después de nueve días a la deriva, fue arrojado a la orilla de la isla de Calipso, hambriento y casi muerto.

Calipso, una hermosa hechicera, se enamoró enseguida de Ulises, y lo retuvo cinco años más. El se cansó pronto de su compañía, al no haber nadie más por allí, y miraba el horizonte durante todo el día sentado tristemente en la orilla. Al final, Zeus envió una orden que Calipso no se atrevió a desobedecer: «¡Libera al rey Ulises!». Ella fue a buscar un hacha, una sierra y otras herramientas que tenía en un escondrijo y le dijo que construyera una balsa con troncos de árbol. Cuando la finalizó, Ulises le dio a Calipso un beso de despedida, puso comida a bordo, arrastró la balsa haciéndola rodar sobre troncos, se hizo a la mar y fue llevado por una suave brisa. No había recorrido una gran distancia cuando una inmensa ola volcó la balsa. Ulises nunca llegó a descubrir a qué dios tenía que culpar por este desastre.

Dos días después fue arrastrado hasta la orilla, desnudo, cerca de Drépane, en Sicilia, donde la encantadora princesa Nausicaa había llevado a sus muchachas a lavar la ropa a la boca de un río. Mientras jugaban juntas en su descanso del mediodía, la pelota fue a parar al agua, cerca de un bosquecillo detrás de donde Ulises estaba oculto. Las muchachas gritaron

cuando apareció Ulises, pero Nausicaa le prestó ropa y se lo llevó al palacio de su padre, el rey Alcinoo. Después de escuchar el relato, no muy fiel, de las aventuras de Ulises, Alcinoo le envió a Itaca en una buena nave. Una vez más, al ver su propia isla, Ulises se durmió.

Los marineros no se atrevieron a despertar a Ulises; en vez de eso, le dejaron echado en la playa y se marcharon. Atenea le despertó, disfrazada de pastorcillo, y Ulises se hizo pasar por un cretense al que habían desembarcado en contra de su voluntad. Atenea se río.

- Nunca mientas a una diosa! -dijo ella-. Si quieres hacerme caso, visita a Eumeo, tu viejo porquerizo, y oirás las últimas noticias. Puedes fiarte.

Ulises se dio a conocer, debidamente, a Eumeo y supo que ciento doce insolentes nobles jóvenes estaban cortejando a su esposa Penélope y organizando fiestas cada día en el palacio a sus expensas.

-Amenazan con quedarse hasta que ella decida con cuál se va a casar -explicó Eumeo-. Pero la reina Penélope sabe por un oráculo que volverás pronto, así que ella está haciendo tiempo. Dijo a sus pretendientes que tenían que esperar hasta que acabara un complicado bordado. Aunque trabaja todo el día, deshace los puntos por la noche, mes tras mes.

Vestido con harapos, como un pedigüeño, Ulises fue al palacio, y allí vio a Argos, su viejo perro de caza, acurrucado en un montón de estiércol, sucio, decrépito y atormentado por las pulgas, pero todavía vivo. Argos agitó la poca cola que le quedaba y murió feliz; Ulises se secó una lágrima. En el patio, caminó alrededor de las mesas, pidiendo a los pretendientes de Penélope que le dieran los restos de la comida. Nadie le ofreció nada; uno incluso le lanzó un taburete a la cabeza. Entonces, Iros, un pedigüeño de verdad, intentó echarlo y, cuando se negó, le desafió a un combate de boxeo, pero quedó derrotado con un solo golpe.

Mientras tanto, el hijo de Ulises, Telémaco, volvía de un viaje. Al detenerse en la tienda de Eumeo, supo que los pretendientes estaban planeando matarle y que su padre acababa de llegar disfrazado. Pronto, los tres se reunieron y planearon cómo castigar a los pretendientes. Cuando Ulises visitó a Penélope, ella no le reconoció, así que él le explicó una larga historia acerca de que había encontrado a su marido de camino al oráculo de Zeus en Dodona.

-Estará aquí dentro de pocos días -dijo Ulises.

Penélope le escuchó ansiosamente y ordenó a Euriclea, una sirvienta muy anciana que había sido la niñera de Ulises, que lavara los pies del noble forastero. Cuando Penélope salió de la habitación, Euriclea reconoció una cicatriz de su pierna y lanzó un grito de alegría, pero Ulises la agarró por el cuello y la hizo callar, pues no estaba seguro todavía de si Penélope era digna de confianza.

A la tarde siguiente, por advertencia de Telémaco, Penélope anunció a los pretendientes que se casaría con el que acertara a lanzar una flecha por los aros de doce hachas puestas en fila (estos aros se usaban para colgar las hachas en las paredes). Todos debían disparar con el propio arco de Ulises, dijo ella.

Todos quisieron tensar el arco, que estaba tan rígido por haber estado doce años en desuso que ninguno pudo hacerlo. Finalmente, Ulises, a pesar de las muchas protestas y de los groseros insultos, cogió el arco, lo tensó con facilidad y su flecha traspasó limpiamente la hilera de aros.

Telémaco, que se había escabullido en silencio, volvió a entrar blandiendo una espada. Enseguida Ulises disparó al cuello al jefe de los pretendientes. Sus compañeros saltaron para coger las lanzas colgadas en la pared, pero Telémaco las había quitado de ahí la noche anterior. Las flechas de Ulises alcanzaban a los pretendientes a montones; y Telémaco, ayudado por Eumeo y otro sirviente de palacio armado, se deshizo del resto. Sólo después de todo esto, Ulises se dio a conocer a Penélope.

Estos mismos aguerridos hombres lucharon en una dura batalla al día siguiente contra los familiares de los pretendientes, y estaban cerca de conseguir una segunda victoria cuando Atenea descendió e impuso una tregua. Entonces, Ulises gobernó Itaca en paz hasta que murió.

 

 

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