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El arte de pedorrear


Baron de Hakeldama

 

Prefacio

Es vergonzoso, lector, que desde que os tiráis pedos, no sepáis todavía cómo lo hacéis y cómo debiérais hacerlo.

Se imagina comunmente que los pedos no difieren el pequeño del grande, y que en el fondo, son todos de la misma especie: grosero error.

Esta reflexión que hoy os ofrezco, analizada con toda la exactitud posible,-había sido negligida en extremo hasta el presente, pero no porque se la juzgara indigna de ser considerada, sino más bien porque no se la estimaba susceptible de un cierto método y de nuevos descubrimientos. Tremenda equivocación.

Tirarse pedos es un arte, y por consiguiente, una cosa útil a la vida, como ya señalaban Luciano, Hermógenes, Quintiliano, etc. Es en efecto más importante de lo que se piensa ordinariamente saber tirarse pedos deliberadamente y a tiempo.

Un pedo que, para salir, ha realizado un esfuerzo vano trasladando su ímpetu a las entrañas desgarradas a menudo causa la muerte.

En una diarrea mortal que se desliza hacia su orlaun pedo lanzado a tiempo podría salvar la vida.

En definitiva, un pedo puede ejecutarse con disciplina y gusto, tal como os lo haré notar a lo largo de esta obra.

Por consiguiente, paso a hacer participar al público de mis investigaciones y descubrimientos acerca de un Arte sobre el cual nada de satisfactorio se encuentra en los más amplios diccionarios: en efecto, no se menciona allí nada en absoluto—cosa increíble—ni tan siquiera de la nomenclatura de este Arte, cuyos principios presento yo hoy a los curiosos.


CAPITULO I

Definición de pedo en general

El Pedo, que los latinos llamaban crepitus ventis, los germanos, fartzen y los ingleses, fart, es una composición de vientos que expiran emitiendo ruido o, por el contrario, silenciosamente.

Existen, sin embargo, autores de poco alcance e incluso bastante temerarios que llegan a sostener con terquedad, arrogancia y de una manera absurda, incluso a pesar de Calepin y todos los demás diccionarios hechos y por hacer, que el término pedo, propiamente dicho, es decir, considerado en su sentido natural, sólo es aquél que se emite produciendo ruido; y para hablar así se fundamentan en un verso de Horacio que a mi juicio no es suficiente para ace rcarnos a la idea exacta del pedo:

Nam displosa sonat quantum vesica pepedi.

De hecho, yo mismo me he llegado a peer con tanto bullicio que bien hubiera podido inflar una vejiga hasta hacerla reventar.

¿Pero quién no advierte que en este verso, Horacio ha tomado el verbo peerse en sentido genérico?, ¿y qué era necesario, si mplemente para hacerse entender que peerse entraña un sonido claro y que el sabio únicamente se limitaba a señalar el género de pedo que estalla al salir?

Saint-Evremont, este agradable filósofo, tenía una idea del pedo bien diferente de su consideración vulgar: según él, se trataba de un suspiro. Cierto día le decía a su amada, delante de la cual se acababa de tirar un soberbio pedo:


Mi corazón, indignado de disgustos
tanto se habia henchido de suspiros
que viendo vuestro humor tan bravio
uno de entre ellos se vio obligado
a no osar salir por la boca
y expresar su sentimiento en mejor forma.


Así pues, el pedo es, en general, viento encerrado en el bajo vientre, causado, tal como pretenden los médicos, por el desbordamiento de una mucosidad tibia que un calor débil ha disgregado sin disolverla; o producida, según los campesinos y el vulgo, por el uso de ciertos ingredientes ventosos o de alimentos de esta misma naturaleza. Se le puede todavía definir como un vórtice de aire comprimido que, buscando escapar de cualquier modo, recorre las partes internas del cuerpo y sale al fin con precipitación cuando encuentra una salida, por todos conocida, y que la decencia impide nombrar.

Pero nosotros no vamos a ocultar nada aquí: esta peculiar criatura se manifiesta a través del ano, bien sea por medio de un estallido, o sin él. La sabia naturaleza lo arroja sin esfuerzo; sólo más tarde se invoca el socorro prestado por el arte, que, con el auxilio de esta misma naturaleza, le procura un nacimiento acomodado, causa siempre de delectación, y a menudo incluso de voluptuosidad. Precisamente esto ha dado lugar al nacimiento de un interesante proverbio.

Para vivir sano y largamente, es necesario ventear el culo.

Pero volvamos de nuevo a nuestra definición y demostremos que se halla conforme a los postulados más sanos y estrictos de la filosofía, ya que encierra el género, la materia y la diferencia, quia nempe constat genere, materia et differentia: 10. Porque dicha definición encierra todas las causas y todas las especies; esto lo veremos por orden; 2° como también es constante por el género, no existe la menor duda de que lo sea igualmente por la causa remota, que es precisamente aquella que engendra los vientos, a saber, las mucosidades y los alimentos mal asimilados.


Discutamos estos puntos con fundamento antes de analizar las especies.

Manifestamos pues que la materia del pedo está entibiada y ligeramente atenuada. Utilizaremos a continuación una equivalencia para que nuestra reflexión quede perfectamente clara.

En los países cálidos no llueve jamás y el excesivo calor absorve toda clase de humos y vapores; por idéntica razón, en los países fríos las grandes heladas impiden la exhalación natural de estos vahos. Como por el contrario llueve abundantemente en las regiones medias de clima templado, dichos vapores se producen con asiduidad (como muy bien han observado Bodin, Scaliger y Cardan), recuérdense si no las abundantes nieblas y fenómenos semejantes producidos en estas zonas.

De la misma forma, cuando el calor producido por la digestión es excesivo, no sólo son violentamente triturados y deshechos los alimentos, sino que también son disueltos y consumidos todos los vapores, lo cual el frío no sabría hacer—paradógicamente vemos como un agente contrario produce de hecho el mismo resultado—ya que él mismo impide la formación de ninguna clase de vaho. Lo contrario sucede cuando el calor es dulce y temperado—como en las zonas de clima templado—. Su debilidad le impide cocer perfectamente los alimentos; tan sólo los disuelve ligeramente, la mucosidad del ventrículo y de los intestinos pueden excitar gran cantidad de vientos que llegan a ser más enérgicos en proporción a la ventosidad de las sustancias ingeridas, las cuales, sometidas a la fermentación por un calor mediocre, producen una vorágine de vahos sumamente espesos. Esto se advierte con claridad comparando la primavera y el otoño con el verano y el invierno, y por la correcta comprensión del arte de la destilación de un fuego o un calor mediocres.


 

 

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