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El árbol que cae


Lobodon Garra

Si hubo un sitio verdaderamente tenebroso en las islas debió haber estado en el fondo de La Paciencia. Tenebroso y solitario, con esa siniestra tristeza común a todos los rincones perdidos de las Islas del Ibicuy -de los que van quedando pocos- que no se encuentra en otros paisajes solitarios de la tierra.

La primera vez que estuve en La Paciencia fue para buscar un ciervo de pocos meses que me había vendido un húngaro, que vivía en la parte, podría decirse poblada, del arroyo.

Después de cruzar la imponente antesala del Gutiérrez Chico, bordeada de un ceibal que parecía una larga procesión de espectros, y que dicen que tapó en su curso medio, muchos años atrás, el contrabandista Marcos Pérez, apenas pude llegar un poco más allá de la boca, ya que La Paciencia estaba totalmente cubierto de camalotes. Volví a repetir la excursión otra vez, tiempo más tarde, con el mismo resultado: los camalotes cerraban por completo el arroyo. Por fin, hace ya varios años, en una tercera tentativa, acompañando a un conocido que iba a vigilar cómo marchaba un trabajo de desmonte que le había encargado el propietario, amigo suyo, quien deseaba preparar el campo para plantar, pude llegar hasta allí, que era el último punto libre alguna vez de camalotes, dado que más adelante, completamente salvaje, el arroyo estaba tapado en forma permanente.

El viaje se desarrolló sin ninguna dificultad en la lancha de mi acompañante y, después de un rato de internamos por esas soledades, llegamos a aquel lugar donde únicamente había un rancho miserable perdido entre laureles y canelones. Teníamos que dejar unas hachas y otras herramientas y, después de mirar un poco los alrededores y conversar con Ramón Alcaráz, que se había encargado del trabajo con otros dos hombres, nos aprontamos para el regreso tratando de que la noche no fuera a tomamos en el camino, ya que debía volver él al Gutiérrez abajo y yo a Brazo Chico.

Nos despedimos de Alcaraz y de sus dos compañeros, recibimos algunos encargos y, al ir a poner en marcha el motor de la lancha, no logramos hacerla por más manija que le dimos.

Insistió mi conocido, sacó las bujías, las limpió. Nada. Revisó el carburador, los platinos del magneto, los cables, sopló los caños de la nafta que parecían estar tapados. Nada. Al final no quedaba ya qué revisar y, siempre dando manija por si el motor hubiera estado ahogado, la noche se nos vino encima sin encontrar la forma de partir. Para peor, aquella gente ni cama tenía, a pesar de que, de cualquier manera, de poco nos hubiera servido en tales circunstancias.

Cuando empezó a obscurecer, mi acompañante, cansado y de mal humor, dejó todo abandonado, tapó el motor con una lona impermeable y me miró haciendo un gesto que quería significar claramente dos cosas: no hay nada que hacer y no hay más remedio que quedarse aquí.

-Para mejor ni linterna hemos traído -comentó como hablando consigo mismo- mañana, con más calma, encontraremos la falla.

La perspectiva de pasar la noche allí, sin embargo, debía resultarle tan poco agradable como a mí. ¿Cómo íbamos a arreglamos? Pleno invierno, noche fría. Sin catres ni cobijas y en lancha descubierta, no nos quedaba otra solución que acomodamos en el rancho, el cual también servía de cocina. Al pasar frente a su puerta, yo había alcanzado a ver que los hombres dormían en el suelo, uno sobre pellones de oveja y los otros dos sobre bolsas rellenadas con paja cortadera.

Entonces Alcaráz, colocándose él también dentro de la situación, nos invitó a pasar al rancho diciendo, a su vez, aun- que poco convencido, que de algún modo íbamos a arreglarnos. Avanzamos hacia allá y al entrar, Alcaráz, como buen criollo, hombre circunspecto y de pocas palabras, sacó despaciosamente una caja de fósforos y después de varias tentativas, utilizando una piel de raya para frotado, logró prender uno con el que encendió la lámpara hecha con una botella llena de kerosén y tapada con un corcho horadado por una lata, a través de la cual se introducía una larga mecha que culebreaba hasta el combustible. Cuando terminó la operación, el rancho quedó apenas alumbrado por una lucecita mortecina de la que se elevaba una continua columna de humo. Dos o tres bancos de troncos de ceibos, que había afuera, fueron entrados, para lo cual hubo que levantar los colchones de paja, y Alcaráz nos invitó a ocuparlos.

-¿Gustan un mate?, agregó.

Y, antes de esperar nuestra respuesta, se dirigió al más joven de sus compañeros:

-A ver muchacho. Prepará el juego y andá a tráirte un poco e agua en la pava.

En seguida, dirigiéndose nuevamente a nosotros, añadió:

-Ustedes van a disculpar, pero muy poco es lo que puedo ofrecerles. Pa mejor ni carne e vaca tenemos. Sólo nos queda eso -dijo señalando un trozo de costillar que pendía del techo. Es e un carpincho que matamoj ayer. No se si ustedes gustarán, pero no hay otra cosa.

Y nos explicó que, para conseguir carne de vaca y otras provisiones, debían hacer un largo trayecto, abriendo camino a fuerza de machete por el albardón, hasta un rancho de más abajo cuyo morador se las traía, junto con las que adquiría para sí, de la boca del arroyo, a donde llegaba la lancha de un carnicero. Por eso preferían arreglarse por ellos mismos y cazar algún "bicho" de los que allí abundaban.

Nos contó que el lugar había sido antiguamente paradero de cazadores y nosotros mismos, por la tarde, pudimos ver que los alrededores estaban cubiertos de huesos que él nos dijo ser de ciervos y carpinchos cazados muchos años atrás.

Mientras tanto el muchacho, como él se lo ordenara, había encendido algunos troncos secos sobre un colchón de cenizas que había en un rincón, cerca de varias botellas de vino vacías, donde se veía que habitualmente hacían fuego. Al arder la leña, el rancho se llenó de un humo espeso que, dificultosa- mente, salía por un agujero abierto en la pared a la altura del techo y las rendijas de la puerta, haciéndonos lagrimear y llevar las manos a los ojos continuamente.

El frío era intenso y el viento del sudeste, que mantenía crecido el arroyo, dejaba resonar sus rachas entre las ramas del monte blanco. Era una noche obscura, destemplada y tenebrosa como el ambiente.

Cuando el mate estuvo listo, el muchacho nos lo fué ofreciendo alternativamente, mientras Alcaráz, que se mantenía callado y fué el último en tomarlo, liaba un cigarrillo con papel y tabaco que sacó de su tabaquera de cuero de nutria.

Mientras lo hacía, yo observaba su fuerte rostro de criollo curtido como de cincuenta y cinco años, su pelo apenas canoso, sus largos bigotes caídos, la ancha rastra que sujetaba su tirador sosteniendo las bombachas desprendidas abajo donde, casi en la obscuridad, aparecían sus pies embarrados hundidos en la punta de unas alpargatas raídas. Admiraba la habilidad con que, a pesar de la rudeza de sus dedos, había armado un cigarrillo el cual, después de mojar en la boca para sujetar el papel, encendía ahora con una ramita humeante levantada del fogón.

-¡Qué viento! –comentó-, Va haber un repunte grande.

Y, al rato, empezó a desatar la lengua.

-No lo van a pasar bien, pero a todo hay que acostumbrarse, dijo. Lo que es yo -agregó- e todo he hecho en laj islas y las conozco como la palma e mi mano. Por muchoj años juí cazador. Todoj estos campos me loj he recorrido nutriando.

Ponía hasta cuarenta trampas. De ciervos y carpinchos no les digo nada. ¡Si habré metido bala y estaquiao cueros! Una noche que andaba linterniando por el Gutiérrez Chico con el finao Bernardino Ortiz, por mal nombre "Panza Brava", por perseguir un ciervo nos cáimos entre los camalotes. Tuvimos que pasar la noche empapaos abajo e un ceibo. Los mosquitos se nos metían por la nariz, por la boca, por loj ojos. Los perros lloraban acosaos por los mosquitos. También he hecho espinillo Martínez arriba, allá por la laguna e Cabrera, que tiene como cincuenta hetáreas con embalsaos hasta con ceibos arriba. En una época supe ser pescador; pescaba los sábalos con chuza o con bichero, e noche con linterna, cuando vienen en cardúmen sacando la cabeza pa ajuera. Juntaba hasta cincuenta y más eligiendo los mejores. De ocasiones también he cortado el "hunco" en la costa el Uruguay, por el Carbón. Y hasta contrabandista he sido. ¡Las que habré pasao en el Uruguay! Cuando me véia en apuros fondiaba todo en una bolsa e goma o lo enterraba en la arena frente a la estancia "Casa Blanca", en la costa oriental. Anque a veces paraba por el arroyo Catalán, .ande e día fondiaba mi canoa y la sacaba a flote cuando escurecía.

"Aquí, en este mesmo lugar, he estado porción e veces. Pero si no hubiera sido porque me lo pidió tanto su amigo -dijo dirigiéndose a mi compañero- nunca hubiera deseao volver porque pa mí es e mala memoria. Aquí lo mataron a Rufino Ponce, el padre e Toribio Ponce que supo vivir con la hija e mi cumpa Crespín Velázquez. Y jué a traición porque sabían que Ponce tenía más agallas que un dorao y no era hombre e mezquinar el fierro. Le tenía dicho al manco Espinosa:

"A vos te vi aplastar un plomo en la cabeza". Porque contaban li había hecho una trastada. Era un diablo desalmao y, asegún parece, un resertor.

"Yo li había alvertido a Ponce: "Vos no lo facilités. Si anda barullando, áhi nomás acostalo". Pero siempre me miraba como riyéndose, y a mí no me gustaba andar cargosiando a naides.

"Hasta que lo agarró Espinosa y no le dió desquite, ¿sabe?, porque en los juegos ande hay desquite no hay que tener miedo. Un día que estaba sentao al lao el juego, mesmo que nojotros estamoj áhura, por prepararse un asao e nutria que acababa e adobar, se le acercó el manco, entonao con unas copas y, como quién no quiere la cosa, sacando un cuchillo, lo envitó a peliar. Ponce no tenía una arma encima y cuando vido que Espinosa venía con malaj intenciones, se levantó con rabia y le dijo: "¡Habías sido maula, sotreta! Pero ya que has venido a buscarme, sin el gusto no te vi a dejar". Se envolvió un pañuelo en la zurda y con la otra mano se sacó una alpargata y se pusieron a vistiar. Hasta que, e un golpe en la muñeca, le hizo cáir el cuchillo al manco y en seguida dentraron a abrazarse rodando pal suelo. Cuando Espinosa vido que se le ponía fea la cosa, 'jadeaba como un condenao. Pero en una e esas, todavía ni sé cómo, manotió el cuchillo y, sentándose sobre el cuerpo e Ponce, se lo clavó hasta el cabo en el pecho.

"Habíamos varios cazadores y 10 vimos todo con nuestros mesmoj ojos. Pero, ¿qué podíamoj haber hecho pa evitado?

A Espinosa resolvimoj echarlo. ¡ Que se mandara a mudar ese pícaro! Y a Ponce le dimos sepultura por áhi -nos dijo, señalando hacia adentro del albardón. Pusimoj una cruz "y en seguida también nos juimos pa no estar junto a un finao. ¡Y

vea- lo que son las cosas! Tantoj años después aquí he güelto a la Pacencia y por mas que he buscao en mi memoria no hallo el sitio ande lo metimoj al hombre.

Mientras Alcaráz hablaba continuaba la rueda del mate. Dentro del rancho el humo se hacía cada vez más espeso, en tanto que afuera arreciaba el lúgubre sonido del viento que, colándose por las rendijas de la puerta hacía, a veces, vacilar la menuda llama de la lámpara. Sobre el fuego, en una parrilla improvisada con un alambre doblado en eses, crepitaba el costillar de carpincho, mientras que un perro dormía acurrucado sobre los cueros, cerca de las brasas.

Casi silenciosos comimos el asado con' galleta dura, el que seguramente, por el hambre que teníamos, nos pareció delicioso a pesar del ligero tufo que tiene, a veces, el carpincho cuando no es lechón. Para acompañado, Alcaráz bebía en abundancia mientras que su otro compañero, ya maduro, al que el muchacho llamaba Giménez, no le iba en zaga. Ter- minado el costillar, Alcaráz tomó una botella de caña y todos debimos besada, a pesar de que los besos de Alcaráz y de

Giménez fueran los más apasionados y los más largos.

Hacía un frío intenso y el viento seguía ululando.

-¡Qué noche! -alcanzó a decir Giménez-. Como quién dice especial pa laj ánimas.

Y, al rato, frente a nuestro silencio, fué hilvanando una serie de historias que venían al caso: En el arroyo Confitero, donde no vive casi nadie, que va al Uruguay, no hacía muchos meses, llegaron unos contando que habían sentido ruido de los remos de una canoa. El ruido era clarito y se apuraron para alcanzado, sin logrado. Al llegar al Uruguay, que allí es abierto y divisable en todas direcciones, no vieron nada.

Había desaparecido.

-Otro día -continuó- que estaba durmiendo la siesta por el Saracho, ande baliaron a Carpena, vide un ciervo a pocos metros que me estaba mirando. Me levanté pa perseguido mientraj el ciervo se diba por la maciega haciendo ruido entre las pajas. Lo seguí un rato sin hallado. Hasta que alvertí que ¡qué lo diba a encontrar si ni siquiera huellas había dejao!

Me llevaba adentro pa perderme.

"Otra tarde que andaba por el Corren toso, cazando con mi cumpa Ulogio Ruiz, sentí patente el ruido e algo que se venía acercando por el pajonal y carculé que era un ciervo que corría pa la agua acosao por la sabandija. Me paré atraj e un sauce con la arma lista pa esperado. El ruido siguió hasta muy cerca, pero no vide salir nada. Cuando quise saber qué había sido, no encontré ni huellas. No me gustó la cosa me juí ande estaba mi compañero y le dije: "Vamos".

"El padre e Leonor Castro halló una vez, en el albardón e Las Carolinas, un ciervo e muchísimas puntas. Le pegó trej o cuatro tiros e cerca y cuando vida que cayó jué a buscado y no encontró nada.

"En Los Angeles, otra noche, vide venir una canoa e cuatro remos con uno que diba a popa paliando. Me extrañé e hallar gente por áhi, ya que créia estar solo. Me hice a un lao pa dejarla pasar viendo que seguía pal Brazo Chico. Pero al llegar al carolino que hay en la costa e enfrente, se desvaneció.

"Una noche, en el Perdido, sentimoj un ruído e remos y vide pasar una canoa e dos tacos con doj hombres sin cabeza que diban a pala y siguieron hasta perderse. En la agua no quedaba ni huella.

"Otra vez, que andábamos cazando por el Buen Pastor, ande Retamar fondió a loj hijos e Ramón e León, sentimos golpes e hachas, cerquita, entre unos ceibos. "Alguien anda adentro", le dije a mi compañero. Juímos pa allá y no vimos a naides.

Sólo encontramos dos cruces.

Habíamos encendido cigarrillos y estábamos escuchando los relatos entre el humo, apenas alumbrados por la miserable luz de la lámpara, cuando de pronto, Alcaráz, que se había puesto terriblemente serio y con toda seguridad pálido, aun- que esto no podía apreciarse por la poca luz y el intenso color obscuro de su piel, se levantó tambaleante y se lanzó para asegurar por dentro la puerta del rancho, al mismo tiempo que gritaba:.

-¡No vaj adentrar, carajol y pude distinguir, en la semi penumbra, su cara de espectro mientras apoyaba la espalda en esa puerta que daba al mismo lugar donde decía que habían enterrado a Rufino Ponce, como para impedir que alguien la abriera. Sus compañeros se habían puesto tan serios y pálidos como él y permanecían mudos e inmóviles a la expectativa. Entre tanto el perro, al ver movimiento, se había levantado y, seguramente contagiado por el estado psíquico del grupo, gruñía todo erizado y, de tanto en tanto, ladraba hacia la puerta como si presintiera algo al exterior.

Confieso que sentí una impresión profunda. Miré a mi compañero en quién adiviné una sensación análoga a la mía. La verdad era que yo no había sentido nada y, en la mirada de mi conocido, en seguida comprendí que él tampoco.

Mientras tanto el perro seguía ladrando y, ahora, arañaba con furia las tablas de la puerta como tratando de salir para atropellar a alguien.

Pasó un momento en que todos seguimos sumergidos en la misma sensación de un comienzo, yo expectante, poniendo toda mi atención en mis oídos a los que sólo llegaba el resonar alocado del viento, que parecía hacer más tétrica nuestra soledad y lejanía.

-¿Sintieron algo?, por fin se atrevió a inquirir mi acompañante sin dirigirse a nadie en particular.

Sí, le contestó Giménez, habían sentido el ruido de un árbol muy grande al caer en el monte. Lo sentían desde hacía varias noches. Y al hablar, por la bebida, ya tenía cierta dificultad para pronunciar las palabras.

¿Sería posible que nosotros no hubiéramos sentido nada? Por supuesto que no estaba del todo tranquilo, invadido por esa sensación atávica que nos hace sentir inquietud ante lo que puede aparecer como sobrenatural, aunque no lo aceptemos.

Lo que más perturbación me producía eran los ladridos y desesperación del perro.

Pero bien pronto me sobrepuse, o quizás, para confesar la verdad, traté de hacerlo, mientras miraba cómo Alcaráz, que había tomado en sus manos la botella de caña, se la empinaba hasta beberse de un golpe casi todo lo que quedaba. Y, al rato, cayó pesadamente a un costado, sin decir palabra, completamente ebrio.

Entonces, con mi compañero, nos levantamos y cargándolo como mejor pudimos, ayudados por el muchacho, que estaba muy impresionado, lo extendimos sobre los cueros donde quedó tirado e inmóvil como un muerto. En seguida nos llegó su respiración pesada y entrecortada P?r estertores.            .              .

Al rato tuvimos que hacer con Giménez, que habla seguido bebiendo, la misma tarea que con Alcaráz, para lo cual ex- tendimos en el suelo uno de los colchones de paja. Y, como no había lugar dentro del rancho para que otra persona se acostara, acercamos más los bancos de ceibo al fuego, economizando en lo posible la leña para que durara, y nos quedamos allí hasta que llegase el alba comentando el asunto con el muchacho, que seguía bajo la impresión del mismo, aunque también decía que nunca había sentido nada. El frío persistía así como el resoplar del viento. La lámpara continuaba su pálido temblequeo despidiendo tanto humo como antes y, a cada racha, amenazaba apagarse. Y el perro, ya aparentemente tranquilizado, se había tendido a nuestros pies, aunque todavía temblaba y, de tanto en tanto, parecía sentir violentos escalofríos.

¡Qué noche pasamos! Para mejor se nos habían agotado los cigarrillos y ni el muchacho ni ninguno de nosotros se sentía con la suficiente voluntad como para abrir aquella puerta, en parte por la temperatura y en parte, vaya uno a saber por qué, y salir hasta el arroyo a buscar más agua para preparar otros mates.

A las primeras luces de la madrugada, por fin, salimos afuera y, por más que, entre la penumbra, recorrimos los alrededores, no encontramos nada anormal. Ningún árbol roto o tumbado por el viento, fuera de los que, a alguna distancia, estaban volteando los mismo hombres.

En cuanto hubo claridad suficiente volvimos a la lancha cuyo motor, después de habernos hecho el día anterior tan mala jugada, por uno de esos misterios mecánicos, casi a los primeros manijazos arrancó. El muchacho nos pidió que lo lleváramos con nosotros, pues no deseaba continuar allí. Ya arreglaría más tarde sus cuentas con Alcaráz, que era el contratista. Y partimos mientras los otros hombres aún dormían tirados donde los habíamos colocado, casi sin haberse movido. A las pocas horas llegamos a nuestro destino después de haber dejado a quién traíamos en un almacén en el Gutiérrez, poco antes del canal.

Pasó mucho tiempo sin que tuviera noticias de Alcaráz y de Giménez. Un día, que estaba en Villa Paranacito, encontré al muchacho que había llegado para tomar el colectivo con destino a Gualeguaychú. En seguida le pregunté por ellos.

-¿Y Alcaráz? ¿Y Giménez?

Del último no sabía nada desde que saliera de La Paciencia, pero de Alcaráz me contó que había estado muy mal a consecuencia de la bebida, al punto de sufrir delirios que le hacían ver visiones extrañas que lo espantaban. Una vez, después de beber en un boliche, había. salido corriendo desesperado hacia el monte gritando: "¡Ahí viene el bicho fiero! ¡Y que cuernos tiene!" Hubo que agarrarlo y encerrarlo porque sino se hubiera perdido en la maciega donde, en ese estado, la helada hubiera terminado con él.

Pero uno o dos años después, por un vecino del Gutiérrez con el que conversaba ocasionalmente, tuve los últimos informes sobre Alcaráz. Una noche, viniendo por aquel río, ebrio como de costumbre, se le había dado vuelta el "guigue" en el que iba y se había ahogado. Al día siguiente encontraron el cuerpo flotando. El "guigue" apareció más arriba, sobre la costa, detenido por las ramas de los sauces.

Así terminó aquel hombre.

-¡Pobre Don Alcaráz! -comentó quien me daba la noticia, colocando como una lápida sobre su memoria: Era como el verano: no tenía día fresco. 


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