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La bicicleta de Sumji

(fragmento)

Amos Oz


Prólogo. Acerca de algunos cambios

 

En el que pueden encontrarse diversos recuerdos y reflexiones, comparaciones y conclusiones. Puedes saltártelas si así lo prefieres, y pasar directamente al capítulo primero, que es donde empieza propiamente mi historia.

 

Todo cambia. Mis amigos y conocidos, por ejemplo, cambian las cortinas de la sala como cambian de empleo, cambian de domicilio, cambian acciones ordinarias por bonos del Estado, o viceversa, y bicicletas por motos; truecan sellos, postales, monedas, los buenos días, ideas y opiniones; algunos intercambian también sonrisas.

En un barrio de Jerusalén, conocido por el nombre de Shaare Jesed vivió en un tiempo un cajero que, en el transcurso de sólo un mes, cambió de hogar, de mujer y de aspecto (se dejó crecer un gran bigote pelirrojo y patillas del mismo color), cambió de nombre propio, de apellido, cambió sus horarios de comidas y de descansos; para decirlo en pocas palabras, cambió absolutamente de todo. Un buen día cambió incluso de trabajo, se convirtió en baterista de un club nocturno y dejó su empleo en el banco (si bien no es éste, por cierto, un asunto que tenga mucho que ver con los cambios, sino más bien algo parecido a darle la vuelta a un calcetín).

Incluso, mientras nos paramos a reflexionar sobre ello, el mundo alrededor cambia sin cesar. Aunque la transparencia azul del verano aún pende sobre la tierra, aunque aún hace calor y el cielo resplandece aún sobre nuestras cabezas, con eso y con todo, cerca del atardecer se percibe una nueva tibieza: de noche llega una cierta brisa que trae consigo el aroma de las nubes. Y a medida que las hojas empiezan a enrojecer, asimismo se torna el mar un punto más azul, la tierra algo más ocre, hasta las colinas más lejanas se diría que están más lejos aún.

Todas las cosas.

Y en cuanto a mí, que tengo más o menos once años y dos meses, he cambiado por completo, cuatro o cinco veces, en el curso de un solo día. Así que ¿por dónde empezaré a contar mi historia? ¿Por el tío Zémaj o por Esti? Cualquiera de los dos serviría. Pero creo que empezaré por hablar de Esti.


1. En donde florece el amor

 

Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.

 

En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: "Esti".

A lo cual solía responder mi padre: "Anda, come y calla".

Asimismo, de noche, decían de mí: "Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua".

Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: "¡Al ladrón, al ladrón!". Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdiera en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera.

Pero, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:

El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.

La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manéra, muy malhumorado:

Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.

Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:

Si., Sumji, demuéstralo, Sumji.

Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:

¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!

Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:

"Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!"

Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: "Pero no importa. E."

Así pues, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le jalaba las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito suéter blanco a la silla con un chicle.

¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: "Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!"). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).

¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: "Piojo", o bien: "Apestas".

Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.

Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.


2. De todo corazón

En el que el tío Zémaj se luce y yo emprendo un viaje para explorar el manantial del río Zambeze, en el corazón de África.

 

El día de Shavuot, tío Zémaj vino a visitarnos desde Tel Aviv y me trajo de regalo una bicicleta. De hecho, mi cumpleaños cae entre esas dos festividades, Pésaj y Shavuot. Pero a ojos de tío Zémaj todas las fiestas más o menos son iguales, con excepción de la Fiesta del Arbol, que él trata con respeto excepcional. "Durante Januká", solía decir, "a los hijos de Israel se nos enseña a odiar a los malignos griegos. En Purim son los persas; en Pésaj odiamos a Egipto; en Lag Baomer, a Roma. El 1 de mayo nos manifestamos contra Inglaterra; el 9 de Av, contra Babilonia y Roma; el 20 de Tamuz murieron Herzl y Bialik, mientras que el 11 de Adar hemos de recordar para siempre lo que los árabes les hicieron a Trumpedor y a sus compañeros en Tel Jai. La Fiesta del Arbol es la única en que no nos hemos peleado con nadie, la única que no trae consigo duelos que recordar. Pero casi siempre llueve: adrede, por supuesto".

Mi tío Zémaj, tal como me habían explicado, era el hijo mayor del primer matrimonio de mi abuela Emilia, que después se casó con mi abuelo Isidoro. A veces, cuando se quedaba con nosotros, tío Zémaj me sacaba de la cama a las cinco de la madrugada y me incitaba con susurros a entrar a nuestras anchas en la cocina para hacernos una tortilla de dos huevos. Traía entonces una mirada jovial, maliciosa incluso, y se comportaba como si él y yo fuéramos miembros de alguna banda peligrosa, sólo temporalmente metidos al ocasional pasatiempo de hacernos unas tortillas. Pero mi familia en general tenía una opinión muy distinta del tío Zémaj. Por ejemplo:

"Ya era un pequeño estraperlista cuando tenía catorce años, en Varsovia, en el distrito Nalevki, y aquí lo tienes, de estraperlista en la calle Bugrashov, en Tel Aviv".

O bien: "No ha cambiado ni un ápice. Ni siquiera el sol se molesta en broncearle. Es como es, y no hay nada que hacer".

Pero esta última observación me resultaba estúpida y desconsiderada, e injusta también. Mi tío Zémaj no se ponía nunca moreno simplemente porque no podía, y a eso no había vuelta que darle. Si le hubieran nombrado socorrista en la playa, lo único que habrían conseguido es que se quemara en vez de ponerse moreno; habría enrojecido y empezaría a pelarse. Así es como era: un hombre todavía joven, no muy alto, y tan delgado y tan pálido que parecía hecho de papel. Tenía el pelo también blanquecino y los ojos rojos como los de un conejo.

Y, en cualquier caso, ¿qué significa estraperlista? No tenía ni la menor idea. Pero por mi cuenta lo traduje más o menos como sigue:

Que ya cuando vivía en Varsovia, tío Zémaj solía llevar una camisa y pantalones caqui, que le llegaban hasta las rodillas, y que se dormía en un santiamén con la radio puesta. Y es que no había cambiado: perseveraba en sus extraños hábitos, llevaba camisa y pantalón caqui hasta las rodillas, y se dormía con la radio puesta. Incluso aquí, en Palestina, en la calle Bugrashov, en Tel Aviv. Bien, pensé, así es: ¿y qué importa? ¿Hay algo malo en ello? Y, de todas formas, tío Zémaj vivía en la calle Grusenberg, no en la calle Bugrashov. Y a veces rompía a cantar con un vozarrón, con mugidos y rebuznos, hasta terminar por quebrársele:

Show me the way to go home...

A lo cual los demás murmuraban al unísono, muy preocupados y en yiddish, de tal manera que no podía entenderlos, pero siempre con la palabra meshuggener de por medio, y yo sabía que quería decir "loco". Pero aunque dijeran eso de tío Zémaj, a mí se me antojaba más bien —cuando rompía a cantar esta canción, u otras— no un loco, sino sencillamente un hombre triste.

Y a veces tampoco estaba triste, en absoluto: más bien al contrario, estaba jubiloso y divertido. Por ejemplo, se sentaba con mis padres y con mi tía Edna, la solterona, en nuestro balcón, a la hora del crepúsculo, y hablaba de asuntos que bajo ningún concepto debieran tratarse delante de los niños. Gangas y chollos, timos y estafas, lirot y acciones de bolsa, escándalos y adulterios en los círculos bohemios. A veces, hasta que entre todos lo acallaban de malas maneras, decía palabrotas y burradas de toda clase. "Cállate, bocón", le decían. "¿Estás chiflado o qué? El chico está oyéndolo todo, y ya no es precisamente un niño de teta."

Y los regalos que me traía. Siempre se las arreglaba para traerme los regalos más sorprendentes, e inverosímiles incluso. Una vez me trajo un álbum de sellos chino que, al abrirlo, emitía un gorjeo. Otra vez, un juego como el Monopolio, sólo que en turco. Otra, una pistola que disparaba un chorro de agua a la cara del enemigo. Y otra vez me trajo un pequeño acuario con una pareja de peces que nadaban en círculos, sólo que al final resultaron no ser una pareja sino, sin lugar a dudas, machos los dos. Otra vez me trajo una ballesta. ("¿Estás loco, Zémaj? El chico va a sacarle el ojo a alguien con semejante barbaridad, válgame el cielo.") Y un fin de semana de invierno me dio un billete de banco nazi; ningún chico de la vecindad tenía nada parecido. ("Esta vez, Zémaj, sí que te has pasado.") Y en la noche de Séder me regaló una jaula con seis ratones blancos. ("¿Y qué más vas a traerle al chico? ¿Serpientes? ¿Escarabajos? ¿O cucarachas tal vez?").

En esta ocasión, tío Zémaj señaló la fiesta de Shavuot viniendo desde la estación del autobús de Egged, por la carretera de Yafo, hasta el jardín de casa, en una bicicleta Raleigh de segunda mano; no le faltaba un solo accesorio: tenía timbre, un faro, una parrilla y también un reflector en la rueda de atrás; sólo le faltaba la barra que une el sillín con el manillar. Pero al contemplarla otra vez, desbordado de alegría, pasé por alto la gravedad de la falta.

Realmente —dijo madre—, esto es excesivo, Zémaj. El chico sólo tiene once años. ¿Qué te propones regalarle por su Bar Mitzvá?

Un camello— respondió tío Zémaj al punto, y con tal aire de indiferencia que debía de haberse preparado la respuesta durante todo el viaje.

—¿Serviría de algo —dijo padre— que reparases al menos una sola vez en los efectos qué todo esto tiene en su educación? En serio, Zémaj, ¿a qué conduce todo esto?

No esperé a que tío Zémaj contestara. Ni me importaba tampoco lo más mínimo a dónde condujeran las cosas. Loco de orgullo y de alegría galopé en mi bicicleta hacia mi escondrijo, tras de la casa. Y allí, en donde nadie podía verme, besé el manillar, y luego me besé el dorso de las manos una y otra vez, y en un susurro tan alto que parecía un grito, salmodié: "Bendito sea Dios Todopoderoso, bendito sea Dios Todopoderoso, BENDITO SEA DIOS TODOPODEROSO". Y después, en un profundo, salvaje bramido que salió de las honduras de mi ser: "HIMALAYA".

Dicho esto, apoyé la bicicleta contra un árbol e hice una cabriola saltando por el aire. Sólo en ese preciso momento, cuando me hube calmado un poco, percibí la presencia de mi padre. Estaba en una ventana, sobre mi cabeza, y me miró en silencio hasta que hube terminado. Entonces me dijo:

De acuerdo. Así sea. Todo lo que te pido es un pequeño acuerdo. Montarás tu nueva bicicleta, como mucho, hora y media cada día. Nada más. Conducirás siempre por tu derecha, tanto si hay tráfico como si no. Y nunca irás más allá de los límites marcados por las siguientes calles: Malaquías, Sofonías, Zacarías, Abdías y Amós. No entrarás nunca en la calle Gueulá, pues está siempre que rebosa de tráfico, con las idas y venidas de los ingleses de los barracones Scheneller; tanto si están embriagados como si son enemigos de Israel, o ambas cosas, eso es lo de menos. Y en todos los cruces usa un poco tu inteligencia, por favor.

Sobre las alas de las águilas —dijo tío Zémaj.

Y mi madre añadió:

-Sí, pero con cuidado.

Yo dije:

—De acuerdo, hasta luego —pero cuando ya me había alejado de ellos me volví para decirles—: No se preocupen —y salí pedaleando a la calle.

Cómo se me quedaron mirando entonces los chicos de la vecindad: los compañeros de clase, los grandulones y los pequeños como yo. También yo los miraba, pero de reojo, de manera que no se dieran cuenta, y vi en ellos envidia, la burla y la malicia. Pero... ¿a mí qué? Muy despacio, con toda intención, pasé por delante de ellos, no sobre la bicicleta, sino empujándola con una mano, justo delante de sus narices, con una expresión pensativa, presumida incluso, como si preguntara:

"Pero, ¿qué les pasa? No es más que una bici Raleigh. Desde luego, por mí, pueden hacer lo que se les dé su real gana. Pueden ponerse a aplaudir ahora mismo, eso es cosa suya. No tiene nada que ver conmigo".

Eli Weingarten, quién iba a ser si no, no pudo estarse callado un momento más. Abrió la boca y dijo muy fríamente, como un científico que de repente identificase algún extraño lagarto recién descubierto en medio del campo:

Miren esto. Han ido a comprarle a Sumji una bicicleta de chica, sin barra.

—A lo mejor a la próxima le compran un vestido de fiesta —dijo BarKojba Sujovolsky. Ni siquiera se molestó en mirarme, ni dejó de echar al aire una vez y otra, con destreza, dos monedas de plata al mismo tiempo.

Una cinta rosa para el pelo le quedaría muy bien a Sumji —esta vez era la voz de Tarzán Bamberger.

Y él y Esti pueden hacer buenas migas —BarKojba otra vez.

Sólo que Esti ya lleva sujetador, y a Sumji aún no le hace falta —Eli Weingarten, el muy canalla.

Ya basta. Ya basta, decidí. Ha sido más que suficiente. Ya estuvo bien.

No empecé a insultarles ni les amenacé con partirles la cabeza. En cambio, les hice el mismo gesto grosero con el pulgar de la mano izquierda que hacía tío Zémaj cada vez que el nombre del ministro británico de Asuntos Exteriores, Bevin, era pronunciado en su presencia; a continuación, les di la espalda y me marché en mi bicicleta por la calle Sofonías.

Que dijeran lo que quisiesen.

Que se partieran en un millón de pedazos.

A mí, ¿qué me importaba?

Por principio, nunca soy yo quien empieza una pelea con muchachos más débiles que yo. Y, a la vez, ¿qué tenía que ver Esti en toda esta historia? ¿Qué les hizo pensar en Esti? Daba igual. Era todavía de día. Iba a salir en mi bicicleta rumbo a lejanos lugares, hacia el sur, por la carretera de Katamon y Talpiot, y más lejos aún, pasando por Belén, el Hebrón y Beersheva, hasta los desiertos del Neguev y el Sinaí, en dirección al centro de Africa, para combatir allí solo contra un puñado de salvajes sedientos de sangre.

Pero apenas había alcanzado el final de la calle Sofonías cuando empecé a preguntarme: "¿Por qué me odian tanto esos pedazos de cabrones?". Y de pronto supe en lo más hondo de mi corazón que era tan culpa mía como suya. Me sentí aliviado por un momento. Después de todo, la capacidad de ser misericorde hasta con el peor de los enemigos es el sello distintivo de un alma noble y generosa. No habría fuerza en el mundo capaz de acobardar a semejante hombre; ningún obstáculo le impediría viajar a los más lejanos confines, a las tierras desconocidas. Iría a consultar con Aldo, nada más que un minuto, antes de proseguir mi viaje rumbo a Africa.


3. ¿Quién ha de ascender a la colina del Señor?

En el que se dan por concluidas las negociaciones, se firma un contrato y se discute buena cantidad de planes, así como se habla de lejanas tierras en las que el hombre blanco no ha puesto el pie.

En la penúltima casa de la calle Sofonías vivía mi amigo, Aldo Castelnuovo, cuyo padre era famoso por los trucos que sabía hacer con naipes y fósforos; además, tenía en propiedad una agencia de viajes, El Orient Express. Yo sabía que, de todas las personas del mundo, Aldo tenía que ver mi bicicleta. Era lo único que sus padres no le habían comprado, pues le habían regalado ya casi todo lo demás. No le dejaban andar en bicicleta por los diversos peligros que lleva consigo y, en concreto, porque podía entorpecer el progreso que Aldo llevaba hecho en el violín. Por esta razón le pegué un silbido, furtivamente, desde fuera de su casa. Cuando apareció, Aldo se hizo cargo de la situación al momento, se las arregló para pasar la bici de contrabando, sin que nadie se diera cuenta, y la guardamos en el cobertizo del jardín sin que su madre recelara.

Después entramos en la casa y nos encerramos en la biblioteca de su padre (el profesor Emilio Castelnuovo, que había ido a El Cairo en viaje de negocios y no regresaría antes de tres o cuatro días). Al entrar me saludó, como de costumbre, un olor lúgubre y atractivo a la vez, fabricado de secretos a media voz, de carpetas acolchadas, de intrigas cautelosas y de mobiliario de cuero, de susurros ilícitos y de largos viajes. Durante todo el día, durante todo el verano, las contraventanas de la biblioteca permanecían cerradas para impedir que la luz desgastara las encuadernaciones de cuero y sus hermosos lomos cubiertos de letras doradas.

Sacamos el enorme atlas alemán y trazamos con sumo cuidado todas las rutas posibles en el mapa de Africa. La madre de Aldo nos mandó a Luisa, la chacha armenia, con una bandeja llena de nueces, cacahuates y almendras, amén de avellanas y pepitas de girasol, y unos delicados vasos azules llenos de jugo de naranja, que todavía rezumaban una especie de sudorcillo de lo frío que estaba.

Una vez que dimos buena cuenta de los cacahuates y las almendras, y empezamos con las pépitas, la conversación giró hacia la cuestión de las bicicletas en general y de la mía en particular. Si Aldo pudiera tener en secreto su propia bicicleta sería posible, convinimos, mantenerla oculta a los ojos de todos los sospechosos, guardada en su cobertizo, que nadie usaba para nada, y entonces, los sábados por la mañana bien temprano, mientras sus padres estuviesen aún dormidos, le sería fácil sacarla sin que nadie se enterase; nada le impediría montar en ella e ir al fin del mundo.

Le di mi experta opinión acerca de mil y un detalles importantes, así como mi aprobación o mi condena de acuerdo con mis opiniones. Hablamos de bombas de inflar, de válvulas normales y de válvulas de seguridad; de las baterías en comparación con las dinamos, de los frenos manuales —que, si se accionaran al ir a velocidad, te mandarían volando por los aires— en comparación con los frenos de pedal —úsalos en una cuesta abajo y ya puedes prepararte y decir tus oraciones—; de parrillas normales y de parrillas de muelle; de faros y reflectores, y etcétera, etcétera. Más tarde volvimos al tema de los zulúes y los bosquimanos y los hotentotes, de lo que tenían en común estas tribus y de las diferencias de cada cual, y discutimos también acerca de la peligrosidad de todas ellas. Hablé con avidez del terrible Mandi de Jartum, la ciudad más importante de Sudán; del verdadero Tarzán, del auténtico, el de las selvas de Tanganika, a través de las cuales tendría que pasar en mi viaje hacia el manantial del río Zambeze, en la tierra de ObanguiShari. Pero Aldo ya no me escuchaba. Se encontraba a años luz de todo aquello, sumido en sus propios pensamientos, y parecía ponerse más y más nervioso a cada minuto que pasaba. De repente me cortó y estalló con una voz aguda y temblorosa:

¡Ven! ¡Vamos a mi cuarto! Te voy a enseñar algo mejor que todo lo que has soñado en tu vida.

De acuerdo, pero tiene que ser deprisa —le pedí—. Tengo que empezar hoy mismo mi viaje.

Así que le seguí. Llegar a la habitación de Aldo significaba atravesar casi por completo, y a lo largo, la casa de los Castelnuovo. Era muy, muy grande, con todas sus alfombras y cortinas limpias de la menor de las manchas, dispuestas como para producir una débil impresión de lobreguez a la par que un toque exótico. En el gabinete, por ejemplo, había un enorme reloj de pesas con las manecillas de oro y grandes letras hebreas, mayúsculas, en vez de números. Había armarios bajos a lo largo de las paredes y, encima, hileras e hileras de pequeñas antigüedades de madera o de plata maciza. Había incluso un cocodrilo de plata, cuya cola no era una cola normal, pues funcionaba de palanca. Si tirabas suavemente de ella y la bajabas después, el cocodrilo partía nueces entre las mandíbulas, para deleite de los invitados. Más aún, la puerta que comunicaba la despensa con el comedor alargado estaba guardada de un modo más bien siniestro, día y noche, por Cesario, un perrazo lanudo relleno de algas secas, que te miraba ceñudo con los botones negros que tenía en vez de ojos.

En el propio comedor había una mesa de caoba descomunal, que llevaba una especie de calcetín en cada pata. Y en la pared, con letras sobredoradas, podía leerse la siguiente inscripción: "Quién ha de ascender a la colina del Señor? ¿Quién ha de pisar Su Santo Lugar?". La respuesta: "Quien tenga las manos limpias y puro el corazón", que funcionaba a modo de lema de la familia Castelnuovo, se encontraba en la pared de enfrente aureolando el blasón familiar: una sola gacela azul, y en cada uno de sus cuernos la estrella de David.

Saliendo por una puerta acristalada se llegaba a una pequeña estancia llamada la "Sala de Fumar". Un cuadro enorme ocultaba por completo una de las paredes. Mostraba a una mujer con un delicado vestido de muselina y un velo de, seda que le cubría todo el rostro, salvo dos ojos negrísimos, que con una pálida mano daba a un mendigo una moneda de oro, tan brillante y resplandeciente que desparramaba chispas en todas direcciones, como las de una hoguera. El mendigo, sin embargo, ni se inmutaba: continuaba allí sentado plácidamente. Llevaba un capote blanco, limpio; también su barba era blanca y tenía cerrados los ojos, y el rostro radiante de felicidad. Bajo el cuadro, en una pequeña placa de bronce, había grabada una sola palabra: CARIDAD.

Cuántas veces y cuán a menudo me maravillaba yo en esa casa. Ante Luisa, por ejemplo, la chacha armenia que cuidaba de Aldo; era una muchacha morena y muy bien educada, de dieciséis o diecisiete años, a quien nunca vi sin un delantal blanco, inmaculado, sobre su vestido azul: tanto el vestido como el delantal parecían estar siempre recién planchados. Hablaba en italiano con Aldo, y obedecía sus órdenes sin rechistar. También conmigo se mostraba extremadamente gentil, y me llamaba "el joven caballero", en un hebreo extrañísimo, casi de ensueño, hasta el punto que a mí mismo me parecía ser un auténtico joven caballero. Podría ser la hija de la dama del cuadro; si no, ¿por qué existía entre ellas ese parecido? Entonces, ¿era CARIDAD el nombre del cuadro o el nombre de la mujer? ¿O tal vez el nombre del pintor que lo había hecho? Nuestra profesora en segundo se llamaba Margolit Caridad. Fue ella quien dio a Aldo su nombre hebreo de "Aided". Pero, ¿quién sería capaz de dar un nombre como Aided a un chico en cuya casa había una sala reservada sólo para fumar?

(El piso de mis padres, con dos habitaciones y cocina separadas por un pasillo bien corto, tenía solamente mesas de madera y sillas de enea. Las anémonas o los brotes de almendro florecían por primavera en tarros de yogur, mientras que en verano y otoño los mismos tarros albergaban ramas tiernas de mirto. El cuadro que había en la pared más grande mostraba a un explorador que llevaba un azadón y que, sin razón alguna que pudiera adivinarse, miraba hacia una hilera de cipreses.)

En el extremo más alejado de la sala de fumar se abría una extraña puerta baja. Pasamos por ella y bajamos cinco escalones para entrar en el ala de la casa en que estaba la habitación de Aldo. Su ventana daba sobre los apiñados tejados del barrio de Meah Shearim; tras ellos, al este, se alzaban las torres de las iglesias y, al fondo, las montañas.

—Ahora —dijo Aldo como si estuviera a punto de hacer magia—, échale un vistazo a esto.

Y entonces se inclinó y empezó a sacar de una caja grande, brillante, con dibujos de colores, segmentos de una pista de ferrocarril, varias estaciones y un ferroviario de latón. A esto siguieron una locomotora azul maravillosa y unos cuantos vagones rojos. Luego nos echamos en el suelo y empezamos a empalmar los trozos de vía, el sistema de señales y el resto del escenario. (Estaba hecho también de latón brillante: colinas y puentes, lagos y túneles; había unas cuantas vacas pintadas sobre la hierba, que pastaban pacíficamente a ambos lados de las vías).

Y cuando por fin todo estuvo listo, Aldo conectó el enchufe y todo aquel mundo encantado cobró vida. Arrancaron los motores, silbaron las sirenas, los convoyes traquetearon ruidosamente por las vías, se levantaron las barreras y volvieron a bajarse, se encendieron las señales intermitentes en los cruces y en las bifurcaciones, los trenes de mercancías y los de viajeros intercambiaron silbidos a manera de saludos; se adelantaban unos a otros por vías paralelas, magia sobre magia, encantamiento sobre encantamiento.

—Esto —dijo Aldo con una mueca de ligero desdén— es un regalo de mi padrino, maestro Enrico. Ahora es el virrey de Venezuela. Yo callé amedrentado, pero en el fondo estaba pensando:

"Dios Todopoderoso. Señor del Universo."

—Para mí —dijo Aldo con indiferencia—, todo el invento éste es un tanto aburrido, además de una pérdida de tiempo. Lo que es yo, prefiero hoy por hoy tocar el violín antes que jugar con estos juguetes. Así que puedes quedártelo, si es que todavía juegas con estas chiquilladas.

"Aleluya, aleluya", cantó mi alma en mi pecho. Pero no dije nada.

—Claro que... —precisó Aldo— Claro que no como regalo. Como trueque. Te lo cambio por la bicicleta. ¿Aceptas?

"¡Uau!", pensé. "¡Uau! ¡Vaya que sí!". Pero dije en cambio:

—De acuerdo. Trato hecho. ¿Por qué no?

—Claro que... —siguió Aldo—. Claro que no todo entero. Sólo una parte a cambio de tu bici: una locomotora, cinco vagones y tres metros de vías curvas. Después de todo, tu bici no tiene barra. Lo que voy a hacer ahora mismo es coger un contrato en blanco del cajón de mi padre, y si no has cambiado de idea (y aún estás a tiempo y tienes todo el derecho), podemos firmarlo y darnos la mano. Mientras tanto, puedes ir eligiendo las vías y los vagones que hemos acordado, además de una locomotora, de las pequeñas, claro, no la grande. Vuelvo en un momento. Chao.

Pero yo no le escuchaba; no era capaz de oír otra cosa que mi corazón al galope tendido, dentro de mi pecho, que vociferaba: "Zapato, zapato, zapatito, zapatón" (una estúpida canción que todo el mundo tarareaba por entonces).

En un abrir y cerrar de ojos firmamos el contrato y dejé la casa de los Castelnuovo; salí a la calle Sofonías como sale un tren de un túnel, con una caja de zapatos atada con una cinta azul apretada contra el pecho. A juzgar por la luz y la frescura del aire, faltaría una media hora para el atardecer y la hora de la cena. Instalaría el tren, pensé, en elpaisaje silvestre e indómito de nuestro jardín. Cavaría un canalillo lleno de curvas, pensé, y lo llenaría de agua; haría que el ferrocarril lo cruzase por el puente. Haría elevaciones y colinas y valles, abriría un túnel por entre las raíces de la figura, y de allí mi ferrocarril se abriría paso por la misma selva, camino de los yermos del Sahara y más allá aún, en dirección al manantial del río Zambeze, enclavado en la tierra de ObanguiShari, a través de los desiertos y las junglas impenetrables en los que el hombre blanco no había dejado todavía su huella.


4. La bolsa o la vida

En donde nos enfrentamos con un viejo enemigo, un adversario astuto y duro de pelar, que no se detiene ante nada. Para evitar un derramamiento de sangre innecesario, nos vimos obligados a abrirnos camino por una espesa madeja de intrigas, e incluso a domeñar a una bestezuela salvaje.

 

A juzgar por la luz difusa y por el aire frío, la noche y la hora de la cena estaban por caer. En la esquina con la calle Jonás me detuve un instante a leer una pintada que había en la pared. Dos mañanas atrás estaba vacía, pero allí había, en pintura negra, una fiera consigna contra los ingleses y David Ben Gurión. Era una consigna tan tonta, tan irritante, que incluso la falta de ortografía resultaba chocante:

¡Lárguense a Ingleterra! ¡Saquen a Ben Gurión!

Identifiqué al autor de inmediato: Goel. Por algo no era ésa una de las consignas que usaba la resistencia. Tenía que ser obra del mismísimo Goel Germansky. Y en cuanto lo supe, saqué una libreta y un lápiz y me dispuse a copiar la pintada. Tengo que tomar nota de cosas como ésta, ya que voy a ser poeta cuando sea mayor.

Todavía estaba allí de pie, escribiendo, cuando apareció el propio Goel. Grande y silencioso, se acercó hasta mí, moviéndose con la misma precisión de un lobo en pleno bosque. Me cogió por los hombros con sus manazas y no me soltó. No intenté zafarme. De entrada, y por principio, no me meto en peleas con chicos más fuertes que yo. Además, no había olvidado ni por un instante que tenía entre las manos mi tren, mi posesión más preciada, en una caja. Por tanto, tenía que andarme con mucho cuidado.

Goel Germansky era el golfo de la clase, el golfo de la vecindad, si así puede decirse. Era muy robusto y musculoso, y era hijo del director del colegio. Su madre, se rumoraba, "trabajaba en Haifa para los franceses". Desde la paliza que sufrimos en Purim a manos de los del barrio de los bújaros, habíamos sido enemigos Goel y yo. Por aquel entonces hablábamos uno con el otro, incluso discutíamos nuestra derrota, pero usando siempre la tercera persona. Y en caso de ver a Goel con su ominosa sonrisa, ya me las arreglaría para ir por la otra acera, pues la soñrisa de Goel significaba aproximadamente:

"Todos, menos tú, saben perfectamente que algo muy desagradable está a punto de ocurrirte; enseguida vas a enterarte tú también; los demás vamos a reírnos sin parar, mientras tú, si te ríes, será por no llorar".

Entretanto, Goel me había aferrado por los hombros y me preguntaba:

—Bueno, y ¿en qué consiste su jueguecito?

—Déjeme en paz, por favor —le rogué amablemente—. Ya es tarde, y se supone que tengo que estar a estas horas en casa.

—Sólo es eso? —preguntó Goel al tiempo que me soltaba. Pero no dejó de mirarme con suspicacia, como si yo hubiese dicho algo sorprendentemente astuto; estaba claro que, si me quedaba alguna esperanza de engañar al mismísimo Goel Germansky, más valía que se me ocurriese algo distinto, y rápido.

Entonces añadió con toda tranquilidad:

—Así que quiere irse a casa, ¿eh?

Por su manera de decirlo, no cabía la menor duda. Fue corno si señalara algún aspecto desagradable de mi carácter que acabase de descubrir en aquel preciso instante, y que le molestase y le apenase.

—Ya llego tarde —expliqué con toda gentileza.

—Escuchen lo que dice —dijo Goel de cara a un público invisible—. Así que llega tarde, ¿eh? Así que quiere irse a casa a todo correr, ¿eh? No es más que un sucio espía británico. Pero sucede que lo acabamos de capturar, a él junto con su informe. Y esta vez lo hemos pillado en serio.

—Para empezar —intenté corregirle con toda precaución y con el corazón a todo latir bajo la camisa—, para empezar no soy ningún espía.

—¿Cómo que no? —me espetó Goel, amistoso a la par que malévolo—. Entonces, ¿cómo se explica que estuviera copiando esa pintada?

—Qué tiene que ver eso? —le pregunté. Y, con un golpe de coraje, añadí—: La calle no le pertenece. La calle es propiedad pública.

Eso es lo que él cree —explicó Goel con paciencia de maestro de escuela—, eso es lo que él cree. Porque ahora mismo va a abrir ese paquete para que le echemos un vistazo.

—No.

—Abralo.

—No.

—Por tercera y última vez. Va a abrirlo ahora mismo. Al menos, si sabe lo que es bueno, ese Sumji. Ese esquirol, ese sucio espía británico. Va a abrirlo y además deprisa; si no, voy a darle un buen golpe ahora mismo.

Así que deshice el lazo azul, quité el envoltorio y le mostré a Goel Germansky mi tren en todo su esplendor. Tras un breve y reverencioso silencio, dijo:

—¿Y va a decirme que eso es todo lo que le ha sacado al sargento Dunlop? ¿Nada más que eso a cambio de la información?

—No soy un chivato. A veces le enseño un poco de hebreo al sargento Dunlop, y él me enseña inglés a cambio. Eso es todo; no soy un chivato.

—Y entonces, ¿de dónde sale el tren? ¿]De dónde lo ha sacado? Supongo que a ese conocido benefactor suyo le ha dado por pasarles mercancía a los pobres.

—Eso no es asunto suyo —dije heroicamente en el silencio que siguió.

Como respuesta, Goel Germansky me cogió por la camisa y me zarandeó contra la verja dos o tres veces. No lo hizo con brutalidad, sino más bien delicadamente: bien habría podido ser yo un abrigo que sacudiera él para quitarle el polvo y el olor de alcanfor.

Y una vez que hubo acabado, inquirió con ansiedad, como si le preocupara mi bienestar:

—Quizá ahora esté listo para una pequeña charla, ¿no?

—De acuerdo —dije—. De acuerdo, de acuerdo. Pero tiene que soltarme. Lo cambié, si eso es lo que quería saber.

—¿No me estará mintiendo por casualidad? —Goel de repente pareció albergar sospechas. Llevaba puesta una expresión de profundísima preocupación moral.

—Se lo juro. Es verdad —dije—. Se lo cambié a Aldo. Hasta tengo en el bolsillo un contrato que lo prueba. Puede leerlo por sí mismo. Lo cambié por la bici que me regaló tío Zémaj.

—Una bici de chica.

—Con faro y dinamo —insistí.

—Aldo Castelnuovo? —preguntó Goel.

—Sí, en un trueque —dije—. Aquí está el contrato.

—Bien —dijo Goel. Y a continuación lo miró pensativo. Estuvimos un buen rato en silencio. En el cielo y afuera, en el patio, aún había luz diurna. Pero podía olerse cómo se aproximaba la noche. Al fin, Goel rompió el silencio.

—De acuerdo —dijo—, ha hecho un trueque. Pues aquí tiene otro, si es que le apetece. Pssst, Kíper. Aquí: siéntate. Eso es; así me gusta. Buen perro. Sí que lo eres. Este es Kíper, hará mejor si le echa un vistazo antes de decidirse. Hoy día no quedan perros como éste. Ni siquiera por cincuenta libras; ya lo creo que no. Hoy no venden perros con un pedigrí como el suyo. Su padre pertenece al rey Faruk de Egipto; su madre, a Ester Williams, la de las películas.

Con el agudo silbido de Goel, y nada más oír el nombre de Kíper, un alsaciano muy joven y avispado salió comouna flecha del patio más cercano y empezó a hacer cabriolas en torno a nosotros, a jadear y gruñir, a saltar y brincar y danzar lleno de felicidad, exultante de excitación; al ser casi un cachorro movía todos los cuartos traseros en vez del rabo solamente. Se acurrucaba contra Goel como si quisiera incrustársele; suplicaba su atención, suplicaba quedarse con él para siempre; buscaba congraciarse con él, no hacía más que suplicarle; se le apoyaba encima, con las patas temblando de contento, con centellas de amor lobuno danzándole en los ojos. Al final, estaba completamente de pie sobre las patas traseras, arañaba el estómago de Goel con toda su fuerza, hasta que de repente éste le atajó, con un "¡Ya basta! ¡Siéntate!", seco y lleno de autoridad.

Al punto, todo aquel amoroso desmán se detuvo abruptamente. Su actitud cambió por completo. Se sentó, con la cola enrollada en torno y una expresión pensativa, presumida casi, en la cara. Mantuvo la espalda, la cabeza, el morro tan tensos como si sostuviera en equilibrio un chelín sobre la punta de su nariz. Tenía prietas las orejas peludas. Estaba envuelto en tal seriedad y humildad, parecía de tal manera un chico recién llegado, inmigrante, que intenta agradar por todos los medios, que resultaba punto menos que imposible no echarse a reír a carcajadas.

—Muere —dijo Goel arisco.

Al instante, Kíper se postró a sus pies y metió la cabeza entre las patas para mostrar entera sumisión. Su aflicción era tan delicada como la de un poeta. Su cola yacía inmóvil, le colgaban lacias las orejas, parecía incluso haber dejado de respirar. Ni siquiera cuando Goel arrancó una ramita de una morera que había tras de la verja, Kíper no se movió un solo ápice; no parpadeó siquiera. Solamente el más débil de los temblores pudo percibirse a lo largo de su lomo, erizándole ligeramente su pelambre gris castaño.

Pero cuando, de repente, Goel arrojó el palo a lo lejos y gritó: "Cógelo", con voz severa, el perro saltó como un muelle —no, más bien como un chasquido de chispas al restallar un leño en la hoguera— y hendió el aire describiendo cuatro o cinco arcos en él, como si en su furia le hubieran nacido alas invisibles. Abrió su mandíbula lobuna vi de refilón una lengua entre negra y roja, y unos dientes blancos y afilados para matar—, y al momento siguiente volvía con el encargo cumplido y posaba el palo a los pies de su amo. Luego se tumbó él también, con muda, incluso esclava sumisión, como si quisiera confesar que no estaba preparado para nada, de manera que tampoco exigía nada, excepto cumplir sus obligaciones, naturalmente, a cambio de una breve caricia, ¿verdad que sí?

—Eso es lo que hay —dijo Goel.

Entretanto, el perro alzó la cabeza y le miró con los ojos llenos de ganas de más y de un inmenso amor fiel, que parecían preguntar: "¿Soy un buen perro?".

—Si. —dijo Goel—. Sí, un perro magnífico. Pero ahora vas a cambiar de amo. Y si no trata bien a Kíper —aunque Goel se dirigía a mí, todavía no me miraba—, si no trata bien a Kíper, lo mataré sin pensarlo dos veces, lo mataré. ¿Entendido, Sumji?

Dijo esto último en un amenazador susurro, con un rápido movimiento de cabeza que la situó a un palmo de la mía.

—¿Yo? —pregunté, pues apenas podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Si, él —dijo Goel—. Va a quedarse a Kíper desde ahora; así sabré con toda certeza que no es un chivato.

El perro aún era cachorro, aunque ya no pequeño ni indefenso. Obedecerá mi voz, pensé. Vaya que sí. Y lo convertiré en un auténtico lobo, en un lobo verdaderamente fiero.

—¿Ha leído alguna vez El sabueso de los Baskerville? preguntó Goel.

—Claro que sí —dije—. Por lo menos dos o tres veces.

—Estupendo. Entonces es mejor que sepa que este perro está también adiestrado para desgarrar gargantas. Basta con decir una sola palabra. Y esa palabra es el nombre del rey de Inglaterra; no lo diré, pues empezaría a atacar a alguien ahora mismo.

—Desde luego —dije.

—Pero, por encima de todo, es capaz de llevar mensajes allí donde se le ordene. Y de seguir la pista de un sospechoso nada más que con olerle un calcetín —añadió Goel. Y tras una breve pausa, como si tuviese que tomar una difícil y dolorosa decisión, murmuró—: Bueno. De acuerdo. El se queda con Kíper. Como intercambio, como trueque. Gratis, no. A cambio del tren.

—Pero...

—Y si no lo hace así, dejaré que toda la clase lea el poema de amor que le escribió,a Esti Inbar en el cuaderno negro que Aldo le robó del bolsillo de la cazadora en el bosque de Tel Arza.

—Cabronazos —espeté a media voz, con los dientes apretados—. Cabronazos despreciables —"despreciable" era una palabra aprendida de tío Zémaj.

Goel consideró preferible ignorar esos epítetos y conservar el buen humor.

Pero que me deje terminar antes de empezar a maldecirme. Que deje hablar a los demás. Que mantenga la calma. No tendrá a cambio solamente a Kíper, sino que además recuperará el cuaderno negro, podrá formar parte de los Vengadores y yo haré las paces con él. Sólo tiene que pensarlo un poco y decidir qué le conviene.

En ese preciso instante una deliciosa bruma se extendió por mi cuerpo. La excitación me golpeó suavemente la espalda; algo pareció derretírseme en la garganta y las rodillas me temblaron de puro deleite.

—Un momento —protesté al ver que Goel empezaba a desatar la cinta azul de la caja para fabricar una correa para Kíper—. Un momento, espera un momento.

—Aquí tienes, Sumji —ciertamente, Goel se había dirigido a mí en segunda persona, como si de nuevo fuéramos amigos, como si nada hubiera ocurrido durante Purim, en la batalla contra el barrio de los bújaros, como si de súbito fuese yo igual que cualquier otro.

—Aquí lo tienes. Agárralo. Sólo tienes que mostrarte firme. Puede que al principio intente escaparse, hasta que se acostumbre a ti. Hasta que así sea, no lo sueltes. Dentro de pocos días hará cualquier cosa que tú le ordenes. Y hazme un favor: trátale como se merece. Ah, y mañana a las tres ven al escondite del tejado de la casa de Tarzán Bamberger. En las escaleras tendrás que decirle a BarKojba la contraseña: "Lirio del Valle", y esperar a que él responda: "Rosa de Sharon"; luego le dices: "Ríos de Egipto", y te dejará pasar. Esta es la contraseña de los Vengadores. Luego te tomaremos juramento y podrás recuperar el cuaderno con los poemas de los que te hablaba antes; olvidaré de qué trataban. Eso es todo. Ven mañana a eso de las tres. Anda, Kíper; vete con Sumji. Vete; tira de él, Sumji. Tira fuerte, así. Adiós.

—Adiós, Goel —contesté como de verdad fuera igual a los demás, aunque, dentro de mi cabeza, mi alma no parase de cantar una y otra vez como cualquier pájaro enloquecido: "Tengo un lobo, tengo un lobo, tengo un lobezno para desgarrar gargantas". Me hizo falta toda la fuerza que pude para conseguir que mi lobezno me siguiera. Clavaba las garras en las rendijas de la acera, protestaba contra su desdicha con patéticos gemidos que le sobrepasaban, que no podía dominar. Así que no hice ni caso. Continué tirando de la correa. Tiraba y caminaba y caminaba y tiraba mientras mi espíritu era transportado lejos, muy lejos, a las enmarañadas selvas y junglas impenetrables en donde, rodeado, aguantaba con bravura y sin esperanza contra un puñado de caníbales que no paraban de aullar, pintarrajeados de guerra y blandiendo jabalinas y lanzas. Solo y desarmado, me estrellaba contra todos los rincones: en cada uno de ellos me encontraba con las manos desnudas, mientras una hueste de los otros se revolvía en derredor. Mis fuerzas ya empezaban a decaer. Pero entonces, justo cuando mis enemigos cerraban el círculo con gritos de júbilo, con el resplandor blanco de sus dientes, solté un silbido breve y cortante. De la espesura surgió mi lobo particular, amenazante, inmisericorde, sajando sus gaznates con sus crueles colmillos, hasta que mis enemigos se escabulleron en todas direcciones, chillando de puro miedo. Luego searrojó a mis pies y allí permaneció acurrucado, mirándome con amor y deseoso de decir: "¿Soy un buen perro?".

—Sí, muy bueno —dije. Pero en lo más hondo de mi corazón pensé: esto es la felicidad, y así es la vida. Aquí hay amor, y aquí estoy yo.

Y después cayó la oscuridad y continuamos nuestro camino a través de la tenebrosa jungla, rumbo al manantial del río Zambeze, en plena tierra de ObanguiShari, allí donde no ha hollado el hombre blanco, allí a donde se dirige mi corazón.

 

 

5. Al cuerno con todo

En el que el rey Saúl pierde los asnos de su padre y luego encuentra un reino; y en el que también nosotros perdemos y encontramos; y en el que la noche desciende sobre Jerusalén y se alcanza una decisión funesta.

La calle estaba ya oscura y se hacía tarde. No sé cómo me las arreglé para arrastrar al lobezno que obtuve de Goel Germansky a cambio de un tren de juguete hasta el cruce de las calles Sofonías y Malaquías. Pero allí, justo al lado del buzón, que está incrustado en una pared de cemento, pintado de rojo brillante, coronado por una cruz bajo la cual figuran en inglés las iniciales del rey Jorge, el perro decidió que ya estaba bien. Tiró tan fuerte, tal vez al oír algún silbido que escapara a mis oídos, que rompió la correa que Goel Germansky había improvisado con la cinta azul, y se libró. Luego cruzó la calle a gran velocidad, con el rabo entre las piernas y el hocico pegado al suelo, con aspecto muy furtivo, casi de reptil. Acto seguido, siguió arrastrándose y manteniéndose a cierta distancia de mí, como si admitiese que su conducta había sido indigna. Con todo, parecía decir en defensa propia:

—Así son las cosas, muchacho. Mucho me temo que así es la vida.

Y desapareció de mi vista; se desvaneció en la oscuridad de uno de los patios.

Cayó la noche.

De manera que aquel mal perro regresó junto a su verdadero amo. Y a mí, ¿qué me quedaba? Nada más que un pedazo de cinta azul que Aldo Castelnuovo había atado alrededor de la caja que contenía el tren, y que Goel Germansky había convertido en correa para su perro. Dicho de otro modo, me quedé con las manos vacías, y bastante solo, por cierto. Pero así era la vida.

Para entonces ya había llegado a la Sinagoga de la Fe (que era mi atajo de vuelta a casa, por donde la carnicería de los Bamberger). No me apresuré. Ya no tenía ningún motivo para darme prisa. Al contrario, me senté sobre un cajón y me puse a escuchar los sonidos que me rodeaban; me puse a pensar. En derredor fluían la tibieza y la paz de la noche temprana. Oí el rumor de las radios por las ventanas entreabiertas, el sonido de las voces, que reían o regañaban. Puesto que a nadie le importaba ya qué me ocurriera —ni en ese instante ni durante el resto de mis días—, a mí no me importaba tampoco qué les ocurriera a los otros. Sin embargo, a pesar de todo, sentí pena en ese momento, porque en el mundo todas las cosas continuaban cambiando y nada permanecía igual, y pena también de que aquella noche nunca fuera a regresar, pese a no tener motivos para amar aquella noche. Al contrario, más bien. Con todo, sentía tristeza por todo lo que fue y ya no sería una segunda vez. Y me pregunté si no existiría un lugar lejano en alguna parte del mundo, tal vez en la tierra de ObanguiShari, o entre las montañas delHimalaya, en donde fuera posible ordenar al tiempo que dejase de transcurrir y a la luz que no continuara cambiando, tal como lo hiciera Josué, hijo de Numa, en el Libro de Josué. A lo cual alguien en alguno de los balcones llamó idiota a su vecina y ésta, por su parte, respondió: "Mira quién habla". Y a esto siguieron algunas frases masculladas, incomprensibles, en polaco quizá. Y de repente un chillido de terror se oyó por la parte de la calle Zacarías; por un instante, tuve la vana esperanza de que los Pieles Rojas hubiesen empezado a atacar toda la vecindad y que estuvieran arrancando cabelleras sin perdonar a nadie. Pero sólo era un gato el que chillaba, y chillaba por amor.

Y entre los sonidos de la noche llegaron los olores de lanoche; el olor del sauerkraut y del aceite frito, de la basura almacenada en los cubos y el aroma de la ropa aún templada, puesta a secar a la brisa nocturna. Porque era de noche en Jerusalén.

Mientras, yo, por mi parte, estaba sentado en una cajón vacío, en el patio de la Sinagoga de la Fe, preguntándome por qué me empeñaba en negarlo todo acerca de Esti.

Esti, que en este momento está, por descontado, sentada en su cuarto, que no he visto nunca ni es probable que lo vea alguna vez. E igualmente seguro es que habrá cerrado sus cortinas azules (con las cuales, por otra parte, estaba yo familiarizado, pues las había mirado desde fuera más de mil veces). Y probablemente estará haciendo la tarea que a mí se me ha olvidado tocar siquiera; estará contestando con su letra redonda las fáciles preguntas que ha puesto el señor Shitrit, el profesor de geografía. O puede que esté desatándose las trenzas, o arreglándolas, o tal vez, con mucha paciencia, está recortando figuritas para la fiesta de fin de trimestre; la falda bien estirada sobre el regazo, las uñas limpias y redondas, no sucias y partidas como las mías. Está respirando con suma tranquilidad; igual que en clase, no tendrá los labios cerrados del todo, y cada dos por tres intentará quitarse del labio superior una mota de polvo imaginaria con la punta de la lengua. No sé decir en qué estará pensando; desde luego que no en mí. Y si alguna cosa le recordase a mí, es probable que lo haga pensando en "ese repugnante Sumji", o "ese chiflado". Así que lo mejor es que no piense en mí para nada. Y, de todas maneras, ya estaba bien de tanta divagación. También era mejor para mí dejar de pensar en Esti y ponerme a sopesar, por el contrario, una cuestión mucho más urgente.

Empecé a recopilar mis pensamientos, tal como mi padre me lo había enseñado a hacer en el momento de tomar una decisión. Me había enseñado a trazar sobre el papel todos los posibles derroteros, junto con los pros y los contras, y borrar uno por uno los menos prometedores, para calificar después los restantes de acuerdo con una escala. Pero de poco me serviría un lápiz, ahora que no había luz. En vez de eso, hice una lista de todas las alternativas en mi cabeza, tal como sigue:

Podía ponerme en pie e irme derechito a casa, y explicar que llegaba tarde y con las manos vacías por el hecho de que me habían robado la bici o, mejor, de que me la había confiscado un soldado británico borracho, y que no le había opuesto ninguna resistencia porque mi madre me había ordenado no discutir nunca con un soldado.

Podía volver a casa de Aldo. Luisa, la chacha armenia, me abriría la puerta y me diría que esperase un momento. Entonces iría ella misma a anunciar que el joven caballero había regresado y quería cambiar unas palabras con nuestro joven caballero, y después, muy cortésmente, me haría pasar a la habitación en donde la resplandeciente dama del vestido de muselina daba al mendigo una moneda de oro. Y luego tendría que confesarle a la madre de Aldo que le había dado la bicicleta, que incluso había firmado un contrato que lo atestiguaba. Ante lo cual la madre de Aldo, eso seguro, le castigaría severamente, porque no le estaba permitido bajo ningún concepto tener una bicicleta. Así que yo me habría comportado como un sucio y ramplón chivato, y ni siquiera conseguiría recuperar la bici, pues ya no tenía el tren. No había vuelta que darle.

Podía volver a donde Goel Germansky. Y anunciarle con voz fría y ominosa que estaba obligado a devolverme el tren de inmediato, ya que nuestro contrato había sido cancelado. Que mejor que me lo devolviese, o acabaría con O. Sí, pero ¿cómo?

Aún podía incluso volver a donde Goel Germansky, pero de una forma en apariencia amistosa. "Hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal te va?" Y preguntarle si por casualidad había regresado Kíper junto a él. Sí. Por supuesto. Y al día siguiente toda la vecindad estaría al tanto de la broma. Desgracia total.

¿Y quién diantre necesita el maldito perro? ¿Quién necesita nada? Yo no. Pero ¿quién sabe si Kíper volvió a todo correr donde Goel Germansky? Es más probable que seadentrara en la oscuridad, camino del bosque de Tel Arza, para luego atravesar las colinas baldías y continuar hasta los bosques de Galilea, y reunirse allí con el resto de la manada, y llevar allí por fin la vida de un verdadero lobo, desgarrando gargantas con sus colmillos.

Quizá ahora, en este mismo instante, también yo podría levantarme y dirigir mis pasos hacia el bosque de Tel Arza, y de allí pasar a las colinas y a las cuevas y los vientos para vivir como un bandido el resto de mi vida y propagar para siempre, a lo largo y ancho de la tierra, el miedo a mi nombre.

O podría ir a casa, contar humildemente toda la verdad, llevarme un par de bofetadas y prometer de todo corazón que de ahora en adelante sería un chico sensato en vez de un chiflado. Luego, al punto, mi padre me mandaría a casa de la señora Castelnuovo y del señor Germansky con sendas notas de disculpa y cortesía. Por mi cuenta, también yo pediría disculpas, aseguraría a todos que no lo hice adrede, sonreiría con una estúpida sonrisa y pediría perdón a todo el mundo; les diría a todos cuánto sentía lo ocurrido. Ni vuelta que darle.

¿F? ¿G? ¿H? ¿I? Qué importaba. Pero otra posibilidad consistía en dormir allí mismo, entre las ruinas, como Huckleberry Finn en Las aventuras de Tom Sawyer. Pasaría la noche bajo las escaleras de la casa de los Inbar; en lo más espeso de la noche escalaría por el canalón hasta alcanzar la habitación de Esti y nos fugaríamos hasta llegar juntos a la tierra de ObanguiShari justo antes del amanecer. Pero Esti me odia. Peor que eso. Ni siquiera piensa en mí.

Una última posibilidad. En Pésaj fui en el jeep del sargento Dunlop a un pueblecito árabe y nunca les dije nada a mis padres. Bueno, pues ahora podía ir a casa de tía Edna, en el barrio de Yegia Capaim, parecer entristecido, decirle que padre y madre habían marchado esa mañana a Beit Hakerem a visitar a unos amigos y que no volverían hasta tarde, de manera que me habían dejado una llave y que, bueno, no sabía cómo decírselo, sólo que... bueno, parecía haberla perdido, y... Pero, no, qué va: esa tía Edna que llevaba fruta de imitación en el pelo y que tenía la casa llena de flores de plástico y de adornos y que no paraba de besarme y hacerme zalamerías y que... No importa. Así tendría que ser. Al menos eso resolvería el problema de aquella noche. Y para el día siguiente padre y madre estarían tan enloquecidos de preocupación y tan agradecidos de verme sano y salvo que olvidarían por completo preguntar qué le había pasado a la bici.

Eso es. Vamos. Me puse en pie una vez tomada la decisión de pedir refugio en casa de tía Edna en la vecindad de Yegia Capaim. Sólo que había algo que brillaba en la oscuridad, entre las agujas de pina Me incliné, me levanté de nuevo, y allí estaba: un sacapuntas.

No un sacapuntas grande. Ni tampoco nuevo. Hecho de metal, eso sí, y pintado de plata, y muy pesado para su tamaño, de tacto frío y agradable. Bien podía afilar lápices con él, pero también me serviría de tanque en las batallas de botones que armaba en la alfombra.

Y así, apreté los dedos sobre mi sacapuntas, me volví y eché a correr hacia casa, pues ya no tenía las manos vacías.


6. Todo está perdido "Nunca pondremos pie..."

En donde decido escalar las montañas del Moab y echar un vistazo por encima del Himalaya, recibo una sorprendente invitación (y me determino a no abrir la mano, no al menos mientras viva).

Padre preguntó con suavidad:

—¿Tú sabes qué hora es?

—Tarde —respondí con tristeza. Y empuñé con fuerza redoblada mi sacapuntas.

—Son las siete y treinta y seis minutos —puntualizó padre. Se alzaba a la entrada impidiéndome el paso, y sacudió muchas veces la cabeza, como si hubiese llegado a esa triste pero inevitable conclusión allí y en aquel preciso instante. Añadió—: Ya hemos cenado.

—Lo siento —tartamudeé con voz diminuta.

—No sólo hemos cenado. Ya hemos lavado los platos —dijo con calma. Hubo otro silencio. Supe perfectamente qué iba a seguir. El corazón me latía sin parar.

—Y, ¿dónde ha estado su señoría durante todo este tiempo? ¿Y dónde está su bicicleta?

—¿Mi bicicleta? —dije consternado. Y la sangre se me subió a la cara.

—La bicicleta —repitió padre con paciencia, pronunciando cada sílaba con toda precisión—. La bicicleta.

—Mi bicicleta —murmuré a mi vez pronunciando cada sílaba tal como él había hecho—. Mi bicicleta. Sí. Está en casa de un amigo. Se la he prestado —y mis labios continuaron susurrando su propia canción—. Hasta mañana.

—¿Ah, sí? —dijo mi padre con simpatía, como si compartiese mi sufrimiento de todo corazón y estuviera a punto de ofrecerme algún consejo sencillo pero útil—. Quizá me sea permitido conocer el nombre y el título de ese honorable amigo.

—Eso —dije—, eso no puedo decírtelo.

—¿No?

—No.

—¿De ninguna manera?

—De ninguna manera.

Era en ese preciso instante, lo supe con toda certeza, cuando venía la primera bofetada. Me encogí, como si quisiera enterrar la cabeza entre los hombros o el cuerpo entero dentro de los zapatos; cerré los ojos y apreté el sacapuntas con toda mi fuerza. Respiré hondo tres o cuatro veces y esperé. Pero no llegó ninguna bofetada. Abrí los ojos y parpadeé. Allí estaba padre, que parecía apenado, como si esperase el final de la representación. Al final, dijo:

—Sólo una pregunta más, si su señoría tiene la amabilidad de permitirlo.

—Qué? —susurraron mis labios por sí mismos.

—Quizá se me permita ver qué oculta su excelencia en su mano derecha.

—No es posible —murmuré. Pero de repente sentí heladas hasta las plantas de los pies.

—¿Ni siquiera eso es posible?

—No puedo, papá.

Su alteza no está hoy muy favorable que digamos —resumió padre con tristeza. Entonces, a pesar de todo, condescendió a continuar presionándome—: Por mi bien y por el tuyo.

—No puedo.

—Me lo enseñarás, niño estúpido —rugió padre. En ese momento empezó a dolerme terriblemente el estómago.

—Tengo dolor de barriga —dije.

—Primero vas a enseñarme lo que tienes en la mano.

—Después —rogué.

—De acuerdo —dijo padre con un tono de voz diferente. Y de repente repitió—: De acuerdo. Ya está bien —y se quitó de la puerta.

Le miré desde abajo, esperando sin mucho fundamento que después de todo me perdonaría. Y en ese mismo instante me cayó encima la primera bofetada.

Y la segunda. Y después la tercera. Pero, para entonces, había esquivado ya el recorrido de su mano y salí a la calle a toda velocidad, agachado y en busca de refugio, justo como el perro de Goel cuando se escapó de mí. Estaba prácticamente llorando a lágrima viva y a punto de tomar la terrible decisión: me limpiaría para siempre el polvo de esa casa de la suela de los zapatos. Y no sólo de la casa, sino de toda la vecindad, de Jerusalén entero. En ese mismo instante emprendería viaje para no volver jamás. Nunca jamás.

Así empezó mi viaje; pero, en vez de poner rumbo a África directamente, tal como antes había planeado, me dirigí al este, hacia la calle Gueulá, en dirección a Meah Shearim; desde allí cruzaría el valle del Kidrón y seguiría la carretera del Monte de los Olivos hacia el Desierto de Judá, y de allí hacia el cruce del Jordán, y de allí a las Montañas del Moab, y etcétera, etcétera, etcétera.

Desde que estuve en tercero o cuarto, mi imaginación se vio catapultada por las montañas delHimalaya, esa sublime cordillera del corazón de Asia. "Allí", leí una vez en la enciclopedia, "allí, entre ellas, descuella la montaña más alta de la tierra, cuya cumbre no ha sido todavía hollada por el hombre". Y también allí, por entre aquellas remotas montañas, yerra esa misteriosa criatura, el Abominable Hombre de las Nieves, peinando desamparados barrancos y quebradas en busca de su presa. La precisión de las palabras me llenó de temor y encanto:

 

cordilleras

vagabundeos, barrancos, remotas,

sublimes, inmaculados, nieves eternas

y cumbres lejanas.

 

Y, sobre todas ellas, aquella palabra maravillosa: Himalaya. En las frías noches del invierno, acurrucado bajo el calor de mi manta, la repetía una y otra y otra vez, con la más profunda, la más reverberante voz que era capaz de extraer del fondo de mis pulmones. Himalaya.

Con sólo subir a las alturas del Moab miraría al este y vería, a lo lejos, los picos cubiertos de nieve delHimalaya. Y luego abandonaría la tierra del Moab y viajaría al sur, a través del desierto de Arabia, por el estrecho de las Lágrimas, hacia la costa del Cuerno de Africa. Y penetraría en el corazón de la jungla rumbo al manantial del río Zambeze, en la tierra de ObanguiShari. Y allí, completamente solo, viviría una vida libre y salvaje.

Así que desesperado, incendiado de ansia, tracé mi camino al este, calle Gueulá arriba, hasta la esquina de la calle Chancellor. Pero cuando llegué a la altura de la tienda de ultramarinos del señor Bialig, un pensamiento se impuso a los demás; persistente, cruel, repetido una y otra y otra vez. Chiquillo imbécil, chiquillo imbécil, chiquillo imbécil. De verdad que eres un imbécil, un loco de remate, malo como tío Zémaj, puede que más, mucho peor: tal como vas te convertirás en un estraperlista como él. Y, ¿qué quería decir la palabra estraperlista? Aún no lo sabía.

Y de repente todo el dolor y la humillación parecieron derramarse dentro de mí, hasta que difícilmente pude soportarlo. La oscuridad era entonces absoluta en la calle Gueulá. No era la oscuridad de la noche temprana, llena de gritos de niños y del regañar de las madres, no: ésta era la oscuridad silenciosa y heladora de la noche ya avanzada, la que se ve mejor desde el interior de las casas, desde la cama, a través de una rendija en la persiana. Nunca querrías verte sorprendido en ella. Muy de vez en vez pasaba alguien a toda prisa. La señora Soskin me reconoció y mepreguntó qué ocurría. Pero yo no le dije una sola palabra. A cada rato un vehículo armado, de los barracones Schneller, pasaba a toda velocidad. Si pudiese, buscaría al sargento Dunlop, que estaría paseando su perro por la calle Haturim o la calle Tahkemoni, pensé, y esta vez, después de todo, sí que le daría información; le diría que Goel Germansky fue el que hizo esa pintada contra el comisario en jefe. Y luego iría a Londres y me haría doble agente. Secuestraría al rey de Inglaterra y diría directamente al gobierno inglés: "Devuélvannos la tierra de Israel y yo les devolveré a su rey. Si no, no lo verán más". (Esta idea era la del tío Zémaj.) Allí, sentado en las escaleras de la tienda de ultramarinos del señor Bialig, ensayé todos los detalles de mi plan. Era ya muy tarde, la hora en que los héroes de la Resistencia salen de sus escondrijos mientras por todas partes están aposentados los detectives, los chivatos y los perros de presa.

Estaba solo. Aldo se había quedado con mi bicicleta y me había hecho firmar un contrato para cubrirse las espaldas. Goel me había expropiado de mi maravilloso tren y el lobo amaestrado vagaba sin mí por los bosques lejanos. Y nunca más pondría el pie en casa de mis padres, nunca más. Esti me odiaba. El infame Aldo me había robado el cuaderno lleno de poemas y se lo había vendido al pillo de Goel.

Entonces, ¿qué me quedaba? Sólo el sacapuntas, nada más. Y, ¿qué podría conseguir a cambio de un sacapuntas, qué beneficio podía sacarle? Ninguno. Pese a todo, lo conservaría para siempre. Hice el juramento de guardarlo para siempre: no habría en el mundo fuerza capaz de arrancármelo de la mano.

Así estaba, a las nueve de la noche, o puede que a las nueve y cuarto, sentado en las escaleras de la tienda del señor Bialig, cerrada, a punto de echarme a llorar. Y así me encontró un hombre alto y taciturno que venía caminando por la calle desierta, fumando pacíficamente una pipa con tapadera de plata: el padre de Esti, el ingeniero Inbar...

—Oh —dijo después de inclinarse y verme la cara—. Oh, eres tú. Vaya, vaya. ¿Puedo ayudarte en algo?

Me pareció hermoso, milagroso incluso, que el ingeniero Inbar me hablase de semejante manera, como un adulto a otro, sin el menor rastro de esa especie de lenguaje y de tono que la gente usa con los niños.

—¿Puedo ayudarte en algo? —bien podría yo haber sido un conductor al que se le ha estropeado el coche y que intentase sin éxito cambiar una rueda en la oscuridad.

—Gracias —dije.

—¿Cuál es el problema? —preguntó el ingeniero Inbar. —Nada —dije—. Todo va estupendamente.

—Pero si estás llorando. O casi.

—No, no. No, de verdad. No estoy llorando. Casi. Sólo tengo un poco de frío. En serio.

—De acuerdo, como quieras. Por cierto, ¿no llevamos el mismo camino? ¿Vas también a casa?

—Este... no tengo casa.

—¿Qué quieres decir?

—Este... mis padres están en Tel Aviv. Vuelven mañana. Me dejaron comida en la nevera, es decir, yo... tenía la llave atada a un hilo blanco.

—Vaya, vaya. Ya entiendo. Has perdido la llave. Y no tienes a dónde ir. El mundo es un pañuelo: lo mismo que me pasó a mí una vez, cuando era estudiante en Berlín. Vamos, pues. Nada arreglas con quedarte aquí sentado toda la noche, llorando. Casi.

—Pero... ¿a dónde vamos?

—A casa, desde luego. Puedes pasar la noche con nosotros. Hay un sofá en el cuarto de estar, y también debe de haber por ahí una cama plegable. Y estoy seguro de que Esti se va a poner contenta. Ven, vamos.

Y de qué manera enloqueció mi corazón; me latió con toda su fuerza dentro de la camisa, dentro de la piel y los huesos. Esti se va a poner contenta. Oh, Esti se va a poner contenta.

Aromas de granada

se mecen de aquí para allá. Desde el Mar Muerto

hasta el desierto de Judá.

Esti se va a poner contenta.

Tengo que guardarlo para siempre, mi sacapuntas, mi perfecto, suertudo sacapuntas que tengo en la mano que tengo dentro del bolsillo.

 

 

7. Una noche de amor

Cómo solamente aquel que todo ha perdido puede suplicar la felicidad. "Si un hombre ofreciera a cambio del amor toda la riqueza de su casa..." Y cómo no nos avergonzamos.

 

Pues allí estábamos cenando juntos, el ingeniero Inbar y yo, discutiendo la situación del país. El hermano mayor de Esti estaba fuera, empleado en la construcción de un kibbutz en Bet Shean, mientras que su madre debía de haber cenado ya para cuando llegamos. Puso ante nosotros, en una fuente de madera, rebanadas de un pan peculiar, muy negro y de sabor fuerte, junto con queso árabe, muy salado, y trocitos de ajo. Yo tenía hambre. Después comimos rábanos enteros, rojos por fuera y blancos y jugosos por dentro. También grandes hojas de lechuga. Bebimos leche de cabra templada. (En nuestra casa, es decir, en la casa que fue la mía, me daban por la noche un huevo revuelto con tomate y pepino, o pescado cocido, y después yogur y cacao. Mi padre y mi madre cenaban lo mismo, sólo que luego tomaban té en vez de cacao.)

La señora Inbar recogió los platos y los vasos y fue luego a la cocina a preparar la comida del día siguiente.

Ahora dejaremos a los hombres solos para que hablen de sus cosas —dijo.

El ingeniero Inbar se quitó los zapatos y posó los pies en un pequeño escabel. Encendió cuidadosamente su pipa y dijo:

—Sí. Muy bien.

Y yo apreté los dedos en torno al sacapuntas que tenía en el bolsillo y dije:

—Muchas gracias.

Y después intercambiamos opiniones sobre asuntos de política. Él en su sillón; yo, en el sofá.

La luz provenía de una lámpara en forma de farola, situada sobre una columna de cobre, que estaba en una esquina, junto a la mesa de escritorio, entre una pared cubierta de libros y mapas y otra llena de pepitas y otros recuerdos. También había un globo terráqueo enorme sobre un pedestal. Al menor roce de un dedo podría ponerse a girar, pensé. Apenas podía apartar de él la vista.

Durante todo este tiempo Esti estuvo en el baño. Sólo se oía, a veces, el ruido del correr del agua tras de la puerta cerrada, al final del pasillo y, a veces támbién, la voz de Esti que cantaba una de las populares canciones de Shoshana Damari.

—La Biblia —dijo el ingeniero Inbar por entre su nube de humo—, la Biblia, desde luego, sin duda. La Biblia nos promete la tierra entera. Pero la Biblia fue escrita en una época, mientras que nosotros vivimos en otra muy diferente.

—¿Y qué? —grité, cortésmente enfurecido—. No hay diferencia. Quizá los árabes se llamasen jebuseos o cananeos en aquellos días, y los ingleses fueran los filisteos. ¿Y qué? Nuestros enemigos pueden cambiar de máscaras, pero siguen persiguiéndonos de la misma manera. Todas nuestras festividades lo prueban. Los mismos enemigos. Las mismas guerras. Siempre igual, sin parar, sin darnos respiro.

El ingeniero Inbar no tenía prisa por responder. Empuñó la pipa y se rascó la nuca con la embocadura. Y después, tal si encontrase difícil la respuesta, se puso a recoger cada migaja y cada hebra de tabaco y las colocó una por una en el cenicero. Cuando hubo completado la operación elevó la voz y llamó:

—¡Ester! Ya va siendo hora de que arribes a puerto y veas quién te está esperando aquí. Si. Una visita. Una sorpresa. No, no voy a decirte quién es. Ven a tierra firme y lo verás con tus propios ojos. Si. Los árabes y los ingleses. Ciertamente. Cananeos y filisteos, desde el mismo día en que nacieron. Una idea harto intrigante. Sólo que tendrás que intentar convencerles para que vean las cosas del mismo modo. Los tiempos de la Biblia, ay, están acabados y superados. Los nuestros son distintos por completo. ¿Quién es capaz, hoy en día, de convertir bastones en cocodrilos y de golpear las rocas para que surja de ellas el agua? Mira, la semana pasada traje estos dulces del mismo Beirut, en tren. Prueba uno. Vamos. Verás cómo te gusta. No tengas miedo. Se llaman "delicias turcas". Cómelo. ¿No es dulce y sabroso? Y tú... Supongo que a estas alturas ya pertenecerás a algún partido político.

—¿Yo? Sí —murmuré—. Pero no al de mi padre... al contrario.

De manera que respaldas por completo las actuaciones de la Resistencia y rechazas de plano cualquier posibilidad de compromiso —expuso el ingeniero Inbar sin entonación interrogativa alguna—. Muy bien. Entonces somos de mentalidades diferentes. Por cierto, que tu mochila con todos tus libros y cuadernos la tienes en casa. Vaya pena. Mañana tendrás que ir a clase con Esti, pero sin tu mochila. ¡Ester! ¿Es que te has ahogado? A lo mejor necesitas que te echemos un salvavidas, o algo similar.

—Puedo tomar otro pedazo, por favor? —pregunté educadamente y, sin esperar respuesta, me acerqué la bandeja de delicias turcas. En verdad que era delicioso, por mucho que provinieran de la ciudad de Beirut.

Era magnífico estar allí sentado, tras las persianas entrecerradas y entre los muros repletos de libros y mapas y aquella otra pared llena de pepitas y recuerdos, inmerso en una conversación franca, de hombre a hombre, con el ingeniero Inbar. Parecía milagroso que el ingeniero Inbar no me regañase ni me ridiculizara, no me despreciase, sino que meramente puntualizara: "Entonces somos de mentalidades distintas". Cómo me gustó esa expresión, "somos de mentalidades distintas". Y quise al padre de Esti casi tanto como la quería a ella, sólo que de distinta manera; tal vez le quisiera incluso más. Empezó a parecerme factible abrirle mi corazón y confesarle con qué malas artes le había mentido, hacer de la vergüenza y la desgracia de aquel día lo que quien hace de tripas corazón, y no ocultarle siquiera hacia dónde viajaba y qué caminos pretendía tomar. Pero justo en ese momento, por fin, apareció Esti. Casi de inmediato deploré semejante interrupción en nuestra charla entre hombres. No llevaba el pelo recogido en trenzas; por el contrario, su melena rubia, recién lavada, aún caliente y húmeda, casi humeante, se le desparramaba sobre los hombros. Y llevaba un pijama estampado de elefantes, de elefantes grandes y pequeños y de distintos colores; en los pies llevaba las zapatillas de su madre, que le quedaban demasiado grandes. Al entrar me echó un rápido vistazo y se fue derecha hacia su padre. Yo podría no haber sido más que el periódico del día anterior abierto sobre el sofá; o bien fue como si yo pasara por allí todas las noches camino de la tierra de ObanguiShari: no había nada llamativo en ello.

—Fuiste hoy a Jericó? —le preguntó a su padre.

—Sí.

—¿Me compraste lo que te pedí?

—No.

—¿Era muy caro?

—Eso es.

—¿Lo buscarás la próxima vez que vayas a Belén? —Si.

—¿Así que lo has traído a él?

—Sí.

—¿Por qué razón? ¿Qué le ocurre?

(Aún no había merecido yo una palabra, una mirada de Esti, así que seguía callado.)

—Sus padres están fuera y ha perdido la llave. Exactamente lo mismo que me pasó a mí cuando era estudiante en Berlín. Nos tropezamos en la calle Gueulá y le invité a venir con nosotros. Mamá ya le ha dado algo de cenar. Puede dormir en el sofá del cuarto de estar o en la cama plegable, en tu cuarto. Como tú quieras.

Entonces de súbito, de golpe, Esti se volvió hacia mí. Pero todavía sin mirarme a los ojos.

—Quieres dormir en mi cuarto? ¿Prometes contarme historias divertidas antes de dormir?

—No tiene importancia —murmuraron mis labios bastante por su cuenta, pues yo estaba aún completamente aturdido.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Esti a su padre con un poco de ansiedad—. A lo mejor tú has oído lo que ha dicho.

—A mí me parece —respondió el ingeniero Inbar— que todavía está sopesando los pros y los contras.

—Sopesando... pesando sopa —rió Esti—. Está bien, como quiera, que duerma aquí. Dejémoslo estar. Buenas noches.

—Pero Esti... —acerté a decir finalmente, aunque con un hilillo de voz todavía—. Pero Esti...

—Buenas noches —dijo. Y al salir me rozó el algodón de su pijama de elefantes y quedó flotando tras ella el olor de su melena húmeda—. Buenas noches, papá.

Y desde el pasillo dijo:

—Bueno. A mi cuarto entonces. No tiene importancia.

Quién pudiera ver el cuarto de una chica, tarde, a la hora de acostarse, cuando la única lámpara encendida alumbra junto a su cama. Oh, sí, hasta el cuarto de una chica tiene paredes y ventanas, un suelo y un techo, muebles y una puerta. Esto es un hecho, no tiene vuelta de hoja. Pero, por todo ello, parece un país lejano, completamente ajeno y distante, sus habitantes en absoluto parecidos a nosotros. Por ejemplo, no hay cartuchos vacíos en el alféizar, ni playeras llenas de barro enterradas bajo la cama. Ni montones de cuerda, de metal, ni herramientas, ni libros polvorientos, ni tuercas, ni candados ni gomas de resorteras; ni trompos, ni trozos de esparadrapo. Tampoco panfletos subversivos de la Resistencia escondidos entre el armario y la pared, ni presumiblemente, fotografías sucias solapadas entre las páginas del libro de geografía. Y no hay, ni habrá nunca en la habitación de una chica, latas de cerveza vacías, cráneos de gatos, destornilladores, clavos, muelles y engranajes y manecillas procedentes de relojes desmontados, hojas de cortaplumas ni dibujos de llameantes barcos de guerra pintados en la pared.

Al contrario.

En el cuarto de Esti, la luz era casi por sí misma un color; una luz cálida, de color bermejo, procedente de una lámpara cuya pantalla era de rafia roja. Corridas sobre las dos ventanas estaban las dos cortinas azules que tantas veces había visto desde la calle y que nunca soñé, en todos los días de mi vida, ver del lado de acá. En el suelo había una pequeña alfombra hecha de mimbre trenzado. Había una cajonera blanca con dos cajones castaflos y, en el umbroso hueco entre la pared y la cajonera, un pequeño y muy aseado pupitre en el que pude ver los libros de clase de Esti, los lápices y la caja de acuarelas. Una cama baja, abierta ya para dormir, yacía entre las dos ventanas; una colcha doblada, color vino tinto, a sus pies. La cama plegable para mí ya estaba extendida, y tan próxima a la puerta como era posible.

En un rincón, sobre un banquito cubierto con un mantel, anidaba un alto jarrón lleno de agujas de pino, con una cigüeña hecha de piñas y esquirlas de corteza pintadas. Había otras dos sillas en la habitación. De una de ellas apenas podía apartar la vista. Pero la lámpara de cama dotaba de plácida luz todas las cosas. Luz de color bermellón. "Estás en el cuarto de una chica", pensé. "Es el cuarto de Esti y no haces más que sentarte y callar, porque eres un enorme idiota. Eso lo resume todo, Sumji, eso lo resume todo". Pensamiento que, por cierto, no iba a ayudarme a encontrar las palabras adecuadas para empezar la conversación. A duras penas me las arreglé para exprimir la siguiente frase, más o menos:

—Mi cuarto es bastante distinto de éste.

—Claro que sí. Pero ahora estás aquí, no allí.

—Sí —dije, porque era verdad.

—Qué miras tan fijamente todo el tiempo? —preguntó Esti.

—Nada en particular —dije—. Sólo estoy aquí sentado, sentado... sin mirar nada en particular.

Eso era una mentira, por descontado. Apenas podía quitar los ojos de los brazos de la segunda silla, en la que ella había colgado el suéter blanco, el preferido, el mismo en el que, en el colegio, yo había pegado chicles cientos de veces. Oh, Dios, pensé. Oh, Dios, ¿por qué me has hecho tan idiota? ¿Por qué nací? En ese momento mejor sería no existir. En ningún lado, excepto quizá en el Himalaya o en la tierra de ObanguiShari, aunque tampoco allí necesitan a un idiota como yo.

Y así fue: tras reunir por los pelos aquellas escasas palabras permanecí sentado como un idiota en la cama del cuarto de Esti, con la mano derecha bien apretada sobre el sacapuntas y sudando en el bolsillo.

—Después de todo —dijo Esti—, a lo mejor prefieres dormir en el cuarto de estar.

—No tiene importancia —susurré.

—Qué es lo que no tiene importancia?

—Nada, de veras.

—De acuerdo. Si eso es lo que quieres... Ahora voy a meterme en la cama, y voy a volverme del lado de la pared hasta que te hayas sosegado.

Pero yo no pensaba en sosegarme. Vestido aún, con mis pantalones cortos y mi camisa, yací bajo la ligera manta sin quitarme otra cosa que las playeras, que arrojé con fuerza bajo la cama.

—De acuerdo. Vía libre.

—Si quieres, ahora puedes contarme lo del motín del gran Mandi, en Sudán, tal como se lo contaste a Raanana y a Nurit y a los demás el día en que el señor Shitrit estaba enfermo y tuvimos dos horas libres.

—Pero si entonces no quisiste oírlo.

—Pero ahora no es entonces. Es ahora —señaló Esti con suma corrección.

—Y, si no oíste la historia, ¿cómo sabes que trataba de la rebelión de Mandi?

—Lo sé. Por lo general, lo sé todo.

—¿Todo?

—Acerca de ti, todo. A lo mejor, hasta cosas que tú no sabes.

—Pero hay algo que no sabes y que nunca te diré —dije de sopetón, de cara al muro, dándole a Esti la espalda.

—Si. que lo sé.

—No lo sabes.

—Sí.

—No.

—Si!

—A ver, dímelo.

—No.

—Eso quiere decir que sólo dices que lo sabes, pero no sabes nada.

—Lo sé, vaya si lo sé.

—Entonces dímelo. Anda. Y te juro que te diré si estás en lo cierto.

—No lo dirás.

—Te juro que sí.

—Bueno. Es esto: que amas a una chica de nuestra clase.

—Basura, mentira.

—Y que le escribiste un poema de amor.

—Estás loca. Estás como una cabra. Ya está bien.

—En un cuaderno negro.

Robaré un termómetro del cuarto del botiquín, decidí en ese instante. Lo romperé. Y en el recreo de las diez dejaré que salga el mercurio y se mezcle un poco en el cacao de Aldo y otro poco en el de Goel Germansky, de manera que mueran en el acto. Y también en el de BarKojba y en el de Eli y en el de Tarzán Bamberger. Que mueran todos de una vez, de una vez por todas.

Esti repitió:

—En un pequeño cuaderno negro. Poemas de amor. Y también poemas acerca de cómo huirías con esa chica al Himalaya o a algún lugar de Africa, no me acuerdo del nombre.

—Cállate, Esti. O te estrangulo aquí y ahora mismo. Ya está bien.

—¿Es que ya no la quieres?

—Pero si todo es mentira, Esti. Mentiras inventadas por esos cabronazos. Yo no amo a ninguna chica.

—Bien —dijo Esti, y apagó la lámpara—. De acuerdo, si así lo prefieres. Ahora a dormir. Yo tampoco te quiero.

Y más tarde, mientras la luz de la calle se deslizaba por las rendijas de la persiana y cubría la habitación de rayas, dibujadas sobre la mesa y las sillas, sobre la cajonera y el suelo, sobre la propia Esti y su pijama de elefantes, tendida al otro extremo de la alfombra de mimbre, hablamos un poco más. En un susurro, confesé prácticamente todo. Todo lo de tío Zémaj: cómo era yo como él, un locuelo y, tal como sabían todos, un estraperlista de tomo y lomo; todo lo concerniente a mis sentimientos a la hora de ponerme en pie y abandonarlo todo para ir en busca del manantial del río Zambeze en la tierra de ObanguiShari. Acerca de cómo abandonaría todo, la casa, el barrio, la ciudad, y cómo, en un solo día, me las había arreglado para perder la bicicleta, el tren eléctrico, el perro y mi propio hogar. Cómo me había quedado sin nada, excepto el sacapuntas que encontré. Hasta tarde, hasta muy tarde, tal vez hasta las once, estuve susurrándole cosas a Esti y ella me escuchó sin rechistar. Pero entonces, cuando se hizo el silencio, cuando hube acabado mi historia, ella dijo muy de repente:

—Bien. Ahora dame ese sacapuntas.

—¿El sacapuntas? ¿Por qué he de dártelo?

—No importa. Dámelo.

—Aquí lo tienes. ¿Me quieres ahora?

—No. Y estate callado.

—Entonces, ¿por qué me estás tocando la rodilla?

—¿Quieres estarte callado de una vez, o qué? ¿Por qué tienes siempre que decir cosas y armar líos? No digas una palabra más.

—De acuerdo —pero me sentí obligado a añadir—: Esti. Esti dijo:

—Ya está bien. Ni una palabra más. Ahora voy a dormir al sofá del cuarto de estar. No digas nada. Y no digas nada tampoco mañana. Buenas noches. Y de todas formas no existe un lugar tal como la tierra de ObanguiShari. Pero de todas formas es maravilloso que hayas inventado un lugar para nosotros dos solos. Adiós, hasta mañana.

Durante seis semanas Esti y yo fuimos amigos. Todos aquellos días fueron azules y cálidos y las noches fueron azules y oscuras. Era verano por completo, profundamente, en Jerusalén, mientras nos amamos uno al otro, Esti y yo.

Hacia el final del año escolar nuestro amor continuaba intacto, y también un poco después, durante las vacaciones de verano. Qué apodos nos pusieron en clase, qué historias contaban, qué cómico lo encontraban. Pero durante todo el tiempo en que nos amamos uno al otro nada nos preocupaba. Entonces terminó nuestra amistad y rompimos, no diré a cuenta de qué. ¿No he escrito ya, en el prólogo, cómo se empeña en pasar el tiempo y cómo cambia el mundo entero? De hecho, esto me lleva al final de mi historia. Puedo contarlo en una sola frase. Cómo me dieron una vez una bici y la cambié por un tren; cómo, por el contrario, me quedé con un perro; cómo encontré un sacapuntas en vez del perro y cómo lo di como prenda de amor. Y ni siquiera esto es la verdad, porque el amor estuvo allí todo el tiempo, antes de desprenderme del sacapuntas, antes de que empezaran todos estos intercambios.

¿Por qué cesó el amor? Esa no es más que una pregunta. Pero hay otras muchas que podría hacer si quisiera. ¿Por qué pasó aquel verano y el verano siguiente? ¿Y el otro verano, y el otro y el otro? ¿Por qué cayó enfermo el ingeniero Inbar? ¿Por qué todo cambia? Y, ¿por qué, ahora que estamos puestos en hacer preguntas, por qué, ahora que he crecido, estoy todavía aquí y no entre las montañas delHimalaya ni en la tierra de ObanguiShari?

Bien, pero es que hay tantísimas preguntas, y entre ellasalgunas tan difíciles de responder... En fin, en lo que a mí respecta, he llegado al final de mi historia, así que, si hay alguien que pueda proporcionarnos las respuestas, dejémosle que se ponga en pie y nos las diga.

 


Epilogo. Bien está lo que bien acaba

 

Que también puede pasarse por alto. Lo escribí solamente porque es lo que se espera.

 

A medianoche, o quizás justo pasada la medianoche, madre y padre llegaron a la casa de la familia Inbar; parecían pálidos y asustados. Padre había estado buscándome desde las nueve y media. Primero había ido a preguntar por mí a casa de tía Edna, en el barrio de Yegia Capaim. Después había regresado a nuestro barrio y preguntó con iguales resultados en casa de BarKojba y en la de Eli Weingarten. A las diez y cuarto había llegado a la de Goel Germansky; habían sacado de la cama a Goel y le habían interrogado a conciencia, pese a lo cual dijo no saber nada. Por lo cual se habían despertado las sospechas de padre; examinó de cerca a Goel, brevemente, por sí mismo, y durante ese examen el agitadísimo Goel juró varias veces que el perro le pertenecía y que tenía incluso el permiso del Ayuntamiento para probarlo. Padre le había despachado, diciéndole: "Uno de estos días vamos a tener otra charla tú y yo", y continuó su búsqueda a través de la vecindad. Pero fue a eso de la medianoche cuando supo por la señora Soskin que estuve un buen rato sentado en los escalones de la tienda del señor Bialig, lloriqueando casi, y que media hora después la señora Soskin había echado por casualidad un vistazo por entre las rendijas de su persiana, y que aún me vio allí y que entonces, "de repente, el ingeniero Inbar había aparecido y se había llevado consigo al niño con palabras amables y promesas".

Con la cara muy blanca y la voz muy baja y tranquila, padre dijo:

Así que, al fin, aquí está nuestra joya; dormido sin desvestirse, el chiflado. Levántate, por favor, y ponte el jersey que tu madre ha llevado de casa en casa durante toda la noche para ti. Vamos directamente a casa, y dejemos todas las explicaciones para mañana. ¡En marcha!

Se disculpó con cortesía ante el ingeniero Inbar y su esposa, les dio las gracias y les pidió que por la mañana dieran las gracias también a Ester (a quien, según nos íbamos, vi brevemente y a lo lejos por la puerta entreabierta del cuarto de estar. Se movía de un lado a otro en medio de su sueño, turbada por las voces, y murmurabá algo, probablemente que todo era culpa suya y que no debían castigarme. Pero, además de mí, nadie la oyó, y en realidad yo tampoco).

De vuelta en mi cama, en casa, yací toda la noche despierto y contento hasta rayar el día. No dormí. No quería dormir. Vi partir la luna desde mi ventana y vi la primera línea de luz brillar al este. Y, por fin, vi al sol cubrir de brillos tempraneros los canalones y las persianas; entonces dije en voz alta:

—Buenos días, Esti.

Un nuevo día empezaba. En el desayuno, padre le dijo a madre:

—De acuerdo. Como quieras. Que crezca y se convierta en un Zémaj. Yo mantendré cerrada la boca.

En el colegio, durante el recreo de las diez, ya había aparecido esto en la pizarra:

 

Al anochecer y bajo la luna, Sumji y Esti se aúnan.

 

Y el profesor, el señor Shitrit, lo borró con el borrador, y dijo con calma:

—No quiero oír ni una sola mosca, ni un ladrido. Todos callados.

Al volver del trabajo ese mismo día, a eso de las cinco,padre fue sólo a casa de los Germansky. Se explicó, pidió disculpas, describió con franqueza y exactitud los hechos, tomó posesión del tren eléctrico y encaminó sus pasos, con prontitud y sin el menor asomo de precipitación, hacia la casa de la familia Castelnuovo. Allí, Luisa, la chacha armenia, le hizo pasar a la aromática biblioteca del profesor Castelnuovo, en donde padre pintó con toda imparcialidad los hechos. Se disculpó ante la señora Castelnuovo, recibió disculpas de su parte, le dio el tren y tomó posesión de la bicicleta. Así, al final, una vez más fue todo devuelto a su sitio.

La propia bicicleta, por supuesto, fue confiscada y cerrada en la bodega durante tres meses. Pero ya he escrito cómo para el final del verano todo había cambiado, cómo nada permaneció tal como estaba. Cómo acaecieron otros asuntos. Pero éstos, tal vez, pertenecen a otra historia.

 


 

 


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