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Polvo


James Salter

 

 

Billy estaba bajo la casa. Hacía fresco allí, olía a tierra que llevaba cincuenta años sin remover. Una especie de polvo rancio se filtró a través de las tablas del suelo y cayó como lluvia sobre su cara. Lo escupió. Ladeó la cabeza, subió el brazo con cuidado y con la manga de la camisa se limpió al- rededor de los ojos. Giró la cabeza hacia la franja de luz natural que delimitaba el borde de la casa. Podía ver las piernas de Harry expuestas al sol: éste, de vez en cuando, con un gruñido, se arrodillaba para inspeccionar cómo iba todo allí abajo.

Estaban nivelando el suelo de la vieja casa de Bryant. Como todas, carecía de cimientos, se apoyaba sobre pilotes.

-El chico podría empezar por ahí -le gritó Harry.

-¿Por ahí?

-Eso es.

Billy volvió a limpiarse con parsimonia el polvo de los ojos y empezó a montar el gato. Las viguetas estaban a sólo un palmo de su cara.

Almorzaron sentados fuera. Hacía calor, un tiempo característico de la montaña. El sol era seco, el aire tan leve que apenas podía respirarse. Harry comía despacio. Tenía el cuello cubierto de arrugas, y una barba blanca de varios días a lo largo de la mandíbula.

La muerte estaba próxima para Harry Mies. Yacería desposeído, coloreadas sus mejillas, los espléndidos oídos de anciano sin oír. No es posible adivinar la cantidad de cosas que él sabía. Estaba solo en las lejanas regiones de su vida. La lluvia le había mojado, pero él había aguantado.

Hay animales que, al final, cuando les llega la hora, no se tumban a esperar. Él era de ésos. Cuando se arrodillaba, volvía a incorporarse poco a poco. Se apoyaba en una rodilla, hacía una pausa, y al final se balanceaba sobre ambos pies, como un caballo.

-El chico está en la peluquería del pueblo... -comentó. Billy dejaba marcas de dedos sobre el pan.

-¿En la peluquería?

-¿Qué se supone que hace, sino?

-Creo que es batería.

-¿Batería?

-En un grupo.

-Pues algo tiene que hacer -concluyó Harry.

Desenroscó la tapa de un termo y vertió en ella algo que parecía té. Se hallaban sentados bajo la quietud de los altos chopos, ni siquiera las hojas más ligeras se movían. Condujeron hasta el vertedero, el sol que se filtraba por el parabrisas les quemaba las rodillas. Había una vieja verja para encerrar el ganado, recuperada de algún lugar, tal vez un rancho que había quebrado. Estaba abierta, y Harry entró sin detenerse. Estaban en un terreno lleno de trastos y basura, al borde de un arroyo, un campo yermo siempre encendido. Del interior de una cabaña rodeada de viejos somiers salió un negro vestido con un mono. Era de hombros redondeados, corpulento como un toro. Había un viejo Chrysler de color verde aparcado en el extremo más apartado.

-Buscamos algo de cañería, Al-dijo Harry.

El hombre no contestó. Hizo una especie de gesto de indiferencia. Harry pasó y giró por un callejón de muebles viejos, cocinas, sillas de aluminio. Se percibía un olor ácido en el aire. Unas cuantas neveras, indestructibles, habían resbalado por la orilla y yacían medio hundidas en la corriente. Las cañerías estaban todas en un mismo sitio, la mayoría oxidadas. Billy movió a patadas algunos trozos, sin un objetivo claro.

-Servirán -comentó Harry.

Empezaron a trasladadas hasta el coche y las colocaron en el techo. Condujeron con lentitud, la cabeza del anciano algo inclinada hacia atrás. El coche oscilaba cada vez que entraba o salía de los baches. La cañería iba enrollada en la baca.

-Un tipo bastante legal, ese Al -dijo Harry. Se acercaban a la cabaña y levantó una mano al pasar. No había nadie en ella. Billy tenía la mente en otras cosas. El camino de regreso al pueblo parecía muy largo.

-Le han causado un montón de problemas -comentó Harry, mirando la carretera, la carretera desierta que conectaba todos aquellos pueblos. No tiene muy buen material allí –añadió

-A veces intenta cobrar un poco a cambio. Pero la gente cree que debería poder llevárselo por nada.

-A ti no te ha cobrado.

-¿A mí? No, yo le traigo algo de vez en cuando -dijo Harry-. El viejo Al y yo somos amigos. Al cabo de un rato añadió:

-Aseguran que éste es un país libre, yo no...

Los vaqueros del bar de Gerhart le llamaban el Sueco, pero él nunca entraba en el local. Le veían pasar por delante, la piel apergaminada, los brazos oscilantes, la lentitud de la vejez al andar. Es posible que tuviera cierta semejanza con los suecos, ojos claros por las mañanas de inalterable blancura, mañanas en el gran suroeste, café espeso en su taza, el día por delante. En el bar, los ceniceros eran de plástico, y el reloj tenía impresa una marca de whisky en la esfera.  Eran las cinco y media. Billy entró en el local.

-Aquí lo tenemos. No les hizo caso.

-¿Qué será, pues? -preguntó Gerhart.

-Cerveza.

En la pared había la cabeza disecada de un oso, con unas gafas apoyadas en la nariz y una lengua de yeso roja. Encima colgaba una bandera norteamericana, con un letrero que ponía: NO SE PERMITEN PERROS. En torno al mediodía acudían unas cuantas personas como Wayne Garrich, el de la agencia de seguros, que llevaban sombrero de paja estilo ranchero con las alas enrolladas en los lados. Luego llegaban los obreros de la construcción, con sus camisetas y sus gafas de sol, y los de la compañía del gas. Siempre estaba lleno después de las cinco. Los peones de los ranchos se sentaban juntos en las mesas, con las piernas estiradas. Llevaban cinturones con hebillas doradas en forma de cabeza de res.

-Son treinta centavos -dijo Gerhart -. ¿Qué haces ahora? ¿Todavía trabajas para el viejo Harry?

-Sí, bueno...

-La voz de Billy se fue apagando.

-¿Cuánto te paga? Le daba vergüenza decir la verdad.

-A dos cincuenta la hora.

-¡Jesús! -exclamó Gerhart-. Yo pago esto para que me barran los suelos.

Billy asintió. Carecía de respuesta.

El propio Harry cobraba tres dólares la hora. Era muy probable que hubiera gente en el pueblo que cobrara más, dijo, pero ésta era su tarifa. Por ese precio se comprometía a hacer los cimientos en tres semanas.

No había habido ni un solo día de lluvia. El sol caía como una losa sobre sus espaldas.

Harry sacó la pala y la azada del maletero del coche. Era un hombre alto, acarreaba las herramientas con una sola mano. Le dio la vuelta a la carretilla: los sacos de cemento estaban apilados debajo, encima de una tabla de contrachapado. Roció la carretilla con la manguera. Luego empezó a mezclar la primera carga de hormigón: cinco paladas de grava, tres de arena y una de cemento. De vez en cuando se detenía y sacaba una ramita o una brizna de hierba. El sol quemaba como una plancha al rojo vivo. Un sinfín de días como éste en Texas y sus alrededores. Revolvía la mezcla seca una y otra vez, y por último vertió el agua. Añadió más agua, y lo mezcló todo. La mezcla adquirió el intenso color gris de los ríos, la lisa superficie rota por la grava. Billy estaba a su lado, observando.

-No la quiero demasiado clara -murmuró el anciano. Siempre daba la sensación de que hablaba para sí. Dejó la azada a un lado

-Así ya está bien -dijo.

Tenía los hombros encorvados, había en ellos la huella del trabajo. Cogió los brazos de la carretilla sin enderezarse.

-Deja que la lleve yo -dijo Billy, estirando los brazos hacia la carretilla.

-No pasa nada -murmuró Harry, y sus dientes silbaron al pronunciar la ese.

Él mismo empujó la carretilla, la superficie ahora lisa oscilaba un poco de un lado a otro, y la dejó con una sacudida cerca de los moldes de madera que había montado. Billy había cavado la zanja. Después de revisar los moldes por última vez, inclinó la carretilla y el denso líquido cayó por la punta acanalada. Rascó la carretilla hasta vaciada, y luego recorrió el lateral de la zanja con la pala, clavándola para llenar los huecos. En el segundo viaje dejó que Billy empujara la carga, desnudo de cintura para arriba, el sol abrasándole los hombros y la espalda, los músculos le temblaban mientras sostenía en alto la carretilla. Al día siguiente dejó que él hiciera la mezcla.

Billy vivía cerca de la iglesia católica, en una habitación de la planta baja.



En ella había una ducha de metal. Dormía sin sábanas y por la mañana bebía la leche directamente del envase. Salía con una chica llamada Alma, que trabajaba de camarera en Daly's. Tenía las pantorrillas duras. No era muy habladora, pero su afabilidad le volvía loco. A veces estaba en el bar de Gerhart con alguien más, entre la confusión de voces y el estallido de alguna risa, los famosos pesos pesados colgando de la pared a sus espaldas. Había manchas de humedad cerca del techo. Y la puerta del aseo de caballeros no paraba de dar portazos.

Solían hablar de ella. Se quedaban de pie en la barra para poderla ver con sólo ladearse un poco. Era una chica en un pueblo pequeño. En la televisión transmitían un partido de fútbol desde Grand Junction, y ellos pensaban en sus piernas mientras miraban el partido. Era como un animal que todos codiciaban. Alma fumaba mucho, pero sus dientes eran blancos. Tenía la cara achatada, como las de los boxeadores. Viviría en el aparcamiento para casas-remolque, le había dicho Billy. Sus chicos comerían pan blanco en los enormes paquetes blandos de Woody Creek Store.

-Oh, ¿de veras?

No le había dicho que no. Se limitó a mirar hacia otro lado. Como un animal. No importaba cuán puros fueran éstos, cuán hermosos. Los transportaban por la autopista con estrepitosos camiones pesados, y las briznas de paja salían volando al pasar. Observados por la mirada fría de los va- queros. Los introducían en el matadero, los golpes repentinos que les rompían la osamenta, sus gritos amortiguados... Billy no solía gastar mucho dinero en ella; estaba ahorrando. Pero Alma nunca se lo mencionaba.

Vertieron la mezcla en el lado de la casa que daba a la calle Tres, y luego empezaron por la parte de la fachada. Billy pensaba en ella bajo el sol que le bronceaba los brazos. Levantó la pesada carretilla y todo su cuerpo se endureció, como un cable al tensado. Cuando terminaron, al atardecer, Harry lo limpió todo con la manguera y metió la pala y la azada en el maletero del coche. Se sentó en el asiento de delante y dejó la puerta abierta. Sonrió como para sí. Se le- vantó la gorra y se alisó el cabello.

-Oye. -Había algo que deseaba decide. Bajó la mirada al suelo. ¿Alguna vez has estado en el Oeste?

Tenía una historia de la California de los años treinta. Había muchos de ellos que iban de ciudad en ciudad, en busca de trabajo. Un día llegaron a un sitio, había olvidado su nombre, y entraron en un pequeño restaurante. En aquel entonces se podía conseguir una comida completa por treinta centavos, pero cuando fueron a pagar, el dueño les dijo que les costaría un dólar y medio a cada uno. Si no les gustaba, añadió, al final de la calle estaba el cuartelillo de la policía estatal. Después de esto, Harry cruzó la calle y entró en la barbería: su aspecto recordaba el del músico aquel, llevaba una larga melena... El barbero le puso el peinador alrededor del cuello. Cortar, le dijo Harry. Y luego, Oiga, espere un segundo. ¿Cuánto me costará? El barbero ya tenía las tijeras en la mano. Veo que ha comido en casa del griego, le dijo.

Harry soltó una risa breve, casi tímida. A continuación se volvió hacia Billy, enseñando sus largos dientes. Todos eran suyos... Billy se estaba abrochando la camisa. Hacía calor por la noche. El verano más caluroso en muchos años, todo el mundo lo decía, el más caluroso de su vida. En el bar de Gerhart, todos llevaban botas enormes y polvorientas.

-Joder, qué calor -se decían unos a otros.

-Ya no puede hacer más.

-¿Qué será, pues? -inquirió Gerhart. Su hijo tonto estaba aclarando vasos.

-Cerveza.

-Apetece con este calor, ¿eh? -preguntaba Gerhart, mientras servía la cerveza. Estaban en la barra, los brazos cubiertos de polvo. Al otro lado de la calle había un cine. Más arriba del desfiladero, la cantera de arena y grava. En los alrededores había ranchos, una fábrica de macadán, hombres como Wayne Garrich, que apenas hablaban, pues la amargura había penetrado en sus huesos. Eran hombres reflexivos, de hábitos pausados. Miraban a través de los cristales de las ventanas, grandes como los escaparates de las tiendas.

-Por allí va Billy.

-Sí, es él.

-Bueno, ¿qué opináis?

Exponían sus opiniones en voz baja, como si fueran apuestas. Sobre la barra, brazos del tamaño de troncos.

-¿Va o viene del asunto?

Los cimientos se habían concluido a comienzos de septiembre. Quedaba algo de arena donde había estado el montón; unos pocos restos de grava. Las noches ya eran frías, la primera desertización del invierno, ni una luz en el pueblo... Los árboles estaban en silencio, intimidados. De repente habían empezado a cambiar, los más grandes sobrevivirían.

Harry murió hacia las tres de la mañana. Había tenido que apoyarse en el carrito del supermercado, detrás de las estanterías, luchando por respirar. Intentó beber un poco de té. Luego se sentó en su sillón. Estaba entre dormido y despierto, encendida la luz de la cocina. De repente sintió un dolor espantoso, como si fuera a reventar. La boca se le quedó abierta, secos los labios. Había dejado muy poco, unas cuantas prendas de vestir, el Chevrolet lleno de herramientas. Todo tenía un aspecto apagado, sin vida. El mango de su martillo estaba liso.

Había trabajado por todas partes, en Galveston había construido buques durante la guerra. Encontraron fotos de cuando tendría veinte años, la misma nariz aguileña, el rostro duro de campesino. Parecía un faraón, allá en la funeraria. Le habían juntado las manos. Tenía las mejillas hundidas, los párpados como papel. Billy Amstel se marchó a México en un coche que él y Alma compraron por cuatrocientos dólares. Habían acordado compartir gastos. El sol pulía el parabrisas en su viaje hacia el sur. Ambos se contaron otros relatos de sus vidas.

 

 

 

tr: Antoni Puigros Jaume

Ed. Muchnik

 

 

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