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Agosto


Bruno Schulz

 

I

En el mes de julio mi padre se iba a las termas y nos dejaba a los tres –mi madre, mi hermano mayor y yo– abandonados a las jornadas del verano, embriagadoras y blancas de fuego. Aturdidos por la luz, hojeábamos el gran libro de las vacaciones, cada una de cuyas páginas destellantes de sol conservaba en su fondo recóndito la pulpa de las peras doradas, azucarada hasta el éxtasis.

Durante esas luminosas mañanas, Adela, como una Pomona, volvía en ascuas del fuego del día y vaciaba su canasta repleta de coloreadas bellezas solares. Primero aparecían las brillantes cerezas, hinchadas de agua bajo su piel fina y transparente, las misteriosas guindas morenas, cuyo sabor no satisfacía, sin embargo, las promesas de su perfume; los damascos, en cuya pulpa dorada dormitaban largas y recalentadas tardes. A continuación, después de la pura poesía de los frutos, venían los enormes cuartos de carne, potentes y nutritivos, con sus teclados de costillas de ternera. Y por fin las legumbres, semejantes a plantas acuáticas, medusas muertas o cefalópodos. Todo ese material de comida todavía indeterminado y estéril, ingredientes vegetales y telúricos del futuro almuerzo, despedía un aroma salvaje y campestre.

El penumbroso apartamento del primer piso daba sobre la plaza del mercado, y cada día era atravesado de parte a parte por el gran verano: el silencio tembloroso de las corrientes de aire, los rectángulos de luz sumidos en un sueño febril sobre el piso encerado, una melodía de organillo arrancada a la napa dorada más profunda del día, dos o tres compases de un refrán tocado en algún piano y que vuelve sin cesar, para luego desvanecerse en el sol de las blancas veredas, perdiéndose en el fuego profundo del día.

Terminada la limpieza, Adela corría las cortinas de lino, sumiendo en las penumbras el apartamento. La intensidad de los colores disminuía entonces en una octava, las habitaciones se llenaban de obscuridad, como si se hundieran de pronto en la luz de las profundidades marinas reflejada por los verdes espejos del agua, y todo el calor tórrido de la jornada respiraba en las cortinas que se hinchaban ligeramente bajo los ensueños del mediodía.

Los sábados por la tarde mi madre me llevaba de paseo. De la penumbra del corredor se pasaba entonces, de sopetón, al baño solar del claro día. Los transeúntes, chapaleando en el oro, entrecerraban los ojos; sus párpados parecían untados de miel y sus belfos levantados dejaban al descubierto los dientes y las encías. Sus rostros exhibían esa mueca del calor como si el sol les hubiera impuesto una máscara de fraternidad solar, y cuando se cruzaban en la calle, jóvenes y viejos, mujeres y niños, se saludaban con esa máscara bárbara, insignia de un culto báquico, pintarrajeada con grandes trazos de oro sobre sus rostros.

La plaza del mercado estaba vacía, amarilla de fuego, y los vientos calientes la barrían como al desierto bíblico. Sólo las acacias espinosas desplegaban su claro follaje, maraña de filigrana verde finamente recortada, como la de los antiguos gobelinos. Llenos de afectación, esos árboles simulan el efecto del viento, desgreñando sus copas con gesto teatral, mostrando, en poses patéticas, la elegancia de sus abanicos de reverso plateado como las nobles pieles de los zorros. Sobre las viejas casas de muros pulidos por los vientos jugaban los reflejos de la atmósfera: ecos, recuerdos de tonos dispersos en el fondo del tiempo coloreado. Parecía como si generaciones enteras de jornadas estivales, rasqueteando los revoques mohosos de las viejas fachadas como pacientes albañiles, cascando su esmalte engañoso, hubieran desnudado su verdadero rostro, la fisonomía que su destino les había conformado desde el interior. Las ventanas, enceguecidas por la luz de la plaza vacía, dormían apaciblemente y los balcones confesaban al cielo su vacuidad. Los portones, totalmente abiertos, olían a frescura y a vino. Un grupito de niños harapientos, el único que había escapado, en un ángulo de la plaza, a la escoba tórrida del calor; atacaban a una pared con continuos disparos de botones y monedas, como si el oráculo de esos redondeles de metal pudiera revelarles la verdadera naturaleza de la pared, el sentido jeroglífico de sus fisuras y resquebrajaduras. Sólo esos niños quebraban el vacío de la plaza. Se podía esperar que, en cualquier instante, apareciera; saliendo de la sombra de las acacias, frente al portón del vinero atestado de barriles, el asno del Samaritano arrastrado por el freno, y que los servidores se precipitaran para traer al enfermo de la sala recalentada y lo llevaran por la fresca escalera hasta la planta baja, que olía a sabbath.

Así íbamos, mi madre y yo, bordeando la plaza, paseando nuestras sombras sobre los muros de las casas como sobre un teclado. Bajo nuestros arrastrados pasos el pavimento desfilaba lentamente, a veces de un tono rosa claro como el de la piel humana, a veces dorado o azul, muy liso, caliente, aterciopelado como un rostro solar, pisoteado por los transeúntes hasta el punto de hacerse irreconocible, dulcemente inexistente.

Y por fin, en la esquina de la calle Stryj, entrábamos en la sombra de la farmacia. Un gran recipiente lleno de jarabe de frambuesa simbolizaba, en la vitrina, el frescor de los bálsamos bienhechores. Unas casas más allá la calle perdía su decoro, como un paisano que, de retorno a su casa, se despoja, en el camino de toda su elegancia ciudadana para transformarse poco a poco, a medida que se acerca a su aldea, en un miserable rústico. Las casitas de los barrios apartados zozobraban en la verdura, enterradas hasta las ventanas en la floración exuberante y loca de los pequeños jardines. Olvidados por la luz del día, la hierba, los cardos y las flores se expandían profusamente, felices de esa pausa que usufructuaban, soñando al margen del tiempo, en los bordes del día infinito. En el extremo de su tallo, un girasol atacado de elefantiasis esperaba en su duelo amarillo el fin de sus días, doblegado bajo el peso de su monstruosa corpulencia. Pero las ingenuas campanillas de los suburbios, las simples florecillas de percal, no podían hacer nada y se quedaban muy tiesas en sus corolas rosas y blancas, insensibles al gran drama del girasol.

 

II

Una espesa maraña de hierbas y cardos arde, crepitando, en el fuego de la tarde. La siesta perezosa del jardín está poblada por el zumbido estrepitoso de las moscas. Los tallos dorados aúllan al sol como una bandada de langostas rojizas, los grillos se desgañitan en la lluvia de fuego, las silicuas llenas de granos estallan silenciosamente con un susurro de cigarras. Hacia los setos la gruesa capa de hierbas se abulta como si el jardín se hubiera dado vuelta en sueños y su pecho robusto respirara el silencio de la tierra. Aquí el mes de agosto, en su incontinencia de hembra en celo, ha cavado enormes embudos de bardanas, ha plantado inmensas plantas velludas, extendido odiosas lenguas de carne verde. Allá, esas primaveras exorbitadas, se hinchaban acurrucadas, a medias devoradas por sus faldas en furia. El jardín vende a vil precio, al primero que llega, todas sus mercaderías: el saúco, los llantenes que huelen a jabón, el alcohol salvaje de la menta, en fin, toda esa pacotilla del mes de agosto. Pero del otro lado de los setos, más allá de ese ombligo del verano donde la exuberante torpeza de la hierba gozaba a sus anchas, había un gran montón de basura donde sólo crecían los cardos. Nadie sabía que allí el mes de agosto había resuelto ese verano festejar su gran orgía. Sobre ese montón de basuras, apoyado contra el seto y hundido en el follaje espeso del saúco estaba el lecho de una joven idiota, Tonia. Así la llamaban. Sobre un montón de residuos, cascotes y detritus, de viejas pantuflas y cacerolas agujereadas, se levantaba su cama de metal pintada de verde. Cuatro ladrillos le servían de patas.

Sobre el conjunto, el aire bullía, irradiaba calor, estriado por los resplandores de los brillantes tábanos irritados por el sol que rechinaban como agitados por invisibles carracas. El aire invitaba a la locura.

Tonia estaba acurrucada entre sábanas amarillas y andrajos. Su cabezota estaba erizada de cabellos negros. Su rostro se movía como el fuelle de un acordeón. A cada instante una mueca dolorosa lo ajaba en mil pliegues diagonales; luego el asombro los estiraba de nuevo, los distendía, descubría las pequeñas hendeduras de los ojos y las encías húmedas, los dientes amarillos bajo los labios carnosos en forma de hocico. Tonia parlotea a media voz, dormita, refunfuña y gruñe. Las moscas cubren su forma inmóvil con una capa pegajosa y, de golpe, ese montón de viejas prendas, de harapos y jirones, comienza a moverse como si toda una carnada de ratas se debatiera. Las moscas, espantadas, levantan vuelo formando una gran nube negra, llena de furiosos zumbidos, fulgores y chispas. Y mientras que los guiñapos caen por tierra y se esparcen sobre los desperdicios como ratas que huyeran en todas direcciones, una forma se recorta lenta, penosamente, en el montón de basuras: una joven idiota, semejante a un dios pagano, se yergue sobre sus piernitas infantiles, y su cuello, inflado por la cólera, su rostro obscurecido por el furor, en el que se distinguen, como pinturas primitivas, los arabescos de las venas hinchadas de sangre, dejan escapar un grito ronco, animal, arrancado de los bronquios y los tubos de órgano de ese pecho a medias animal, a medias divino. Los cardos aúllan al sol, las bardanas se inflan y se envanecen de su carne impúdica, los grandes llantenes escupen una baba venenosa, mientras que la joven idiota, lanzando gritos ahogados, frota convulsivamente sus caderas carnosas contra el tronco del saúco, que cruje silenciosamente bajo los ataques de su concupiscencia débil, incitándolo imperiosamente a una fecundidad desnaturalizada.

La madre de Tonia hace la limpieza en las casas de la vecindad. Es una buena mujer, pequeñita, amarilla como el azafrán, y es también con azafrán con lo que impregna los pisos, las mesas y los bancos de madera de abeto que lava durante todo el día en las casas de los pobres. Una vez fuí con Adela a casa de María. Era por la mañana y entramos en una piecita pintada de azul. Sobre el piso de tierra apisonada se pavoneaba el sol, amarillo claro, en el silencio matinal medido por el horrible rechinar de un reloj aldeano. María la loca estaba acostada en un cajón lleno de paja, blanca como una hostia y silenciosa como un guante que la mano ha abandonado. Y, como para aprovechar su sueño, el silencio era inagotable, ese amarillo silencio malvado y vocinglero charlaba, criticaba, arengaba en alta voz, en un vulgar soliloquio de maniático. Y el tiempo de María, el tiempo aprisionado en su alma, la había abandonado, y galopaba, horriblemente real, a través de la pieza. Ruidoso, se derramaba a baldazos desde el molino del reloj como si fuera harina, mala harina, harina friable, esa harina estúpida de los locos.


III

En una de esas casitas, rodeada por un cerco obscuro, hundida en la verdura proliferante, vivía la tía Ágata. Atravesando el jardín se llegaba a la puerta de entrada, coronada por grandes bolas de vidrio suspendidas de espigas metálicas. En esas bolas verdes, rosas y violetas había mundos enteros de luces y colores, encerrados como las imágenes felices contenidas en la inaccesible perfección de las pompas de jabón.

En la penumbra del vestíbulo, cuyas paredes estaban tapizadas de imágenes populares a medias corroídas por la humedad y ciegas de vejez, reconocíamos un olor familiar. Este olor contenía, en su fórmula de asombrosa sencillez, toda la vida de esa gente, el misterio de su raza, de su sangre y de su destino, confundidos inextricablemente en el flujo cotidiano de su tiempo personal. La vieja y sabia puerta, cuyos apagados suspiros acompañaban al ir y venir de la gente, las entradas y salidas de la madre, de las hijas y del hijo, se había abierto a nuestro paso sin ruido, como la puerta de un armario, dejándonos penetrar en su vida. Estaban sentados a la sombra de su destino y no luchaban más; sus primeros gestos torpes traicionaban su secreto. Por otra parte ¿no éramos sus parientes, ligados a ellos por los mismos lazos de la sangre y de la suerte?

Las pesadas cortinas de terciopelo azul veteado de hilos dorados preservaban la obscuridad de la pieza, pero aún aquí el eco de la llameante luz diurna, aunque filtrada por la espesa verdura del jardín, jugaba con reflejos cobrizos sobre los marcos de los cuadros, las fallebas de las puertas y los vidrios de los tabiques. La tía Ágata se levantó de su sillón. Era alta, abundante de carnes, carnes blancas como roídas por el moho. Nos sentamos a su vera, haciendo un alto al borde de su vida, un poco embarazados por la pasividad con la cual ella y sus hijos se ofrecían a nuestras miradas. Bebimos jarabe de rosas con agua, bebida extraordinaria que me parecía reunir en su aroma y sabor la esencia misma de ese tórrido sábado.

La tía Ágata renegaba. Era el tono general de su conversación, la voz misma de esa carne blanca y fértil que parecía desbordarle del cuerpo y experimentar la más grande dificultad para mantenerse dentro de los límites de una forma individual, pronta a hacerse pedazos en cualquier instante, a brotar, a proliferar.

Hubiérase dicho que su femineidad podía privarse cómodamente de la fecundación y bastarle un aroma algo masculino, un vago olor de tabaco o una broma relativamente picante, para ponerse a proliferar lujuriosamente. Y, en realidad, sus continuas recriminaciones a su marido y sus domésticos, su solicitud cargosa hacia los niños, no eran más que caprichos de su fecundidad insatisfecha, prolongación natural de esa coquetería insoportable, arisca, lacrimosa, con la que ponía a prueba a su marido. El tío Marcos, pequeño, encogido, de rostro perfectamente asexuado, parecía reconciliado con su insuficiencia y permanecía en la sombra de un desprecio infinito que debía parecerle muy confortable. En sus ojos grises se incubaba la brisa lejana del jardín, tamizada por los vidrios de la ventana. De tanto en tanto trataba tímidamente de protestar, de enfrentar a su mujer, pero la marea de la omnipotencia femenina barría con ese gesto insignificante e iba más allá, triunfalmente, ahogando bajo su flujo impetuoso esos débiles sobresaltos viriles. Había algo de trágico en esa fecundidad sin freno: la miseria de una criatura que se debatía entre la nada y la muerte, el admirable coraje de la hembra triunfante sobre la insuficiencia del macho. Pero la progenitura estaba allí para probar lo bien fundado de ese pánico maternal, de esa furia por parir que se agotaba en productos defectuosos, en una generación de fantasmas exangües.

Lucía había entrado en la pieza. Su cuerpo aún infantil, de carne blanca y delicada, soportaba una cabeza prematuramente desarrollada. Me tendió su mano de muñequita y se ruborizó de inmediato. Disgustada por esos colores que traicionaban impúdicamente los secretos de sus reglas precoces, pestañeaba y enrojecía ante la pregunta más inocente, ya que ésta podía contener una alusión a su virginidad ultrasensible.

Emilio, el mayor de mis primos, lucía un bigotito rubio en su rostro deslavado e iba de un extremo a otro de la pieza con las manos hundidas en los amplios bolsillos de sus pantalones.

Su traje elegante y costoso era notoriamente exótico. Emilio acababa de llegar del extranjero. En su rostro confundido y mustio, que día a día parecía diluirse hasta semejar una blanca pared, una pálida red de venas dejaba transparentar aún, aquí y allá, los recuerdos de una vida tempestuosa y fracasada. Era un maestro en juegos de naipes, fumaba largas y elegantes pipas y olía a lejanas comarcas. Recorría sus recuerdos con la mirada ausente y contaba extrañas anécdotas cuyo hilo a veces extraviaba bruscamente, dejándolas inconclusas, disipadas en la ambigüedad.

Yo lo miraba ávidamente en la esperanza de distraer un poco su atención para que me ayudara a escapar del hastío de la siesta. Y me pareció, en efecto, que al salir de la pieza me había guiñado un ojo. Lo seguí, pues, a la habitación vecina. Se había sentado en un cosy-corner muy bajo y las rodillas le quedaban a la altura de la cabeza, calva como una bola de billar.

Aparentaba ser nada más que un traje amplio y arrugado, arrojado negligentemente sobre el apoyabrazos. Su rostro sólo era el aliento de un rostro, la huella que un desconocido, al pasar, hubiera dejado en el aire. Hurgaba en su billetera con sus manos de venas azules.

De la neblina de su cara emergió dificultosamente un ojo torvo que me hizo una seña de connivencia picaresca. Me sentí invadido por una desbordante simpatía hacia ese hombre. El me tomó en sus rodillas y, barajando con sus manos expertas las fotografías que había sacado de su billetera, me hizo admirar imágenes de hombres y mujeres en extrañas posturas. Estaba apoyado en él y miraba esos cuerpos humanos tan delicados, esos ojos lejanos que nada veían, cuando, de pronto, el fluido de la intensa turbación que había revuelto el aire me alcanzó y me hizo estremecer de inquietud, llevándome a una repentina comprensión. Mientras tanto, la bruma de esa sonrisa que se había dibujado bajo su indeciso bigote, el embrión del deseo que había alterado el latido de una vena de su sien, la tensión que había fijado por un instante los rasgos dispersos de su rostro, todo eso había desaparecido, y su rostro se hundió otra vez en la nada, se entregó, desapareció.

 

 

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