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El León de Kabul

Christine Aziz

 


 

En la víspera de la toma del poder por los Talibanes fundamentalistas, la periodista Christine Aziz, nos cuenta cómo el destino de este animal, alguna vez noble, llegó a parecerse al de la gente de Kabul en Afganistán.

El recorrido turístico de Kabul parece una obscenidad. Amir Shah, el chofer de nuestro taxi, insiste en pasearnos por lo que fuera la ruta turística. Todo lo que nos va señalando está descrito en tiempo pasado: "Esta era nuestra universidad", "Este era el Palacio", "Este era uno de nuestros hoteles más lujosos". Hay tal orgullo retrospectivo en la voz de Shah que nos fuerza a contestar en un murmullo: "Debió haber sido muy bonito".

"Ahora los llevaré hasta el zoológico" nos dice Amir intentando levantar nuestro ánimo. Bajamos en lo que debió haber sido un majestuoso jardín, hoy, todo lo que queda de él son las raíces retorcidas de sus árboles; las ramas fueron arrancadas por los habitantes de Kabul para utilizarlas como leña.

Las jaulas siguen al costado de los senderos, pero los barrotes están retorcidos y todas están vacías. "Se robaron a la mayoría de los animales y pájaros. Para comerlos" explica Amir. "Pero nos queda el león," nos dice esforzándose en mostrarnos la utilidad de la visita. "No me acuerdo ya de su nombre. Simplemente lo llamamos 'León'."

El león está echado en la única jaula que permanece intacta, su cabeza descansa adormecida sobre sus enormes zarpas delanteras. Enseguida notamos que no tiene ojos, y que su cara está llena de cicatrices. Su melena se ha reducido a unos pocos mechones. Quedamos anonadados mirando a ese león pelado y ciego mientras intentaba ponerse de pie. Amir Shah comenzó a contarnos la historia del León.

"Algunos mujahidines vinieron de visita al zoológico y al ver a León desafiaron a uno del grupo a meterse en la jaula. El león dormía y el mujahidin logró tocarlo sin salir lastimado. Pero se envalentonó e intentó lo mismo con una de las hembras; para ese entonces León había despertado y lo atacó. Un hermano del mujahidin le tiró una granada de mano que explotó sobre la cara de León. De todos modos, era tarde. El león había matado al mujahidin."

Era difícil de creer que ese pobre espécimen, ahora gruñendo débilmente frente nuestro, hubiera sido capaz de semejante agresividad. "Llevaron al león al Hospital de la Cruz Roja," siguió contando Amir Shah. "El mejor hospital de Kabul, y los doctores trataron de salvar su ojos. Pero no pudieron."

Todos en Kabul quieren que León siga con vida. Es como si este animal orgulloso hubiera llegado a ser un símbolo para la ciudad y, su espantoso drama, una metáfora para las batallas insensatas desarrolladas en sus calles. Ambos, León y Kabul, son las víctimas de una destrucción perversa inspirada por creencias urdidas entre "el honor" y un tozudo orgullo machista. Si llegara a morir León, entonces, la necedad de hombres habría triunfado.

Volvimos en silencio en el taxi de Amir Shah. Pero ahora sintiendo un reverencial respeto por este hombre capaz de reír, y hasta bromear mientras conduce por entre semejante desolación. Como cualquiera de los demás residentes, demuestra el coraje y la resolución producto de los 16 años de guerra comenzados cuando los Rusos ocuparon la ciudad en 1979, y que derivaron en guerra civil diez años después, cuando la abandonaron. Los mujahidines de cualquiera de las facciones en pugna, se las arreglaron para proseguir la destrucción que los rusos descargaron sobre Afganistán. Las escuelas y las universidades fueron saqueadas, libros y equipos técnicos fueron vendidos en Pakistán, los tanques de agua se usaron como blancos para la práctica de tiro -haciendo prácticamente imposible su recuperación por parte de los distintos programas de ayuda- y los casas quedaron destruidas en los tiroteos y batallas que se llevaron a cabo en las zonas residenciales de la ciudad.

El sol comienza a esconderse volviendo de un rosa suave la nieve sobre las montañas que rodean Kabul. Amir Shah comienza a cantar una canción que habla del amor a una mujer joven y hermosa, dobla en una calle lateral y detiene el automóvil. "Les quiero mostrar donde vivía", nos dice y nos hace bajar del auto al tiempo que nos advierte que no dejemos la senda por el peligro que representan la minas que hay dispersas por toda la zona. Nos señala una pared que queda en pie entre una pila de escombros. "Esa era mi casa", nos dice. Y notamos que parte de la pared ha sido reconstruida. "Ahí estaba la puerta", nos explica, "pero yo la tapié para evitar que se meta gente en mi jardín y tire abajo el árbol por la leña. Lo quiero proteger para cuando vuelva con mi familia a casa".

En el crepúsculo percibimos que el árbol estaba cubierto con un plateado y perfumado rocío.

The Internationalist

Christine Aziz es una periodista free lance residente en Amsterdam

 

 

 

 


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