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La lujuria zen de

Claudio Bertoni

 

Leila Guerriero - Plano Americano


En su cuarto hay una cama de dos plazas cubierta por una colcha rústica de colores y. junto a ella, una biblioteca. Sobre la cabecera hay cuadros, fotos, papeles, bolsas de supermercado, algunas llenas de cajas de medicamentos vacías varias bolsas de té usadas. Las utiliza para hacer obras, pero muchos de quienes las han visto concluyeron que es un acumulador patológico, alguien con síndrome de Diógenes.

-De repente tengo el síndrome ese, pero Diógenes era conocido porque hacía todo lo contrario. El huevón vivía adentro de un macetero. No entiendo por qué le dicen así. ¿Tú sabes?

No lee diarios, pero sí mira mucha televisión -Film & Arts, CNN, BBC-, y dice que si se ganara el Premio Nacional de Literatura, al que fue propuesto dos veces -Roberto Bolaño apoyó la primera postulación-, se verían beneñcíados los mendigos a los que, cada tanto, les da (poco) dinero.

-Yo vivo con menos del salario mínimo. Y la literatura, desde el punto de vista del valor, no me importa. Mira, a mí me invitan a las ferias del libro y siempre digo que no. Me parece bien que existan, pero es todo lo que yo detesto. Hay demasiados libros. Está lleno de narradores latinoamericanos que son impecables, lo han leído todo, saben la ironía perfecta, el matiz, pero no me hacen nada. Yo me voy a morir, me van a comer los gusanos, el sol se va a apagar. Escribir me importa un pico. Mirar un lápiz y que solo sea un lápiz. Eso es el cielo. El Premio Nobel. Y es lo que dice este poeta que adoro, Pessoa, el regalo más grande que le ha hecho el creador a un ser humano es que no se dé cuenta de que está viviendo.

En 1998, cuando atravesó aquel hundimiento psíquico, pidió que le regalaran el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Lo abrió y lo cerró al instante, como quien encierra a un demonio.

-No pude leerlo porque hablaba exactamente de lo que me pasaba a mí. Lo pude leer años después, y entonces encontré ese fragmento.

El fragmento 363, dice, es la explicación perfecta de lo que le sucedía: «El hombre vulgar, por más dura que sea con él la vida, tiene al menos la felicidad de no pensarla. Vivir la vida transcurríendo, exteriormente, como un gato o un perro (…). Pensar es destruir (...). Si los hombres supiesen meditar el sistema de la vida, si supiesen sentir las mil complejidades que acechan al alma en cada pormenor de la acción, no actuarían nunca, incluso no vivirían. Se matarían de tan asustados.»

- De tan asustados, esa es la cosa. Mira, hay caballeros chilenos de extracción modesta, que han leído poco y nada, que andan con un chaleco, un suéter abotonado y una chaqueta, y son morenitos y andan peinados y con sus señoras, y tengo la sensación clarísima de que esos seres son como la sal de la tierra. De chico, cuando me escapaba de las clases, no iba al cine. Iba a la catedral. Uno de los días que fuí había un cura joven en el púlpito. Estaba cantando una melodía mundana. Sonaba, no sé, como josé Luis Perales. Y me causó una sonrisa esa huevada. De pronto me di cuenta de que había una serie de personas que estaban escuchando su canto, gente muy sencilla. Camíné hasta el fondo, llegué hasta el altar, y cuando vengo de vuelta el tipo ya no estaba cantando, y toda esa gente anónima estaba murmurando la melodía, con un «mmm», y era hermoso, y era gente pobre, viejitos y señoras gorditas, y los caballeros esos con chaleco. Me quedé como extasiado. Y entonces, mientras veía a estos seres y escuchaba ese murmullo que ascendía, sentí...

Mira hacia el techo como desesperado, intentando hacer pie en un final feliz imposible, inexistente.

-Hay un verso de Nerval que tradujo Luis Cernuda. y dice más o menos «al cielo el Señor alzó sus flacos brazos... y el cielo...».

La voz se vuelve un susurro estrangulado, horrendo:

-«...y el cielo estaba vacío».

Bertoni apenas respira y tiene los ojos repletos de lágrimas.

-Fue como si hubieran agarrado una placa de aluminio y me la hubieran dado en la nuca. Me vino un llanto como sí me salieran unos aerolitos de cemento de la garganta. Me mordí la bufanda y me fui detrás de una columna a llorar. Eso fue lo que me pasó. Que el cielo estaba vacío.

Publicado en el suplemento cultural «Babelia», del diario El País, de España. el 9 de agosto de 2017.


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