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Sobre Carson McCullers

El corazón de una joven

por Josyane Savigneau

 


 

En 1951, Carson y Reeves, su marido, regresan a Francia. Con el dinero que ella ganó por la adaptación al teatro de Frankie y la boda, que fue un éxito en Broadway, compra una casa de campo a una hora de París. Pero su matrimonio no anda bien. Ella y Reeves ya se habían divorciado una vez y se habían vuelto a casar. En ese momento todo indicaba que iban camino directo a un segundo divorcio. Los dos beben mucho. Un amigo norteamericano de ese entonces, John Brown, declara, después de haberlos hospedado en su casa en Francia, en el campo, que "no se podía vivir bajo el mismo techo con esa gente, más allá de la amistad que uno pueda sentir por ellos: demasiado alcohol, demasiados gritos, demasiados dramas, peleas de gente ebria que perdió el control".

Posteriormente, cuando los McCullers se instalan en el Hotel du Pont-Royal en París, Carson llama a su amigo Tennessee Williams, que vive en el mismo lugar. Le pide que la ayude a cambiar de habitación para instalarse en un piso inferior -estaban en el quinto-, porque Reeves amenaza con saltar por la ventana. Williams corre a hablar con el desafortunado Reeves, quien le explica que quiere morir porque acaba de descubrir que es homosexual. Williams responde secamente: "Mira, Reeves, yo sólo me arrojaía por la ventana si alguien me obligara a no ser homosexual".

Ese día Reeves es rescatado de su desesperación, pero Carson ya no puede tolerar sus ataques de depresión en los que lo carcome el rencor. Regresa sin él a los Estados Unidos. En noviembre de 1953, Reeves se suicida en otro hotel parisino. Pero a pesar de la desdicha que conoció en Francia, Carson McCullers nunca dejará de soñar con su país de adopción, reino mítico de la cultura.

El libro de Josyane Savigneau acumula las cualidades -y evita los peores defectos- de las tradiciones biográficas norteamericanas y francesas. Los franceses muchas veces son profusos en el análisis y escuetos en la investigación; los norteamericanos pueden resultar extenuantes por la acumulación de informaciones, hasta de detalles sin importancia, irritar al lector advertido moralizando en exceso y reduciendo los comportamientos a "claves" psicológicas de naturaleza freudiana (generalmente sexual).

La autora se interesa en McCullers la artista y posee un conocimiento elogiable de las necesidades, de los hábitos y de los defectos inevitables de un escritor. Describe su evolución estética con una rara sensibilidad. Rehuye los relatos sobre McCullers la «bisexual" o la "lesbiana" y observa con delicadeza que sus vínculos afectivos fueron, en su mayoría, amores de escolar con mujeres: nada deja suponer que alguno de ellos haya sido fisico. Refuta con tranquilidad la acusación absurda, y a menudo repetida, según la cual sus libros habrían sido escritos por su marido. También está dispuesta a demostrar que la aparente neutralidad de los biógrafos norteamericanos de McCullers esconde una hostilidad innegable -e inmerecida- hacia su sujeto, que no es otra cosa, al final de cuentas, que el desprecio ordinario de pequeño burgués que siente el biógrafo literario por su héroe, o su heroína, excéntrica y bohemia.

Camus observaba que los escritores norteamericanos son los únicos en el mundo que no son necesariamente intelectuales. Tal vez esto es lo que precisamente llevó a los europeos fatigados, después de la guerra, a entusiasmarse por Erskine Caldwell, James Jones y Carson McCullers. Pero una de las grandes cualidades de este trabajo es haber corregido esta falsa impresión de una McCullers primitiva. Como ella subraya, Carson, sin haber recibido demasiada instrucción, era una lectora infatigable, influida por los grandes rusos, principalmente Dostoievski, y por D. H. Lawrence, James, Proust, Flaubert, Joyce y Faulkner. En la adolescencia, su lectura de Dostoievski le hace tomar conciencia del estancamiento social y del racismo del viejo sur y descubrir asombrosas similitudes entre la Rusia del siglo XIX y el sur norteamericano de antes de la Segunda Guerra Mundial: "En el sur -y allí solamente-", escribe, "es donde existe una clase campesina netamente definida. Estas divisiones sociales no le impiden a la gente del sur formar una población homogénea. Se puede considerar al ruso y al sureño como tipos nacionales que tienen en común ciertos rasgos psicológicos perfectamente reconocibles (hedonismo, imaginación, pereza, sensibilidad) -una verdadera semejanza de primos hermanos-".

Carson McCullers nació con el nombre de Lula Carson Smith, en Colombus (Georgia) -una ciudad de treinta mil habitantes-, el 19 de febrero de 1917. Su decisión de renunciar finalmente a su nombre es, aparentemente, característico de la mayoría de los escritores del sur que hicieron de la composición de un nuevo nombre su primer acto creativo; pensemos en Tennessee Williams, Truman Capote, Flannery O'Connor, entre otros. Observamos con interés que ni Flannery ni Carson parecen nombres de mujeres.

En medio de la pobreza y del extremo aburrimiento, la pequeña Lula se entregaba a sueños sin fin, tocaba el piano, leía frenéticamente y escribía obras de teatro (en una de ellas puso en escena un debate apasionado entre Jesús y Nietzsche que dejó perpleja a su familia).

Exactamente a los 17 años partió hacia Nueva York a estudiar piano, pero muy pronto sintió la nostalgia del sur y empezó a escribir sus dos primeras novelas (no publicadas). Incursionó en el periodismo, conoció al hombre con el que se casaría, escribió cuentos para revistas y luego, a los 23 años, publicó El corazón es un cazador solitario, su libro más ambicioso. Estas promesas luminosas, cargadas de esperanza, se ven ensombrecidas por su mala salud crónica (un reumatismo agudo no diagnosticado, que le dejará el corazón frágil y culminará finalmente en su muerte precoz), por el exceso de alcohol y por su incapacidad para triunfar en el matrimonio. Su marido era un escritor frustrado, amargo y envidioso, a veces violento con ella; ella volvía cerca de su madre cada vez que tenía un problema, no sabía ocuparse de su casa y resultó ser una muy mala cocinera, aun cuando hacía esfuerzos por intentarlo. Al mismo tiempo, se sentía cada vez más atraída por las mujeres, a quienes llamaba sus "amigas imaginarias", desde Garbo hasta la joven escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach, cuya muerte prematura la embargó en un duelo profundo. Estos vínculos sentinentales acentuaron la degradación de la relación con su marido.

Las crisis afectivas estuvieron compensadas por los éxitos literarios que se sucedieron, principalmente con la publicación de Reflejos en unos ojos dorados en 941 -que la autora considera, con justicia, su texto más fuerte-, La balada del café triste y Frankie y la boda en 1946. McCullers no tenía treinta años y ya había escrito prácticamente toda la obra por la que se la conoce hoy. Era amiga de la mayoría de los grandes escritores norteamericanos, entre ellos Tennessee Williams, su aliado más sólido, que surge en esta biografia como un modelo de buen humor, de fidelidad y de generosidad.


Los veinte años que le restaban de vida a Carson McCullers -murió en 1967, a los 50 años- no fueron más que tragedia, con el suicidio de su marido, el lento y doloroso deterioro de su salud, su propia batalla perdida contra el alcohol y algunos reveses literarios. Afortunadamente, su biografia nunca olvida recordar el coraje de McCullers, su gentileza y su aguda inteligencia, el don que tenía para hacerse amigos.


En su obra anterior, Josyane Savigneau se inclinó por Marguerite Yourcenar, una mujer tan sexualmente ambigua y poseída por su arte como Carson McCullers. Pero allí termina la semejanza entre las dos novelistas. McCullers es infantil y confiada; Yourcenar, poco afable y ferozmente autónoma. La primera escribió de manera obsesiva sobre su infancia, protegida detrás de varios personajes imaginarios; la segunda proyectó su curiosidad hacia otras épocas y otras culturas, meditando sobre sus propios orígenes recién al final de su vida, sin recurrir a la ficción. Yourcenar poseía un estilo marmóreo y recibió una educación clásica impresionante; McCullers es una artista autodidacta que actúa por inspiraciones repentinas, en una búsqueda constante y titubeante de una visión poética de lo vivido. Con estos dos retratos inolvidables, losyané Savigneau se propuso evocar, en su gran diversidad y su riqueza, la vida imaginativa de las mujeres de este siglo.

 


A propósito de Carson McCullers. Un Coeur de jeune fille. (Carson McCullers. El corazón de una joven), de Josyane Savigneau. Stock, 903 páginas.
Traducción de Claudia Martínez. (c) «Le Monde'y Clarin, 1996

 


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