Indice

Panegírico

Guy Debord

 


 

Palabras de Guy Debord, autor de La sociedad del espectáculo, el manual de direcciones de la Internacional Situacionista. Padre de uno de los movimientos culturales más estimulantes y radicales de nuestro tiempo, Debord puede ser recordado con un graffiti situacionista: "larga vida a lo efímero".

Nací en 1931, en París. La fortuna de mi familia se hizo pedazos en aquel tiempo a consecuencia de la crisis económica mundial ocurrida algo antes en América; y no parecía que los restos pudieran durar más allá de mi mayoría de edad. Esto fue lo que de hecho sucedió. Pues bien, nací virtualmente arruinado. Yo no ignoraba, hablando en sentido estricto, que no debía esperar una herencia, y finalmente no la recibí. Simplemente, no le concedí la menor importancia a todas esas cuestiones tan abstractas acerca del futuro. Así, durante mi adolescencia, si me dirigí lenta pero inevitablemente hacia una vida de aventura, no puede sin embargo decirse que tuve mis ojos abiertos a esta cuestión, tanto como a muchas otras. No podía ni pensar en estudiar una profesión de las que llevan a tener un trabajo estable, pues todas parecían completamente ajenas a mis gustos o contrarias a mis opiniones. Las personas que yo respetaba más que a cualquiera otra viva eran Arthur Cravan y Lautréamont, y sabía perfectamente que todos sus amigos, si yo hubiera consentido en seguir estudios universitarios, me hubieran rechazado tanto como si yo me hubiera resignado a ejercitar una actividad artística; y si no hubiera podido tener esos amigos, ciertamente no me hubiera rebajado a consolarme con otros. Doctor en nada, me mantuve firmemente apartado de toda apariencia de participación en los círculos que pasaban entonces por intelectuales o artísticos. Admito que mi mérito con respecto a esto estaba muy atenuado tanto por mi gran pereza como por mis muy magras capacidades para afrontar el trabajo de tales carreras.

Nunca haber otorgado más que muy leve atención a cuestiones de dinero, y absolutamente ningún lugar a la ambición de sostener alguna función brillante en la sociedad, es un rasgo tan raro entre mis contemporáneos que será sin duda considerado algunas veces increíble, aun en mi caso. Es, sin embargo, verdadero y ha sido tan constante y permanentemente verificable, que el público tendrá que acostumbrarse a él. Imagino que la causa residía en que mi educación temeraria estaba encontrando terreno favorable. Nunca vi burgueses trabajando, con la falta de escrúpulos que su especial clase de trabajo entraña inevitablemente; y quizás ahí está la razón por la cual en esta indiferencia pude aprender algo bueno sobre la vida, pero, todo sea dicho, exclusivamente por ausencia y falta. El momento de decadencia de cualquier forma de superioridad social es con seguridad algo más llevadero que sus vulgares comienzos. Sigo vinculado a esta preferencia, de la que muy temprano fui consciente, y puedo decir que la pobreza me ha dado una gran cantidad de tiempo libre, sin tener propiedades arruinadas que dirigir y sin soñar con restaurarlas a través de la participación en el gobierno del Estado. Es verdad que he probado placeres poco conocidos por la gente que ha obedecido las lamentables leyes de esta época. Es también verdad que he observado estrictamente diversas obligaciones de las cuales ellos no tienen la menor idea. ``Pues tú no ves nada más que el aspecto exterior de nuestra vida'', la Regla del Tiempo establecía sin rodeos en su momento, ``pero no conoces los severos mandamientos que supone.'' Debo hacer notar también, a fin de citar todas las influencias favorables encontradas allí, el hecho obvio de que tuve oportunidad de leer varios libros bastante buenos, a partir de los cuales es siempre posible encontrar por uno mismo todos los otros, o incluso escribir los que todavía faltan.

Debe ser que yo estoy menos inclinado que otros al cálculo, ya que la decisión tomada tan rápidamente, que me comprometía a tanto, era espontánea, el resultado de una inconsciencia de la cual nunca he vuelto; y de la cual más tarde, habiendo tenido tiempo para juzgar las consecuencias, nunca me he arrepentido. Se podría decir fácilmente que en términos de riqueza o reputación nunca tuve nada que perder, pero, finalmente, tampoco tuve nada que ganar.

Este medio de expertos en demoliciones, más claramente que sus precursores de las dos o tres generaciones precedentes, se mezcló entonces con las clases peligrosas. Viviendo con ellos, uno vivía en gran parte su vida. Los rastros duraderos obviamente permanecen. Con los años, más de la mitad de la gente que conocí bien ha estado una o varias veces en prisiones de diversos países; algunas, sin duda, por razones políticas, pero un mayor número por delitos menores o crímenes. Así, conocí principalmente a los rebeldes y a los pobres. Vi a mi alrededor a muchos individuos que murieron jóvenes, y no siempre por suicidio, frecuente como era. En materia de muerte violenta, haré notar, sin ser capaz de proponer una explicación enteramente racional del fenómeno, que el número de mis amigos que ha sido muerto por balas constituye un alto porcentaje poco común -dejando de lado operaciones militares, por supuesto.

Nuestras únicas acciones públicas, que permanecieron aisladas y breves durante los primeros años, fueron concebidas para ser completamente inaceptables: en primer lugar, por su forma; más tarde, a medida que adquirieron profundidad, por su contenido. No fueron aceptadas. ``La destrucción era mi Beatriz'', escribió Mallarmé, quien era él mismo el guía de otros tantos en exploraciones bastante peligrosas. Por esto es enteramente cierto que quienquiera que se dedica a hacer semejantes demostraciones históricas, y rechaza de este modo todo trabajo existente, deberá saber cómo vivir fuera de la tierra. Discutiré con mayor detalle esta cuestión más adelante. Limitándome aquí a presentar el tema del modo más general, diré que siempre he estado dispuesto a dar la vaga impresión de tener grandes cualidades intelectuales, incluso artísticas, de las cuales preferí privar a mi era, que no parecía merecer disfrutarlas. Siempre hubo gente para lamentar mi ausencia y, paradójicamente, para ayudarme a mantenerla. Si esto salió bien fue sólo porque nunca fui a buscar a nadie, a ningún lado. Mi entorno ha estado compuesto sólo por aquellos que vinieron por su propia voluntad y supieron cómo hacerse aceptar. Me pregunto si algún otro se atrevió a comportarse como yo en esta era. Debería también saberse que la degradación de todas las condiciones existentes apareció precisamente al mismo tiempo, como si justificara mi singular locura.

El leopardo muere con sus manchas, y yo nunca intenté superarme ni me creí capaz de hacerlo. Realmente nunca aspiré a alguna suerte de virtud, excepto quizás la de haber pensado que sólo algunos crímenes de un nuevo tipo, que ciertamente no pudieron haber sido citados en el pasado, no serían indignos de mí; y la de no haber cambiado, después de tan mal comienzo. En un momento crítico en los conflictos de La Fronda, Gondi, que había dado pruebas tan genuinas de sus capacidades en el manejo de asuntos humanos -notablemente en su rol favorito de perturbador de la paz pública-, improvisó felizmente delante del Parlamento de París una hermosa cita atribuida a un autor antiguo, cuyo nombre todos han buscado en vano, pero que podría mejor ser aplicada a su propio panegírico: In difficillimis Reipublicae temporibus, urbem non deservi; in prosperis nihil de publico delibavi; in desperatis, nihil timui. ƒl mismo la tradujo como: ``En tiempos difíciles, no abandoné la ciudad; en los buenos tiempos, no tuve intereses privados; en tiempos desesperados, no temí nada.''

Después de todo, era la poesía moderna, durante los últimos cien años, la que nos guió hacia allí. Nosotros éramos un puñado que pensaba que era necesario convertir su programa en realidad, y llegado el caso no hacer ninguna otra cosa. Es a veces sorprendente -a decir verdad, sólo desde una fecha extremadamente reciente- descubrir la atmósfera de odio y maledicencia que constantemente me rodeó y me mantuvo oculto tanto como era posible. Algunos piensan que es a causa de la seria responsabilidad que a menudo me fue atribuida por los orígenes, o incluso por el liderazgo, de la revuelta de mayo de 1968. Pienso más bien que fue lo que hice en 1952 lo que más ha disgustado por tanto tiempo.

Una enojada reina de Francia, una vez llamó al orden a los más sediciosos de sus súbditos: ``Hay rebelión en imaginar que uno podría rebelarse.''

Me enorgullezco de no haber olvidado ni aprendido nada con respecto a esto. Había calles frías y nieve, y el río desbordado: ``En el centro de la cama/ el río es profundo.'' Había muchachas que faltaron a la escuela, con sus ojos orgullosos y sus labios dulces; las búsquedas frecuentes de la policía; el rugido de la catarata del momento. ``Nunca volveremos a beber tan jóvenes.''

Podría decirse que siempre amé a mujeres extranjeras. De Hungría y España, de China y Alemania, de Rusia e Italia vinieron todas las que llenaron mi juventud de regocijo. Y más tarde, cuando ya tenía el pelo gris, perdí la poca razón que a través del paso del tiempo, con gran dificultad, logré obtener, por una muchacha de Córdoba. Omar Khayyam, tras haber dedicado al tema algo de atención, tuvo que admitir: ``Realmente los ídolos que tanto tiempo amé/ le hicieron mucho mal a mi confianza en el mundo:/ ahogaron mi gloria en una copa somera/ y vendieron mi reputación por una canción.'' ¿Quién mejor que yo podría sentir la justicia de esta observación? Pero además, ¿quién más que yo despreció todos los valores de mi era y los honores que otorgó? El resultado ya estaba contenido en el comienzo de esta jornada.

Esto tuvo lugar entre el otoño de 1952 y la primavera de 1953, en París, al sur del Sena y al norte de la calle de Vaugirard, al este del carrefour de la Croix-Rouge, y al oeste de la calle Dauphine. Arquíloco escribió: ``Vamos, vayamos entonces con una copa; saquemos bebida de los barriles huecos, apurando el rojo vino hasta las heces; porque nosotros no más que otros hombres podemos permanecer sobrios en esta guardia.''

Entre la calle du Four y la calle de Buci, donde nuestra juventud se descarrió tan completamente cuando unos pocos vasos fueron bebidos, uno pudo sentirse seguro de que jamás haríamos nada mejor.

Es indudable, a partir de los hechos expuestos, que el hábito de beber, velozmente adquirido, ha marcado mi vida entera. Vinos, licores y cervezas: los momentos en los cuales pasaban a ser algo esencial y los momentos en que reaparecían han delineado el curso principal y las oscilaciones de los días, las semanas y los años. Dos o tres pasiones más, a las que luego me referiré, obtuvieron de manera casi permanente un sitio en esta vida. Pero la más constante y la más presente ha sido beber. Entre las pocas cosas que disfruté y supe hacer bien, lo que sin duda supe hacer mejor es beber. Aunque he leído mucho, es más lo que bebí. He escrito mucho menos que la mayoría de los que escriben; pero en comparación con los que beben, he bebido mucho más. Puedo incluirme e ntre aquellos de quienes Baltasar Gracián, pensando en una distinguida élite sólo compuesta por alemanes -pero siendo aquí muy injusto con los franceses, como creo haber demostrado-, pudo alguna vez decir: ``Existen aquellos que sólo han bebido una vez, pero hacerlo les ha llevado la vida entera.''

He vagado sin cesar por las grandes ciudades europeas, apreciando en ellas todo lo que valía la pena. El catálogo, en este sentido, no podía no ser abundante. Fueron las cervezas de Inglaterra, donde suaves y amargas se mezclan en pintas; los grandes floreros de Munich; y la irlandesa; y la más clásica, la Czech de Pilsen; y el admirable barroquismo de la Gueuze, cerca de Bruselas, cuando se disfrutaba de su distinguido sabor en cualquier cervecería artesanal y no se conservaba bien en los traslados. Fueron los licores frutales de Alsacia; el ron de Jamaica; los ponches, el acuavit de Aalborg, la grappa de Turín, cognac, cocteles; el incomparable mezcal de México. Fueron todos los vinos de Francia, especialmente el sabrosísimo Borgoña; los vinos de Italia, y má s que nada el Barolo de Langa, el chianti de Toscana; los vinos de España, el Rioja de Castilla la Vieja o el Jumilla de Murcia.

Hubiera tenido muy pocas enfermedades si finalmente el alcohol no hubiera aportado algunas: desde el insomnio al vértigo. Y: ``Bello como el temblor de las manos en el alcoholismo'', dijo Lautréamont. Hay mañanas que son conmovedoras pero arduas.

De todos modos, he vivido ciertamente como dije que desearía hacerlo, y esto es algo muy poco usual entre la gente de mi época, quienes parecen todos haber creído que debían vivir de acuerdo con las normas de los que dirigen la producción económica y el poder de comunicación sobre el cual está armada. He permanecido en Italia y España, principalmente en Florencia y Sevilla -en Babilonia, como decían en la época dorada- pero también en otras ciudades que tuvieron su apogeo, e incluso en el campo. De esta forma, gocé de unos cuantos años agradables. Mucho más tarde, cuando la marea de destrucción, polución y falsificación terminó por conquistar la superficie entera del planeta, y a la vez llegar cerca de sus profundidades, pude volver a los restos que quedaban de París, porque entonces ya nada mejor quedaba en ningún otro lado. Uno no puede irse al exilio en un mundo unificado.

Casi todo lo que hice en mi vida fue marcado por una combinación de circunstancias, con cierto aire conspirativo. En esta gran era fueron creadas varias profesiones nuevas a un alto costo y con el solo propósito de mostrar la belleza que en estos últimos tiempos ha sido capaz de alcanzar esta sociedad, y cómo esto se manifiesta sanamente en todos sus discursos y en todos sus planos. Mientras que yo, sin ningún salario, he dado el ejemplo de proyectos completamente distintos; lo cual fue siempre inevitablemente mal recibido. Esto me permitió también, en muchos países, conocer personas correctamente consideradas como ``perdidas''. La policía las vigila.

Si uno se acuerda de lo que ha experimentado, ya no es necesario indagar en cada mínimo detalle de una experiencia nunca realizada, o de su asombroso carácter paradójico. Así, en honor a la verdad, debo señalar, siguiendo a otros, que la policía inglesa parecía ser la más desconfiada y la más amable, la francesa la más peligrosamente entrenada en la interpretación histórica, la italiana la más cínica, la belga la más rústica, la alemana la más arrogante, mientras que la española probaba ser la menos racional y la más inepta.

Por haber tenido, gracias a una de las pocas cualidades positivas de mi temprana educación, un evidente sentido de la discreción, he sentido siempre la necesidad de mostrar una discreción aún más pronunciada. De esta manera, muchos ventajosos hábitos llegaron a ser en mí como una segunda naturaleza; digo esto sin conceder nada a los maliciosos que podrían atreverse a afirmar que no hay manera de distinguir esos hábitos de mi propia naturaleza. Sea cual fuere la cuestión, me he entrenado a mí mismo para ser aún menos interesante cuando percibí alguna posibilidad de ser sobreescuchado. En algunos casos, me he permitido también hacer algunas observaciones o dar mis puntos de vista a través de cartas dirigidas personalmente a amigos y modestamente firmadas con nombres poco conocidos que han formado parte del entorno de ciertos poetas famosos: por ejemplo, Colin Decayeux o Guido Cavalcanti. Pero es evidente que nunca me he rebajado a publicar absolutamente nada bajo un seudónimo, pese a lo que a menudo han insinuado en la prensa, con extraordinario aplomo, algunos difamadores mercenarios, ocultándose ellos mismos bajo las generalidades más abstractas.

Nuestra era de técnicos hace un uso abundante del adjetivo sustantivado ``profesional''; parece creer que ha encontrado en él una suerte de garantía. Evidentemente, si uno considera no mi remuneración sino sólo mis aptitudes, no hay duda de que he sido un muy buen profesional. ¿Pero en qué? Ese habrá sido mi misterio, a la vista de un mundo condenable.

He estado muy interesado en la guerra y en los teóricos de la estrategia, pero también en los recuerdos de batallas y en otros innumerables trastornos que la historia menciona, remolinos en el curso del tiempo. No ignoro que la guerra es el campo del peligro y de la decepción, tal vez en mayor medida que otros aspectos de la vida. Sin embargo, esta certeza no ha logrado disminuir la atracción que siento por ella.

He estudiado, por lo tanto, su lógica. Por otro lado, hace ya mucho tiempo que logré presentar los fundamentos de sus movimientos en un juego de mesa sumamente simple: las fuerzas en conflicto y las contrastantes necesidades impuestas a las operaciones de cada una de las partes. He practicado este juego y aprovechado sus enseñanzas a lo largo de mi vida -en la cual también determiné cuáles serían las reglas del juego para luego seguirlas.

En la Vendée, cuando todavía seguía resistiendo, una Canción para reanimar a los de Chouans en ocasión de una derrota decía, testarudamente: ``Sólo tenemos una vida para vivir,/ debemos honrarla./ Esta es la bandera a seguir...'' Durante la Revolución Mexicana, los partidarios de Pancho Villa cantaban: ``De esta famosa División del Norte,/ sólo unos pocos de nosotros sobreviven ahora,/ para seguir atravesando montañas/ y encontrar alguien con quien pelear adondequiera que vamos.'' Y los voluntarios americanos de la Brigada Lincoln cantaban en 1937: ``Hay un valle en España llamado Jarama/ es un sito que todos conocemos muy bien/ porque allí es donde dejamos nuestra hombría/ y también la mayor parte de nuestra vejez.'' Una canción de los alemanes en la Legión Extranjera suministra una melancolía más cruda: ``Anne-Marie, ¿a qué parte del mundo estás yendo?/ Yo voy a la ciudad d onde están los soldados.'' Montaigne tenía sus citas; yo tengo las mías. A los soldados los marca un pasado pero no un futuro. Es por eso que sus canciones pueden conmovernos.

Aunque constituyo un ejemplo destacable de lo que esta era no quiso, el hecho de saber lo que ella pretendía logra que no me parezca suficiente afirmar mi excelencia. Con gran veracidad, en el primer capítulo de su Historia de los cuatro últimos años de la Reina, Swift declara: ``Tampoco mezclaré el panegírico o la sátira con una historia concebida para informar a la posteridad así como para instruir a nuestros contemporáneos, los cuales pueden ser ignorantes o estar confundidos, mientras que los hechos, auténticamente narrados, son los mejores aplausos o las más duraderas objeciones.'' Nadie ha sabido mejor que Shakespeare cómo se pasa la vida. Le parece que ``estamos hechos de la materia de nuestros sueños''. Calderón llegó a la misma conclusión. Al menos estoy seguro, en relación con lo anterior, de haber logrado comunicar aquellos elementos necesarios para que, en todo lo que a mí respecta, las cosas hayan quedado claras y no perdure ningún tipo de misterio o ilusión.


Aquí el autor finaliza su verdadera historia: sepan perdonarle sus defectos.

 


|Top|