Indice

 

TRISTES TROPICOS

El fin de los viajes y

Visita al Kyong

 

Levi Strauss

 


 

 

CAPITULO 1

LA PARTIDA


Odio los viajes y los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones. Pero, ¡cuánto tiempo para decidirme!... Hace quince años que dejé el Brasil por última vez, y desde entonces muchas veces me propuse comenzar este libro; una especie de vergüenza y aversión siempre me lo impedía. Y bien, ¿hay que narrar minuciosamente tantos detalles insípidos, tantos acontecimientos insignificantes? La aventura no cabe en la profesión del etnógrafo; no es más que una carga; entorpece el trabajo eficaz con el peso de las semanas o de los meses perdidos en el camino; horas ociosas mientras el informante se escabulle; hambre, fatiga y hasta enfermedad; y siempre, esas mil tareas ingratas que van consumiendo los días inútilmente y reducen la peligrosa vida en el corazón de la selva virgen a una imitación del servicio militar...

No confiere ningún galardón el que se necesiten tantos esfuerzos y vanos dispendios para alcanzar el objeto de nuestros estudios, sino que ello constituye, más bien, el aspecto negativo de nuestro oficio. Las verdades que tan lejos vamos a buscar sólo tienen valor cuando se las despoja de esta ganga. Ciertamente, se pueden consagrar seis meses de viaje, de privaciones y de insoportable hastío para recoger un mito inédito, una nueva regla de matrimonio, una lista completa de nombres ciánicos, tarea que insumirá solamente algunos días, y, a veces, algunas horas. Pero este desecho de la memoria: «A las 5 y 30 entramos en la rada de Recife mientras gritaban las gaviotas y una flotilla de vendedores de frutas exóticas se apretujaba contra el casco». Un recuerdo tan insignificante, ¿merece ser fijado en el papel?

Sin embargo, este tipo de relato encuentra una aceptación que para mí sigue siendo inexplicable. Amazonia, el Tibet y África invaden las librerías en la forma de relatos de viajes, informes de expediciones y álbumes de fotografías, donde la preocupación por el efecto domina demasiado, como para que el lector pueda apreciar el valor del testimonio que se da. Lejos de despertar su espíritu crítico, pide cada vez más de este pienso que engulle en cantidades prodigiosas. Hoy, ser explorador es un oficio; oficio que no sólo consiste, como podría creerse, en descubrir, al término de años de estudio, hechos que permanecían desconocidos, sino en recorrer un elevado número de kilómetros y acumular proyecciones, fijas o animadas, si es posible en colores, gracias a lo cual se colmará una sala durante varios días con una multitud de oyentes para quienes vulgaridades y trivialidades aparecerán milagrosamente trasmutadas en revelaciones, por la única razón de que, en vez de plagiarlas en su propio medio, el autor las santificó mediante un recorrido de 20.000 kilómetros.

¿Qué oímos en esas conferencias y qué leemos en esos libros? La lista de las cajas que se llevaban, las fechorías del perrito de a bordo y, mezcladas con las anécdotas, migajas insípidas de información que deambulan por todos los manuales desde hace un siglo, y que una dosis de desvergüenza poco común —pero en justa relación con la ingenuidad e ignorancia de los consumidores— no titubea en presentar como un testimonio, ¡qué digo!, como un descubrimiento original. Sin duda, hay excepciones, y todas las épocas han conocido viajeros responsables. Entre los que hoy se disputan los favores del público citaría de buena gana uno o dos. Mi propósito no es denunciar mistificaciones ni otorgar diplomas, sino más bien comprender un fenómeno moral y social muy característico de Francia y de reciente aparición.

Hace unos veinte años casi no se viajaba; los narradores de aventuras no eran acogidos en las salas Pleyel colmadas cinco o seis veces, sino en un pequeño anfiteatro sombrío, glacial y destartalado, que ocupa un antiguo pabellón al fondo del Jardín Zoológico, único lugar en París para este género de manifestaciones. La Sociedad de Amigos del Museo organizaba allí todas las semanas —probablemente sigue haciéndolo todavía— conferencias sobre ciencias naturales. El proyector arrojaba en una pantalla demasiado grande, con lámparas demasiado débiles, sombras imprecisas cuyos contornos eran mal percibidos por el conferenciante, la nariz adherida a la pared, y que el público casi confundía con las manchas de humedad de los muros. Bastante después de la hora anunciada se preguntaban aún con angustia si habría público, aparte de los pocos aficionados habituales cuyas siluetas confusas se veían diseminadas por las gradas. Cuando ya todo parecía perdido, la sala se llenaba a medias con niños acompañados por madres o sirvientas, los unos ávidos de una variación gratuita, las otras, hastiadas del ruido y del polvo exterior. Frente a esta mezcla de fantasmas apelillados y de chiquillería impaciente —suprema recompensa para tantos esfuerzos, desvelos y trabajos— se ejercía el derecho de desembalar un tesoro de recuerdos congelados para siempre por semejante sesión; se los sentía desprender uno a uno mientras se hablaba en la penumbra; parecían caer como guijarros al fondo de un pozo.

Así era el regreso del explorador, apenas más siniestro que las solemnidades de la partida: banquete que ofrecía el Comité France-Amérique en un hotel de la avenida hoy llamada Franklin Roosevelt; morada deshabitada a donde, para esa ocasión, llegaba dos horas antes un fondista para instalar un equipo de calentadores y de vajilla, sin que una ventilación momentánea hubiera logrado despojar el ambiente de un cierto olor a desolación.

Poco habituados, tanto a la dignidad de semejante lugar como al polvoriento hastío que exhalaba, sentados alrededor de una mesa demasiado pequeña para tan vasto salón, del que sólo habían tenido tiempo de barrer exactamente la parte central que iba a ser ocupada, tomábamos contacto por primera vez unos con otros, jóvenes profesores que apenas acabábamos de entrenarnos en nuestros liceos de provincia, y que el capricho un poco perverso de Georges Dumas iba a hacer pasar bruscamente del húmedo invierno en los albergues de «subprefectura»1 —impregnados de un olor a grog, a sótano y a cenizas frías—, a los mares tropicales y a los barcos de lujo; experiencias todas destinadas, por lo demás, a ofrecer una lejana relación con la imagen inevitablemente falsa que, por la suerte propia de los viajes, ya nos estábamos formando.

1. Se refiere a los hoteles en las poblaciones de segunda importancia de los departamentos franceses, cuyas condiciones de pobreza y de falta de higiene son bien conocidas por la población. (N. de la t.)

Yo había sido alumno de Georges Dumas en la época del Tratado de psicología. Una vez por semana —ya no recuerdo si era el jueves o el domingo por la mañana— reunía a los estudiantes de filosofía en una sala de Sainte-Anne, en la cual el muro opuesto a las ventanas estaba enteramente cubierto por alegres pinturas de alienados. Allí uno ya se sentía expuesto a una particular especie de exotismo; sobre un estrado, Dumas instalaba su cuerpo robusto, un poco «hecho a golpes», coronado por una cabeza abollada, semejante a una gruesa raíz blanqueada y desollada por una estadía en el fondo del mar; pues su tono ceroso unificaba la cara y el cabello blanco —que llevaba cortado a cepillo y muy corto— y la perilla igualmente blanca, que crecía en todas direcciones. Este curioso despojo vegetal, erizado aún de raicillas, se volvía humano de pronto por una mirada oscura como el carbón que acentuaba más la blancura de la cabeza, oposición que continuaba en la camisa blanca y en el cuello almidonado y plegado, en contraste con el sombrero de alas anchas, la corbata anudada a lo artista y el traje, siempre negros.

Sus cursos no enseñaban gran cosa; jamás los preparaba, consciente como estaba del encanto físico que sobre su auditorio ejercían el juego expresivo de sus labios, deformados por un rictus móvil, y sobre todo su voz, ronca y melodiosa; verdadera voz de sirena cuyas extrañas inflexiones no sólo recordaban su Languedoc natal sino, más allá de cualquier particularidad regional, sonidos musicales muy arcaicos del francés oral; pero voz y rostro evocaban, en dos órdenes sensibles, un mismo estilo a la vez rústico e incisivo: el de los humanistas del siglo xvi, médicos y filósofos cuya raza parecía perpetuar en cuerpo y espíritu.

La segunda hora, y a veces la tercera, la dedicaba a la presentación de enfermos; asistíamos entonces a extraordinarias escenas entre el profesional ladino y sujetos acostumbrados, por años de internado, a todos los ejercicios de ese tipo; éstos sabían muy bien qué se esperaba de ellos: a una señal producían los trastornos, o resistían al domador justo lo suficiente como para proporcionarle la ocasión de exhibir un poco su virtuosismo. Sin ser ingenuo, el auditorio se dejaba fascinar de buena gana por esas demostraciones. Quien había merecido la atención del maestro era recompensado con la confianza que éste le manifestaba concediéndole una entrevista particular con un enfermo. Ningún primer contacto con indios salvajes me intimidó tanto como esa mañana que pasé junto a una viejecita envuelta en ropas de lana, que se comparaba a un arenque podrido dentro de un bloque de hielo: en apariencia intacta, pero con peligro de disgregarse apenas se fundiera la envoltura protectora.

Este sabio un poco mistificador, animador de obras de síntesis cuyas amplias miras permanecían al servicio de un positivismo crítico más que decepcionante, era un hombre de gran nobleza; esto me lo iba a demostrar más tarde, al día siguiente del armisticio y poco antes de su muerte, cuando, ya casi ciego y retirado a su aldea natal de Lédignan, se creyó en el deber de escribirme una carta atenta y discreta sin otro posible motivo que el de afirmar su solidaridad con las primeras víctimas de los acontecimientos.

Siempre lamenté no haberlo conocido en plena juventud, cuando, moreno y atezado como un conquistador y estremecido por las perspectivas científicas que abría la psicología del siglo xix, partió a la conquista espiritual del Nuevo Mundo. En esa especie de flechazo que iba a producirse entre él y la sociedad brasileña se manifestó, ciertamente, un fenómeno misterioso, cuando dos fragmentos de una Europa de 400 años de edad —algunos de cuyos elementos esenciales se habían conservado, por una parte en una familia protestante meridional, por otra, en una burguesía muy refinada y un poco decadente que vivía apoltronada bajo los trópicos— se encontraron, se reconocieron y casi volvieron a soldarse. El error de Georges Dumas consiste en no haber tomado nunca conciencia del carácter verdaderamente arqueológico de esta coyuntura. El único Brasil (que, además, tuvo la ilusión de ser el verdadero a causa de un breve ascenso al poder) a quien pudo seducir, fue el de esos propietarios de bienes raíces que desplazaban progresivamente sus capitales hacia inversiones industriales con participación extranjera y que buscaban protección ideológica en un parlamentarismo de buen tono; lo mismo que nuestros estudiantes provenientes de inmigrantes recientes o de hidalgos apegados a la tierra y arruinados por las fluctuaciones del comercio mundial llamaban con rencor, el gran fine, lo refinadísimo, es decir, la flor y nata. Cosa curiosa: la fundación de la Universidad de Sao Paulo, gran obra en la vida de Georges Dumas, debía permitir el comienzo de la ascensión de esas clases modestas mediante diplomas que les abrirían las posiciones administrativas, de manera que nuestra misión universitaria contribuyó a formar una nueva élite, la cual iba alejándose de nosotros en la medida en que Dumas y el Quai d'Orsay tras él se negaban a comprender que ella era nuestra creación más preciosa, aun cuando se adjudicara la tarea de desmontar un feudalismo que, si bien nos había introducido en el Brasil, fue para servirle en parte como fianza y en parte como pasatiempo.
Pero la noche de la comida France-Amérique mis colegas y yo —y nuestras esposas, que nos acompañaban—, no nos encontrábamos aún capacitados para apreciar el papel involuntario que íbamos a desempeñar en la evolución de la sociedad brasileña. Estábamos demasiado ocupados en observarnos mutuamente y en vigilar nuestros eventuales tropiezos, pues Georges Dumas acababa de advertirnos que debíamos estar preparados para llevar la vida de nuestros nuevos amos, es decir, frecuentar el Automóvil Club, los casinos y los hipódromos. Esto parecía extraordinario a jóvenes profesores que antes ganaban 26 000 francos por año, y lo siguió siendo todavía después que —tan pocos eran los candidatos a la expatriación— triplicaron los sueldos.

«Sobre todo —había dicho Dumas— habrá que vestirse bien.» Preocupado por tranquilizarnos, agregaba, con una candidez bastante conmovedora, que ello podía hacerse muy económicamente no lejos de los mercados, en un establecimiento llamado A la Croix de Jeannette, que siempre le satisfizo plenamente cuando era un joven estudiante de medicina en París.

CAPITULO 2

A BORDO


En todo caso, no imaginábamos que durante los cuatro o cinco años siguientes nuestro pequeño grupo estaba destinado a constituir —salvo raras excepciones— el efectivo íntegro de la primera clase en los paquebotes mixtos de la Compagnie des Transports Maritimes que hacían el servicio de América del Sur. Nos proponían la segunda en el único barco de lujo que hacía esa ruta o la primera en los navios más modestos. Los intrigantes se decidían por aquélla y pagaban la diferencia de su bolsillo; de esa manera, esperaban codearse con los embajadores y obtener así dudosas ventajas. Nosotros tomábamos los barcos mixtos, que tardaban seis días más, pero donde éramos los amos y, por otra parte, hacían muchas escalas.

Hoy quisiera que veinte años antes hubiera sido capaz de apreciar en su justo valor el lujo inaudito, el real privilegio de que ocho o diez pasajeros ocupáramos con exclusividad el puente, las cabinas, el salón de fumar y el comedor de la primera clase, en un barco destinado a acomodar a ciento o ciento cincuenta. En alta mar, durante diecinueve días, este espacio, que por la ausencia de otras personas se volvía sin límites, nos parecía tan grande como una provincia; nuestro patrimonio se movía con nosotros. Cada dos o tres travesías nos reencontrábamos con nuestros barcos, con nuestras costumbres; aun antes de subir a bordo conocíamos por sus nombres a todos esos excelentes camareros marselleses, bigotudos y calzados con zapatos de sólidas suelas, que exhalaban un fuerte olor a ajo en el preciso momento en que depositaban en nuestros platos las supremas de pollo y los filetes de rodaballo. Las comidas, ya previstas para ser pantagruélicas, lo eran más aún a causa de que éramos pocos para consumir el amplio surtido de la cocina de a bordo.

El fin de una civilización, el comienzo de otra, el súbito descubrimiento de que quizá nuestro mundo comience a ser demasiado pequeño para los hombres que lo habitan..., todas estas verdades no se me hacen tan evidentes por las cifras, las estadísticas o las revoluciones como por la respuesta telefónica que recibí hace algunas semanas, cuando acariciaba la idea —después de quince años— de volver a encontrar mi juventud mediante una nueva visita al Brasil. No había más remedio que reservar el pasaje con cuatro meses de anticipación.

Y yo que creía que después de haberse inaugurado los servicios aéreos para pasajeros entre Europa y América del Sur sólo algunos excéntricos viajarían en barco... ¡Ay! Es ilusionarse demasiado pensar que la invasión de un elemento libera a otro. El hecho de que haya «Constellations» no devuelve al mar su tranquilidad, así como tampoco los loteos en serie de la Costa Azul no devuelven su aspecto pueblerino a los alrededores de París.

Pero entre las travesías maravillosas del período de 1935 y ésta a la que me apresuraba a renunciar hubo otra, en 1941, que tampoco sospeché hasta qué punto constituiría un símbolo de tiempos futuros. Al día siguiente del armisticio, la amigable atención prestada a mis trabajos etnográficos por Robert H. Lowie y A. Métraux, unida al interés de parientes instalados en los Estados Unidos, me habían valido una invitación de la New School for Social Research, de Nueva York, en el marco del plan de salvamento elaborado por la Fundación Rockefeller para los sabios europeos amenazados por la ocupación alemana. Había que ir, ¿pero cómo? Mi primera idea fue llegar al Brasil para proseguir mis investigaciones de preguerra. En la pequeña planta baja de Vichy donde se había instalado la Embajada brasileña se desarrolló una breve y para mí trágica escena, cuando intentaba renovar mi visado. El embajador, Luis de Souza Dantas, a quien yo conocía bien, y que aun no conociéndome hubiera actuado de la misma manera, había levantado un sello y se preparaba a estamparlo en mi pasaporte, cuando un consejero cortés y glacial lo interrumpió observándole que esa atribución acababa de serle retirada por nuevas disposiciones legislativas. Durante algunos segundos el brazo permaneció en el aire. Con una mirada ansiosa, casi suplicante, el embajador intentó conseguir que su colaborador desviara la vista, de modo que él pudiera utilizar el sello, permitiéndome así, ya que no entrar en el Brasil, por lo menos salir de Francia. Pero el consejero nada hizo; sus ojos permanecieron fijos en la mano que, finalmente, volvió a caer inactiva junto al documento. Ya no tendría mi visación; el pasaporte me fue devuelto con un gesto de desconsuelo.

Volví a mi casa de los Cevennes, no lejos de la cual, en Montpellier, el azar de la retirada hizo que yo fuera desmovilizado. Fui a Marsella. Mientras deambulaba me enteré, por ciertas conversaciones escuchadas en el puerto, de que un barco partiría pronto para la Martinica. De dársena en dársena, de oficina en oficina, averigüé finalmente que el barco en cuestión pertenecía a la misma Compagnie des Transports Maritimes de la cual la misión universitaria francesa en el Brasil se había constituido en clientela fiel y muy exclusiva durante los años precedentes. Un día de cierzo invernal, en febrero de 1941, encontré, en unas oficinas sin calefacción y en parte desocupadas, a un funcionario que antaño nos presentaba los saludos de la compañía. Sí, el barco existía; sí, iba a partir; pero era imposible que yo viajara en él. ¿Por qué? ¿No me daba cuenta? El no podía explicármelo, no sería como antes. Pero, ¿cómo? ¡Oh!, muy largo, muy penoso, él no podía ni siquiera imaginarme allí.

El pobre hombre veía aún en mí a un modesto embajador de la cultura francesa; yo, por mi parte, ya me sentía prisionero en un campo de concentración. Por lo demás, acababa de pasar los dos años anteriores primero en la selva virgen, después, de acantonamiento en acantonamiento, en una retirada descabellada que me había conducido desde la línea Maginot a Béziers, pasando por Sarthe, Corréze y Aveyron, de trenes de ganado a rediles; los escrúpulos de mi interlocutor me parecían incongruentes. Me veía en los océanos, retomando mi existencia errante, compartiendo los trabajos y las frugales comidas de un puñado de marineros lanzados a la aventura en un barco clandestino, durmiendo sobre el puente y librado durante largos días a la benefactora intimidad con el mar.

Finalmente obtuve mi pasaje para el Capitaine-Paul-Lemerle, pero sólo empecé a comprender el día del embarque cuando atravesé los cercos de guardias móviles encasquetados y con ametralladora calada, que encuadraban el muelle y cortaban cualquier contacto de los pasajeros con los parientes y amigos que habían venido a despedirlos, abreviando los adioses con empujones e injurias; era verdaderamente una aventura solitaria o, más bien, una partida de galeotes. Aún más que la manera en que se nos trataba, lo que me llenaba de estupor era el excesivo número de pasajeros: se hacinaban alrededor de trescientas personas en un vapor que —en seguida iba a comprobarlo— solamente tenía dos cabinas, con siete literas en total. Una de ellas había sido asignada a tres señoras; la otra sería compartida por cuatro hombres, entre los que yo me contaba —exorbitante favor que se debió a que M. B. (gracias le doy desde aquí) se sentía imposibilitado para transportar, como si se tratara de ganado, a uno de sus antiguos pasajeros de lujo—; todos mis compañeros restantes —hombres, mujeres y niños— eran amontonados en bodegas sin aire ni luz, donde algunos calafates habían improvisado camas superpuestas provistas de jergones. De los cuatro varones privilegiados, uno era un comerciante en metales, austríaco, que sólo él sabía, sin duda, lo que le había costado esta ventaja; otro, un joven beké —rico criollo— separado por la guerra de su Martinica natal, que merecía un tratamiento especial, ya que en el barco era el único no reputado como presunto judío, extranjero o anarquista; el último, finalmente, un singular personaje oriundo de África del Norte, que pretendía ir a Nueva York sólo por unos días (extravagante proyecto si se tiene en cuenta que tardaríamos unos tres meses para llegar); llevaba un Degas en la valija y, aunque judío como yo, aparecía como persona grata frente a todos los policías, gendarmes y servicios de seguridad de las colonias y protectorados: asombroso misterio en esas circunstancias, que nunca llegué a penetrar.

La canalla —como decían los gendarmes— comprendía, entre otros, a André Bretón y a Víctor Serge. André Bretón, muy incómodo en esa galera, deambulaba en todas direcciones por los pocos espacios vacíos del puente; vestido de felpa, parecía un oso azul. Iba a comenzar entre nosotros, en el transcurso de ese interminable viaje, una durable amistad, con intercambio de correspondencia que se prolongó durante bastante tiempo y donde discutiríamos sobre las relaciones entre belleza estética y originalidad absoluta.
En cuanto a Víctor Serge, su pasado como compañero de Lenin me intimidaba, al tiempo que experimentaba la mayor de las dificultades para integrarlo en su personaje, que más bien evocaba una vieja señorita de ciertos principios. Ese rostro lampiño, esos rasgos finos, esa voz clara unida a maneras afectadas y prudentes, presentaban el carácter casi asexuado que más tarde iba a reconocer entre los monjes budistas de la frontera birmana, muy alejado del temperamento viril y de la superabundancia vital que la tradición francesa asocia con las actividades subversivas. Ocurre que tipos culturales que se reproducen con bastante semejanza en cada sociedad, porque se construyen en torno de oposiciones muy simples, son utilizados por cada grupo para llenar funciones sociales diferentes. El de Serge había podido actualizarse en una carrera revolucionaria en Rusia. ¿Qué hubiera sido de él en otra parte? Sin duda, las relaciones entre dos sociedades se facilitarían si, por medio de una especie de gráfico, fuera posible establecer un sistema de equivalencias entre las maneras como cada uno utiliza tipos humanos análogos para llenar funciones sociales diferentes. En lugar de limitarse, como se hace hoy, a confrontar médicos y médicos, industriales e industriales, profesores y profesores, quizá surgiría la evidencia de que existen correspondencias más sutiles entre los individuos y los papeles.

Además de su carga humana, el barco transportaba no sé qué material clandestino; pasamos una enorme cantidad de tiempo en el Mediterráneo y en la costa occidental de África refugiándonos de puerto en puerto para escapar, según parecía, de la fiscalización de la flota inglesa. A veces, los titulares de pasaportes franceses eran autorizados a descender a tierra; los otros permanecían encerrados en los pocos decímetros cuadrados de que cada uno disponía, sobre un puente que el calor —creciente a medida que nos acercábamos a los trópicos y que volvía intolerable la permanencia en las bodegas— transformaba progresivamente en una combinación de comedor, dormitorio, sala de lactantes, lavadero y solario. Pero lo más desagradable era lo que en el regimiento se llama «el aseo». Simétricamente, a lo largo del empalletado, a babor para los hombres y a estribor para las mujeres, la tripulación había construido dos pares de barracas de tablas, sin aire ni luz; una de ellas incluía algunas duchas alimentadas sólo por la mañana, la otra, provista de un largo desaguadero de madera groseramente forrada de cinc por dentro, que desembocaba en el océano, servía a los fines que se adivinan; los enemigos de una promiscuidad demasiado grande y aquellos a quienes les repugnaba acuclillarse en conjunto, cosa que, por otra parte, el balanceo volvía inestable, no tenían más remedio que despertarse muy temprano; durante toda la travesía se organizó una especie de carrera entre los delicados, de modo que, finalmente, sólo podía esperarse una relativa soledad a eso de las tres de la mañana, no más tarde. Terminamos por no acostarnos. Dos horas más o menos, y ocurría lo mismo con las duchas, donde si bien no intervenía la misma preocupación por el pudor, sí existía la de hacerse un lugar en la turbamulta, donde un agua insuficiente y como vaporizada al contacto de tantos cuerpos húmedos ni siquiera descendía hasta la piel. En ambos casos existía el apuro por terminar y salir, pues esas barracas sin ventilación estaban construidas con tablas de abeto fresco y resinado que, impregnadas de agua salada, de orina y de aire marino, fermentaban bajo el sol exhalando un perfume tibio, azucarado y nauseabundo que unido a otros olores se volvía pronto intolerable, sobre todo si había oleaje.

Cuando al cabo de un mes de travesía se distinguió, en medio de la noche, el faro de Fort-de-France, no fue la esperanza de una comida aceptable, de una cama con sábanas ni de una noche apacible lo que ensanchó el corazón de los pasajeros. Toda esta gente que hasta el momento de embarcarse había gozado de lo que los ingleses llaman graciosamente las «amenidades» de la civilización, había sufrido más que hambre, cansancio, insomnio, promiscuidad o desprecio: había sufrido suciedad forzada, agravada aún más por el calor que había hecho durante esas cuatro semanas. Había a bordo mujeres jóvenes y bonitas; se habían esbozado flirteos, se habían producido acercamientos. Para ellas, mostrarse finalmente bajo un aspecto favorable antes de la separación era más que una preocupación de coquetería, era un documento que levantar, una deuda que pagar, la prueba lealmente debida de que ellas no eran de verdad indignas de las atenciones que, con conmovedora delicadeza, consideraban que tan sólo se les habían hecho a crédito. Por lo tanto, no solamente había un aspecto cómico sino también algo discretamente patético en ese grito que subía de todos los pechos y reemplazaba el «¡tierra! ¡tierra!» de los relatos tradicionales de navegación: «¡Un baño! ¡finalmente un baño! ¡mañana un baño!», se oía por todas partes al tiempo que se procedía al inventario febril del último pedazo de jabón, de la toalla limpia, de la prenda reservada para esa gran ocasión.

Aparte de que ese sueño hidroterápico implicaba una opinión exageradamente optimista de la obra civilizadora que puede esperarse de cuatro siglos de colonización (pues los baños en Fort-de-France son poco frecuentes) los pasajeros no tardarían en enterarse de que su barco mugriento y abarrotado era todavía una mansión idílica comparado con la acogida que les reservaba, apenas se echara el ancla en la rada, una soldadesca víctima de una forma colectiva de desorden cerebral que hubiera merecido la atención del etnólogo si éste no hubiera estado ocupado en dedicar todos sus recursos intelectuales al único objetivo de sustraerse a sus enojosas consecuencias.

La mayor parte de los franceses había vivido una guerra extravagante; ningún superlativo puede calificar exactamente la de los oficiales en la guarnición de la Martinica; su única misión, que era la de custodiar el oro de la Banca de Francia, se había convertido en una especie de pesadilla de la que el abuso del ponche sólo era parcialmente responsable, ya que correspondía un papel más insidioso, y no menos esencial, a la situación insular, al alejamiento de la metrópoli y a una tradición histórica de recuerdos de piratas, donde la vigilancia norteamericana o las misiones secretas de la flota submarina alemana reemplazaban sin dificultad a protagonistas con aros de oro, ojo tapado y pata de palo. Así fue como se desarrolló un delirio de asedio que, si bien no se produjo ningún encuentro militar y a pesar de que, por razones obvias, jamás se avistó un enemigo, no dejó de engendrar en la mayoría una especie de enloquecimiento. En cuanto a los insulares, sus palabras revelaban de modo más prosaico una trayectoria intelectual del mismo tipo. «No había más bacalao», «La isla estaba liquidada», se oía con frecuencia, mientras otros explicaban que Hitler no era sino Jesucristo de vuelta en la Tierra para castigar a la raza blanca por haber seguido mal sus enseñanzas durante los dos mil años precedentes.

Los oficiales, en el momento del armisticio, lejos de adherirse a la Francia Libre, se sintieron unidos al régimen metropolitano. Iban a continuar «fuera de onda»; su resistencia física y moral, desgastada a lo largo de meses, los hubiera incapacitado para combatir —admitiendo que antes hubieran sido capaces de ello—; su mente enferma hallaba una especie de seguridad en reemplazar un enemigo real, pero tan lejano que había llegado a ser invisible y algo así corno abstracto —los alemanes—, por uno imaginario, pero con la ventaja de estar próximo y palpable —los norteamericanos—. Por otra parte, dos barcos de guerra de los Estados Unidos iban y venían permanentemente frente a la rada. Un hábil auxiliar del comandante en jefe de las fuerzas francesas almorzaba todos los días a bordo, mientras un superior se empeñaba en inflamar a sus tropas odio y rencor contra los anglosajones.
Como enemigos sobre quienes ejercer una agresividad acumulada desde meses atrás, como responsables de una derrota a la que se sentían ajenos, pues habían permanecido al margen de los combates, pero de la que en otro sentido se sentían confusamente culpables (¿acaso no habían ofrecido el ejemplo más acabado, no habían proporcionado la realización más completa de la indiferencia, de las ilusiones y del quebrantamiento de que, al menos en parte, el país cayera víctima?), los pasajeros de nuestro barco constituían para ellos un muestrario particularmente seleccionado. Era un poco como si al permitir nuestro embarque con destino a la Martinica las autoridades de Vichy no hubieran hecho sino remitir a esos señores un cargamento de chivos emisarios para calmar su cólera. La tropa en shorts, encasquetada y armada, que se instaló en la oficina del comandante, parecía entregarse menos a un interrogatorio de desembarco que a un ejercicio de insultos sobre cada uno de nosotros, que comparecíamos solos frente a ella, y que no teníamos más remedio que escuchar. Los que no eran franceses se vieron tratados de enemigos, a quienes lo eran se les negaba groseramente tal calidad, al mismo tiempo que se les acusaba, por su partida, de abandonar cobardemente su país: reproche no sólo contradictorio sino bastante singular en boca de hombres que desde la declaración de guerra habían vivido, de hecho, al amparo de la doctrina Monroe...

¡Adiós baños! Se decidió internar a todo el mundo en un campo llamado «el Lazareto», del otro lado de la bahía. Sólo tres personas fueron autorizadas para descender a tierra: el beké, que era ajeno a la cuestión; el misterioso tunecino, mediante la presentación de un documento; y yo, por un favor especial concedido al comandante por el Control Naval, pues descubrimos que éramos viejos conocidos: él era segundo en uno de los barcos en que yo había viajado antes de la guerra.

CAPITULO 3

ANTILLAS


Alrededor de las dos de la tarde, Fort-de-France era una ciudad muerta; parecían deshabitadas las casuchas que bordeaban una larga plaza de palmeras y pasto, semejante a un terreno baldío, en medio del cual, como olvidada, se veía la estatua enmohecida de Josefina Tascher de la Pagerie (luego Beauharnais). Apenas instalados en un hotel desierto, el tunecino y yo, conmovidos aún por los acontecimientos de esa mañana, nos precipitamos a un coche de alquiler en dirección al Lazareto, para reconfortar a nuestros compañeros y, particularmente, a dos jóvenes alemanas que durante la travesía consiguieron darnos la impresión de tener gran prisa por engañar a sus maridos tan pronto como consiguieran lavarse. Desde ese punto de vista, el asunto del Lazareto aumentaba nuestra decepción.

Mientras el viejo Ford se alzaba en primera a lo largo de pistas accidentadas y yo, con alborozo, encontraba muchas especies vegetales que desde Amazonia me resultaban familiares, aun cuando aquí tuviera que aprender a designarlas de otra manera (caimita, por fruta do conde —algo parecido a un alcaucil dentro de una pera—, corrosol por graviola, papaya por mamao, sapotilla por mangabeira), evocaba las escenas penosas que acababan de producirse y trataba de relacionarlas con otras experiencias del mismo tipo. Para mis compañeros lanzados a la aventura luego de una existencia muchas veces pacífica, esta mezcla de maldad y estupidez aparecía como un fenómeno inaudito, único y excepcional, como la incidencia de una catástrofe internacional sin precedentes históricos sobre su persona individual y la de sus carceleros. Pero a mí, que había visto el mundo y que en los años precedentes había estado en medio de situaciones poco triviales, este género de experiencias no me resultaba del todo extraño. Sabía que lenta y progresivamente iban brotando como agua corrompida, de una humanidad saturada de su propio número y de la complejidad cada vez mayor de sus problemas, como si se le hubiera irritado la epidermis por el frotamiento con intercambios materiales e intelectuales acrecentados por la intensidad de las comunicaciones. En esta tierra francesa, la guerra y la derrota no habían hecho más que apresurar la marcha de un proceso universal, facilitando la instalación de una infección duradera que nunca desaparecería completamente, que recrudecería en un lugar al ceder en otro. Todas esas manifestaciones estúpidas, odiosas e ingenuas que los grupos sociales segregan como un pus cuando la distancia empieza a faltarles, no eran nuevas para mí.

Ayer mismo, por así decirlo, pocos meses antes de la declaración de la guerra y ya en camino a Francia, me paseaba en Bahía por la ciudad alta, de una a otra de las —según se dice— 365 iglesias: una por cada día del año, y cuyo estilo y decoración interior varían a imagen de los días y estaciones. Ocupado en fotografiar detalles de arquitectura, me veo perseguido por una banda de negritos semidesnudos que me suplican: «¡Tira o retrato! ¡Tira o retrato! («¡Sácanos una foto!»). Finalmente, conmovido por tan graciosa mendicidad —antes que unos centavos preferían una foto que jamás verían—, consiento en malgastar una placa para complacer a los niños. No he caminado ni cien metros cuando una mano cae sobre mi hombro: dos inspectores de civil que me siguen paso a paso desde que inicié mi paseo me informan que acabo de cometer un acto de hostilidad hacia el Brasil: esa foto, utilizada en Europa, podría sin duda acreditar la leyenda de que existen brasileños de piel negra y de que los muchachitos de Bahía andan descalzos. Fui arrestado; felizmente por poco tiempo, pues el barco iba a partir.

Decididamente, ese barco me traía mala suerte; pocos días antes había tenido tal aventura y ahora, he aquí que en el momento de embarcarme y todavía amarrado el barco en el puerto de Santos, un comandante de la marina brasileña, con gran uniforme y acompañado por dos marineros armados con fusiles y la bayoneta calada, me detiene en mi cabina apenas un momento después de subir. Allí, cuatro o cinco horas para dilucidar el misterio: la expedición franco-brasileña que yo había dirigido durante un año había sido sometida a la regla del reparto de las colecciones entre ambos países. Este reparto debía hacerse bajo el control del Museo Nacional de Rio de Janeiro, el cual notificó inmediatamente a todos los puertos del país que si yo, abrigando tenebrosos designios, trataba de escapar del país con un cargamento de arcos, flechas y tocados de plumas que excediera la parte atribuida a Francia, debían a cualquier precio detenerme. Pero, al volver la expedición, el Museo de Rio había cambiado de opinión y decidido ceder la parte brasileña a un instituto científico de Sao Paulo. Se me había informado que, como consecuencia de ello, la exportación de la parte francesa debería hacerse por Santos y no por Rio, pero como se olvidó que la cuestión había sido objeto de una reglamentación diferente un año atrás, fui declarado culpable, en virtud de viejas instrucciones que no recordaban sus autores, pero sí los encargados de ejecutarlas.


Felizmente, en esa época aún había en el fondo de todo funcionario brasileño un anarquista adormecido, mantenido por esas briznas de Voltaire y de Anatole France que hasta en el corazón del matorral sobrenadaban en la cultura nacional. («¡Ah, señor, usted es francés! ¡Ah, Francia, Francia! ¡Anatole, Anatole!», exclamaba conmovido, estrechándome en sus brazos, un anciano de una aldea interior del país, que jamás se había encontrado con uno de mis compatriotas.) Así, suficientemente experimentado para dedicar todo el tiempo necesario a la demostración de mis sentimientos deferentes hacia el Estado brasileño en general y la autoridad marítima en particular, me esmeré en tocar ciertas cuerdas sensibles; no sin éxito, ya que luego de unas horas de sudores fríos (las colecciones etnográficas estaban en los cajones, mezcladas con mi mobiliario y mi biblioteca, pues dejaba el Brasil definitivamente, y temí por un momento que se los hicera pedazos en los muelles mientras el barco levaba anclas) yo mismo era quien dictaba a mi interlocutor los términos ásperos de un informe en el cual él se atribuía, permitiendo mi partida y la de mi equipaje, la gloria de haber salvado a su país de un conflicto internacional y la consiguiente humillación.

Por otra parte, es posible que no hubiera actuado con tanta audacia si no hubiera estado aún bajo la influencia de un recuerdo que quitaba toda seriedad a los policías sudamericanos. Dos meses antes permanecí bloqueado con un compañero, el doctor J. A. Vellard, esperando una correspondencia que no llegaba, en una población de la baja Bolivia, donde debía cambiar de avión. En 1938, la aviación se parecía poco a lo que es actualmente. En regiones apartadas de América del Sur, saltando algunas etapas del progreso, se había instalado de lleno en el papel de galera para los lugareños que, hasta entonces, por falta de caminos, perdían varios días para dirigirse a la feria vecina, a pie o a caballo. Ahora, un vuelo de algunos minutos (pero a menudo con retraso de un número muy superior de días) les permitía transportar sus gallinas y sus patos, entre los cuales se viajaba acurrucado con la mayor frecuencia, pues los pequeños aviones estaban repletos de una abigarrada mezcla de paisanos descalzos, animales de corral y cajas demasiado pesadas o voluminosas para transitar por los senderos de la selva.

Así, pues, arrastrábamos nuestra desocupación por las calles de Santa Cruz de la Sierra (que tal era la ciudad), transformadas por la estación de las lluvias en torrentes fangosos que se vadeaban sobre grandes piedras colocadas a intervalos regulares, como pasos claveteados, verdaderamente infranqueables para los vehículos, cuando una patrulla notó nuestros rostros poco familiares; razón suficiente para detenernos. Mientras llegaba el momento de las explicaciones, nos encerraron en una pieza de un lujo inusitado; era un viejo palacio de gobernador provincial, con sus paredes recubiertas por boiseries que enmarcaban bibliotecas-vitrinas cuyos estantes se veían adornados por grandes volúmenes ricamente encuadernados, interrumpidos solamente por un tablero, también encuadrado y cubierto por un vidrio, que presentaba esta asombrosa inscripción caligrafiada: «Bajo pena de severas sanciones, está terminantemente prohibido arrancar páginas de los archivos para servirse de ellas con fines particulares o higiénicos. Toda persona que incurra en contravención será castigada».

En honor a la verdad, debo reconocer que mi situación en la Martinica mejoró gracias a la intervención de un alto funcionario de Puentes y Caminos, quien, detrás de una reserva un poco fría, disimulaba sentimientos distintos de los que se perciben en los medios oficiales; quizá también fue por mis frecuentes visitas a un periódico religioso, en cuyas oficinas los Padres de no sé qué Orden habían acumulado cajas llenas de vestigios arqueológicos que se remontaban a la ocupación india y que yo inventariaba en mis ratos de ocio.
Una vez entré en la Corte de Apelaciones, que se hallaba en sesión. Fue mi primera y última visita a un tribunal. Juzgaban a un campesino que durante una riña había mordido y arrancado un pedazo de oreja a un adversario. Acusado, querellante y testigos se expresaban en un criollo caprichoso cuya cristalina frescura, en semejante lugar, tenía algo de sobrenatural. Era traducida a tres jueces que, bajo el calor, soportaban mal unas togas rojas y unas pieles despojadas de su apresto por la humedad del ambiente. Esos hábitos maltrechos colgaban de sus cuerpos como apositos ensangrentados. En cinco minutos exactos el irascible negro se vio condenado a ocho años de prisión. Siempre asocio la justicia a la duda, al crepúsculo, al respeto. Que en un lapso tan breve se pudiera disponer de un ser humano con tal desenvoltura me llenó de estupor. No podía convencerme de que acababa de asistir a un acontecimiento real. Aún hoy, ningún sueño, por fantástico o grotesco que sea, consigue penetrarme de semejante sentimiento de incredulidad.

En cuanto a mis compañeros de a bordo, se vieron liberados gracias a un conflicto entre la autoridad marítima y los comerciantes. Si bien aquélla los consideraba como espías y traidores, éstos veían en ellos una fuente de provecho que la internación en el Lazareto, incluso pagada, no permitía explotar. Estas consideraciones tuvieron más peso que las otras y durante quince días todo el mundo quedó en libertad de gastar los últimos billetes franceses, bajo una vigilancia policial muy activa que tejía alrededor de todos, y particularmente de las mujeres, una red de tentaciones, seducciones y represalias. Al mismo tiempo se imploraban visaciones en el consulado dominicano y se coleccionaban falsos rumores sobre la llegada de hipotéticos barcos que debían sacarnos de allí. La situación cambió nuevamente cuando el comercio pueblerino, celoso de la prefectura, declaró que también tenía derecho a su parte de refugiados. De la mañana a la noche se dio residencia forzosa a todo el mundo en las aldeas del interior; una vez más escapé, pero, ansioso por seguir a mis buenas amigas hasta su nueva residencia al pie del Mont Pelé, tuve que agradecer a esta nueva maquinación policial inolvidables paseos por esa isla, de un exotismo mucho más clásico que el del continente sudamericano: oscura ágata herborizada en una aureola de playas de arena negra salpicada de plata, valles hundidos en una bruma lechosa que apenas dejan adivinar, por un goteo continuo, al oído más aún que a la vista, la gigantesca, plumosa y tierna espuma de los heléchos arborescentes sobre los fósiles vivientes de sus troncos.

Si bien hasta el momento había resultado favorecido en relación a mis compañeros, me preocupaba un problema que tengo que recordar aquí, ya que la redacción misma de este libro dependía de su solución; ésta, como veremos, no dejó de tener dificultades. Por todo patrimonio yo llevaba un baúl con los documentos de mis expediciones: ficheros lingüísticos y tecnológicos, diario de ruta, notas tomadas sobre el terreno, mapas, planos y negativos fotográficos: millares de hojas, fichas y clisés. Tan sospechoso conjunto había pasado la frontera al precio de un considerable riesgo para el portador. Después del recibimiento en la Martinica, deduje que no podía permitir que ni la Aduana, ni la policía ni la segunda oficina del Almirantazgo echaran siquiera un vistazo sobre lo que sin duda creerían instrucciones en clave (los vocabularios indígenas) y levantamientos de dispositivos estratégicos (los mapas, los esquemas y las fotos). Por lo tanto, decidí declarar mi baúl en tránsito y lo enviaron precintado a los depósitos de la Aduana. Así, pues, según me informaron luego, tendría que salir de la Martinica en un barco extranjero, donde el baúl sería trasbordado directamente (aun para conseguir esto tuve que desplegar muchos esfuerzos). Si pretendía dirigirme a Nueva York a bordo del D'Aumale (verdadero barco fantasma que mis compañeros esperaron durante un mes antes de que se materializara un buen día como un gran juguete de otro siglo, pintado de nuevo), el baúl tendría que entrar primeramente en la Martinica y luego volver a salir. Eso no podía ser. Así fue como me embarqué para Puerto Rico en un bananero sueco, de inmaculada blancura, donde durante cuatro días pude saborear, como recuerdo de tiempos ya concluidos, una travesía apacible y casi solitaria, ya que éramos solamente ocho pasajeros a bordo. Hacía bien en aprovecharlo.

Después de la policía francesa, la policía norteamericana. En cuanto pisé Puerto Rico descubrí dos cosas: durante el par de meses transcurridos desde la partida de Marsella, la legislación sobre inmigración había cambiado en los Estados Unidos, y los documentos que la New School for Social Research me había otorgado no correspondían ya a los nuevos reglamentos; además, y sobre todo, la policía norteamericana compartía en grado máximo las sospechas de la policía de la Martinica, de las que tanto me cuidara, con respecto a mis documentos etnográficos. Pues luego de haber sido tratado, en Fort-de-France, de judeo-masón a sueldo de los norteamericanos, tenía la compensación un poco amarga de comprobar que, desde el punto de vista de los Estados Unidos, existían verdaderas posibilidades de que yo fuera un emisario de Vichy y hasta de los mismos alemanes. Mientras se esperaba que la New School (a la cual yo había telegrafiado urgentemente) satisficiera las exigencias de la ley y, sobre todo, que llegara a Puerto Rico un especialista del F. B. I. que leyera francés (yo temblaba pensando en el tiempo que se necesitaría para descubrir un experto, pues mis fichas, en sus tres cuartas partes, incluían términos provenientes de dialectos casi desconocidos del Brasil central), los servicios de Investigación resolvieron internarme, a expensas de la compañía de navegación, en un hotel austero, dentro de la tradición española, donde me alimentaban con buey hervido y garbanzos, mientras dos policías indígenas muy sucios y mal afeitados se alternaban día y noche junto a mi puerta.

Recuerdo que fue en el patio de este hotel donde Bertrand Goldschmidt, que había llegado en el mismo barco y era director de la Comisión de Energía Atómica, me explicó una noche el principio de la bomba atómica y me reveló (corría el año 1941) que los principales países estaban empeñados en una carrera científica que aseguraría la victoria al que se clasificara primero.
Al cabo de algunos días, mis últimos compañeros de viaje arreglaron sus dificultades personales y partieron para Nueva York. Yo me quedo solo en San Juan, flanqueado por mis dos policías. Estos, a mi pedido y tan pronto como lo solicito, me acompañan a los tres únicos lugares autorizados: el consulado de Francia, el banco y la oficina de Inmigración. Para cualquier otro desplazamiento debo pedir una autorización especial. Un día obtengo una para ir a la Universidad; mi guardia de servicio tiene la gentileza de no entrar, y para no humillarme me espera en la puerta. Como se aburren, a veces violan el reglamento y por su propia iniciativa me permiten que los lleve al cine. Únicamente durante las últimas cuarenta y ocho horas transcurridas entre mi liberación y mi embarque pude visitar la isla. Amablemente me guiaba el señor Christian Belle, entonces cónsul general, quien, no sin asombro por lo insólito de las circunstancias, se manifestó como colega americano, lleno de relatos de cabotaje en velero a lo largo de las costas sudamericanas. Poco tiempo antes me había enterado, por la prensa matutina, de la llegada de Jacques Soustelle, que recorría las Antillas para conseguir la adhesión de los residentes franceses al general De Gaulle. Para poder verle tuve necesidad de otra autorización.
Pues bien; en Puerto Rico tomé contacto con los Estados Unidos; por primera vez respiré el aliento tibio y el wintergreen (antiguamente llamado «té del Canadá»), polos olfativos entre los que se escalona la gama del confort norteamericano: de los automóviles a los muebles de tocador, pasando por el receptor de radio, los dulces y pasteles y la pasta dentífrica, y traté de descifrar, detrás de la máscara de los afeites, los pensamientos de las señoritas de los drugstores vestidas de malva y con cabellos de caoba. También allí, en la perspectiva bastante particular de las Antillas Mayores, lo que primero advertí fueron esos aspectos típicos de la ciudad americana: siempre semejante, por la liviandad de la construcción, la preocupación del efecto y la atención que despertaban en el transeúnte, a alguna Exposición Universal que se hubiera transformado en permanente, salvo que aquí uno se creería más bien en la sección española.

El azar de los viajes presenta a menudo ambigüedades como ésa. El haber pasado en Puerto Rico mis primeras semanas en suelo estadounidense me hará reencontrar, desde entonces, América en España. Como también, unos cuantos años después, el haber visitado mi primera Universidad inglesa en el campus de edificios neogóticos de Dacca, en Bengala oriental, me incita ahora a considerar Oxford como una India que hubiera conseguido dominar el fango, el moho y la vegetación invasora.
El inspector del F. B. I. llega tres semanas después de mi desembarco en San Juan. Corro a la Aduana, abro el baúl. El instante es solemne. Un joven cortés se adelanta, saca una ficha al azar. Su mirada se endurece. Se vuelve ferozmente hacia mí: «¡Esto es alemán!» En efecto, se trata de la referencia de la obra clásica de von den Steinen, mi ilustre y lejano predecesor en el Mato Grosso central, Unter den Naturvölkern Zentral-Brasiliens, Berlín, 1894. Inmediatamente, apaciguado por esta explicación, el experto tanto tiempo esperado se desinteresa de todo el asunto. Suficiente, O. K., me admiten en suelo norteamericano, estoy libre.
Tengo que detenerme. En mi recuerdo, cada una de estas aventuras hace surgir otras. Algunas relativas a la guerra, como la que se acaba de leer, pero otras anteriores, como las que relaté anteriormente. Podría agregar otras más recientes, si recurriera a la experiencia de viajes por Asia que realicé en estos últimos años. En cuanto a mi gentil inspector del F. B. I., hoy en día no quedaría tan fácilmente satisfecho. Tan pesado se vuelve el ambiente en todas partes.


CAPITULO 4

LA BÚSQUEDA DEL PODER

Un incidente fútil, que queda en mi memoria como un presagio, me dio el primer indicio de esos olores inciertos, de esos vientos cambiantes, anunciadores de una tempestad más profunda. Como había renunciado a la renovación de mi contrato con la Universidad de Sao Paulo para consagrarme a una larga campaña en el interior del país, me adelanté a mis colegas, y algunas semanas antes que ellos tomé el barco que había de llevarme nuevamente al Brasil. Por primera vez después de cuatro años, yo era el único universitario a bordo; por primera vez también, había allí muchos pasajeros: hombres de negocios extranjeros, y, sobre todo, los integrantes de una misión militar que se dirigía al Paraguay. Estos últimos volvieron irreconocible la travesía familiar y el ambiente del barco, antaño tan sereno. Tanto los oficiales como sus esposas confundían un viaje transatlántico con una expedición colonial, y el servicio de instructores de un ejército —en definitiva bastante modesto—, con la ocupación de un país conquistado, para la que se preparaban en el puente (por lo menos moralmente): lo habían transformado en plaza de armas, adjudicando el papel de indígenas a los pasajeros civiles. Estos ni sabían cómo evitar una insolencia que por lo ruidosa había conseguido provocar malestar hasta en el puente de oficiales. La actitud del jefe de la misión era opuesta a la de sus subordinados; él mismo y su mujer eran dos personas de conducta discreta y atenta; me abordaron un día en el rincón poco frecuentado donde intentaba huir de la batahola, se informaron de mis trabajos anteriores, del objeto de mi misión, y por algunas alusiones me hicieron comprender su papel de testigos impotentes y comprensivos. El contraste era tan flagrante que parecía ocultar algún misterio; tres o cuatro años más tarde, el incidente volvió a mi memoria cuando leí en los diarios el nombre de aquel oficial superior cuya posición personal era, en efecto, paradójica. ¿Habrá sido entonces cuando comprendí por primera vez lo que, en otras regiones del mundo, circunstancias tan desmoralizadoras como ésta me enseñaron después definitivamente? Viajes: cofres mágicos de promesas soñadoras, ya no entregaréis vuestros tesoros intactos. Una civilización proliferante y sobreexcitada trastorna para siempre el silencio de los mares. Los perfumes de los trópicos y la frescura de los seres son viciados por una fermentación de hedores sospechosos que mortifica nuestros deseos y hace que nos consagremos a recoger recuerdos semicorruptos.

Hoy, cuando islas polinesias anegadas de hormigón son transformadas en portaaviones pesadamente anclados en el fondo de los mares del sur, cuando Asia entera cobra el semblante de una zona enfermiza, cuando las «villas miseria» corroen África, cuando la aviación comercial y militar marchita el candor de las selvas americanas o melanesias aun antes de poder destruir su virginidad, ¿cómo la pretendida evasión del viaje podría conseguir otra cosa que ponernos frente a las formas más desgraciadas de nuestra existencia histórica? Esta gran civilización occidental, creadora de las maravillas de que gozamos, no ha conseguido, ciertamente, producirlas sin su contraparte. Como su obra más admirable, pilar donde se elaboran arquitecturas de una complejidad desconocida, el orden y la armonía de Occidente exigen la eliminación de una prodigiosa masa de subproductos maléficos que infectan actualmente la Tierra. Lo que nos mostráis en primer lugar, ¡oh viajes!, es nuestra inmundicia arrojada al rostro de la humanidad.

Entonces comprendo la pasión, la locura, el engaño de los relatos de viaje. Traen la ilusión de lo que ya no existe y que debería existir aún para que pudiéramos escapar a la agobiadora evidencia de que han sido jugados 20 000 años de historia. Ya no hay nada que hacer: la civilización no es más esa flor frágil que preservábamos, que hacíamos crecer con gran cuidado en algunos rincones abrigados de un terruño rico en especies rústicas, sin duda amenazadoras por su lozanía, pero que permitían variar y vigorizar el plantel. La humanidad se instala en el monocultivo; se dispone a producir la civilización en masa, como la remolacha. Su comida diaria sólo se compondrá de este plato.

Antaño se arriesgaba la vida en las Indias o en las Américas para traer bienes que hoy nos parecen irrisorios; madera de brasa (de ahí Brasil), tintura roja, o pimienta, por la que en tiempo de Enrique IV se enloquecían hasta tal punto que la corte ponía sus granos en estuches de caramelos, para mordisquearlos. Esas sacudidas visuales u olfativas, ese gozoso calor en los ojos, esa quemazón exquisita en la lengua, agregaban un nuevo registro al teclado sensorial de una civilización que no había sospechado siquiera su propia insipidez. ¿Diremos entonces que nuestros modernos Marco Polo traen de esas mismas tierras, ahora en forma de fotografías, libros y relatos, las especias morales que nuestra sociedad, sintiéndose naufragar en el hastío, necesita con mayor apremio?

Otro paralelo me parece más significativo. Pues estos modernos condimentos son, quiérase o no, falsificados. No ciertamente porque su naturaleza es puramente psicológica, sino porque, por más honesto que sea el narrador, no puede ya traérnoslos de manera auténtica. Para que consintamos en recibirlos es necesario, por una manipulación que en los más sinceros es sólo inconsciente, entresacar y tamizar los recuerdos y sustituir lo vivido por lo estarcido. Abro esos relatos de exploradores; me describen la tribu x como salvaje, la cual conserva todavía en la actualidad las costumbres de no sé qué humanidad primitiva, caricaturizada en algunos breves capítulos. Y yo he pasado semanas enteras de mi vida de estudiante anotando las obras que hace cincuenta años, y también recientemente, hombres de ciencia consagraron al estudio de esa misma tribu antes de que el contacto con los blancos y las epidemias siguientes la redujeran a un puñado de miserables desarraigados. Tal otro grupo, que un viajero adolescente descubriera y estudiara en cuarenta y ocho horas, según se dice, fue entrevisto (y esto no es un hecho desdeñable) durante un desplazamiento fuera de su territorio en un campamento provisional ingenuamente tomado o confundido por una aldea permanente. Y se velaron cuidadosamente los métodos de acceso, los cuales hubieran revelado el puesto misional —en relaciones cotidianas con los indígenas desde hace veinte años—, la pequeña línea de barcos de motor que se interna hasta lo más profundo del país, pero que el ojo adiestrado descubre a partir de menudos detalles fotográficos, pues el encuadre no siempre consigue evitar las latas oxidadas donde esa humanidad virgen cocina su rancho.

La vanidad de esas pretensiones, la credulidad ingenua que las acoge y hasta las suscita; el mérito, en fin, que consagra tantos esfuerzos inútiles (como no sea que contribuyen a extender el deterioro que, por otra parte, se empeñan en disimular), todo esto implica resortes psicológicos poderosos, tanto en los actores como en su público. El estudio de ciertas instituciones indígenas puede contribuir a esclarecerlos. Pues la etnografía está en condiciones de ayudar a comprender la moda que atrae hacia ella toda esa concurrencia que la desfavorece.

Para buen número de tribus de América del Norte, el prestigio social de un individuo está determinado por las circunstancias que rodean ciertas pruebas a las cuales los adolescentes deben someterse en la pubertad. Algunos se abandonan sin alimento en una balsa solitaria; otros van a buscar aislamiento a la montaña, expuestos a las fieras, al frío y a la lluvia. Durante días, semanas o meses, según el caso, se privan de comer, toman sólo productos salvajes o ayunan largos períodos, y hasta agravan su quebrantamiento fisiológico con el uso de vomitivos. Todo es un pretexto para provocar el más allá: baños helados y prolongados, mutilaciones voluntarias de una o varias falanges, desgarramiento de las aponeurosis mediante la inserción de clavijas puntiagudas bajo los músculos dorsales, atadas con cuerdas a pesados fardos que intentan arrastrar. Si no llegan a tales extremos, por lo menos se agotan en trabajos gratuitos: depilación del cuerpo pelo por pelo, o de ramajes de pino hasta despojarlos de todas sus espinas, ahuecamiento de bloques de piedra, etc.

En el estado de embotamiento, de debilidad o de delirio en que los dejan estas pruebas y ejercicios, esperan encontrar comunicación con el mundo sobrenatural. Conmovido por la intensidad de sus sufrimientos y plegarias, un animal mágico se verá forzado a aparecérseles; una visión les revelará al que desde ese momento será su espíritu guardián, así como el nombre por el cual serán conocidos y el poder particular otorgado por su protector, que les concederá privilegios y rangos en el seno del grupo social.

¿Se dirá que estos indígenas nada tienen que esperar de la sociedad? Instituciones y hábitos les parecen iguales a un mecanismo cuyo funcionamiento monótono no deja lugar al azar, a la fortuna o al talento. El único medio de forzar la suerte sería arriesgarse en esas fronteras peligrosas donde las normas sociales dejan de tener un sentido al mismo tiempo que las garantías y las exigencias del grupo se desvanecen: ir hasta los límites de lo civilizado, de la resistencia fisiológica o del sufrimiento físico y moral. Pues es sobre este borde inestable donde se exponen a caer, ya sea del otro lado para no volver o, por el contrario, a captar, en el inmenso océano de inexplotadas fuerzas que rodea a una humanidad bien regulada, una provisión personal de poder, gracias a la cual será revocado un orden social, de otra manera inmutable, en favor del temerario.

Con todo, esa interpretación aún parece superficial. Pues en esas tribus de las praderas o de la meseta norteamericana no se trata de creencias individuales que se opongan a una doctrina colectiva. La dialéctica completa depende de los hábitos y de la filosofía del grupo. Del grupo aprenden su lección los individuos; la creencia en los espíritus guardianes es un hecho del grupo, y la sociedad toda entera es la que señala a sus miembros que para ellos no existe oportunidad alguna en el seno del orden social, si no es al precio de una tentativa absurda y desesperada para salir de él.

¿Quién no ve hasta qué punto esta «búsqueda del poder» se encuentra reeditada en la sociedad francesa contemporánea bajo la forma ingenua de relación entre el público y «sus» exploradores? También a nuestros adolescentes, desde la pubertad, se les da venia para obedecer a los estímulos a los cuales todo les somete desde la primera infancia, y para franquear de cualquier manera la influencia momentánea de su civilización. Puede ser hacia arriba, por la ascensión de alguna montaña, o hacia lo profundo, descendiendo a los abismos; también horizontalmente, aventurándose hasta el corazón de regiones lejanas. Finalmente, la desmesura que se busca puede ser de orden moral, como ocurre en aquellos que voluntariamente se exponen a situaciones tan difíciles que los conocimientos actuales parecen excluir toda posibilidad de supervivencia.

Frente a los resultados que quisiéramos llamar racionales de esas aventuras, la sociedad exhibe una indiferencia total. No se trata ni de descubrimiento científico ni de enriquecimiento poético y literario, ya que los testimonios son, con la mayor frecuencia, de una pobreza ofensiva. Lo que importa es el hecho de la tentativa y no su objeto. Como en nuestro ejemplo indígena, el joven que durante algunas semanas o meses se aisla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (las sociedades indígenas también conocen estos matices), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de automistificación del grupo, que explica el fenómeno en todos los casos. Pues esos primitivos, a quienes basta con visitar para volver purificado, esas cumbres heladas, esas grutas y esas selvas profundas, templos de altas y aprovechables revelaciones, son, de diferente manera, los enemigos de una sociedad que representa para sí misma la comedia de ennoblecerlos en el momento en que termina de suprimirlos, pero que sólo experimentaba hacia ellos espanto y repugnancia cuando eran adversarios verdaderos. Pobre presa cazada en las trampas de la civilización mecánica, ¡oh, salvajes de la selva amazónica!, ¡tiernas e impotentes víctimas!; puedo resignarme a comprender, el destino que os anonada, pero de ninguna manera a ser engañado por esta brujería más mezquina que la vuestra, que ante un público ávido enarbola álbumes en kodachrome en reemplazo de vuestras máscaras destruidas. ¿Cree acaso éste que con ellos conseguirá apropiarse de vuestros encantos? No satisfecho aún, y ni siquiera consciente de aboliros, necesita saciar febrilmente con vuestras sombras el canibalismo nostálgico de una historia a la cual ya habéis sucumbido.

Predecesor pulido de estos matorraleros, ¿fui entonces el único a quien sólo cenizas quedaron en las manos? ¿Solamente, mi voz dará testimonio del fracaso de la evasión? Como el indio del mito, fui tan lejos como la tierra lo permite, y cuando llegué al fin del mundo interrogué a los seres y a las cosas para encontrar su misma decepción: «Allí permaneció bañado en lágrimas, rogando y gimiendo. Y sin embargo, no oyó ningún ruido misterioso; tampoco fue adormecido para ser transportado en sueños al templo de los animales mágicos. Ya no podía tener la menor duda: ningún poder, de nadie, le había sido concedido...»

El sueño, «dios de los salvajes», como decían los antiguos misioneros, se ha deslizado siempre entre mis dedos como un mercurio sutil. ¿Dónde me ha dejado algunas partículas brillantes? ¿En Cuiabá, cuyo suelo proporcionaba antaño pepitas de oro? ¿En Ubatuba, puerto hoy desierto, donde hace doscientos años se cargaban los galeones? ¿Sobrevolando los desiertos de Arabia, rosas y verdes como el nácar del haliotis? ¿En América? ¿En Asia? ¿En los bancos de Terranova, en las mesetas bolivianas, en las colinas de la frontera birmana? Elijo al azar un nombre, todo almibarado aún de prestigios legendarios: Labore.

Una pista de aterrizaje en un suburbio impreciso; interminables avenidas plantadas de árboles y bordeadas de quintas; en un cercado, un hotel que evoca una caballeriza normanda, alinea varios edificios, todos iguales, cuyas puertas al mismo nivel, y yuxtapuestas como otras tantas caballerizas, dan acceso a departamentos idénticos: delante un salón, un tocador detrás y en medio el dormitorio. Un kilómetro de avenida conduce a una plaza provinciana, de donde arrancan otras avenidas bordeadas de raras tiendas: farmacia, fotografía, librería, relojería. Me encuentro preso en esta vastedad insignificante; mi objetivo me parece ya inalcanzable. ¿Dónde está ese viejo, ese verdadero Lahore? Para llegar a él, en el extremo de este suburbio torpemente implantado y ya decrépito, hay que recorrer todavía un kilómetro de bazar, donde una joyería al alcance de bolsillos modestos, que trabaja con sierra mecánica un oro del espesor de la hojalata, alterna con los cosméticos, los medicamentos y los plásticos de importación. ¿ Voy a aprehenderla, finalmente, en estas callejuelas umbrías donde debo disimularme a lo largo de las paredes para dejar pasar los rebaños de vellones teñidos de azul y de rosa, y los búfalos grandes como tres vacas que atropellan amistosamente a la gente y con más frecuencia aún a los camiones? ¿Delante de estas boiseries ruinosas y roídas por los años? Podría adivinar su encaje y sus cincelados si el acceso no estuviera impedido por la telaraña metálica que lanza de un muro a otro de la ciudad una instalación eléctrica frangollada. De tiempo en tiempo, por unos segundos, por unos metros, una imagen, un eco que flota desde el fondo de los tiempos: en la callejuela de los batidores de oro y plata, un repiqueteo plácido y claro como el que haría un xilofón distraídamente golpeado por un genio de mil brazos. Salgo para caer en seguida en amplios trazados de avenidas que cortan brutalmente los escombros (debidos a los motines recientes) de casas de una antigüedad de quinientos años, pero tan a menudo destruidas y otra vez reparadas que su indecible vetustez ya no tiene edad. Así me reconozco, viajero, arqueólogo del espacio, tratando vanamente de reconstituir el exotismo con la ayuda de partículas y residuos.

Entonces, insidiosamente, la ilusión comienza a tender sus trampas. Quisiera haber vivido en el tiempo de los verdaderos viajes, cuando un espectáculo aún no malgastado, contaminado y maldito se ofrecía en todo su esplendor; ¡no haber franqueado yo mismo este recinto, pero como Bernier, Tavernier, Manucci...! Una vez entablado, el juego de las conjeturas ya no tiene fin. ¿Cuándo habría que haber visto la India? ¿En qué época el estudio de los salvajes brasileños podía proporcionar la satisfacción más pura, hacerlos conocer bajo su forma menos alterada? ¿Hubiera valido más llegar a Rio en el siglo xviii con Bougainville, o en el xvi con Léry y Thevet? Cada lustro hacia atrás me permite preservar un hábito, ganar una fiesta, participar de una creencia suplementaria. Pero conozco demasiado los textos para no saber que al retroceder un siglo renuncio al mismo tiempo a informaciones y a curiosidades que enriquecerían mi reflexión. Y he aquí, ante mí, el círculo infranqueable: cuanto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y, por lo tanto, corromperse por mutuo contacto, menos capaces eran sus respectivos emisarios de percibir la riqueza y la significación de esa diversidad. En fin de cuentas soy prisionero de una alternativa: o antiguo viajero, enfrentado a un prodigioso espectáculo del que nada o casi nada aprehendería, o que, peor aún, me inspiraría quizá burla o repugnancia; o viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida. Ninguna de las dos situaciones me satisface, pues yo, que me lamento frente a sombras, ¿no soy impermeable al verdadero espectáculo que toma cuerpo en este instante, para cuya observación mi formación humana carece aún de la madurez requerida? De aquí a unos cientos de años, en este mismo lugar, otro viajero tan desesperado como yo llorará la desaparición de lo que yo hubiera podido ver y no he visto. Víctima de una doble invalidez, todo lo que percibo me hiere, y me reprocho sin cesar por no haber sabido mirar lo suficiente.

Largo tiempo paralizado por este dilema me parece, sin embargo, que el remolino comienza a entrar en reposo. Formas evanescentes se precisan, la confusión se disipa lentamente. ¿Qué ha ocurrido, sino la huida de los años? Arrollando mis recuerdos en su fluir, el olvido ha hecho algo más que desgastarlos y enterrarlos. El profundo edificio que ha construido con esos fragmentos da a mis pasos un equilibrio más estable, un trazado más claro a mi vista. Un orden ha sido sustituido por otro. Entre esas dos escarpas, ahora a distancia, mi mirada y su objetivo, los años que los desmoronan han comenzado a amontonar sus despojos. Las aristas se afinan; paneles enteros se desploman; los tiempos y los lugares se chocan, se yuxtaponen o se invierten, como los sedimentos dislocados por los temblores de una corteza envejecida. Tal detalle, ínfimo y antiguo, surge como un pico, en tanto que capas enteras de mi pasado sucumben sin dejar huella. Acontecimientos sin relación aparente, que provienen de períodos y regiones heterogéneos, se deslizan unos sobre otros y súbitamente se inmovilizan con la apariencia de un castillo cuyos planos parecería haberlos elaborado un arquitecto más sabio que mi historia. «Cada hombre —escribe Chateaubriand— lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño.»1

1. Voyages en Italie, 11 de diciembre.

Desde entonces, el acceso es posible. De una manera inesperada, entre la vida y yo, el tiempo ha tendido su istmo; fueron necesarios veinte años de olvido para encontrarme frente a una experiencia antigua cuyo sentido me había sido negado y su intimidad arrebatada por una persecución tan larga como la Tierra.

-------------------------------------

CAPITULO 40

VISITA AL KYONG

Conozco demasiado bien las razones de ese malestar que sentí frente al Islam: en él vuelvo a encontrar el universo del que vengo; el Islam es el Occidente de Oriente. Más precisamente aún, tuve que encontrar al Islam para medir el peligro que amenaza hoy al pensamiento francés. No perdono a aquél el hecho de presentarme nuestra imagen, de obligarme a comprobar hasta qué punto Francia se está convirtiendo en musulmana. Tanto entre los musulmanes como entre nosotros observo la misma actitud libresca, el mismo espíritu utópico y esa convicción obstinada de que basta con zanjar los problemas en el papel para desembarazarse inmediatamente de ellos. Al abrigo de un racionalismo jurídico y formalista, nos construimos igualmente una imagen del mundo y de la sociedad donde todas las dificultades se justifican con una lógica artificiosa, y no nos damos cuenta de que el universo ya no se compone de los objetos de que hablamos. Como el Islam, que se ha congelado en su contemplación de una sociedad que fue real hace siete siglos y para cuyos problemas concibió entonces soluciones eficaces, nosotros ya no llegamos a pensar fuera de los marcos de una época, acabada desde hace un siglo y medio, que fue aquella en la que supimos estar de acuerdo con la historia, aunque demasiado brevemente, pues Napoleón, ese Mahoma de Occidente, fracasó allí donde el otro triunfó. Paralelamente al mundo islámico, la Francia de la Revolución sufre el destino de los revolucionarios arrepentidos, que es el de transformarse en los conservadores nostálgicos del estado de cosas en relación con el cual se situaron una vez en el sentido del movimiento.

Frente a pueblos y culturas que aún dependen de nosotros, somos prisioneros de la misma contradicción que sufre el Islam en presencia de sus protegidos y del resto del mundo. No concebimos que principios que fueron fecundos para asegurar nuestro propio florecimiento no sean venerados por los otros hasta el punto de incitarlos a renunciar a ellos para su uso propio: tan grande nos parece que debiera ser su reconocimiento hacia nosotros por haberlos concebido primero. Así, el Islam, que en el Cercano Oriente fue el inventor de la tolerancia, no perdona a los no musulmanes el que no abjuren su fe por la de ellos, porque ella tiene sobre todas las otras la superioridad aplastante de respetarlas. La paradoja es, en nuestro caso, que la mayoría de nuestros interlocutores son musulmanes y que el espíritu molar que nos anima a unos y a otros presenta demasiados rasgos comunes para no oponernos. En el plano internacional, se entiende; pues esos desacuerdos son lo propio de dos burguesías que se enfrentan. La opresión política y la explotación económica no tienen derecho de ir a buscar excusas entre sus víctimas. Si, empero, una Francia de 45 millones de habitantes se abriera ampliamente sobre la base de la igualdad de derechos para admitir a 25 millones de ciudadanos musulmanes, en gran proporción analfabetos, no daría un paso más audaz que aquel al que América debe el hecho de no ser una pequeña provincia del mundo anglosajón. Cuando los ciudadanos de Nueva Inglaterra decidieron, hace un siglo, autorizar la inmigración proveniente de las regiones más atrasadas de Europa y de las capas sociales más desheredadas y dejarse cubrir por esa ola, hicieron y ganaron una apuesta, cuya postura era tan grave como la que nosotros nos rehusamos a arriesgar.

¿Lo podremos alguna vez? Dos fuerzas regresivas que se agregan, ¿ven invertirse su dirección? ¿Nos salvaremos a nosotros mismos o más bien no consagraremos nuestra perdición si, reforzando nuestro error con su simétrico, nos resignamos a estrechar el patrimonio del Viejo Mundo a esos diez o quince siglos de empobrecimiento espiritual cuyo teatro y agente ha sido su mitad occidental? Aquí, en Táxi-la, en esos monasterios budistas en los que la influencia griega ha hecho brotar estatuas, me enfrento a esa oportunidad fugitiva que tuvo nuestro Viejo Mundo, de seguir siendo uno; la escisión no se ha cumplido aún. Otro destino es posible, precisamente el que el Islam impide levantando su barrera entre un Occidente y un Oriente que, sin él, quizá no hubieran perdido su arraigo al suelo común donde se hunden sus raíces.

Sin duda, en ese fondo oriental, el Islam y el budismo se han opuesto cada uno a su manera, oponiéndose uno al otro. Pero para comprender su relación no hay que comparar al Islam y al budismo encarándolos según la forma histórica que asumían cuando entraron en contacto; pues uno tenía entonces cinco siglos de existencia y el otro cerca de veinte. A pesar de esta distancia, ambos deben ser restituidos a su floración que, para el budismo, se respira tan fresca delante de sus primeros monumentos como cerca de sus más humildes manifestaciones de hoy.

Mi recuerdo se resiste a disociar los templos campesinos de la frontera birmana y las estelas de Bhárhut, que datan del siglo II antes de nuestra era, cuyos fragmentos dispersos se encuentran en Calcuta y Delhi. Las estelas ejecutadas en una época y en una región donde la influencia griega no se había ejercido aún me trajeron un primer motivo de sobrecogimiento; al observador europeo se le aparecen como fuera de los lugares y las edades, como si sus escultores, poseedores de una máquina para suprimir el tiempo, hubieran concentrado en su obra 3 000 años de historia del arte y, ubicados a igual distancia entre Egipto y el Renacimiento, hubieran llegado a captar en el momento una evolución que comienza en una época que ellas no pudieron conocer y concluye al término de otra no comenzada aún. Si existe un arte eterno, es éste. ¿Se remonta a cinco milenios? ¿es de ayer? No lo sabemos. Pertenece a las pirámides y a nuestras casas: los formas humanas esculpidas en esa piedra rosada de grano apretado podrían desprenderse y mezclarse con nuestra sociedad. Ninguna estatuaria procura un sentimiento más profundo de paz y familiaridad que ésta, con sus mujeres castamente impúdicas y su sensualidad maternal que se complace en la oposición de las madres-amantes y de las muchachas enclaustradas, que se oponen ambas a las amantes enclaustradas de la India no búdica: femineidad plácida y como liberada del conflicto de los sexos, que es evocado también, por otra parte, por los bonzos de los templos, quienes con su cabeza rapada se confunden con las monjas en una especie de tercer sexo, medio parásito, medio prisionero.

Si el budismo intenta, como el Islam, dominar la falta de mesura de los cultos primitivos, es gracias al apaciguamiento unificante que lleva en sí la promesa de retorno al seno materno; por ese sesgo, reintegra el erotismo después de haberlo liberado del frenesí y de la angustia. Por el contrario, el Islam se desarrolla según una orientación masculina. Enclaustrando a las mujeres, echa el cerrojo al seno materno: del mundo de las mujeres, el hombre ha hecho un mundo cerrado. Por ese medio, sin duda, espera también ganar el sosiego; pero pagando la prenda de exclusiones: la de las mujeres, fuera de la vida social, y la de los infieles, fuera de la comunidad espiritual. El budismo concibe más bien ese sosiego como una fusión: con la mujer, con la humanidad, y como una representación asexuada de la divinidad.

No se podría imaginar un contraste más acentuado que el del Sabio y el Profeta. Ni uno ni otro son dioses: ése es su único punto común. En todos los demás aspectos se oponen: uno casto, el otro potente, con sus cuatro esposas; uno andrógino, el otro barbudo; uno pacífico, el otro belicoso; el uno ejemplar, el otro mesiánico. Pero, además, los separan 1 200 años; y la desgracia del pensamiento occidental es que el cristianismo, que nacido más tarde hubiera podido operar su síntesis, haya aparecido «antes de tiempo», no como una conciliación a posteriori de dos extremos, sino como paso de uno al otro: término medio de una serie destinada por su lógica interna, por la geografía y por la historia, a desarrollarse desde entonces en el sentido del Islam; ya que este último —los musulmanes triunfan en este aspecto— representa la forma más evolucionada del pensamiento religioso, aunque sin ser la mejor; hasta diría que por esta razón es la más inquietante de las tres.

Los hombres han hecho tres grandes tentativas religiosas para liberarse de la persecución de los muertos, de la malevolencia del más allá y de las angustias de la magia. Separados por el intervalo aproximado de medio milenio, han concebido sucesivamente el budismo, el cristianismo y el Islam; y asombra que cada etapa, lejos de marcar un progreso sobre la precedente, muestre más bien un retroceso. No hay más allá para el budismo; allí todo se reduce a una crítica radical, como nunca más la humanidad será capaz de hacerla, al término de la cual el sabio desemboca en un rechazo del sentido de las cosas y de los seres: disciplina que anula el universo y que se anula a sí misma como religión. Cediendo nuevamente al miedo, el cristianismo restablece el otro mundo, sus esperanzas, sus amenazas y su juicio final. Al Islam no le queda más remedio que encadenar éste a aquél: el mundo temporal y el mundo espiritual se encuentran reunidos. El orden social se adorna con los prestigios del orden sobrenatural, la política se vuelve teología. Al fin de cuentas, se han reemplazado espíritus y fantasmas, a quienes la superstición no llegaba a dar vida, por maestros demasiado reales, a los cuales se les permite, además, monopolizar un más allá que agrega su peso al peso ya aplastante del aquí.

Este ejemplo justifica la ambición del etnógrafo: remontarse siempre a las fuentes. El hombre sólo crea verdaderamente al comienzo; en cualquier campo de que se trate, sólo el primer paso es íntegramente válido. Los que siguen titubean y se arrepienten, se esmeran en recuperar palmo a palmo el territorio superado. Florencia —que visité antes que Nueva York— no me sorprendió al principio: en su arquitectura y en sus artes plásticas me parecía Wall Street en el siglo xv. Comparando los primitivos con los maestros del Renacimiento, y los pintores de Siena con los de Florencia, tenía el sentimiento de una decadencia: ¿qué han hecho, pues, los últimos sino exactamente todo lo que no habría que haber hecho? Y, sin embargo, siguen siendo admirables. La grandeza que se encuentra en sus comienzos es tan cierta que hasta los errores, a condición de ser nuevos, nos abruman también con su belleza.

Hoy contemplo a la India por encima del Islam; pero la India del Budha, antes de Mahoma, quien, para mí, europeo, y porque soy europeo, se eleva entre nuestra reflexión y las doctrinas más próximas a ella, como el burdo aguafiestas que separa las manos de Oriente y Occidente interrumpiendo una ronda que las destinaba a unirse. ¡Qué error iba yo a cometer siguiendo a esos musulmanes que se proclaman cristianos y occidentales y ubican en su Oriente la frontera entre los dos mundos! Ambos mundos están más próximos de lo que ninguno de los dos lo está de su anacronismo. La evolución racional es inversa a la de la historia: el Islam ha cortado en dos un mundo más civilizado. Lo que le parece actual pertenece a una época ya pretérita, vive en un desplazamiento milenario. Ha sabido cumplir una obra revolucionaria; pero, como ésta se aplicaba a una fracción retrasada de la humanidad, inseminando lo real esterilizó lo virtual: ha determinado un progreso que es el reverso de un proyecto.

Que Occidente se remonte a las fuentes de su desgarramiento: interponiéndose entre el budismo y el cristianismo, el Islam nos islamizó cuando Occidente se dejó llevar por las Cruzadas, oponiéndose a él y entonces imitándolo en vez de entregarse —si el Islam no hubiese existido— a una lenta osmosis con el budismo, que nos hubiera cristianizado más y en un sentido tanto más cristiano cuanto que nos habríamos remontado más allá del mismo cristianismo. Entonces fue cuando el Occidente perdió su oportunidad de seguir siendo fecundo.

A la luz de todo esto, comprendo mejor el equívoco del arte mongol. La emoción que inspira nada tiene de arquitectónico: viene de la poesía y de la música. Pero, ¿no es por las razones que acabamos de ver que el arte musulmán debía continuar fantasmagórico? «Un sueño de mármol», se dice del Taj Mahal; esta fórmula de Baedeker encubre una verdad muy profunda. Los mongoles han soñado su arte, han creado literalmente palacios de sueños; no han construido, sino transcrito. Así, esos monumentos pueden turbar simultáneamente por su lirismo y por su aspecto hueco que es el de los castillos de naipes o de conchas. Más que palacios sólidamente fijados a la tierra, son maquetas que vanamente tratan de alcanzar la existencia por la rareza y la dureza de sus materiales.

En los templos de la India, el ídolo es la divinidad; allí donde ella reside, su presencia real hace del templo algo precioso y temible, y justifica las precauciones devotas: las llaves en las puertas, salvo en los días de recepción del dios.

Ante esta concepción, el Islam y el budismo reaccionan de distinta manera. El primero excluye los ídolos y los destruye, sus mezquitas están vacías, sólo las anima la congregación de los creyentes. El segundo sustituye los ídolos por las imágenes y no tiene empacho en multiplicar las segundas, pues ninguna es efectivamente el dios sino su evocación, y el número mismo favorece la obra de la imaginación. Al lado del santuario hindú que aloja un ídolo, la mezquita está desierta —sólo hay hombres— y el templo budista abriga multitud de efigies. Los centros grecobúdicos, por donde se camina a duras penas en medio de un criadero de estatuas, de capillas y de pagodas, anuncian al humilde kyong de la frontera birmana, donde están alineadas figurillas todas semejantes y fabricadas en serie.

Me encontraba en una aldea mogh del territorio Chittagong, en el mes de setiembre de 1950; desde hacía varios días miraba a las mujeres, cada mañana llevando al templo la comida de los bonzos: durante la siesta oía los golpes de gong que escandían las plegarias y las voces infantiles que canturreaban el alfabeto birmano. El kyong estaba situado en el límite de la aldea, en la cima de una colinita arbolada como las que los pintores tibetanos gustan representar en los paisajes de lejanías. A su pie se encontraba el jedi, es decir, la pagoda, reducida en esa pobre aldea a una construcción circular de tierra que se elevaba en siete plataformas concéntricas ubicadas en gradas, en un cercado cuadrado, hecho con un enrejado de bambú. Nos descalzamos para subir la pendiente, cuya fina arcilla empapada resultaba suave para nuestros pies desnudos. A ambos lados de la cuesta se veían las plantas de ananás arrancadas la víspera por los lugareños, ofendidos de que sus sacerdotes se permitieran cultivar frutos, pues la población laica subvenía a sus necesidades. La cima presentaba el aspecto de una placita rodeada, por tres lados, de galpones de paja que guardaban grandes objetos de bambú con tensos papeles multicolores —como barriletes— destinados a adornar las procesiones. En el último costado se eleva el templo, sobre pilotes, como las chozas de la aldea; se diferenciaba de éstas por sus mayores dimensiones y por su cuerpo cuadrado, con un techo de paja, que dominaban la construcción principal. Después de nuestro ascenso por el barro, las abluciones prescritas parecían completamente naturales y desprovistas de significación religiosa. Entramos. La única luz venía desde lo alto (del farol formado por el casco central, exactamente encima del altar, de donde pendían estandartes, paños o esteras), y se filtraba a través de la paja de las paredes. Unas cincuenta estatuillas de latón fundido estaban sobre el altar, a cuyo lado pendía un gong; en los muros se veían algunas cromolitografías piadosas y una cabeza de ciervo. El piso de gruesos bambúes hendidos y trenzados, brillante por el frotamiento de los pies desnudos, era, bajo nuestros pasos, más suave que una alfombra. Reinaba una apacible atmósfera de granja y el aire tenía olor a heno. Esta sala simple y espaciosa que parecía una molienda vacía, la cortesía de dos bonzos de pie junto a sus jergones, que descansaban sobre una armazón, la conmovedora dedicación con que habían sido reunidos o confeccionados los accesorios del culto, todo contribuía a aproximarse más que nunca a la idea que podía hacerme de un santuario. «Usted no tiene por qué hacer como yo», me dice mi compañero mientras se arrodilla cuatro veces delante del altar; y yo respeté esa opinión. Pero era menos por amor propio que por discreción: él sabía que yo no pertenecía a su confesión y yo tendría miedo de abusar de los gestos rituales haciéndole creer que los consideraba como convenciones: por una vez no me hubiera sentido molesto cumpliéndolas. Entre ese culto y yo no se introducía ninguna desinteligencia. Aquí no se trataba de inclinarme ante ídolos o de adorar un pretendido orden sobrenatural, sino sólo de rendir homenaje a la reflexión decisiva que un pensador, o la sociedad que creó su leyenda, siguió hace 25 siglos, y a la cual mi civilización no podía contribuir más que confirmándola.

En efecto, ¿qué otra cosa he aprendido de los maestros que he escuchado, de los filósofos que he leído, de las sociedades que he visitado y de esa ciencia misma de la que Occidente se enorgullece, sino mendrugos de lecciones que, unas junto a otras, reconstituyen la meditación del Sabio al pie del árbol? Todo esfuerzo por comprender destruye el objeto al cual nos hemos aferrado, en provecho de un objeto de otra naturaleza; reclama de nuestra parte un nuevo esfuerzo, que anula en provecho de un tercero, y así sucesivamente hasta que alcanzamos la única presencia duradera, que es aquella donde se desvanece la distinción entre el sentido y la ausencia de sentido: la misma de la cual partimos. He aquí que hace 2 500 años los hombres han descubierto y formulado esas verdades. Desde entonces no hemos encontrado nada sino —tanteando una después de otra todas las salidas— otras tantas demostraciones suplementarias de la conclusión a la cual hubiéramos querido escapar.

Sin duda, también me doy cuenta de los peligros de una resignación demasiado temprana. Esta gran religión del no-saber no se funda sobre nuestra incapacidad de comprender. Atestigua nuestra aptitud, nos educa hasta el punto en que descubrimos la verdad bajo la forma de una exclusión mutua del ser y del conocer. Por una audacia suplementaria, ha reducido —sólo ella y el marxismo— el problema metafísico al de la conducta humana. Su cisma se declaró en el plano sociológico: la diferencia fundamental entre el Grande y el Pequeño Vehículo es la de saber si la salvación de uno sólo depende o no de la salvación de toda la humanidad.

Sin embargo, las soluciones históricas de la moral budista nos enfrentan a una fría alternativa: quien ha respondido por la afirmativa a la pregunta precedente se encierra en un monasterio, el otro se satisface a poca costa por la práctica de una egoísta virtud.

Pero la injusticia, la miseria y el sufrimiento existen; proporcionan un término mediador a esa elección. No estamos solos y no depende de nosotros permanecer ciegos y sordos a los hombres o confesar la humanidad exclusivamente en nosotros mismos. El budismo puede mantener su coherencia aceptando responder a los llamados de afuera. Quizá también, en una vasta región del mundo, haya encontrado el eslabón de la cadena que faltaba. Pues, si el último momento de la dialéctica que lleva a la iluminación es válido, entonces todos los otros que le preceden y se le asemejan también lo son. El rechazo total del sentido es el término de una serie de etapas de las cuales cada una conduce de un menor sentido a uno mayor. El último paso, que necesita de los otros para cumplirse, los convalida a todos. A su modo, y en su plano, cada uno corresponde a una verdad. Entre la crítica marxista que libera al hombre de sus primeras cadenas —enseñándole que el sentido aparente de su condición se desvanece desde que acepta ampliar el objeto que considera— y la crítica budista que es coronada por la Liberación, no hay oposición ni contradicción. Ambas hacen la misma cosa a niveles diferentes. El paso entre los dos extremos está garantizado por todos los procesos del conocimiento que la humanidad ha podido cumplir en el espacio de dos milenios gracias a un movimiento de pensamiento indisoluble que va de Oriente a Occidente y se desplazó del uno hacia el otro (quizá tan sólo para confirmar su origen). Como las creencias y las supersticiones se disuelven cuando se encaran las relaciones reales entre los hombres, la moral cede a la historia, las formas fluidas dan lugar a las estructuras, y la creación a la nada. Basta con replegar el decurso inicial sobre sí mismo para descubrir su simetría; sus partes pueden superponerse: las etapas franqueadas no destruyen el valor de las que las preparan, sino que, por el contrario, lo comprueban.

Desplazándose en su marco, el hombre transporta consigo todas las posiciones que ya ha ocupado, todas las que ocupará. Está simultáneamente en todas partes, es una muchedumbre que avanza de frente, recapitulando a cada instante una totalidad de etapas. Pues vivimos en varios mundos, cada uno más verdadero que el que al contiene, y él mismo falso en relación al que lo engloba. Los unos se conocen por la acción, los otros se viven pensándolos, pero la contradicción aparente que concierne a su coexistencia se resuelve en la coacción, que sufrimos, de otorgar un sentido a los más próximos y rehusárselo a los más lejanos; mientras que la verdad está en una dilatación progresiva del sentido, pero en orden inverso y llevada hasta la explosión.

Como etnógrafo, dejo entonces de ser el único que sufre una contradicción que es la de la humanidad entera y que lleva su razón en sí. La contradicción permanece solamente cuando aislo los extremos: ¿para qué sirve actuar, si el pensamiento que guía la acción conduce al descubrimiento de la ausencia de sentido? Pero este descubrimiento no es inmediatamente accesible: tengo que pensarlo y no puedo pensarlo de golpe. Ya sean doce las etapas, como en la Boddhi, ya sean más o sean menos, existen todas juntas, y para llegar hasta el fin estoy perpetuamente llamado a vivir situaciones que exigen todas algo de mí: me debo a los hombres como me debo al conocimiento. La historia, la política, el universo económico y social, el mundo físico y el cielo mismo, me rodean de círculos concéntricos de los cuales no puedo evadirme por el pensamiento sin conceder a cada uno de ellos una parte de mi persona. Así como el guijarro, que golpea una onda y llena su superficie de círculos al atravesarla para alcanzar el fondo debo antes lanzarme al agua.

El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres y los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel le marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre —aun condenado— consista en oponerse vanamente a una decadencia universal, aparece él mismo como una máquina, quizá más perfeccionada que las otras, que trabaja por la disgregación de un orden original y precipita una materia poderosamente organizada hacia una inercia siempre mayor, que un día será definitiva. Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego —y salvo cuando se reproduce a sí mismo— el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que la cantidad de organización que implican. En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia. Cada palabra intercambiada, cada línea impresa, establece una comunicación entre dos interlocutores equilibrando un nivel que se caracterizaba antes por una diferencia en la información, y por lo tanto una organización mayor. Antes que «antropología» habría que escribir «entropología» como nombre de una disciplina dedicada a estudiar ese proceso de desintegración en sus manifestaciones más elevadas.

Sin embargo, existo. No ciertamente como individuo; pues ¿qué soy desde ese punto de vista, sino la postura, a cada instante cuestionada, de la lucha entre otra sociedad, formada por algunos millares de células nerviosas que se cobijan bajo el hormiguero del cráneo, y mi cuerpo, que les sirve de robot? Ni la psicología, ni la metafísica, ni el arte, pueden servirme de refugio, mitos pasibles ahora también en su interior de un nuevo tipo de sociología que nacerá algún día y que no será con ellos más benevolente que la otra. El yo no es digno sólo de odio: no hay distancia entre un nosotros y un nada. Y si opto finalmente por ese nosotros, aunque se reduzca a una apariencia, es que, a menos que me destruya —acto que suprimiría las condiciones de la opción—, no tenga más que una elección posible entre esa apariencia y nada. Ahora bien, basta con que elija para que, por esta misma elección, yo asuma sin reservas mi condición de hombre: liberándome por ello de un orgullo intelectual cuya vanidad mido por la de su objeto, acepto también subordinar sus pretensiones a las exigencias objetivas de la liberación de una multitud a quien se niegan siempre los medios para tal opción.

Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, el hombre no está solo en el universo. Cuando el arco iris de las culturas humanas termine de abismarse en el vacío perforado por nuestro furor, en tanto que estemos allí y que exista un mundo, ese arco tenue que nos une a lo inaccesible permanecerá, mostrando el camino inverso al de nuestra esclavitud, cuya contemplación —a falta de recorrerlo— procura al hombre el único favor que sabe merecer: suspender la marcha, retener el impulso que lo constriñe a obturar una tras otra las fisuras abiertas en el muro de la necesidad y acabar su obra al mismo tiempo que cierra su prisión; ese favor que toda sociedad codicia cualesquiera sean sus creencias, su régimen político y su nivel de civilización, donde ella ubica su descanso, su placer, su reposo y su libertad, oportunidad esencial para la vida, de desprenderse y que consiste —¡adiós salvajes! ¡adiós viajes!— durante los breves intervalos en que nuestra especie soporta suspender su trabajo de colmena, en aprehender la esencia de lo que fue y continúa siendo más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de un lirio, o en el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato.

12 de octubre de 1954 - 5 de marzo de 1955.

 


|Top|