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Nacimiento y muerte

Junichi Saga

 


 


Este relato forma parte de un libro que recopiló el doctor Junichi Saga llamado, en inglés: Momories of Silk and Straw, Memorias de Seda y Paja. En el recopila los relatos que le hicieran sus pacientes en un pequeño pueblo de Japón a comienzos de siglo XX, sobre cómo habían transcurrido sus vidas en aquellos días. De todos esos relatos escogí este para traducir como muestra. El libro es de editorial Kodansha International, Japón.

 


 
Nací en un pueblo pequeño llamado Kihara, sobre la orilla del lago Ka-sumigaura, a unos 10 Km de Tsuchiura. Mi madre era muy fuerte y tenía la piel oscura. Tuvo ocho hijos de los cuales yo fui la cuarta. Mi padre alguna vez trabajó como empleado en el municipio, pero antes de mi nacimiento ya había abandonado su trabajo y deambulaba por la casa todo el día. Era muy buen jugador de ajedrez, nadie en el pueblo podía ganarle. Alguna vez hasta dio lecciones. No le gustaba trabajar. La mayoría de los días se quejaba de un fuerte dolor de cabeza mientras mi madre tenía que salir a trabajar en el campo hasta dejar sus huesos para proveernos a todos de un bocado de comida, y él se la pasaba sentado junto al fuego sosteniendo un ungüento de ciruelas pegado a sus sienes; decía que eso aliviaba un poco su dolor. Mi madre era fuerte como una mula pero al fin murió extenuada. Tenía cuarenta y un años. Yo doce.

Recuerdo claramente algo que ocurrió cuando yo tendría cuatro años. Era una tarde de otoño y yo estaba jugando en el campo con algunos amigos cuando vi venir a mi madre por el camino que bajaba de las montañas, donde seguramente había estado juntando leña. Venía cargada con una enorme pila de ramas secas en su espalda. A veces me traía ramos de flores que juntaba en el bosque y corrí hacia ella esperando que me hubiera traído algo. De hecho venía acarreando un envoltorio bastante abultado en sus brazos. “¿Me trajiste algo bonito?” pregunté y en ese momento escuché un gemido dentro del bulto. Mi madre se rió  y me dijo: “Sí, te he traído una hermanita pequeña!”. Más tarde me di cuenta que debió haber dado a luz sola, allá en la montaña, cortado el cordón umbilical y luego acarreado a la recién nacido por casi 10 Km hasta casa. No quiso dejar toda la leña que había juntado por las dudas alguno se la apropiara, de modo que se las arregló para traer todo con ella.

Cuando entramos en casa, mi madre dejó a la bebé sobre una estera de paja frente a la cocina, sin siquiera abrigo alguno para mantenerla calentita. Y se puso a hervir agua para lavarse luego del parto. La bebé estaba moviendo su cabeza y yo me acerqué para ver si estaba todo bien y mi madre me dijo: “Déjala sola. Si es una criatura débil de todos modos morirá, así que déjala y veremos.”

Tuve cuatro hermanos menores. Dos de ellos nacieron en la montaña, los otros dos en el suelo de la cocina. Cuando mi madre percibìa que llega el momento de parir preparaba todo y, a pesar de que los vecinos ofrecían ayuda, ella insistía en arreglárselas sola. Recuerdo una vez haberme despertado por la noche escuchando cuchicheos y un llanto en la cocina. Cuando fui a ver había un recién nacido sobre la estera de paja frente a la cocina, completamente desnudo aunque era pleno invierno. Creo recordar un par de bebés que murieron pronto luego de su nacimiento, pero no estoy muy segura.

Como puede imaginarse, esto no ayudaba mucho a la salud de mi madre. Pero lo que definitivamente terminó con ella fue algo que ocurrió durante las grandes inundaciones de 1910. Uno de los granjeros del lugar pidió ayuda para salvar las bolsas de arroz guardadas en su granero, y  todos los hombres del pueblo fueron a dar una mano. Mi padre dijo que no se sentía bien y mi madre lo reemplazó a pesar de que estaba embarazada de ocho meses. Se pasó varias horas con el agua hasta el cuello acarreando de acá para allá pesadas bolsas de arroz. De hecho, el policía del pueblo la vio y le dijo: “No es trabajo para una mujer embarazada, te vas a morir si seguís, mejor vete a tu casa…”, pero mi madre le sonrió y siguió trabajando.

El bebé nació unos días después. Y mi madre nunca se compuso. Su cuerpo empezó a hincharse hasta que era dos o tres veces su tamaño normal. Transpiraba de un modo increíble, su ropa estaba continuamente mojada. En tres semanas había muerto. Estaba tan hinchada que temíamos que no entraría en el ataúd y en ningún momento se quejó.

Durante esas tres semanas que mi madre estuvo postrada murieron un hermano y una hermana. Fue muy extraño el modo en que murió mi hermana. Estaba jugando cuando llegó el médico a ver a mi madre. Mi hermana se plantó frente a mi padre y le gritó: "¡Dame dinero!". Mi padre se enojó y le contestó:  "Tu madre está muriendo, ¿no te das cuenta? ¿Cómo puedes pedir dinero en un momento como este?". Entonces mi hermana cayó al piso. Se volvió a levantar pero volvió a caer de nuevo con su cabeza apuntando al norte. Mi padre corrió hacia ella e intentó revivirla pero fue inútil, en segundos había muerto. Luego la gente diría que su muerte se debió a que cayó con su cabeza apuntando al norte, la dirección de la mala suerte. Pero yo no puedo entender qué fue lo que ocurrió.

Mi hermano murió poco después, pero fue de manera diferente. Desde que nació era un niño débil y enfermizo. Se pasaba la mayor parte del día junto a mi padre al lado del fuego. Era un chico raro. Tenía tan sólo nueve años pero se preocupaba por cosas como si habría o no dinero suficiente para llegar a fin de mes, o cuánto arroz nos quedaba guardado. Se consultó a un sanador y nos dijo que era un niño que había nacido con una mente ya de un chico de ocho años, lo que indicaba que llegaría a muy viejo. Bueno, como quiera que sea, cuando mi madre enfermó, él también enfermó y murió una semana antes que ella. Todos los días que estuvo en cama me decía: "No te olvides de dar a papá una copa de sake". A papá le gustaba el licor y, ya ve usted, eran muy unidos. Cuando le contamos a mamá que él había muerto, un río de lágrimas corrió por sus mejillas chupadas y perdió toda voluntad de vivir.

Fueron necesarios cuatro hombres para acarrear su ataúd. Era costumbre en nuestro pueblo que cuando alguien moría la familia esparcía unas monedas frene a la casa y en la puerta del templo. Si la persona muerta era rica venia gente de todos lados a ver si conseguía alguna moneda. Una familia pobre como la nuestra, ¡¿qué podía tirar?!

El pequeño cementerio del pueblo había sido utilizado por generaciones y sólo tenías que cavar un poco para chocar con algún hueso, escápulas, mandíbulas, costillas, calaveras… Los pobladores eran tan pobres que no tenían una parcela en la que enterrar a los miembros de la familia, de modo que cuando alguien moría lo enterraban en algún rincón del predio, quizá perteneciente a otra familia, a la que se le explicaba luego que se había usado el terreno. Como esto ocurrió durante generaciones, ya nadie sabía a quién pertenecían en realidad los huesos. Otro problema era el tipo de suelo, muy poroso y húmedo y en el fondo de la fosa aparecía agua enseguida de modo que los cajones tenían que ser bajados mediante sogas.

El bebé recién nacido vivió dos o tres semanas más que su madre. No pudimos encontrar una nodriza que lo alimente y en aquella época no había vacas en la zona. Así mi padre intentó alimentarlo con una sopa de arroz. Yo acarreaba conmigo el pequeño bebé todo el día en mi espalda. Me acuerdo que hacía que oliera muy mal ya que no podíamos cambiar sus pañales cada vez que se hacía encima, de modo que al fin se traspasaba su pañal  y me manchaba toda la espalda; pero eso no me molestaba en lo más mínimo.

Un día, poco después de la muerte de mi madre yo estaba en la montaña jugando con unos amigos. De pronto uno de ellos dijo: “Miren, las manos del bebé están hinchadas!”. Toqué al bebé que seguía atado a mi espalda y grité: estaba helado. Mis amigos entraron en pánico y corrieron gritando “Está muerto, está muerto!”. Fue muy feo saber que tenía a alguien muerto atado a mí, de modo que me arranqué la chaqueta y tiré todo al piso y salí corriendo con los demás montaña abajo tan rápido como me permitían mis piernas. Pero al tiempo me sentí culpable y volví. Estaba tirado boca abajo junto a un pino. Lo levanté en mis brazos durante unos minutos y luego lo envolví en mi saco y volví llorando todo el camino hasta casa.

Mi padre se puso muy triste y luego dijo: “No hay nada que podamos hacer por el pobrecito, además, su madre se ha marchado y todo eso…” No recuerdo cómo fue el funeral del bebé.

Cuando fui un poco más mayor me enviaron a trabajar para una familia rica que vivía arriba en la colina a unas millas de nuestra casa. La señora era muy buena y querida en toda la zona. A todos había dado una mano en momentos de necesidad. Muchas veces prestaba dinero sin decírselo a su marido y no se quejaba cuando no se le podía devolver el préstamo. De modo que todos estaban tristes cuando se enfermó tres o cuatro años después de que yo comenzara a trabajar para ellos.

Tendría cuarenta o cuarenta y un años. En aquellos tiempos se consideraba como una desgracia que alguien tuviera un hijo luego de los cuarenta, de modo que lo usual era abortar o matar al bebé recién nacido. Una mujer a esa edad debía aparentar cansancio y mesura o todo el mundo comenzaría a murmurar.

La cuestión fue que mi señora quedó embarazada. Yo creo que ella estaba feliz y quería conservar su bebé pero su suegra, que era una vieja odiosa, la visitaba todos los días y le caía encima con sus comentarios: “Es muy desagradable, de muy mal gusto que una mujer de tu edad tenga un bebé. Tienes que deshacerte de él lo antes posible. Qué va a decir la gente. ¡Dónde se ha visto tanto descaro!” y así todo el día. Y aseguraba que lo mejor para el bebé era lo que se llamaba usugoro. Esto no es, creo, un tema muy agradable que digamos, pero es mejor que yo se lo cuente a usted de todos modos.

Lo usual en aquellos tiempos era taparle la boca y los agujeros de la nariz con pedazos de papel al recién nacido que se quería matar y, si esto fallaba, se le presionaba el pecho al recién nacido con la rodilla. El usugoro consistía en que la mujer se iba a una habitación con la criatura, la enrollaba en una estera de paja y lo ataba bien apretado, luego lo aplastaba con una piedra de mortero y luego enterraba el atado. Y al otro día se suponía que debía levantarse al alba como cualquier otro día y cumplir con sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido. Es increíble, no?, creo que es suficiente para volver loca a cualquier mujer. Ah, sí, flor de miserable era aquella vieja que mi señora tenía por suegra. Yo le temía, usted sabe, ella amaba a las serpientes y muchas veces se iba a la montaña y las cazaba y luego las cocía en miso. A todo aquel que llegaba de visita, ella le ofrecía ese preparado como aperitivo. Decía que era muy energizante. Por supuesto que no decía que era víbora, decía que era anguila de montaña. Asada quedaba muy rica y olía muy bien, de modo que nadie sospecha qué era lo que comía. Yo tuve que probar esa comida también, claro…

La cuestión es que mi señora decía que ella no sería capaza de quitarle la vida al bebé, de modo que fue a Tsuchiura para que le practicasen un aborto. Algo debió salir mal con la operación porque unos días después, cuando fue a visitar a unos vecinos, de repente se quejó de un terrible dolor y cayó al piso. Todo el mundo se preocupó mucho, claro, y luego de que la llevaran a su casa, comenzó a sangrar profusamente. Dos o tres campesinos a los que ella alguna vez ayudara, corrieron hasta Tsuchiura y trajeron al doctor hasta su casa. El doctor la revisó y dijo que parte del feto había quedado en el interior. Esterilizó algunos elementos que había traído consigo e intentó hacer algo, pero usted sabe que los tratamientos médicos por aquellos días eran algo primitivos y supongo que muy poco podía hacerse por ella. El sangrado continuó y se agravó día a día.

Era mi trabajo atenderla y ayudarla a asearse, y lavar las ropas y sábanas de la señora. Luego de unos días comencé a notar que en las deposiciones había pequeños gusanos blancos. Cada vez eran más. Luego, mientras yacía acostada, podía verse que salían más gusanos por entre sus piernas. Era algo que me hacía descomponer.

Los campesinos hicieron todo lo que estuvo en sus manos. Las mujeres se pasaban el día en el templo rogando por ella. Pero siguió empeorando y le vino tal fiebre que casi no se la podía tocar. Luego probaron de llamar a otro médico, pero él llegó, le dio apenas una ojeada y dijo que no había ya nada que pudiera hacerse por la señora y pegó la vuelta a Tsuchiura.
Luego llamaron al primer doctor que la vio y cuando le mostré los gusanos dijo: “Tendríamos que llamar a un especialista de Tokio. El no va a poder venir de inmediato al campo, pero podríamos persuadirle de que al menos haga el viaje hasta Tsuchiura.” Los campesinos estaban desesperados por ayudar y dijeron que ellos se encargarían del traslado de la señora hasta Tsuchiura. Improvisarían una camilla sobre una puerta y así llevarían a la señora para que la vea el médico de Tokio.

Pero a la mañana siguiente, cuando estaba amaneciendo, la señora murió. Todos lloraron, hombres y mujeres, y alguno cayó al piso desesperado de pena. Sólo la vieja suegra permaneció inmutable. “Bueno, todos hemos de morir un día”, dijo. Pero al menos por un mes o dos nos ahorró de su plato de anguilas de montaña!

El funeral fue todo lo que uno puede desear. Una docena o más de sacerdotes cantaron los sutras. Cientos de personas vinieron de otros pueblos a presentar sus respetos y una buena cantidad de dinero fue repartida. Un poco después me trasladé a trabajar a Hokkaido, bien al norte de Japón, de modo que ya no supe más de esta familia. Solo me contaron que el señor se volvió poco a poco muy malhumorado y que la gente comenzó a distanciarse de él.

 

 


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