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Hanako Watanabe

Donald Richie

 


 

La mujer del vendedor de tofu corría escaleras abajo en el subterráneo con su rostro serio, ensimismado. Tal vez había escuchado llegar el tren que va al centro –campanadas, gritos, pitadas- y estaba corriendo para alcanzarlo.

En la estación, desde hace años la mía, hay una gran cantidad de escaleras que llevan al nivel inferior en el que para el tren que va al centro. Venía de la ciudad alta de vuelta para casa, yo acababa de descender del vagón y estaba caminando por la plataforma cuando vi a la sra. Watanabe descender corriendo.

Al ver el tren listo para partir, salió disparada. Pero ya las puertas se estaban cerrando, sonó el silbato y el tren se puso en movimiento.

La sra. Watanabe se detuvo delante de las puertas cerradas, que comenzaban a deslizarse, y sonrió. En el momento en que cualquiera de nosotros occidentales hubiéramos sufrido un ataque de furia, ella sonrió. No era una mueca irónica, ni desespero fingido para aquellos que la miraban. La sonrisa era inocente y natural, lo bastante como para parecer instintiva.

Pero, ¿qué instinto podría ser el que origina esa expresión de placer?, me pregunté. ¿Qué supuestos habría por detrás? No era la primera vez que veía una sonrisa de esa especie. La veía diariamente en el rostro de aquellos que perdían el tren. La esposa del vendedor de tofu era simplemente el caso más reciente de una larga fila de sonrisas decepcionadas.

Porque ciertamente, la decepción era la emoción predominante presente en tal experiencia. Por lo tanto la sonrisa era, según mis criterios, antinatural. ¿Qué persona en su sano juicio sentiría placer al prever una inconveniencia?

Bien, razoné ahí parado mientras fingía leer un cartel, debían ser personas que tenían prioridades mayores que la conveniencia personal, mayores que perder un tren.

Intenté encajar mis ideas. La sonrisa que mostraba el rostro de la señora Watanabe, y de todas las otras centenas de millares de personas que observara a lo largo de los años, comenzaba a aparecer cuando se volvía obvio que el tren, al fin, no sería alcanzado. La expresión por tanto, no era resultado de ninguna esperanza de que pudiese llegarse a tiempo.

De hecho, como lo viera con frecuencia, cuando había tiempo y ninguna duda, la expresión era común, el rostro vacío del subte, el mismo en el mundo entero. Recién cuando la esperanza se estaba perdiendo era que la sonrisa surgía.

Delante de las puertas ya cerradas, con el tren en movimiento, la sonrisa se volvía amplia y paciente, con un levísimo trazo de preocupación o embarazo. Era como si el echo de haber perdido el tren ya se clasificase entre las otras tantas in certezas de la vida.

Y es más, si la señora Watanabe hubiera dicho alguna cosa en ese instante (yo todavía fingía leer el cartel y ella no me había visto), probablemente sería: Shikata ga nai –¡no pudo ser! Este comentario es hecho por lo menos un millón de veces al día en estas islas, tal como en Estados Unidos se dice “tenga usted buenos días” –algo que se dice sin pensar, del mismo modo que cuando Shikata ga aru, cuando puede ser.

De modo que por aquí estaba la llave, concluí, de estas prioridades mayores. Pues, por detrás de ello estaba la idea (bastante común aquí aunque revolucionaria en el lugar del que provengo), de que la aceptación es superior a la irritación, que la concordia es más aceptable que la discordia y que lo positivo es más valioso que lo negativo.

A los oídos americanos suena como una proposición sorprendente. Sus implicancias se entienden y sugieren pensamientos repulsivos: que lo comunitario es más importante que lo individual, por ejemplo. No obstante son realmente estas las nociones que hacen surgir la sonrisa al pie de la escalera del subterráneo.

Todavía ahí parado traté de imaginar el sistema de entrenamiento social responsable de tal fenómeno: siglos enteros durante los cuales a las señoras Watanabes, sus maridos e hijos les fue enseñado que la demostración de la indignación o la irritación no es algo socialmente productivo. Como miembros de un cuerpo social, se deben de mantener sus patrones. La reacción personal (por definición casi siempre negativa), debe ser subyugada, para que el todo coherente pueda preservar su atmósfera de armonía.

Pensé seguidamente, en como eran fácilmente controlables esas generaciones. Con una masa popular dotada de tales creencias era mucho más simple la tarea de gobernar. Lavado cerebral, totalitarismo, opresión –todos esos términos se me ocurrieron, a mí, una persona, de hecho, interesada en su propia atmósfera de armonía, alguien avieso a cualquier implicación social más amplia.

Pero tuve la certeza de que había implicaciones más amplias. Es cierto que este tipo de abnegación ante la desilusión puede ser manipulada políticamente; puede resultar también en una aceptación bastante inconciente de la norma social. Pero había algo más, algo más profundo.

Entonces me di vuelta y miré a la señora Watanabe. Aunque ya hacia tiempo que dejara de sonreír y estuviese mirando adelante con aquel rostro universal del subterráneo, recordé la forma de su sonrisa. Sí, ciertamente sugería paciencia... más también –a falta de una palabra mejor- una especie de afirmación.

El cartel que había estado mirando me recordaba a otro que alertaba para no olvidar el paraguas en el vagón. Era una raza pragmática. Que creía en la “justeza” de las cosas y se regocijaba en ella vi que la realidad, ni benigna ni maligna, es todo lo que tenemos; que lo que existe es mucho más allá de las limitaciones de nuestra conveniencia personal; y esto debería de ser aceptado y considerado como importante.

Cuanto más pensaba en ello, más familiar se tornaba la idea. Recordé la actitud del maestro de haiku; la actitud de mi cineasta predilecto, Ozu. Pensé en lo que el maestro de suiboku (pincel y tinta) incluye y excluye y cómo un verdadero roshi zen, se aproxima de lo real y del instante presente. En todos esos ejemplos que ahora inundaban mi conciencia, la predilección personal es sacrificada (quizá sea este un término demasiado fuerte), en pos de algo superior. Este algo superior es la apreciación de la realidad. No una realidad ulterior, apenas la realidad en sí; una pequeña celebración de sus cualidades. Es la actitud del Japón antiguo que se mira en el espejo, encuentra un cabello blanco, una nueva arruga y se alegra porque las cosas se están dando tal como deben ser. Las cosas que andan de este modo, son adecuadas, apropiadas –en una palabra: buenas.

Miré a la señora Watanabe que esperaba el siguiente tren. Será que ella –la mujer de sonrisa bonita e indulgente- también sonreirá ante sus arrugas y sus cabellos agrisados, confirmando lo efímero de la vida? Parecía poco probable, del modo en que estaba allí parada, balanceándose suavemente, sin sus prendas del trabajo, mirando al frente. Por otro lado, tampoco parecía improbable, pues me acordaba de su expresión, común pero misteriosa, cuando se dio cuenta de que perdería el tren. Sabía que lo que la sonrisa representaba contribuiría para siglos de gobierno feudal y que por él ya fuera tan explotado; al mismo tiempo vi en la sonrisa un símbolo de otra escala de valores, una afirmación que iba mucho más allá de la preocupación ordinaria con lo positivo o negativo.

En ese momento la señora Watanabe noto al fin mi propio rostro universal de subterráneo y me sonrió amistosamente: -Ara, es el señor Donald! ¿Está yendo al centro?
-No, acabo de bajar.
-Pero de eso ya hace diez minutos, yo misma perdí ese tren. ¿Qué es lo que el señor está haciendo?
-Oh... nada especialmente, estaba parado ahí.
-A su edad, dice con una sonrisa. Yo estoy yendo a casa de mi hermana a pasar la tarde. Mi marido quedó a cargo de la tienda. Ya era hora de que se ocupara un poco.

La señora Watanabe continuó de ese modo hasta que llegó el tren y subió a él. Subí las escaleras todavía pensando. Cualquiera fuesen las asociaciones históricas, no me quedaba más que aprobar esa sonrisa, encontrarlo admirable con todas sus implicaciones y envidiar el don impensado y seguro de aquella mujer.

 

 

 

 


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