Indice

Ultimos días de
Fernando Pessoa

Gaspar Simoes

 


 

Del libro: Vida y obra de Fernando Pessoa
Ed. Fonde de Cultura Económica




La plácida cara anónima de un muerto.

Así los antiguos marineros portugueses,

que habían temido, y sin emhargo habían continuado, por el gran mar del Fin,
habían visto, al final, no monstruos ni grandes abismos,
sino playas maravillosas y estrellas aún no vistas.
¿Qué es lo que las mamparas del mundo esconden en los aparadores de Dios?

Alvaro de Campos



Vuélveme humano, oh noche, vuélveme fraternal y solícito.

Sólo humanitariamente se puede vivir.
Sólo amando a los hombres es como se puede vivir.
Sólo amando a los hombres, las acciones, la banalidad de los
trabajos,
só]o así —hay de mí!—, sólo así se puede vivir.
Sólo así, oh noche, y yo nunca podré ser así!

Alvaro de Campos



¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributante?

¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de cualquier cosa?
Si yo fuera otra persona les haría a todos su voluntad.
Así como soy, ¡ténganme paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí
o déjenme irme solitario al diablo!
¿Por qué habríamos de irnos juntos?
¡No me tomen del brazo!
No me gusta que me tomen del brazo. Quiero estar solo.
¡Ya dije que estov solo!
¡Ah, qué aburrido que quieran que sirva de compañia!

(Alvaro de Campos)


Ese término era, precisamente, "desponderado". Ahora bien, la palabra ponderar" en su etimología latina, quiere decir "pesar"; "desponderado" por lo tanto era lo contrario de "ponderado", es decir, aquel que no pesa, que no vale, que no pesa en la balanza, con peso de sentido práctico, y así el fiel no se consagra, cauteloso, a mantener el equilibrio gracias al cual el hombre se mantiene en el mundo entre Escila y Caribdis: la ambición de los otros es descuido de la ambición propia.

No había conseguido doña María Magdalena lo que nadie más podría conseguir de Fernando Pessoa, "ponderarlo", darle el equilibrio necesario para que fuera como toda la gente: "Fútil, cotidiano y tributante." En todo caso, por el simple hecho de existir, aunque lejos en el espacio y distante en la comprensión intima del verdadero destino del poeta que era y del poeta que debía ser para sí mismo, la madre, gracias al prestigio sentimental que sobre el hijo había ejercido toda la vida —pues era su único amor— había podido mantenerlo, incluso desde lejos, en un falso equilibrio, haciendo pesar en uno de los platos de la balanza, en el cual Pessoa sentía esa especie de cohesión con el pasado, ese sentimiento de que pertenecía al mundo, a pesar de sentirse en la Tierra como en un barco que lo transportara de un puerto ignorado a un puerto desconocido, mientras que en el otro plato iba poniendo, en la medida de lo posible, las transigencias, las humillaciones, las vilezas —"¿Entonces soy sólo yo el que es vil y está equivocado sobre la tierra?"—, sin las cuales ni siquiera habría podido vivir como había conseguido vivir hasta entonces. Es así que, una vez perdido este contrapeso, se siente de un momento a otro completamente "abandonado", esto es, con el peso de todas las transigencias, de las humillaciones y de las vilezas, lanzado por tierra, fracasado para el mundo y fracasado para sí mismo. En efecto, Si el mundo considera fracasados a todos los que no supieron ser "casados, fútiles, cotidianos y tributantes", él mismo se consideraba, ante sus propios ojos, fracasado, pues no había sabido ni siquiera realizar la obra que sería su pasaporte hacia el puerto desconocido al que se dirigía el barco con el falso mapa, que era la misma vida:


No saqué boleto para la vida.

Equivoqué la puerta del sentimiento.
No hubo voluntad u ocasión que yo no perdiera
Hoy no me queda, en vísperas de viaje,
con la maleta abierta esperando el arreglo aplazado,
sentado en la silla en compañía de las camisas que no caben,
hoy no me queda (aparte lo incómodo de estar sentado así),
sino saber esto:
grandes son los desiertos y todo es desierto
grande es la vida ¡y no vale la pena vivirla!

Así hablaba Alvaro de Campos en 1930, y ya en 1928 había exclamado:


El mundo es de quien nace para conquistarlo

y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.

He soñado más de lo hecho por Napoleón,

he apretado contra el pecho hipotético más humanidad que Cristo,
he creado filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez siempre seré, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre el que tenia cualidades
seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta junto a una pared sin puerta
y cantó el canto del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo ciego ¿Creer en mí?
No, ni en nada.

Entonces, para que el equilibrio se establezca, para que no zozobre completamente en el "paraíso artificial" en el que por entonces se refocila perdidamente —el alcohol—, alejando de sí las voces de las sirenas que le prometían el equilibrio, la "ponderación" en el plano donde él no la quería aceptar, el plano del "casado, fútil, cotidiano y tributante", rechaza de sí a la mujer a quien un día le había ofrecido su amor, ese amor que le habían devuelto frío, es decir, "ponderado":


Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo

me sirvieron el amor como unos callos frios.
Delicadamente le hice notar al cocinero
que los prefería calientes,
que los callos (y eran al estilo de Porto) nunca se comen fríos.

Piensa todavía que en octubre de 1935 publicará su primer libro —su "libro grande en el que reunirá la vasta extensión autónoma de Fernando Pessoa"—, publicaeión que sólo no se hará en caso de que surja "alguna complicación imprevista". Y la eomplieación imprevista no tarda. El 30 de noviembre de ese año, Fernando Pessoa dejaba de existir.

Defraudando al conjunto ficticio de los cielos estrellados

el esplendor del sinsentido de la vida...

Toquen en un campamento mi marcha fúnebre

Quiero concluir sin consecuencias...
Quiero ir a la muerte como a una fiesta en el crepúsculo.



II. MUERTE Y RESURRECCIoN

En el plano abandonado

que la tibia brisa entibia,
por las balas traspasado
—dos, de lado a lado—,
yace muerto y se enfría.

Así decía su propio epitafio, el epitafio del "niñito de su mamá" que Fernando Pessoa había sido un día. "Yace muerto y se enfría", "yace muerto y se pudre". Pero mientras su cuerpo se pudre, su alma resucita. ¡Y es ahora que Fernando Pessoa va a comenzar a vivir!


Murió en un hospital extranjero —el Hospital de San Luis de los Franceses, calle Luz Soriano, en Lisboa— en pleno corazón del Barrio Alto.


Tres días antes de morir, había descendido a la ciudad baja, había entrado en el Martinho da Arcada, había bebido un café, conversado con José de Almada-Negreiros, soltado algunas nerviosas carcajadas, que le hacían estremecer el cuerpo descoyuntado y escupir, había tosido, mucho, ya que entonces tenía una inflamación de alcohólico, que se oía desde lejos.


Tiempos antes, en casa de la hermana, en San Juan del Estoril, le había acometido un corto ataque de delirium tremens. El mal se había implantado hondo en su naturaleza corroída. Algunos amigos ya lo habían encontrado, a deshoras, ebrio y sucio.


Bebía, bebía, bebía para asfixiarse. Cuando regresaba a casa, de noche, con la cartera debajo del brazo, entraba en la lechería de la esquina de su ealle, en el "Trinidade", y su amigo Trinidade, membrudo y buen muchacho, que le servía fiado (cuando recibió el premio literario, parte de éste fue para Trinidade y cuando murió le debía aún seiscientos mil reis) y en las puntas de los pies, con un aspecto cada vez mayor de mendigo, ajustandose los pantalones hacia arriba, con la garganta inflamada, enigmáticamente decía:


—2, 8 y 6.


Trinidade se retiraba. En breve ponía encima del mármol del mostrador una caja de cerillos, un paquete de cigarros y una copa de Macieira. En ese tiempo una caja de cerillos costaba 20 centavos, un paquete de cigarros 60, o sean 2, 8 y 6 tostones. El poeta recogía los cerillos, rasgaba el paquete de cigarros, y bebía de un trago la copa de Macieira. Después abría su cartera, sacaba de ella una botellita negra y la ponía arriba del mostrador. Trinidade, discretamente, la tomaba, se la llevaba para adentro de su establecimiento y volvía con ella, incluso ya encorchada. Fernando Pessoa volvía a guardarla en la cartera y, sin pagar, salía por la puerta, después de despedirse cordialmente de su amigo Trinidade.


A veces, por la mañana, el señor Manacés, su barbero de la calle, que tanto le "servía" a él, el poeta, como al mozo de carga o al aprendiz de cajero del amigo Trinidade, se desplazaba hasta el edificio número 16, para "servir" a su cliente, antes que nada. Había ocasiones en que lo encontraba aún delante de la mesa de trabajo, con la cara de quien no se había acostado, rodeado de papeles, de libros, de colillas de cigarro y la botellita negra completamente vacía al lado. Entonces el poeta, antes de que el señor Manacés preparara la navaja, le pedía que tuviera la gentileza —"era un señor muy delicado el señor Pessoa"— de ir con Trinidade a llenar la botella.


Pasaba largas temporadas completamente solo en aquel primer piso. La hermana, cuando salía a su casa en San Juan del Estoril, le pedía al señor Trinidade que viera por él y le telefoneara en caso de que sucediera algo. De hecho, ya una noche le había sucedido algo que lo había dejado en el suelo, en la puerta del baño, sin sentido. Fue necesario derribar la puerta, ya que había perdido el sentido.


Continuaba solo, fumando, bebiendo: hacía todo para evadirse, para no estar donde se encontraba, para acabar con la náusea de la vida: "¡que un rayo parta a la vida y a quien la viva!"


El doctor Jaime Neves, primo del poeta, que lo había visto últimamente, le había prohibido beber: una copa más de aguardiente y sería el fin. El poeta decía, serenamente, como quien en verdad está convencido de que la muerte no existe:


Neófito, no hay muerte,


y continuaba bebiendo. Enfrente del mostrador del Val do Rio, en la calle de los Correiros, bebió por última vez:


¿Debo tomar alguna cosa o suicidarrne?

No, voy a vivir. ¡Arre! Voy a vivir.
Vi-vir…
Vi-vir…

¡Denme de beber, que no tengo sed!


No era la muerte lo que él buscaba —"no hay muerte"— sino la vida, el "vivir", esa vida que él nunca había conocido.


"No escribí historia ni historias, y por eso no utilizo protagonistas, a no ser la variedad de personas que he sido", había dicho Alvaro de Campos a un periodista. "Ninguna de ellas tiene vida real, porque nada tiene, científicamente hablando, existencia real. Las cosas son sensaciones nuestras, sin objetividad determinable, y yo, sensación también para mí mismo, no puedo creer que tenga más realidad que las otras cosas. Soy, como toda la gente, una ficción del 'intermedio', falso como las horas que pasan y las obras que quedan en el rodar subatómico de este inconcebible universo."


Por lo demás, estaba seguro de la única cosa segura que tenía en la vida, seguro de que, "al contrario de Alves" el "dueño de la tabaquería" cuya muerte había modificado la monotonía de la ciudad —"desde ayer la ciudad cambió"—, su propia muerte no modificaría nada:


Pero al menos, y alguien lo notaría

él estaba fijo, y yo, el que voy,
si muriera, no falto, y nadie diría:
Desde ayer, la ciudad cambió.

Transgrediendo la orden del médico, desafiando a la misma muerte, avanzaba hacia la mejor manera de conquistarse a sí mismo, a la forma decisiva para realizar su más hondo anhelo, esa ansia de "ser en todos los tiempos, en todos Ios espacios, en todas las almas, en todas las emociones y en todos los entendimientos", o sea, la propia "fuerza universal que envuelve y penetra la rotación de los seres", mientras en este lado de acá, en el mundo, en el "rodar subatómico de este inconcebible universo", nada más puede ser sino "una conciencia audible de ella", de la rotación de los seres, "un brillo momentáneo en el choque nocturno de las cosas", esto es, poeta, ya que lo "demás es delirio y putrefacción", "cadáveres aplazados que procrean" todos aquellos que en este mundo se limitan solamente a vivir.


La crisis llegó rápido. En esa misma noche, solitario en su cuarto, completamente solo en la casa —la hermana se encontraba en la cama, en el Estoril, con una pierna rota, y con ella estaban el marido y los hijos— fue acometido por un fulminante cólico hepático. Era la noche del 27 de noviembre.


Cuando lo encontraron, su estado era tal que llamaron inmediatamente al doctor Jaime Neves. Este ordenó que lo trasladaran de urgencia al hospital. Pero el poeta, a pesar de encontrarse completamente postrado, se oponía: que era una crisis como cualquiera otra, ya había tenido más así. Pero el médico impuso su autoridad. Quedó asentado que sería conducido al Hospital de San Luis. Entonces Fernando Pessoa, a pesar de su postración, quiso que le hicieran la barba. Y el señor Manacés vino a "servirlo" por última vez. Esa misma mañana una ambulancia lo transportaba al Hospital de San Luis de los Franceses.


Mientras tanto, y este es un detalle en que vale la pena detenerse, acordándose Pessoa en medio de su sufrimiento de que su hermana Enriqueta Magdalena cumplía años, pidió a uno de sus amigos que lo fue a buscar para acompañarlo al hospital, que le hiciera el favor de enviar para ella un telegrama de felicitaciones en su nombre.


Al día siguiente —cuando el telegrama llegaba a su destino— a la hora en que la hermana lo recibía, atrasados sólo en algunas horas los parabienes por su cumpleaños, Fernando Pessoa, en una cama de hospital, entraba en el abismo y en el silencio.


Junto a él estaban sólo tres personas: el capellán, la enfermera y el médico. Moría solo, como siempre había vivido. "Me considero feliz por no tener ya parientes" había dicho pocos años antes. "No me veo así en la obligación, que inevitablemente me pesaría, de tener que amar a alguien." Y sin embargo no había olvidado, en los trances de la agonía, a la hermana que cumplía años; era sólo que se moría, sin parientes, puesto que siempre viven y mueren así los hombres como Fernando Pessoa.


Es así como, finalmente, entraba al paraíso que había perdido. Agonizaba, y en medio de su agonía, estirando el doblez de la sábana de súbito tuvo una extraña pausa de quietud. Abrió los ojos, miró en torno, y viendo que no veia serenamente, como quien no olvida que los miopes, para ver, necesitan de anteojos, pidió que le dieran sus lentes. "Denme los anteojos", mummuró, semicerrando los ojos neblinosos. Fueron estas sus últimas palabras. Como Goethe, pero sin ostentación ni solemnidad, con la modestia de un "corresponsal extranjero de casas comerciales", el poeta pedía la única cosa que, en verdad, le volvía el mundo más claro, en su ilusoria apariencia: los anteojos que el oftalmólogo le había recetado y el oculista le proporcionara.


Había sido siempre así toda su vida: si el mundo, la existencia cotidiana, las tareas prácticas, la jomada de los empleados de oficina le daban náuseas, a veces también le proporcionaban una gran tranquilidad. ¡Era todo tan simple! Bastaba que un hombre quisiera ser como toda la gente —como Alves, por ejemplo, el Alves de la tabaquería de enfrente—, para que la vida fuera una cosa soportable, pero bella, ¡hasta eso, bella!


Esa había sido, por lo menos, la opinión de Alberto Caeiro, su maestro de realidad, en un momento de dispersión panteísta.


Y pidiendo los anteojos en aquel momento decisivo, Fernando Pessoa obedecía a uno de los movimientos más instintivos de su ser —aceptar la vida como es, sin ninguna trascendencia, y en un momento en que no veía—, corregir las deficiencias de su globo ocular con unos lentes que la ciencia oftalmológica había puesto prácticamente a su disposición.


Se diría que, en verdad, la muerte, si llegaba, iba a ser aceptada por el poeta con la tranquilidad de un sabio, la tranquilidad de su maestro de sabiduría, Alberto Caeiro:


Si yo supiera que mañana moriría

y la Primavera fuera pasado mañana,
moriría contento, porque ella sería pasado mañana.
Si ese es su tiempo ¿por qué no habría ella de venir a su tiempo?
Me gusta que todo sea real y que todo sea seguro;
y me gusta porque así sería, incluso si a mí no me gustara.
Por eso, si me muriera ahora, muero contento
porque toda es real y todo está seguro.

La aparición de esta fase en el poliedro psicológico de Fernando Pessoa en el momento decisivo nos hace pensar que ésta, la serena cara realista de Alberto Caeiro, era uno de los rasgos más marcadamente personales del poeta de las Odas.


Apariencia la vida, apariencia el hombre, apariencia el amor, apariencia la amistad, apariencia la gloria, ¿apariencia la misma apariencia? No. Apariencia —sólo él mismo apariencia—, aquel debate inagotable entre la conciencia y la existencia que había sido él mismo.

Había presentido siempre, toda la vida, que en el momento en que dejara de subordinar la existencia al pensamiento alcanzaría la plenitud de inconsciencia que era la felicidad suprema, el sofiado paraíso. Ese momento estaba cercano. Iba, finalmente, a integrarse en la conciencia universal; iba, finalmente, a poder pensar en sí mismo sin que en verdad fuera él quien a sí mismo se pensara. Spinoza tenía razón: la existencia de Dios no se prueba, Dios es la misma existencia.

Para la condición humana —condición del hombre demoníaco que él era, el hombre víctima del pecado original de la inteligencia—, condición de que el hombre no puede creer en el hombre sin pruebas, era menester que la muerte llegara para que en verdad el hombre com prendiera que no se prueba la existencia de una cosa implícita en la misma prueba.

Habiendo creído como creyera que la verdad está oculta, que sólo los iniciados conocen el sésamo misterioso que le abre al hombre el secreto de la vida, sólo ahora comprendía —comprendía sin comprender, aceptaba totalmente, como nunca había supuesto que podría aceptar— que el secreto estaba oculto, porque se encontraba en la misma muerte: sólo quienes mueren son, en verdad, iniciados.


¿De qué te sirve tu mundo interior que desconoces?

Tal vez matándote, conozcas finalmente...
Tal vez, acabando, comiences...

Si así había pensado un día, era así como, finalmente, pensaba ahora y siempre. Acabando, he ahí que iba finalmente a comenzar. Avispero de contradicciones, polípero de imágenes , enjambre de personalidades, ventarrón de concepciones; de una verdad estaba seguro finalmente: de que muriendo comenzaba a vivir. Y la exhortación que un día se había hecho a sí mismo en un momento en el cual se había preguntado si se quería matar:


Si te quieres matar, ¿por qué no has de quererte matar?

¡Ah, aprovecha! que yo que tanto amo la vida y la muerte,
si me atreviera a matarme, también me mataría....

esa exhortación plena de un panteísmo que lo reconciliaba con la esencia del universo que tanto tiempo le había parecido un misterio, le hacía eco en el oído casi sordo a los rumores del mundo que se extinguía:


¡Vuélvete parte carnal de la tierra y de las cosas!

Dispérsate, sistema fisicoquímico
de células nocturnamente conscientes
por la nocturna conciencia de la inconsciencia de los cuerpos,
por el cobertor que no cubre nada de las apariencias,
por la grama y la hierba de la proliferación de los seres,
por la niebla atómica de las cosas,
por las paredes turbillonantes
de vacío dinámico del mundo...

Sordamente, ocultamente, en un misterio voluptuoso cultivado, había vivido aquel hombre que cerraba los ojos a los cuarenta y siete años. Era en el momento de despedirse del mundo, cansado, incluso cansado del cansancio, que comprendía que nunca había podido ser nada en la vida porque estaba condenado a fracasar en todo; al final, para comenzar a vivir tenía que comenzar por morir.


La ceremonia fúnebre fue discreta y las lágrimas escasas o ningunas: "Descansa, pocos te llorarán..." le había advertido a él un día su amigo Alvaro de Campos. Algunos viejos compañeros, los viejos compañeros que quedaban de Orpheu, algunos admiradores jóvenes, uno que otro de sus patrones, su amigo el barbero. Había pensado en todo con precisión:


Primero es la angustia, la sorpresa de la vida,

del misterio y de la falta de tu vida hablada
Después.el horror del cajón visible y material,
y los hombres de negro, que ejercen la profesión de estar allí.
Después, la familia velándote, mconsolable y contando anécdotas,
lamentando la pena de que te hayas muerto,
y tú mera causa ocasional de esa lamentadón,
tú, verdaderamente muerto, mucho más muerto de lo que calculas
mucho más muerto aquí de lo que calculas,
aunque estés mucho más vivo más allá…

Pero en una cosa se engañaba. Vivo en el Más Allá, también lo estaría de este lado. Uno de los misterios de su existencia de hombre —el más profundo, el más fecundo de los misterios que él había traído consigo a la vida— se iba a revelar con su desaparición.


Fernando Pessoa se equivocaba cuando suponía que "aunque (estuviera) mucho más vivo más allá..."—y de eso ya no quedaron dudas, pasada la hora decisiva de la muerte— aquí, en este mundo donde su cadáver se pudriría, pronto caería sobre de él el polvo del olvido:


Después la trágica retirada hacia la cripta o la fosa

y después el comienzo de la muerte de tu memoria.
Hay primero en todos un alivio
de la tragedia un poco aburrida de que te hayas muerto...
Después la conversación se aligera cotidianamente,
y la vida de todos los días retoma su día…

Después, lentamente fuiste oIvidado.

Sólo eres recordado en dos fechas, cada año:
cuando se cumplen años de que naciste, cuando se cumplen años de que moriste.
Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Dos veces al año piensan en ti.
Dos veces al año suspiran por ti quienes te amaron,
y alguna que otra vez suspiran si por azar se habla de ti.

No. Amado, realmente, Fernando Pessoa nunca lo había sido en vida —ni siquiera por su propia madre, su único amor—, no lo podía ser mientras estuviera en este mundo. El amor es de la carne antes que del espíritu: una abstracción, "una figura de novela":

No ser nada, ser un personaje de novela,

sin vida, sin muerte material, una idea
algo que nada pudiera volver útil o feo,
una sombra en un suelo irreal, un sueño en un trance.

Los periódicos publicaron la muerte del poeta anónimo con la parsimonia con la que en general informan acerca de la muerte de las personas que en este mundo mueren para que su vida comience Más Allá, esto es en el espíritu universal que vive en todo lo que se ve y en todo lo que no se ve, en el árbol, en la piedra, en la nube y en la sombra que ésta proyecta sobre la tierra.

Pero su muerte fue una verdadera resurrección. La palabra del Evangelio se cumplió una vez más: es necesario que muera el grano; y el "muere y deviene" de Goethe, otro poeta para quien la muerte era el principio de todo, se realizó plenamente.


Cada día que pasa es mayor la gloria de este hombre, sin duda alguna uno de los más grandes poetas que la literatura portuguesa conoció. La grandeza de su poesía se encuentra no tanto en s u extrema belleza de forma o en sus prodigiosas riquezas de contenido o en la complejidad de la propia alma del poeta que la produjo, como en el de que ella se encuentra realmente estructurada sobre un pensamiento metafísico —metafísica primitiva, metafísica mágica, metafísica ocultista si se quiere—, pero no por eso revela menos profundamente una conciencia que vivió en comunión con el insondable misterio que sólo la muerte devela.



Cascais, Casa do Dragao, 1948-1950, Lisboa, 1970. Lisboa, 1979.

 


|Top|