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Los indios hablan de los blancos

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Llegas, hermano mío, pensando que nos enseñarás la Sabiduria. Pero no creas que los salvajes están locos. Poseen los conocimientos que necesitan. El Gran Espíritu no les ha dejado en la ignorancia: les ha dado grandes dones; les ha concedido la Sabiduría.

Hermano mío, el Gran Espíritu no está lejos de aquí, está aquí; nos ve a todos; nos ve reunidos en este lugar; ve por encima de nosotros mismos; oye lo que decimos. Yo hombre (salvaje), sé verle y conservo cuidadosamente las costumbres que me enseñó mi anciano (el primer salvaje) para acordarme de él y obtener sus bendiciones.

Hermano mío, el Gran Espíritu ha creado todas las cosas; ha creado el cielo que hay arriba y la tierra sobre la que vivimos; ha creado todo lo que es grande y todo lo que es pequeño.

Cuando creó la tierra para que fuese la casa de todos los hombres, hizo dos grandes países y los separó por las grandes aguas. En el lado en que se levanta el sol hay una gran isla. Y en esa gran isla que está del lado que se levanta el sol el Gran Espíritu puso al anciano tuvo, hombre de piel blanca, y aqui el Gran Espíritu puso al anciano mío, hombre de piel roja.

Hermano mío, no nos parecemos nada; nuestra sangre no es la misma y nuestras lenguas tampoco se parecen de ninguna forma. Hav también otros hombres que no se parecen ni a ti ni a mí: los hombres que tienen la piel negra. ¿Quién ha establecido esas diferencias? Las ha establecido desde el principio el Gran Espíritu, él, que ha hecho todas las cosas según su voluntad.

Así que, y a lo ves tú tamhién, por eso es preciso que cada uno de nosotros tenga su manera de pensar en el Gran Espiritu y de hablar con él: hay maneras distintas de buscar el dia (el cielo). (...)

Hermano mío, quizá hayas tenido este pensamiento: son muy brutos; no conocen más que lo que ven cúando abren los ojos; caminan sin inteligencia. Yo te digo que podrías equivocarte grandemente.

No es en los libros, hermano mío, donde he aprendido lo que yo sé. El Gran Espíritu enseñó a mi anciano y mi anciano me habló de lo que el Gran Espíritu le había dicho. Soy afortunado por haber tenido esos conocimientos. Los conservo en mi corazón y nunca renunciaré a ellos.

Hermano mio, es posible que no sea tan ignorante como tú piensas acerca de las cosas que vas enseñando por todas partes. El Gran Espíritu había establecido el orden tanto en tu isla como en la mia. Había hecho grandes dones a tu anciano. Pero tú no has sabido aprovechar esas preciosas ventajas y has rechazado las bendiciones de tu anciano. Seguramente por eso envió el Gran Espiritu a su hijo al hombre blanco; pero el hombre blanco lo echó.

Además, hermano mio, hace ya mucho tiempo que lo que se cuenta del hijo del Gran Espíritu se conoce en tu isla. ¿Crees que si su voluntad hubiera sido instruirnos nos hubiera dejado en la ignorancia v el infortunio, a nosotros que nunca le hemos visto, que nunca le hemos hecho ningún mal?

El hombre del sombrero ha salido de su isla; ha atravesado las grandes aguas v ha llegado a nuestra tierra; ha recorrido nuestros bosques y nuestros lagos y nos ha perseguido por todas partes para quitarnos lo que nos pertenecía. Y hov resulta que su raza se ha multiplicado en nuestra isla y ha establecido sus costumbres en ella. En cambio, nosotros... nos hemos convertido en fugitivos miserables y hemos sido casi aniquilados.

El salvaje no conocía antes la embriaguez. Eres tú, hombre del sombrero. quien me ha dado a beber el agua de íuego.

Asi es como el hombre que vive más allá de las grandes aguas no ha venido a nosotros para traernos bendiciones, sino desgracias. ¿Cómo podríamos entonces creer nosotros en las cosas que viene a anunciarnos?

Dime, hermano mio, ¿acaso me escucharías tú si yo fuera a tu isla hablar contra la oración y a intentar que aceptaras mis prácticas? Déjame, pues, las bendlclones de mi anciano; las quiero y no deseo abandonarlas. (…)

Ves, pues, claramente, hermano mio, que no queremos la oración y que, si te quedas entre nosotros, no podrás obtener nunca lo que quieres. Seguro que renunciaras a tu provecto.


Lorenzo Cadieux

Cartas de las nuevas misiones del Canadá, 1843-1852

 



La palabra de los jefes


El poder de la palabra fascina a los indios. Su lengua se nutre de la fuerza de la naturaleza omnipresente, las palabras son moduladas por el viento, las frases se impregnan de los olores del bosque. De sus encuentros con los blancos, los jefes nos dejaron discursos inolvidables en los que se refleja la grandeza de todo un pueblo y la inquietud por su incierto futuro.

Hehaka Sapa, Alce Negro, pariente de Crazy Horse, pertenecía a los Oglalas, rama de los Dakotas Teton, una de las más poderosas familias Sioux. En su juventud hahía sido instruído en las tradiciones sagradas de su pueblo.

 


Habéis visto que toda cosa hecha por un indio está dentro de un círculo, y ello es así porque el poder del Universo actúa en círculos y toda cosa tiende a ser redonda. En los viejos tiempos, cuando éramos un pueblo fuerte y feliz, todo nuestro poder nos venía del círculo sagrado de la nación y, mientras no fue roto, nuestro pueblo prosperó. El árbol floreciente era el centro vivo del círculo, y el círculo lo alimentaba por sus cuatro cuartos. El Este le daba la paz y la luz, el Sur le daba el calor, el Oeste le daba la lluvia y el Norte con sus vientos frescos y poderosos, le daba fuerza y resistencia. Este conocimiento nos vino del otro mundo con nuestra religión. Todo lo que forma el poder del Universo se hace en un círculo. El cielo es redondo y he oído decir que la Tierra es redonda como una bola y que todas las estrellas también lo son. El viento, en la cumbre de su furia, se hace torbellinos. Los pájaros hacen su nido en círculo porque tienen la misma religión que nosotros. El sol se levanta y desciende formando un círculo. La luna hace lo mismo y los dos son redondos.

Hasta las estaciones forman un gran círculo con sus cambios y vuelven siempre donde estaban. La vida del hombre está en un círculo de una infancia a otra infancia. y así es para cada cosa en la que actúa el poder.

Nuestros tipis eran redondos como los nidos de los pájaros y dispuestos siempre en círculo, el círculo de la nación, el nido de muchos nidos en los que el Gran Espíritu nos destinaba a incubar a nuestros hijos.

 


 


Khe-tha-a-hi; Ala de Aguila, rinde homenaje al recuerdo que el indio ha dejado tras de sí

Mis hermanos los indios dejaron en este país su recuerdo para siempre. Hemos dado muchos nombres de nuestra lengua a muchas cosas bellas que hablarán siempre de nosotros. El Minnehaha se reirá con nosotros, el Séneca brillará con nuestra imagen, Mississippi murmurará nuestras penas. El ancho Iowa, el rápido Dakota, el fértil Michigan susurrarán nuestros nombres al sol que les acaricia. El estruendo del Niágara, el suspiro del Illinois y el canto del Delaware harán resonar sin cesar nuestro Dta-wa-e (canto de la muerte). ¿Es posible que oigáis ese cántico eterno sin emocionaros? Sólo hemos cometido un pecado: poseíamos lo que el hombre blanco codiciaba. Nos fuimos hacia el sol poniente, abandonando nuestros hogares al hombre blanco.

Hermanos míos, las levendas de mi pueblo cuentan cómo un jefe que conducía a los supervivientes de su pueblo atravesó un gran río y plantó en la tierra el mástil de su tipi, exclamando: «¡A-Ia-ba-ma!», lo que en nuestra lengua significa: «Aquí podemos descansarl». Pero no habia previsto el futuro. El hombre blanco llegó: su pueblo y él mismo no pudieron quedarse allí, fueron expulsados, empujados al fango de un sombrío pantano y exterminados. Las palabras que tan tristemente había pronunciado dieron el nombre a uno de los Estados del hombre blanco. Ya no hav un rincón bajo las estrellas para sonreír, donde el indio pueda establecerse y suspirar «A-la-ba-ma». Puede que Wakanda nos conceda un lugar así. Pero parece que sólo será así si estamos de su lado.


Crow foot, Garra de Cuervo, portavoz de la confederación de los Piesnegros, cedió 5O.000 millas cuadradas de pradera al gobiemo canadiense en 1877. Este tratado produjo la desaparición de los bisontes y el hambre para los Piesnegros.

 


 


¿Qué es la vida? Es el estallido de una luciérnaga en la noche. Es el resuello de un bisonte en invierno. Es una pequeña sombra que corre en la hierba y desaparece con el poniente.

Proverbio winnebago

 


Nuestra Santa Madre la Tierra, los árboles y toda la Naturaleza son los testigos de vuestros pensamientos y de vuestras acclones.

Un jefe indio al gobernador de Pennsylvania en 1976:

 

Amamos la tranquilidad. Dejamos al ratón jugar en paz; cuando los bosques se estremecen bajo el viento, no tenemos miedo.

 

El jefe Standing Bear fue uno de los primeros en inscribirse en la escuela india de Carltsle (Pennsylvania), abierta en 1879. Fue maestro intérprete y conferenciante. Sus relatos hablan de los Lakotas, nombre tribal de los Sioux Teton.


El Lakota estaba lleno de comprensión y de amor a la Naturaleza. Amaba la tierra y todas las cosas de la tierra, y su unión con ella crecía con la edad. Los viejos estaban enamorados del suelo y no se sentaban ni reposaban sobre él sin el sentimiento de estarse acercando a fuerzas maternales. La tierra era suave bajo la piel y les gustaba quitarse sus mocasines y caminar descalzos sobre la sagrada tierra. Sus tipis se levantaban sobre esa tierra de la que estaban hechos sus altares. El ave que volaba en los aires venía a descansar sobre ellos y la tierra traía sin desfallecer todo lo que vivía y germinaba. El suelo apaciguaba, fortificaba, lavaba y curaba.

Por eso los viejos indios preferían vivir sobre el suelo antes que separarse de las fuerzas de la vida. Sentarse o echarse de esa manera les permitía pensar más profundamente, sentir más vivamente contemplaban entonces con mavor claridad los misterios de la vida y se sentían más cerca de todas las fuerzas vivas que les rodeaban.

Estas relaciones que mantenían con todos los seres de la tierra, del cielo o del fondo de los ríos eran como los rasgos de su existencia. Tenían un sentimiento de fraternidad hacia el mundo de los pájaros y de los animales con los que tenían confianza. Era tan estrecha la familiaridad entre algunos Lakotas v sus amigos de pluma o de piel que háblaban como hermanos un mismo lenguaje.

 


 


Mato-Kuwapi, Chased-by-Bears, un Sioux Santee de la rama Yanktonai evoca la Danza del Sol y la idea de Wakan Tanka entre los indios Durante esta ceremonta se daban cortes en el cuerpo y los miembros de los participantes y se metían en ellos tacos de madera a los que estaban fijadas unas correas unidas al poste central de la Danza del Sol:


La Danza del Sol es tan sagrada para nosotros que casi no hablamos de ella... La laceración de los cuerpos para obtener los buenos augurios de la Danza del Sol es distinta a la laceración de la carne en los duelos con la gente. El cuerpo de un hombre es un bien suyo y cuando entrega su cuerpo o su carne está entregando la única cosa que verdaderamente le pertenece... Así, si un hombre promete un caballo a Wakan Tanka, no le da más que lo que ya le pertenecía. Yo puedo dar tabaco u otros objetos durante una Danza del Sol, pero si me guardo lo mejor, ¿quién podrá creer que soy sincero? Para demostrar que todo mi ser acompaña a estos regalos, debo dar algo que sea precioso para mí. Por eso prometo entregar mi cuerpo.

El niño cree que sólo la acción de una persona malintencionada puede causar dolor, pero en la Danza del Sol primero reconocemos la bondad de Wakan Tanka y soportamos el dolor a causa de todo lo que ha hecho por nosotros. Hasta hoy nunca me he unido a una Iglesia cristiana. Mi vieja creencia, la que siempre he guardado, sigue conmigo.

Cuando un hombre realiza un trabajo que todos admiran, decimos que es maravilloso. Pero cuando vemos la alternancia del día y la noche, el sol, la luna y las estrellas en el cielo, y la continuación de las estaciones sobre la tierra, con los frutos que maduran, tenemos que reconocer todos en ello la obra de alguien más poderoso que el hombre. El más grande de todos es el Sol, sin el que no podríamos vivir.

Nos dirigimos a Wakan Tanka y estamos seguros de que nos oye, aunque es difícil explicar la extensión de nuestra creencia. El indio cree en general que, después de la muerte de un hombre, su espíritu va a alguna parte de la tierra o del cielo, no sabemos exactamente a dónde, pero estamos seguros de que su espíritu continúa viviendo. Hay personas que están de acuerdo en que, si fuera posible que los espíritus hablaran a los hombres, se darían a conocer a sus amigos después de la muerte; pero a nosotros siguen sin venir a hablarnos, excepto, quizá, en sueños. Lo mismo pasa con Wakan Tanka. Creemos que está en todas partes, pero para nosotros es como los espíritus de nuestros amigos cuyas voces no podemos oír.


Crazy Horse, jefe de los Sioux Oglalas, era un mistico. En la primavera que siguó a la antquilación de las tropas de Custer fue obligado por el general Miles a rendirse en las montanas Bighorn. Puesto en prisión en 1877, encontró la muerte intentando evadirse.


¡Hombres blancos! Nadie os ha pedido que vengáis aquí. El Gran Espíritu nos ha dado este país para vivir en él; vosotros tenéis el vuestro. Nosotros no os molestábamos en absoluto; el Gran Espíritu nos ha dado una vasta tierra para vivir en ella, v bisontes, v gamos, v antílopes v más caza. Pero habéis venido v habéis robado mi tierra; habéis matado mi caza; nos habéis hecho duro el vivir. Ahora decís que tenemos que trabajar; y, sin embargo, el Gran Espíritu no nos hizo para trabajar, sino para vivir de la caza.

Vosotros los hombres blancos podéis trabajar si queréis. Nosotros no os molestamos; pero volvéis a decirnos: cpor qué no os civilizáis? ¡No queremos vuestra civilización! Queremos vivir como vivían nuestros padres, y sus padres antes que ellos.

 



Pachgantschilhilas, nacido en la primera mitad del siglo XVIII se convirtió en el jefe de guerra de todos los Delawares que residian entre los rios Miami y White, en el noreste de los Estados Unidos.


Admito que hay hombres blancos buenos, pero su numero no puede compararse con el de los malos, que deben ser los más fuertes porque son los que mandan. Hacen lo que quieren. Esclavizan a los que no son de su color, aunque hayan sido creados por el mismo Gran Espíritu que nosotros. Harían de nosotros esclavos si pudieran. ¡Como no lo consiguen, nos matan! No puede darse ningún crédito a su palabra. No son como los indios, que son sólo enemigos durante la guerra, pero son amigos en tiempos de paz. Dirán al indio: «¡Mi amigo, mi hermano!». Le darán la mano y en el mismo instante le destruirán.

 


 


Tecumseh, Shooting Star, jek deguerra de los Shawnees, organizó la segunda gran federación india y fue brigadier general del ejército inglés durante la guerra de 1812. Según los términos de un tratado firmado en Fort Wayne en 1809, los indios cedieron vastos territorios al gobierno norteamencano sin saberlo. En 1810 se reunió con elgobernador del territorio de Indiana que habia representado a los Estados Unidos en el tratado de 1809. Tecumseh negó la validez de la administración de la tierra.


La manera, la única manera de detener y parar esta calamidad es que todos los hombres rojos se unan para reivindicar un derecho común e igual sobre esta tierra, como en el pasado y como debería seguir siendo hoy día; porque jamás estuvo en el pasado dividida, y pertenece a todos para el uso de cada uno. Nadie tiene el derecho de vender la menor parcela, ni siquiera a éste o a aquél de nosotros, y menos todavía a esos extranjeros que lo quieren todo y no transigirán jamás. Los blancos no tienen ningún derecho sobre la tierra de los indios: ellos fueron los primeros en habitarla, es su tierra... No puede haber dos ocupantes de un mismo territorio. El primero excluye a los demás. No es lo mismo cuando se caza o cuando se viaja, puesto que un mismo suelo puede servirles a muchos... Pero el campamento está fijo..., pertenece por derecho al primero que se sienta sobre la piel o sobre la manta que ha desplegado en el suelo, v esto hasta que se marcha.

 


 


Sitting Bull se presentó en Fort Buford (Canada) con la promesa de una ammstia, y fue enviado a la agencia de Standing Rock, donde vivia casi la totalidad de su pueblo.

¿Qué tratado ha respetado el blanco que el hombre rojo haya roto? Ninguno. ¿Qué tratado ha hecho el hombre blanco con nosotros que después él haya respetado? Ninguno. Cuando yo era niño, los Sioux eran dueños del mundo; el sol se levantaba y se ponía en sus tierras. Hasta diez mil hombres iban a la guerra. ¿Dónde están hoy los guerreros? ¿Quién los ha exterminado? ¿Dónde están nuestras tierras? ¿Quién las saquea? ¿Qué hombre blanco puede decir que le he robado su tierra o un solo centavo suyo?

Y, sin embargo, dicen que soy un ladrón.

 


 

Gerónimo y su banda se rindieron por última vez en agosto de 1877; fueron deportados en cautividad y finalmente instalados en una reserva en Fort Sill (Oklahoma). Desde alli Gerónimo pidió autorización al presidente para regresar a su tierra natal antes de morir.


Durante veinte años hemos sido prisioneros de los términos de un tratado que hicimos entre el general Miles, de parte del gobierno de los Estados Unidos, y yo mismo como representante de los Apaches. Ese tratado no se ha cumplido siempre escrupulosamente por parte del gobierno, aunque en estos momentos lo esté respetando más. En el tratado con el general Miles aceptamos irnos a un lugar fuera de Arizona y allí aprender a vivir como los hombres blancos. Pienso que mi pueblo ya es capaz de vivir de acuerdo con las leyes de los Estados Unidos, y, desde luego, nos gustaría ser libres de volver a una tierra que es la nuestra por derecho divino. Nuestro número es escaso y hemos aprendido a cultivar la tierra; ya no necesitamos tanta como antes. No reclamamos toda la que el Todopoderoso nos dlo en un pnnclplo, smo solo la suficiente para cultivarla. Estamos dispuestos a cultivar la que sobre para los hombres blancos.

Ahora vivimos en tierras de los Comanches y Kiowas que no sirven para nuestras necesidades... Aquí nuestro pueblo disminuye en número y seguirá decreciendo si no se le autoriza a regresar a su tierra natal...


Descalzos sobre la tierra sagrada, textos recogidos por T. C. Mac Luhan

 


Recuerdos de un jefe Sioux


Las biografíás de los indios se multiplicaron en el siglo xx. Una de ellas es la de Standing Bear (Oso-de-Pie), jefe de los Sioux Oglalas. Vivió el crepúsculo de su pueblo y recuerda aquila época en que perseguíá al bisonte y al «caballo de hierro».

A finales del siglo pasado, cuando ya atraviesan las praderas miles de kilómetros de raíles, el tren sigue siendo para los indios objeto de desconfianza y curiosidad


Un día, seria poco después de mi nacimiento, uno de nuestros exploradores llegó al campamento con mucha excitación y contó que había visto una gran serpiente atravesando la pradera. Aquello produjo mucha agitación. Una observación atenta reveló que un penacho de humo seguia a la aparente serpiente. Era el primer convoy del ferrocarril de la Union Pacific Railroad. Para los indios se trataba de algo tan curioso que se encaramaron a las alturas para ver al tren correr y oír los extraños ruidos que hacía. Cuando vieron que la "serpiente" se arrastraba sobre un camino de hierro sin apartarse de él empezaron a envalentonarse y se acercaron para exammar mejor una cosa tan curiosa.

Al poco tiempo una banda de guerreros de nuestra tribu regresaba hacia el campamento. Muv sedientos, se detuvieron en la estación de ferrocarril para tomar agua. El blanco que estaba a cargo les obligó a marcharse sin darles de beber. Quizá tenía miedo a los indios o, si les había hecho algo malo, puede que pensara que habían venido a castigarle. Su actitud enfureció a los indios. Encontraban extraño que los blancos hicieran pasar un camino de hierro por su territorio y que, a pesar de ello, ni siquiera les dieran de beber.

Así pues, esta banda de guerreros, cuando volvió al campamento, informó de cómo les había recibido aquel blanco. Inmediatamente se reunió el consejo y se decidió actuar. Mi madre había oído lo que habían hablado los hombres, después de ponerme al cuidado de mi abuela, se hizo con un hacha pequeña y siguió a los guerreros. Cuando éstos llegaron a la vía del ferrocarril, decidieron destruir algunos raíles y las piezas de madera a las que estaban fijados. (...)

Cuando los que venían en el tren vieron a los indios a lo lejos, empezaron a dispararles. Ellos fustigaron a sus caballos y se lanzaron en su persecución. Los del tren estaban tan ocupados burlándose de los indios y divirtiéndose con los esfuerzos de éstos por alcanzarles que se olvidaron de observar la vía del tren, sin sospechar que los indios pudieran ser tan hábiles como para haberles tendido una trampa. Cuando el tren llegó al punto en que la vía había sido destruida, saltó de los raíles y quedó totalmente dañado.

Mi madre se había escondido cerca de allí y, cuando el tren descarriló, acudió. Resulto ser un tren de mercancías que transportaba al Oeste todo tipo de productos, entre los que había una gran cantidad de azúcar de arce, algodón y perlas. En aquel accidente de tren encontró mi madre las primeras perlas que los Sioux hubieran visto jamás. Antes de aquello todo el trabajo de ornamentación de mocasines o de vestidos se hacía con púas de puercoespín teñidas.

Para utilizarlas, las mujeres se las metían en la boca y las ablandaban, y luego las aplastaban con la uña antes de colocarlas.

Mi madre era muv ingeniosa y concibió la idea de utilizar las perlas en vez de las púas y ver qué efecto hacía aquello. (...) Así que yo fui el ptimer indio que tuvo una manta adornada con perlas.

 



Para todo muchacho indio, la caza del bisonte era un acontecimiento de gran importancia y el primer bisonte que mataba teníá para él el valor de un simbolo.


En lo alto de la colina, todos los cazadores dieron rienda suelta a sus caballos, que se lanzaron rápidos como el viento. Yo fustigué a mi pequeña yegua negra y faltó poco para que me pusiera a la cabeza del grupo. Pronto me encontré en medio de una nube de polvo sin ver nada delante de mí. Todo lo que podía oír era el estampido y el estrépito que producían las pezuñas de los bisontes que huían con un ruido de trueno. Mi montura hacía quiebros de un lado a otro y tuve que sujetarme con todas mis fuerzas. (...)

Fue entonces cuando vi lo que mi padre me había anunciado. Estaba bastante por delante de los bisontes; cuando me vieron se pusieron a correr en dos direcciones opuestas. Al ver a aquellos grandes animales y pensar en matar yo uno, me di cuenta de lo pequeño que era. Tenía verdadero miedo. Entonces recordé que mi suegra me había pedido que le llevara unos riñones y una piel, y me volvió la idea de que, al fin de cuentas, yo era un hombre. (...)

Estaba solo, pero decidido a dar caza a aquellos animales, matara o no alguno. Durante todo aquel tiempo pude oír los disparos de cazadores que tenían fusiles y sabía que estaban matando. Yo me puse a perseguir a un grupo pequeño y, mientras me lanzaba tras él, disparé una de mis flechas en mitad de la manada. No supe dónde había ido a parar, y ya estaba por abandonar la persecución cuando observé que una novilla pequeña galopaba más despacio que el resto. (...)

Galopé hasta que me puse completamente al lado del animal como mi padre me había enseñado. Saqué una flecha de mi aljaba mientras me sujetaba a mi yegua con toda la fuerza de mis piernas. Coloqué la flecha y, tensando el arco con todas mis fuerzas, la solté. Pensaba matar al bisonte muy pronto, pero la flecha penetró en el cuello —¡y yo que pensaba haber apuntado tan bien!—. El animal siguió corriendo mientras sacudía la cabeza. Volví a alcanzarle v le envié otra flecha que penetró en direcáón al corazón. Aunque no llevaba la fuerza necesaria para ser mortal, vi que el animal se debilitaba en seguida y que su carrera se hacía más lenta. Fue entonces cuando saqué mi tercera flecha v volví a tirarle. Ésta penetró hasta el corazón. Empezaba a creer que el bisonte tiene las siete vidas de un gato y que iba a ser tan difícil de matar como ese animal cuando vi que le salía sangre por el hocico. Comprendi entonces que iba a caer pronto. Le tiré mi cuarta flecha, vaciló, se derrumbó sobre un costado y en seguida murió. Ya había matado mi primer bisonte.

Cuando observé al animal caído v vi que le había tirado cinco flechas, tuve la impreSiOn de que era demasiado para un solo bisonte. (...)

Mientras pensaba aquello me sentía avergonzado por mi torpeza como tirador. Pensé en quitarle todas las flechas menos una De hecho, estaba haciéndolo cuando me acordé de una observación que mi padre me había hecho una vez. Era ésta: «Hijo, acuérdate siempre de que un hombre que miente no será nunca querido por nadie». Con lo que en v ez de intentar engañar, dije la verdad. Y eso me hizo más feliz.

Quité todas las flechas v empecé a descuartizar el bisonte. Todo iba muy bien hasta que intenté darle la vuelta al animal. Descubrí que aquello era demasiado para mí. Como sólo había descuartizado un costado, pensé en quitarle los riñones ~ cortar una buena pieza de carne para mi suegra. En aquel preciso momento oí que alguien me llamaba. Monté mi caballo v subí a lo alto de la colina. Allí vi a mi padre que venía a buscarme. ( )

Estaba muy contento de que hubiese procurado arreglármelas y o solo. Le dije entonces el número de flechas que había necesitado y dónde había clavado cada una de ellas. Incluso le dije que había lanzado mi primera flecha en mitad de la manada sin saber dónde había ido a parar. Se rió, pero estaba orgulloso de mí. Creo que era porque le había dicho la verdad y no había intentado engañarle ni mentir aunque fuera todavía un niño.

Mi padre llamó al anciano del campamento que hacía siempre de pregonero para anunciar que «Ota Kte» o «Mata-Mucho» había cazado su primer bisonte y que «Oso-de-Pie», su padre, le regalaba un caballo.

Aquel fue el primer y último bisonte que maté en mi vida y necesité cinco flechas para conseguirlo.


Luther Oso-de-Pie,
Recuerdos de un jefe Sioux

 


El gran Gerónimo


Gerónimo forma parte de los jefes cuyos nombres simbolizan la resistencia india frente al temprano lmperialismo norteamericano.


Habiá cuatro tribus Apaches principales los Chincahuas, los Mescaleros, los Lipanes y los Jicarillas. Gerónimo nació entre los Chiricahuas del Sur, pero se crió con los Chiricahuas del Norte.


Nací en el cañón Nodoyohn, en Arizona, en junio de 1829. (...)

Era el cuarto de una familia de ocho hijos —cuatro chicos y cuatro chicas—. De la familia sólo quedamos yo mismo, mi hermano Porico (Caballo Blanco) y mi hermana Nah-da-Ste. Somos prisioneros de guerra en la reserva militar (Fort Still).

Siendo yo muy niño, gateaba por el suelo sucio del tepee de mi padre, y mi madre me colocaba sobre su espalda suspendido en mi tsoch (cuna en apache) o la colgaba de una rama de árbol. El sol me calentaba, el viento me acunaba y los árboles me abrigaban como a todos los demás niños apaches.

Cuando crecí, mi madre me enseñó las leyendas de nuestro pueblo, me habló del sol y del cielo, de la luna v las estrellas, de las nubes y las tormentas. Me enseñó también a arrodillarme para pedir a Usen que me diera la fuerza, la salud, la sabiduría y su protección. Nunca pedíamos a Usen que castigara a otra persona, y, si teníamos cualquier cosa contra alguien, nos vengábamos nosotros mismos. Nos habían enseñado que Usen no se preocupa de las querellas mezquinas de los hombres.

Mi padre me hablaba a menudo de las hazañas de nuestros guerreros, de los placeres de la caza y de las glorias del sendero de la guerra.

Solía jugar con mis hermanos y hermanas en torno a la casa de mi padre. Jugábamos al escondite entre las rocas y los pinos. O vagábamos a la sombra de los álamos o buscábamos shudocks (una especie de cerezas silvestres) mientras nuestros padres trabajaban en el campo. También jugábamos a la guerra. ~os ejercitábamos en acercarnos sin miedo a un objeto que representaba el enemigo y, a nuestra manera, llevábamos a cabo grandes hazañas guerreras. (...)

Cuando fuimos lo bastante grandes como para ser de cierta utilidad, fuimos al campo con nuestros padres. Ya no a jugar, sino a trabajar duramente. Cuando llegaba el momento de sembrar, preparábamos la tierra con azadas de madera. Plantábamos el maíz en hileras bien rectas, las judías entre las plantas de maí2 y los melones y calabazas irregularmente por todo el campo. Cultivábamos esas plantas porque las necesitábamos.

Nuestro campo no tenía generalmente más de una hectárea. Los campos nunca estaban cercados. No era raro que en u-n mismo valle cultivaran la tierra varias familias, repartiéndose la tarea de vigilar la cosecha v de impedir que los caballos de la tribu, los gamos u otros animales salvajes la destruyesen.

Recogíamos melones cuando queríamos comerlos. En otoño recolectábamos las calabazas y las judías y las metíamos en sacos o en cestos. Liábamos juntas las vainas de las mazorcas de maiz y los caballos transportaban así la cosecha hasta nuestra casa. Allí quitábamos la cáscara al maíz y guardábamos toda la cosecha en cuevas o en cualquier otro lugar para utilizarla únicamente en invierno.

Nunca dábamos maiz a los caballos, pero, si los conservábamos en invierno, les dábamos forraje. No teníamos ganado ni otros animales domésticos aparte de nuestros perros y nuestros caballos.

No cultivábamos el tabaco porque lo encontrábamos en estado salvaje. Lo cortábamos y lo dejábamos secar en otoño, pero si llegaba a faltar, lo sustituíamos por el rastrojo que habíamos dejado en el campo. Todos los indios fumábamos—hombres y mujeres—. Los niños no podían fumar mientras no cazaran solos y mataran alguna pieza mayor, como un lobo o un oso. No se prohibía fumar a las mujeres aún no casadas, pero se las encontraba impúdicas si lo hacían. Casi todas las madres de familia fumaban.

El maíz molido (a mano con morteros y mazos de piedra) no nos servía únicamente para hacer pan. También lo aplastábamos, lo remojábamos y, después de la fermentación, hacíamos con él el «tis-win» que tenía el poder de embriagar y era muy apreciado por los indios. Este trabajo lo hacían las squaws y los niños. Cuando llegaba la época de las bayas y las nueces, los niños pequeños y las squaws Iban a recogerlas y a menudo se pasaban el día en ello. Cuando se alejaban mucho del campamento, se llevaban caballos para cargar con las cestas.

Yo me unía con frecuencia a ellos y, en una de aquellas excursiones, una mujer llamada Cho-ko-le se perdió al ir con su caballo a buscar a sus amigas. Su perrito la seguía mientras ella se abría paso trabajosamente entre los pinos y el espeso sotobosque. De pronto apareció en su camino un «grizzly» que atacó al caballo. Ella saltó a tierra y el caballo huyó. El oso se lanzó entonces contra ella, que se defendió lo mejor que pudo con su cuchillo. Su perrito, que mordía los talones del oso distrayendo así su atención, le permitió permanecer un rato fuera del alcance de la fiera. Por último, el «grizzly» la golpeó sobre la cabeza, arrancándole casi completamente el «scalp». Ella cayó, pero no perdió el conocimiento y, a pesar de la caída, consiguió asestar cuatro grandes cuchilladas y el oso se retiró. Cuando se hubo ido, ella volvió a colocarse el «scalp» lo mejor que pudo. Luego se sintió mal y se echó. Aquella noche su caballo regresó al campamento con su carga de nueces y bayas, pero sin su amazona. Los indios se pusieron a buscarla, pero no la encontraron hasta dos días más tarde. La trajeron al campamento y, gracias a los cuidados de los hombres de la medicina, curó de todas sus heridas.

Los indios conocían las hierbas para curar y sabían cómo prepararlas y cómo aplicarlas. Usen se lo había enseñado al principio, y en cada generación habia hombres hábiles en el arte de curar.

Después de recoger las hierbas, de prepararlas y de administrar la medicina, poníamos tanta fe en nuestras plegarias como en el verdadero efecto de la medicina. (...)

Algunos indios eran hábiles para extraer balas, puntas de flecha u otros proyectiles que pudieran herir a nuestros guerreros. Yo mismo lo he hecho con la ayuda de un simple puñal o de un cuchillo de desollar.

Los niños pequeños se vestían con ropa muy ligera en invierno y no llevaban nada en verano. Las mujeres llevaban por lo general una falda rudimentaria que consistia en un trozo de tela de algodón anudado a la cintura y que llegaba hasta las rodillas. Los hombres llevaban pantalones y mocasines. En invierno se ponían camisas y polainas.

A menudo, cuando la tribu había instalado su campamento, unos cuantos chicos y chicas salían a escondidas y se encontraban a unos cuantos kilómetros para jugar todo el día juntos y librarse de trabajar. Nunca eran castigados por estas travesuras, pero se hacía burla de ellos si se descubría el lugar en que se ocultaban.


Durante el verano de 1858, la tribu de los Apaches Bedonkoes se dirige al Sur para comerciar. Por el camino se detienen junto a la ciudad mexicana que los indios llaman «Kas-ki-yeh». Un día que los guerreros habían ido a la ciudad, al volver por la noche al campamento, comprobaron que los mexicano habían exterminado en su ausencia a sus mujeres e hijos. El propio Gerónimo perdió allí a su madre, a su mujer y a sus tres hijos. Juró vengar a los Apaches.


En cuanto reunimos algunas armas y víveres, Mangas Colorado, nuestro jefe,
convocó el consejo y vio que todos los guerreros estaban dispuestos a ir al sendero de la guerra contra México. Me nombraron para que pidiera ayuda a las demas trlbus.

Me dirigí a los Apaches Chokonen (Chiricahuas) y su jefe Cochise convocó un consejo desde el amanecer. Los guerreros se reunieron silenciosamente en un claro, en un valle pequeño junto a una montaña y se sentaron sobre el suelo formando círculo según su rango. Fumaron en silencio. A una señal del jefe, me levanté y presenté mi causa con estas palabras:

«Hermanos de raza, ya habéis oído lo que sin motivo nos han hecho los mexicanos. Sois parientes míos —tíos, primos, hermanos—. Nosotros somos hombres, como los mexicanos; podemos hacerles lo mismo que nos han hecho. Vayamos a atacarles; yo os conduciré a su ciudad; les sorprenderemos en sus casas. Yo lucharé en la primera fila. Sólo os pido que me sigáis para vengar el daño que nos han hecho los mexicanos. ¿Querréis venir? Está bien. Vendréis todos.»

«No olvidéis la ley de la guerra. Los hombres pueden regresar, pero también puede que mueran. Si uno de estos Jóvenes muere, no quiero que sus hermanos de raza me culpen, porque ellos han decidido ir libremente. Si yo muero, que nadie me llore. Toda mi familia ha sido muerta en esta tierra y yo también moriré si es necesario.»

Volví a nuestro campamento a comunicar aquel éxito a nuestro jefe y volví a salir inmediatamente para el Sur, al territorio de los Apaches Nednis. Su jefe Whoa me escuchó sin decir palabra y dio orden de reunir en seguida al consejo, y cuando todos estuvieron presentes me indicó que hablara. Les dije lo mismo que les había dicho a los Chokonen y también prometieron ayudarnos.

Durante el verano de 1859, casi un año después de la matanza de Kas-ki-yeh, se reunieron las tres tribus junto a la frontera mexicana para marchar por el sendero de la guerra. Habían pintado sus rostros, ceñido sus bandas de guerra en sus frentes y aprestado sus largas cabelleras para el cuchillo del guerrero que les venciese. Habían puesto a sus familias a salvo en las montañas, cerca de la frontera. Un guerrero tenía la misión de velar por aquellas familias y se habían convenido varios puntos de cita para el caso de que fuera atacado el campamento.

Cuando todo estuvo a punto, los jefes dieron la señal de paríida. No habíamos llevado caballos y cada guerrero llevaba mocasines y un trozo de tela alrededor de la cintura. Esta prenda le servía de cobijo por la noche y le aseguraba una protección suficiente durante la marcha. Durante la lucha, cuando la pelea es dura, no nos gusta estar muy vestidos. Cada guerrero llevaba también víveres para tres días y, como cazábamos a menudo durante la marcha, nos nos falíaba alimento casi nunca. (...)

Cuando casi habíamos llegado a Arispe, levantamos nuestras tiendas y ocho hombres salieron de la ciudad a caballo para parlamentar con nosotros. Capturamos, matamos y cortamos la cabellera a aquellos hombres. Era seguro que después de aquello las tropas saldrían de la ciudad y, efectivamente, a la mañana siguiente nos atacaron. Las escaramuzas se multiplicaron durante todo el dia sin que eníabláramos un combate generalizado. Pero al caer la noche capturamos su convoy de avituallamiento y así tuvimos víveres en abundancia y más fusiles.

Aquella noche apostamos centinelas y permaneamos en nuestro campamento para descansar, ya que esperábamos un combate duro al dia siguiente. Por la mañana muy temprano los guerreros se reunieron para rezar—no para pedir ayuda, sino para tener fuerza v evitar las emboscadas y las añagazas deí enemigo.

Como lo habíamos previsto, hacia las diez de la mañana todas las tropas mexicanas salieron de la ciudad. Había dos compañías de caballería y dos de infantería. Reconocí a los soldados de caballería como los que habían asesinado a mi mujer y a mis hijos en Kas-ki-yeh. Se lo dije así a los jefes; ellos decidieron confiarme la dirección de la batalla.

Yo no era un jefe y no lo había sido nunca, pero me confiaron aquel honor por ser quien más había sufrido y vo decidí ser digno de tal confianza. Hice que los indios se colocaran en una depresión circular cerca del río. Los mexicanos avanzaron con la infantería en dos hileras; la caballería permanecía como reserva. Nosotros esíábamos a cubierto en el bosque y ellos avanzaron hasta llegar a unos cuatrocientos metros de nosotros, y allí se detuvieron y abrieron fuego. En seguida di la señal de ataque y al mismo tiempo envié algunos bravos a que hostigaran su retaguardia. Muchos cayeron alcanzados por mi mano v yo continué dirigiendo la carga. Muchos bravos murieron. La batalla duró cerca de dos horas.

Por último, no quedaban más que cuatro indios en medio del campo; yo mismo y otros tres guerreros. Ya no teniamos flechas y nuestras lanzas se habían roto en los cuerpos de nuestros enemlgos muertos. Ya sólo nos quedaban nuestras manos y nuestros cuchillos para luchar, pero todos los que habian luchado contra nosotros estaban muertos. Fue entonces cuando dos soldados armados corrieron hacia nosotros desde el otro extremo del campo. Mataron a dos de nuestros hombres y los dos que quedábamos corrimos a unirnos al resto de nuestros guerreros. Mi compañero fue muerto de un sablazo, pero yo conseguí llegar al lugar en que se encontraban nuestros guerreros, agarré una lanza y me di la vuelta. El que me perseguía falló su objetivo y se empaló en mi lanza. Me apoderé de su sable y me abalancé sobre el soldado que había matado a mi compañero. Lo trabé por medio del cuerpo y rodamos por el suelo. Le maté con mi cuchillo y rápidamente me volví a levantar blandiendo su sable y buscando nuevos soldados que matar. Ya no quedaban. Pero los Apaches ya habían visto. Sobre el campo ensangrentado, cubierto de cuerpos de mexicanos, se elevó el orgulloso grito de guerra de los Apaches.

Todavía cubierto por la sangre de mis enemigos, sujetando aún mi arma victoriosa, sumergido todavía en la felicidad que me había producido la batalla, fui rodeado por todos los bravos y proclamado jefe de todos los Apaches. Luego di la orden de quitar las cabelleras a los muertos.

 


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