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Sirenas

Pacheco

 


 


El cangrejo, visto desde el dedo gordo que vacila en el pie derecho de un chico de once años, un chico pensativo y de mirada triste, aislado del jolgorio familiar que exprime bronceador y huevos duros unos metros más allá, protegiendo con una patética sombrilla los azotes del asesino sol sobre sus cuerpos devastados por el tiempo, viene a ser un bicho curioso (el cangrejo).


Mientras juguetea con su dedo gordo en la orilla solitaria, el chico evalúa cuánto riesgo entrañan las amenazantes garras del monstruo diminuto.


Pero una voz aterradora se oye de repente.


Un grito inapropiado, vejatorio del sutil equilibrio que sostiene ese momento en el que sólo cuenta el mar amable, el dedo gordo del pie derecho de un chico de once años y las inofensivas pinzas de un cangrejo.


La orilla tiembla.


Es su padre (el del chico) que lo llama.


El pensativo imagina el canto de las sirenas y advierte que en las aventuras de Ulises no se menciona el bronceado ni los huevos duros. Antes de volver, nota además que el cangrejo se retira:


Camina de costado (el cangrejo) en el mar de fondo, a río revuelto. Cercado por las redes, se deja (el cangrejo) arrastrar por la corriente. Piensa entonces (el chico) que las aguas bajan turbias. Y no sabe (el cangrejo) descifrar los cambios de la Luna y sus mareas.


Lo marean.

(20/11/94)


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