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Los sonidos distantes

Terakado Seiken (1796 - 1868)

 


 

Erudito escritor confucionista, el texto que sigue es una nota en prosa adjuntada a cinco poemas suyos relativos a la belleza del canto del uguisu, al escucharlo cantar desde la ribera opuesta del río Sumida, en su casa de Edo.

 

En general son más placenteros los sonidos de la mayoría de las cosas cuando son escuchados desde una cierta distancia. Con seguridad esto es así cuando se trata de alguien leyendo, golpeando el pescado de madera para mantener el ritmo de la lectura de un sutra o tocando un koto. Los palomos en el bosque pidiendo lluvia, los gansos salvajes aleteando bajo la luna alertándonos de la helada, ambos, son muy agradables de oir cuando llegan desde lejos. Los instrumentos de viento de un barco de paseo, las flautas de los pesacadores, cuando están a lo lejos tienen una resonancia muy propia. Las campanas de los templos y los tambores de los castillos también son placenteros de oir cuando uno no está muy cerca de ellos. Los sapos cuando cantan como si estuvieran bajo nuestra almohada hacen una bulla intolerable, pero si hay una buena distancia entre ellos y nosotros, da gusto escucharlos. El ladrido de un perro es naturalmente desagradable, pero si el perro que ladra está al otro lado del bosque, el sonido es mucho más agradable, y lo mismo puede decirse del sonido de un molino de agua. Y cuando uno está viajando y estos sonidos nos avisan de la cercanía de un pueblo pueden ser muy bien venidos. En tales momentos uno siente un real deleite al oirlos. El patear de un caballo en su establo, ¿qué agrado puede haber en tales ruidos? Pero si uno está alojado en una posada en una noche helada y tales ruidos llegan desde el establo al otro lado de la pared, es bien agradable escucharlos. A esto se refería el maestro Chao al decir:

Suave lluvia, oscuridad todo alrededor,
pero no consigo irme a dormir.
Me quedo tirado escuchando al escualido caballo
masticar el resto de su forraje.

El llamado de cucú es agradable aun cuando uno lo escucha cerca, pero cuando lo escuchamos cantar del otro lado del río, nos embarga un encanto por completo distinto. ¡Vamos!, como quiera que sea, no es cosa que pueda envolverse y ser enviada a los amigos, ¡eso es lo que más lamento!

 

 

 

 


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