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Un puerto en el Pacífico

Antonio Cisneros

 


 

Aquí es donde ella deja la habitación
con esa pintura de unos niños genoveses
perdidos en el bosque.

No hay fuego en el fogón
porque hace más calor que de costumbre.

Y aunque es de noche
la ventana que da al patio se halla abierta
casi de par en par
sobre un paisaje del siglo XIX.

Ese traje de seda verde
es el mismo del verano pasado
pero la enagua es nueva
o por lo menos está recién lavada.

Ella mira hacia el fondo del espejo
como quien busca un amante
oculto en la arboleda.

Se coloca el sombrero de paja
y apaga la lámpara de gas.
Aquí es donde cierra la puerta
con doble vuelta de llave
y baja las escaleras
como un gato siamés.

En la calle hay un resplandor
de bronce viejo.
Aquí es donde aparece un coche de alquiler
con dos caballos amarillos.

Pero también pueden aparecer
las barcazas que llevan los costales de carbón
hasta el atracadero de La Punta.

Las casas del malecón
tienen las luces encendidas
y un macizo de petunias en la entrada.

El coche de alquiler se detiene
con sus dos caballos amarillos
en la noche calurosa de verano.
Aunque no tan calurosa
como las noches del verano anterior.

Aquí ella se recuerda desnuda y triste
en la noche de Paita.

Aquí aparece Paita a medianoche.
Los caballos están cansados.

Abrevan a la sombra de esa tienda
donde venden tabaco
y tiene la cabeza de un león
pintada en la vidriera.

Una sombra desciende del coche.
Ella la sigue,
con su vestido verde y su enagua
recién lavada.

Aquí aparece otra vez
ese resplandor de bronce viejo.

Hay un barco amarrado en el muelle,
lleva un nombre en italiano
y una bandera azul.
Está algo inclinado a estribor,
de modo que la corriente lo bambolea
cada seis horas.

Aquí los amantes pueden subir al barco,
acomodarse en el camarote más fresco
y beber un gran vaso de ginebra
antes de apagar la linterna
y hacer el amor.

O pueden también
permanecer en el muelle contemplando
cómo esa niebla tan caliente
ocupa todo el espacio
y los envuelve
igual que la saliva al gusano de seda.

Aquí ella regresa a la habitación
donde está el cuadro de los niños perdidos
y se recuesta en un diván
pegado a la ventana.

Desde ahí puede ver
el gran barco italiano iluminado
por una luna roja.

Aquí aparece su rostro en la ventana
y el barco reclinándose a estribor.

Entonces cepilla sus cabellos
y recoge su falda arriba de los muslos
poco antes de morir.

 


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