Indice

Detrás del perro del camino


Herbert Zbifniew

 

Traducción: Jan Zych



Zbigniew Herbert(1924-1998), uno de los más grandes poetas de este siglo, es autor de La cuerda de luz, Hermes, El perro y la estrella, El señor Cógito y de varios ensayos, entre ellos El bárbaro en el jardín. Su obra presenta dos constantes: ironía y concreción. Por su parte, lo que fascina a Czeslaw Miloz es el cambio, la inagotable promesa de novedad. Detrás del Perro del camino, libro del que tomamos estos fragmentos, hay una curiosa teoría: hay que encarar la inagotable riqueza de la realidad como un perro: olfateando el mundo, olvidando y asombrándose de nuevo, porque lo ya descubierto ahora está cambiando.


Los duendes


Los duendes crecen en el bosque. Tienen un olor específico y barbas blancas. Aparecen por separado. Si fuera posible recoger un ramillete de ellos, secarlos y colgarlos encima de la puerta -quizá podríamos vivir en paz.


El lobo y la oveja

Te atrapé -dijo el lobo y bostezó. La ovejita lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Tienes que comerme? ¿ En verdad es necesario?

-Desgraciadamente, debo hacerlo. Así reza en todos los cuentos: Una vez una ovejita desobediente se alejó de su mamá. En el bosque encontró a un lobo malo, y éste...

-Discúlpame, pero aquí no es ningún bosque sino el corral de mi amo. No me alejé de mi mamá, soy huérfana. A mi mamá también se la comió el lobo.

-No importa. Después de tu muerte van a preocuparse por ti los autores de aleccionadores textos de lectura. Añadirán el fondo, los motivos y la moraleja. No me tengas rencor, tú no sabes qué estúpido es ser un lobo malo. Si no fuera por Esopo, nos sentaríamos en las patas traseras para contemplar la puesta del sol. ¡Cómo me gustaría!

Así, así es, queridos niños. El lobo se comió a la oveja y después se relamió. No imiten al lobo, queridos niños. No se sacrifiquen por la moraleja.


Cuento ruso

Envejeció el padrecito zar, envejeció. Ya no podía estrangular ni a una palomita con sus propias manos. Estaba sentado sobre el trono, dorado y frío. Sólo la barba le crecía hasta el suelo y más abajo.

Gobernaba por entonces algún otro, no se sabe quién. El pueblo curioso echaba vistazos al palacio por la ventana, pero Krivonosov tapó las ventanas con las horcas. Luego sólo los ahorcados veían un poco.

Al fin murió el padrecito zar para siempre. Doblaban las campanas pero nadie llevaba el cuerpo. El zar se adhirió al trono. Las patas del trono se confundieron con las piernas del zar. La mano echó raíces en el brazo del trono. Era imposible arrancarlo. Y enterrar al zar con el trono de oro, daba lástima.


 

El señor cógito piensa en el regreso a su ciudad natal


Si regresara allí

seguramente no encontraría

ni una sombra de mi casa

ni los árboles de la niñez

ni la cruz con placa de hierro

ni la banca donde susurraba juramentos

los castaños y la sangre

ni cosa alguna que nos pertenezca todo lo que se ha salvado

es una losa de piedra

con un círculo de tiza

estoy adentro

parado en un pie

un momento antes de saltar

no puedo crecer

aunque pasan los años

y arriba retumban

los planetas y las guerras

estoy parado adentro

inmóvil como un monumento

en un pie

antes de saltar en el final

el círculo de tiza se enmohece

como antigua sangre

alrededor crecen montículos

de ceniza

hasta los hombres

hasta la boca


 

 

|Top|